La muerte de Zhu Rongji esta semana cerró un capítulo extraordinario de la historia económica contemporánea, uno que merece ser rescatado en el contexto actual de gobiernos que enfrentan la necesidad de reformular sus estructuras estatales. El exprimer ministro chino no fue simplemente un burócrata más en la larga tradición del Partido Comunista. Fue el artífice de una transformación que llevó a China desde una economía cerrada, inflacionaria y con una administración pública bloqueada hacia el estatus de tercera potencia económica mundial en apenas una década. Lo relevante no reside únicamente en las cifras —que fueron espectaculares—, sino en el método empleado: un modelo que desafía las dicotomías simplistas entre mercado y Estado, entre ajuste y capacidad regulatoria.

Cuando Zhu asumió funciones como viceprimer ministro en 1991, China se enfrentaba a un dilema clásico: una inflación galopante que alcanzaba el 27% corroía los ahorros de la población y desestabilizaba la economía. La presión sobre los precios era el síntoma más visible de una economía que crecía acelerada —a ritmos cercanos al 13% anual— pero sin los mecanismos de control necesarios. El establishment político chino comprendía que la apertura al mercado global requería estabilidad macroeconómica, pero también que el modelo de planificación central puro ya había agotado sus posibilidades. Zhu se convirtió en el instrumento de esa transición: un ingeniero formado en la Universidad Tsinghua con una mentalidad técnica, desprejuiciada respecto a las categorías ideológicas tradicionales. Su biografía personal encarnaba la apuesta de las élites chinas modernas por la meritocracia técnica, no por la jerarquía política o la antigüedad burocrática.

El costo silencioso de la modernización

La estrategia de Zhu fue radical en varios aspectos simultáneamente. Primero, depreció la moneda china en aproximadamente un tercio para mejorar la competitividad externa. Segundo, implementó una política que sus funcionarios denominaron «apostar por los grandes y liberar a los pequeños»: cerró o privatizó empresas estatales improductivas mientras consolidaba campeones industriales capaces de competir internacionalmente. Tercero, y aquí reside lo que la literatura especializada ha caracterizado como el aspecto más controversial, despidió a decenas de millones de trabajadores empleados en el sector estatal. Los números son contundentes: la nómina de empleados en empresas públicas se contrajo de 77 millones de personas en 1995 a apenas 42 millones cuando finalizó su gestión en 2003. Esto significa que aproximadamente 35 millones de personas perdieron sus empleos en un período de ocho años, según datos del economista Andrew Batson citados por analistas especializados en la región.

Este aspecto merece pausarse. En cualquier democracia occidental contemporánea, despedir a más de 30 millones de empleados públicos generaría una crisis política terminal. Sindicatos movilizados, protestas masivas, cambios de gobierno. Pero en la China de entonces, bajo el liderazgo de Jiang Zemin como presidente y con Zhu como segundo funcionario en jerarquía, existía capacidad institucional para implementar decisiones de ese calibre. No porque fuera una dictadura despiadada —aunque ciertamente no operaba bajo los estándares de participación democrática occidental—, sino porque el Partido Comunista pudo construir una narrativa de modernización consensuada entre sus élites, compensar parcialmente a los afectados con programas de reconversión laboral, y convencer a la población de que el sacrificio presente generaría prosperidad futura. Y, de hecho, así fue: los años posteriores confirmaron esa promesa con un crecimiento que sacó de la pobreza a cientos de millones de chinos.

La universidad como filtro de excelencia

Un elemento central en el modelo de Zhu fue la calidad de los cuadros administrativos que rodeaban su gestión. No seleccionaba colaboradores por lealtad política o antigüedad, sino por capacidad técnica. Egresados de instituciones de élite como Tsinghua —donde el mismo Zhu se había formado en Ingeniería Eléctrica— ocupaban posiciones clave. Uno de sus protegidos más destacados fue Zhou Xiaochuan, a quien Zhu colocó al frente del Banco Popular de China y que mantendría ese cargo durante más de 15 años. Este mecanismo de selección respondía a una estrategia más profunda: China estaba reviviendo un antiguo sistema imperial de meritocracia basado en exámenes rigurosos y en la formación de funcionarios altamente capacitados. La diferencia era que, en lugar de competencias en literatura clásica y filosofía, ahora se priorizaba la excelencia en ingeniería, economía y administración. Las universidades de élite como Tsinghua, frecuentemente comparada con el MIT estadounidense por su rigor en formación técnica, se convirtieron en las canales de acceso a posiciones de poder. Esto generaba un círculo virtuoso: los mejores talentos confluían en la administración pública, podían implementar reformas complejas, y su éxito atraía más talento hacia el sector público.

La paradoja resulta evidente: un régimen comunista ortodoxo que mantiene el monopolio político establecía mecanismos de gobernanza más sofisticados que muchas democracias occidentales. Mientras países como Argentina y otros en América Latina designaban funcionarios por criterios políticos o de conexión personal, China estaba construyendo una tecnocracia cuyo único criterio era la capacidad comprobada para resolver problemas complejos. Zhu negoció la incorporación de China a la Organización Mundial del Comercio en 2001, un hito que requería no solo capacidad diplomática sino profundo conocimiento técnico de normativas comerciales internacionales, de negociación con múltiples países, de adaptación de la economía doméstica a estándares globales. Este logro fue posible porque Zhu contaba con equipos de expertos capaces de entender simultáneamente tanto la lógica del mercado internacional como las realidades internas chinas.

La modernización sin desnaturalización del Estado

Lo que algunos observadores internacionales han simplificado como «la motosierra china» es en realidad un fenómeno más complejo. Zhu no desmanteló el Estado para construir un mercado puro, como postulan algunas corrientes ideológicas ortodoxas. Utilizó el mercado como herramienta para modernizar la economía sin renunciar a la capacidad del Estado de conducir el desarrollo. Algunos sectores estratégicos permanecieron bajo control público, mientras que otros fueron privatizados. Grandes corporaciones estatales fueron consolidadas y reformadas internamente para volverse competitivas, no simplemente eliminadas. La apertura comercial se realizó de manera gradual y controlada, protegiendo industrias incipientes mientras se exponía a empresas maduras a la competencia internacional. Este modelo híbrido fue denominado por sus propios arquitectos como «economía de mercado socialista con características chinas». Suena paradójico, pero funcionó. Durante los años bajo la dirección de Zhu como viceprimer ministro y luego, implícitamente, durante su influencia posterior, China registró el período de crecimiento económico sostenido más prolongado jamás alcanzado por economía alguna, una cifra que permanece hasta hoy sin precedentes históricos.

El período 1998-2003 fue especialmente transformativo. China ascendió de ser la sexta economía mundial a la tercera, superando incluso a Alemania. Esto no ocurrió por casualidad ni por una sola variable. Fue resultado de decisiones políticas sostenidas sobre inversión en infraestructura, educación de calidad, estabilización macroeconómica y apertura selectiva a mercados externos. La inflación que alcanzaba el 27% fue reducida a monodígitos. La moneda se estabilizó tras la depreciación inicial. Las empresas estatales eficientes ganaron escala y capacidad competitiva global. Las ineficientes fueron cerradas, liberando recursos para actividades más productivas. Los trabajadores desplazados del sector estatal encontraron empleo en los sectores dinámicos: manufactura orientada a la exportación, construcción, servicios. El crecimiento fue tan vigoroso que la pérdida neta de empleos en el sector público fue compensada con creces por la creación de empleo privado.

Zhu Rongji nació en Changsha, provincia de Hunan, en 1928. Su trayectoria es la de un hombre formado en rigor técnico, desplegado como instrumento de modernización. Cuando el Partido Comunista necesitó transitar desde una economía de plan hacia una economía mixta sin perder su capacidad de control político, Zhu resultó ser el perfil exacto: un ingeniero sin compromisos ideológicos dogmáticos, capaz de tomar decisiones impopulares cuando la lógica económica lo requería, pero también capaz de comprender que la estabilidad política requería cierta cohesión social. Sus decisiones fueron pragmáticas, guiadas por resultados medibles, no por purismo teórico. Esta aproximación contrasta radicalmente con los debates que prevalecen en muchas democracias contemporáneas, donde las reformas estructurales se paralizan en discusiones sobre principios, valores y distribución política de costos.

Las implicancias para el presente

La muerte de Zhu cierra un debate importante sobre las formas posibles de modernización estatal en el siglo XXI. Por una parte, su experiencia muestra que es posible lograr transformaciones económicas profundas sin necesariamente mantener el statu quo institucional. Los ajustes radicales pueden generar resultados positivos cuando son ejecutados con capacidad técnica, cuando van acompañados de una narrativa creíble sobre sus beneficios futuros, y cuando el Estado mantiene capacidad de redistribución para compensar a los afectados. Por otra parte, su experiencia también muestra que estos procesos tienen costos altísimos en términos de desigualdad transitoria, vulnerabilidad laboral y dislocation social, costos que fueron posibles de soportar política y socialmente en el contexto chino pero que resultarían más problemáticos en contextos democráticos donde la población puede expresar su disconformidad electoralmente.

La desaparición de Zhu invita a reflexionar sobre qué tipo de élites gobiernan los países, cómo se seleccionan, qué criterios prevalecen. En China, la meritocracia técnica fue capaz de ejecutar una transformación extraordinaria. En otros contextos, esa meritocracia no existe o está subordinada a criterios de lealtad política. La pregunta entonces no es si «la motosierra» es buena o mala en abstracto, sino cuáles son las condiciones institucionales, políticas y sociales que permiten implementar cambios profundos de manera que sean sostenibles y que generen bienestar de largo plazo. Zhu Rongji fue, sin lugar a dudas, un personaje central en esa ecuación china. Su legado permanecerá en las autopistas que construyó, en las universidades que expandió, en la clase media que emergió de la pobreza durante esos años. Pero también permanecerá en los trabajadores desplazados que debieron reinventarse, en las desigualdades regionales que se profundizaron, en la concentración del poder económico en manos de corporaciones afines al régimen. Como ocurre siempre con los grandes cambios, el balance es mixto y depende del punto de observación desde el cual se mire.