La República tiene un problema que trasciende ampliamente los hechos puntales de una sesión de control llevada a cabo en Diputados. Lo que ocurrió el miércoles pasado en el recinto fue apenas la punta de un iceberg que apunta directamente hacia las elecciones internas de 2027, ese momento donde los partidos deberán resolver sus candidaturas en un paisaje político profundamente fracturado. El escándalo no radica simplemente en lo que se dijo o se calló, sino en lo que esos comportamientos revelan sobre una clase dirigente que parece empeñada en repetir los errores que ya la han castigado en el pasado.
Lo que sucedió aquella tarde fue teatro puro. Un presidente de la Nación que desde su banca llamó asesino a un diputado, mientras el titular del cuerpo, Martín Menem, simultáneamente le exigía al legislador radical Pablo Juliano que tratara con formalidad al funcionario atacado. Los micrófonos del recinto —controlados por Menem— filtraban la escena con claridad de transmisión oficial. El artículo 220 del reglamento interno le otorga facultades para desalojar a quien altere el orden, incluso mediante la fuerza pública. En aquel momento, el jefe del Ejecutivo se expuso deliberadamente, como si esperara que Menem lo aplicara, como si una manifestación de debilidad institucional pudiera ser reinterpretada como una demostración de poder. Nada más lejos de la realidad de cómo funciona la política en sociedades donde la representación aún importa.
La lección que no quieren escuchar
Hace apenas unos meses, el monarca británico compareció ante el Capitolio estadounidense y, sin mencionar siquiera a su anfitrión, le propinó una lección magistral. Defendió a Ucrania mientras el presidente anftrión dudaba, reclamó acción climática en un contexto donde su colega mostraba escepticismo, y reafirmó con claridad meridiana la división de poderes, el Congreso como sede de la soberanía popular y la tradición republicana como fundamento indispensable. Lo hizo sin alzar la voz, sin necesidad de insultos, sin requisa de controles de micrófono. Fue poder real, no pirotecnia. Esa lección parece no haber llegado al conocimiento de quienes conducen los destinos de la Argentina.
Lo que está en juego es algo mucho más profundo que una sesión conflictiva. El electorado del oficialismo está constituido mayoritariamente por votantes del centro y centro-derecha moderado, aquellos que hasta 2023 depositaban sus votos en Juntos por el Cambio. Ese espacio político no es naturalmente proclive a los espectáculos de debilidad institucional ni a los presidentes que necesitan gritar para ser escuchados. En esas latitudes profundas de la sociedad, donde realmente se toman las decisiones electorales, pueden gestarse contracorrientes inesperadas. Las campañas no cambian votos; las identificaciones entre votantes y dirigentes son estructurales, pero la desmesura sí puede erosionarlas silenciosamente.
El fantasma de 1997: cuando la arrogancia cobró su precio
La historia no se repite, pero su conocimiento permite evitar que se repita. En 1997, el gobierno de Carlos Menem cometió un acto similar de exposición pública deliberada. Obligó a su jefe de gabinete, Jorge Rodríguez, a recibir al empresario Alfredo Yabrán en la Casa Rosada. El encuentro duró apenas diez minutos, pero fue anunciado públicamente con tanta anticipación que la Plaza de Mayo se colmó de concurrencia. El contexto es crucial: José Luis Cabezas, fotógrafo, había sido asesinado seis meses antes, en enero de ese mismo año, y Yabrán era señalado como responsable intelectual del crimen. Un año atrás, Domingo Cavallo lo había identificado públicamente en el recinto como el verdadero dueño de voluntades en el gobierno y en la oposición. Menem acababa de reformar la Constitución nacional; había sido reelecto en primera vuelta en 1995. Parecía imbatible.
Ese gesto de legitimar públicamente a Yabrán precedió inmediatamente a una derrota electoral que marcó un quiebre histórico. En los comicios de 1997, la Alianza UCR-FrePaSo derrotó al justicialismo con 46,94% contra 36,37%. Fue la primera elección de medio término bajo la constitución reformada. El peronismo perdía, por primera vez en doce años, la imbatibilidad electoral que había mantenido desde 1985. El radicalismo ganaba su primer triunfo desde entonces, restaurando un bipartidismo que parecía definitivamente enterrado. ¿En qué punto se fracturó la relación entre Menem y la burguesía criolla que lo había financiado durante una década? ¿Cuándo la hybris —ese exceso de soberbia de la tragedia griega— convirtió la vanidad del poderoso en ruina? Las respuestas no son simples. Pudieron ser los cambios institucionales realizados a espaldas del electorado, la economía convertida en instrumento de concentración, o ese factor inmanejable que es la relación entre votantes y dirigentes, materializada en el acto del voto.
Lo que sigue es instructivo. Menem asumió su segundo mandato en julio de 1995 y comenzó su caída casi inmediatamente. Perdió en 1997 y nuevamente en 1999. El liderazgo se le escapó entre los dedos. A los dos años de dejar el poder, ya estaba detenido, presidiendo el Consejo Nacional del PJ desde la quinta de Gostanian en Don Torcuato, como si fuera un prefiguración de las formas de poder sin poder que caracterizan el presente político argentino. La desmesura en la defensa pública de Yabrán fue un acto de exposición deliberada que anticipó el derrumbe. La desmesura actual en la defensa de un funcionario menor del Estado por parte del presidente constituye un acto similar, con un patrón histórico que deberían conocer quienes conducen.
La balcanización partidaria que impide la gobernanza
Las fuerzas políticas llegan a 2027 fragmentadas internamente de formas que hacen prácticamente imposible una conducción coherente. En 2023, tanto Cambiemos como el peronismo cometieron el error colosal de permitir que sus cúpulas decidieran una contienda presidencial entre Patricia Bullrich y Sergio Massa, cuando ambas coaliciones representaban a amplios sectores del electorado que jamás se identificaron con esas candidaturas. La sabiduría institucional del presidente Raúl Alfonsín, quien incluyó el balotaje en la Constitución de 1994, fue lo que permitió que Javier Milei llegara a la presidencia con los cuadros técnicos y los funcionarios de Cambiemos. Sin embargo, esa victoria no logró recomponer las fracturas internas.
¿Qué separa realmente a Milei de Mauricio Macri, más allá de cuestiones personales? Disientan en lo personal, pero creen en los mismos prejuicios, tienen idénticas ocurrencias económicas y políticas, y se pelean por quién ejecuta la jugada decisiva. En el peronismo, la situación es idéntica: ¿qué diferencia hay entre el peronismo del AMBA y el del interior, salvo intereses de facción? ¿Qué divide al espacio kirchnerista de Axel Kicillof en Buenos Aires, o a Raúl Jalil de Gildo Insfrán en sus respectivos territorios, más allá de asuntos personales y de poder local? Este festival de caudillismo sin liderazgo unificador que contenga las contradicciones es la marca de este ciclo electoral. Alienta esa fragmentación el diagnóstico erróneo que sostiene el gobierno: la creencia de que el principal problema de Argentina es el "riesgo kuka", como si el fantasma del peronismo fuera el culpable de la volatilidad de los mercados.
Este es exactamente el mismo error que cometió Juntos por el Cambio en 2019. Macri pasaba su mandato quejándose de que el peronismo estaba cautivo del kirchnerismo, como si ello explicara sus propios fracasos. Era una confesión de incapacidad para combatir eficazmente, una renuncia anticipada que lo llevó a la derrota. Ahora, el ministro de Economía se queja ante empresarios de que hace de todo pero que el riesgo país no baja por culpa del riesgo político asociado al peronismo. Esta narrativa descalifica no solo a una fuerza política, sino al voto popular que la sostiene, lo cual descalifica aún más a quien la esgrime. Es un círculo vicioso donde la descalificación antidemocrática se suma a ataques sistemáticos contra periodistas y se convierte en un patrón que debilita la legitimidad institucional.
La lección del liderazgo y la representación política
Hacer política, según la enseñanza del torero Juan Belmonte —quien fuera amigo de Ortega y Gasset—, es "llevar al toro por donde él no quiere ir, y hacerlo como si él quisiera". Esa frase sintetiza perfectamente el concepto de liderazgo: la capacidad de imponer una dirección, alcanzar un objetivo y lograr que el resultado parezca natural y deseado. Las elecciones se ganan representando, no censurando. Se ganan construyendo identificación, no destruyéndola mediante espectáculos de debilidad que pretenden aparentar fortaleza.
Los datos más recientes disponibles provienen de hace seis meses, cuando se realizaron las elecciones legislativas. En aquella ocasión, el voto no peronista alcanzó casi 41% del total, concentrando toda la dispersión que caracteriza al centro y centro-derecha. El peronismo, pese a sus fracturas internas, retuvo 34% de los sufragios. Esa estabilidad estructural del voto argentino es lo que los dirigentes de todos los espacios subestiman sistemáticamente. Creen que pueden modificarla mediante campañas o debates de superficie, sin advertir que la identificación entre votantes y representantes es un fenómeno de raíces profundas.
Ortega y Gasset escribió en su discurso ante las Cortes Constituyentes de 1931 unas palabras que merecen recordarse: "La política lo penetra todo: en definitiva, lo decide todo. Es un poder misterioso, instintivo, que rige la historia. Es un poder ajeno y distinto de los demás, que en cada edad se camufla según el matiz de los tiempos, como los grandes ríos toman el color del cielo y de las nubes viajeras que sobre ellos pasan a la deriva". A veces se disfraza de luchas raciales, otras de religiosas, otras de económicas. Pero bajo todo disfraz y máscara, es el instinto político, el instinto del poder, quien verdaderamente rige los hechos históricos. Eso es lo que ningún micrófono controlado logra dominar.
Las consecuencias: hacia dónde apunta el compás
Lo que suceda en los próximos meses y años dependerá de factores que no pueden preverse con certeza, pero sí pueden identificarse sus tendencias. Si el patrón de exposición deliberada mediante desmesura continúa, especialmente si se acompaña de ataques a la libertad de prensa, es probable que ese electorado de centro-derecha moderado que sostiene al gobierno comience a buscar alternativas. Ello no significaría automáticamente un retorno del peronismo al poder, sino una nueva fragmentación que complicaría aún más la capacidad de gobernar. Alternativamente, si el gobierno logra reconocer el error táctico y reorienta su estrategia hacia la construcción de liderazgo real en lugar de simulacros de poder, podría recuperar terreno. Existe también la posibilidad de que la estabilidad política y económica, si se logra, termine justificando retrospectivamente comportamientos que hoy parecen contraproducentes. Sin embargo, la historia sugiere que esos cálculos rara vez resultan favorables para quienes los hacen.



