La Argentina experimenta un vaciamiento progresivo de su base productiva que trasciende los números coyunturales para constituirse en un fenómeno estructural preocupante. Mientras febrero cerró con un saldo negativo de 257 empresas entre altas y bajas, los datos que entrega la Superintendencia de Riesgos del Trabajo revelan una tendencia descendente que no se detiene. Lo que sucede en el mercado laboral formal no es simplemente un ajuste transitorio: es la contracción sistemática de la capacidad productiva del país, con implicaciones que se extienden hacia la sostenibilidad del empleo formal y la recaudación tributaria. En solo dos meses iniciales del año en curso se acumularon 2.242 cierres netos, arrastrando consigo a más de 33 mil trabajadores desvinculados.

Una caída que tiene raíces profundas

La fotografía completa del deterioro económico requiere retroceder hasta noviembre de 2023, momento en el cual el sistema de riesgos del trabajo registraba 512.357 empleadores activos y 9.857.173 trabajadores en relación de dependencia. Poco más de dos años después, en febrero de 2026, esas cifras se contrajeron a 487.920 empresas y 9.529.360 empleados, consolidando una reducción de 4,8% en unidades productivas y de 3,3% en el volumen de trabajo formal. Traducido al lenguaje de las personas, esto significa que 24.437 empresas desaparecieron del circuito formal y se perdieron 327.813 puestos de trabajo bajo relación de dependencia.

Esa contracción no fue uniforme. Durante los últimos meses de 2024 y el transcurso de 2025, el ritmo de cierre aceleró notoriamente. Hacia diciembre de 2024 todavía se contabilizaban 499.682 empleadores; en apenas dos meses, esa cifra se desplomó a 487.920. La caída inicial de mediados de 2024 se explicaba principalmente por el impacto de la devaluación y sus efectos colaterales sobre sectores específicos: la construcción quedó paralizada por el cese de inversión pública y privada, la industria manufacturera contrajo su actividad y los organismos estatales redujeron su planta de personal. Pero lo que ocurre ahora trasciende esa lógica de ajuste sectorial.

Empresas jóvenes que no logran subsistir

Detrás de cada cierre hay historias empresariales truncas y decisiones desesperadas. Los especialistas señalan que una porción significativa de los cierres involucra a empresas con menos de tres años de existencia. Estas firmas nacientes no encuentran capacidad financiera para absorber los costos iniciales de inversión y operación en un escenario donde el poder de compra de la población se ha contraído considerablemente. Muchas de ellas nacieron con expectativas que las condiciones de 2024 y 2025 no permitieron concretar. Otras directamente pivotearon su modelo: dejaron de manufacturar productos locales y pasaron a importar y comercializar bienes del exterior, una estrategia que requiere menos infraestructura pero también menos empleo.

Pero el fenómeno no se limita a las pequeñas unidades. También hay cerramiento de empresas medianas y grandes, que al contraerse generan despidos de mayor envergadura. Los datos de febrero lo ilustran: aunque la cantidad de cierres netos fue similar a enero, el número de trabajadores desvinculados fue superior. Esto sugiere que las empresas que cerraron en febrero tenían dotaciones de personal más amplias. Paralelamente, la dinámica laboral se ha reconfigurado: existe una expansión del monotributo y la informalidad, modalidades que por definición no integran el sistema de riesgos del trabajo obligatorio, lo que significa que el éxodo del empleo formal es aún mayor que lo que estas cifras expresan.

La crisis de natalidad empresarial: el verdadero problema

Aquí reside el diagnóstico más inquietante. Según análisis de la Secretaría de Trabajo, el problema estructural no radica fundamentalmente en una tasa de cierres anormalmente elevada, sino en algo más grave: la ausencia de apertura de nuevas unidades productivas. La natalidad empresarial se ha desplomado. La cantidad de empresas que abren sus puertas hoy es significativamente menor a la de períodos anteriores, mientras simultáneamente se aceleró el ritmo de cierre. Esta asimetría es el corazón del asunto. Una economía que puede absorber ciertos cierres si compensa con nuevas aperturas; pero cuando ambas dinámicas se mueven en dirección opuesta, el resultado inevitable es la pérdida neta de capacidad productiva.

La creación de nuevas firmas no alcanza para compensar ni siquiera la salida natural y previsible de empresas del sistema. Históricamente, existe siempre una tasa de empresas que quiebran o cierran por causas naturales del ciclo económico. El desafío está en que se abran más de las que se cierran. En el contexto actual, ocurre lo inverso. Este desequilibrio explica por qué los 27 meses desde noviembre de 2023 constituyen un período de contracción sostenida de la base empresarial argentina.

El escenario laboral fragmentado y en retroceso

Las repercusiones sobre el empleo son multifacéticas. El descenso no solo afecta al sector privado sino también al público, donde se produjeron reducciones de personal. Simultáneamente, existe un flujo migratorio del empleo formal hacia la informalidad y hacia modalidades como el monotributo, que ofrecen menores protecciones sociales pero también menor tributación. Lo que ocurre es una especie de fragmentación del mercado laboral: mientras se contrae el trabajo en relación de dependencia y desaparecen puestos formales, crece el trabajo por cuenta propia sin cobertura de riesgos del trabajo. Este proceso tiene consecuencias sobre la base de afiliados del sistema de riesgos, sobre la recaudación de contribuciones patronales y, indirectamente, sobre los fondos disponibles para atender siniestralidad laboral.

Los datos mensuales también revelan volatilidad estacional. En enero hubo un aumento de trabajadores, explicado por alzas en sectores como agricultura y construcción, que típicamente retoman actividades después del período de vacaciones. Pero eso fue insuficiente para evitar que en febrero volviera la contracción. Este patrón estacional no es anómalo, pero la magnitud de la caída neta acumulada sí lo es.

Perspectivas y derivaciones futuras

Desde múltiples ópticas, estas tendencias plantean interrogantes sobre la sostenibilidad del modelo económico actual. Algunos analistas sugieren que se trata de un ajuste necesario que permitirá identificar empresas estructuralmente débiles y favorecer la eficiencia; otros sostienen que la contracción es tan pronunciada que daña la capacidad futura de crecimiento y generación de empleo. Hay quienes ven en el crecimiento de la informalidad una flexibilización que podría favorecer menores costos laborales; hay otros que advierten sobre la pérdida de protecciones y la fragmentación del tejido social. Lo cierto es que la combinación de cerramiento de firmas formales, escasa apertura de nuevas unidades productivas y migración hacia modalidades menos reguladas configura un escenario donde la economía formal pierde dinamismo mientras se expande la economía paralela. Qué ocurra en marzo y en los meses sucesivos, cuando típicamente reinician operaciones completas, será indicativo de si esta tendencia se estabiliza, revierte o profundiza. Esos números determinarán si el tejido productivo argentino ha encontrado un piso de contracción o si continúa en caída libre.