Una nueva ficha en el tablero energético e industrial

El empresario Marcelo Mindlin volvió a tocar la puerta del gobierno de Javier Milei con otra jugada de alto voltaje. Esta vez, el pedido no viene de la mano del petróleo ni del gas, sino de la química agroindustrial: Fértil Pampa, una subsidiaria de Pampa Energía, presentó formalmente una solicitud de adhesión al Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) para desarrollar un complejo productor de fertilizantes nitrogenados en Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires. El monto del proyecto asciende a nada menos que 2.400 millones de dólares, lo que lo convierte en una de las apuestas industriales más ambiciosas que se hayan presentado ante ese régimen desde su creación.

La solicitud fue enviada este miércoles, y marca un paso concreto —aunque todavía no definitivo— en un proyecto que lleva varios años dando vueltas en los escritorios de la compañía. La decisión final de inversión aún no está tomada: es decir, el momento en que los engranajes se ponen en marcha de forma irreversible todavía no llegó. Pero la presentación al RIGI y las gestiones de financiamiento que Mindlin y sus socios están realizando ante organismos multilaterales sugieren que el proyecto está mucho más cerca de concretarse que en cualquier momento anterior.

Urea, amoníaco y dióxido de carbono: qué produciría la planta bahiense

Según la documentación presentada ante el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), cuyo canal de inversión privada BID Invest tiene en carpeta un financiamiento de hasta 1.500 millones de dólares que esperaría aprobarse antes de que termine el año, el complejo de Fértil Pampa contempla una infraestructura de considerable escala. En concreto, se proyecta la construcción de una planta de producción de amoníaco y dióxido de carbono, junto con una o varias unidades de fabricación de urea granulada, instalaciones de almacenamiento, capacidad de despacho de producto terminado, y toda la infraestructura necesaria para garantizar el suministro de gas natural, agua y electricidad. La materia prima central del proceso es el gas natural, un recurso del que Argentina dispone en abundancia creciente gracias al desarrollo de Vaca Muerta.

La capacidad de producción proyectada alcanza las 2,1 millones de toneladas anuales de urea granulada, un fertilizante ampliamente utilizado en la agricultura para estimular el crecimiento de los cultivos. Si el proyecto se concreta en esos términos, podría transformar el perfil productivo del país en materia de insumos agropecuarios, reduciendo de manera significativa la dependencia de las importaciones de fertilizantes nitrogenados que hoy encarece la producción del campo argentino. Además del BID, los socios de Mindlin —Gustavo Mariani y Ricardo Torres— también están gestionando financiamiento ante el Banco Mundial, lo que refuerza el carácter estratégico del emprendimiento a ojos de la comunidad financiera internacional.

El contexto geopolítico que hace más urgente la apuesta

La decisión de avanzar con este tipo de proyecto no es ajena al convulsionado mapa global. Actualmente, cerca del 35% de la producción mundial de urea se concentra en Medio Oriente, una región sacudida por conflictos bélicos que no muestran señales de desescalada. Parte crucial de esa producción depende del tránsito por el Estrecho de Ormuz, un paso marítimo que en tiempos de tensión puede convertirse en un cuello de botella de consecuencias enormes para los mercados de commodities agrícolas. No es un escenario hipotético: el precio de la urea ya registró una suba de alrededor del 40% en el último mes y medio, un sacudón que se trasladó directamente a los costos de producción del agro argentino.

En ese marco, la construcción de una planta local de esta magnitud no sería solo un negocio privado de gran escala, sino también una herramienta de soberanía productiva. Argentina importa hoy fertilizantes nitrogenados que podría fabricar con el gas que ya tiene en el subsuelo patagónico. La única planta productora de fertilizantes de envergadura que opera actualmente en el país es Profertil, que YPF vendió el año pasado a Adecoagro por 600 millones de dólares. Fértil Pampa vendría a disputarle ese lugar en el mercado, aunque con una escala de producción proyectada considerablemente mayor.

Empleo, exportaciones y una obra de cuatro años

Las estimaciones que maneja el proyecto son llamativas desde el punto de vista del impacto económico regional. La construcción del complejo, que podría demandar hasta cuatro años de obra, generaría aproximadamente 3.500 puestos de trabajo durante esa etapa. Una vez operativa la planta, se sostendrían entre 250 y 300 empleos permanentes. Para Bahía Blanca, una ciudad que históricamente funcionó como polo petroquímico y que busca reposicionarse en la nueva economía energética argentina, una inversión de esta naturaleza representaría un impulso considerable para su tejido productivo y social.

En materia de divisas, las proyecciones también son significativas: Fértil Pampa podría generar exportaciones del orden de los 890 millones de dólares anuales una vez que la planta esté en plena operación. Ese flujo de ingresos externos, combinado con la reducción de importaciones de fertilizantes nitrogenados, representaría un aporte neto al balance comercial argentino que difícilmente pase desapercibido para un gobierno que tiene en la generación de dólares uno de sus principales objetivos macroeconómicos.

Mindlin acumula fichas en el RIGI

Vale la pena ubicar este nuevo proyecto dentro del patrón más amplio de la estrategia de Pampa Energía. La compañía ya había solicitado el amparo del RIGI para su participación en el desarrollo de shale oil en Rincón de Aranda, un proyecto valuado en 4.500 millones de dólares. A eso se suma el anuncio de una inversión de 3.000 millones de dólares a través de Transportadora de Gas del Sur (TGS) para el procesamiento de líquidos del gas natural. Y además, Pampa integra los consorcios Southern Energy y Vaca Muerta Oil Sur, orientados a la exportación de gas natural licuado y petróleo crudo respectivamente. En conjunto, la firma de Mindlin se perfila como uno de los actores privados más activos dentro del ecosistema de grandes inversiones energéticas que el gobierno de Milei busca promover como motor de una transformación estructural de la economía argentina. La apuesta de Bahía Blanca es, en ese contexto, una nueva pieza de un rompecabezas que, si encaja, podría cambiar el perfil exportador del país por décadas.