Una transformación silenciosa pero profunda atraviesa el corazón del sistema crediticio argentino. Hace menos de un mes ocurrió algo que no se registraba desde hace más de veinte años: las empresas tienen vigentes más deudas contraídas en dólares que en pesos. Este giro en la composición de las obligaciones financieras del sector productivo revela mucho más que un simple cambio de preferencias. Refleja una economía dividida, donde los que venden al exterior encuentran puertas abiertas en los bancos mientras que los que abastecen el consumo local quedan aprisionados por costos financieros elevados. La situación no es decorativa: implica riesgos para la estabilidad del tejido empresario nacional y pone de manifiesto una asimetría cada vez más difícil de sostener.
Los números ofrecen una fotografía clara del fenómeno. De acuerdo con las mediciones realizadas por los economistas del Banco Provincia, ambos volúmenes de cartera rondaban cifras similares hasta hace poco tiempo, operando en torno a los 33 billones de pesos. Pero la línea de demarcación se cruzó. El financiamiento en moneda extranjera avanzó 8,3% en términos reales durante lo que va del año, mientras que su contraparte en pesos se desplomó 4,7%. Esta divergencia no obedece a caprichos del mercado sino a mecanismos profundos de la estructura económica argentina. Los que recurren al dólar son los eslabones de una cadena bien definida: empresas agropecuarias que venden granos al mundo, operadores mineros que extraen recursos, productores de energía que exportan. Quienes toman crédito en pesos, por el contrario, son compañías que fabrican bienes y servicios para que consuman argentinos: desde pequeños industriales hasta comerciantes y prestadores de servicios locales.
Dos economías, dos mercados de crédito
Matías Rajnerman, economista especializado en cuestiones financieras, sintetizó el dilema en términos que exponen la raíz del problema: existe una dualidad fundamental entre ambos segmentos. Los tomadores de préstamos en dólares acceden a financiamiento que describe como abundante y barato. Quienes recurren a líneas en pesos enfrentan justamente lo opuesto: escasez y precios elevados. Esta no es una situación transitoria ni una anomalía de mercado que desaparecerá por sí sola. Al contrario, los especialistas advierten que el fenómeno tiende a reforzarse a sí mismo. El crédito en dólares no llega para completar la oferta de financiamiento: viene a reemplazar al crédito en pesos, desplazándolo del mapa de opciones disponibles para las compañías.
¿Por qué el crédito en pesos permanece tan caro? La respuesta apunta a decisiones en múltiples niveles. Las tasas de interés cobradas por las entidades financieras no han descendido al ritmo que economistas y banqueros consideraban posible. Esto está asociado a un problema estructural: el Banco Central generó un objetivo para 2026 orientado a dejar circulando en el mercado los pesos que acumula al comprar dólares. Sin embargo, ese plan no prosperó como se esperaba. La cartera de deuda del Estado, gestionada por el Ministerio de Economía, absorbió esos pesos en licitaciones y colocaciones de títulos. El resultado fue exactamente lo opuesto al deseado: una restricción en la oferta monetaria que presionó hacia arriba el costo del financiamiento. Vladimir Werning, vicepresidente del Banco Central, reconoció recientemente esta realidad en declaraciones públicas. Explicó que el mercado crediticio funciona en dos ciclos que, por ahora, no avanzan al mismo ritmo. En dólares, el ciclo de expansión ya está completamente desatado. En pesos, argumentó, el nuevo ciclo de crecimiento está próximo porque indicadores como la mora parecen haber tocado su máximo, lo que podría abrir espacio para que los bancos amplíen su cartera. Proyectó además que ese nuevo ciclo será más selectivo, más prudente y más duradero que los anteriores.
El dinero transaccional no llega a las tasas
Pero los datos recientes cuestionan esa proyección. Consultoras independientes que monitorean el sistema financiero encontraron que, aunque la cantidad de pesos disponibles para transacciones creció en mayo por primera vez en seis meses, esa liquidez adicional no se trasladó hacia reducciones de tasas. El crédito real en pesos continuó cayendo, aunque levemente. Las líneas destinadas a familias fueron especialmente golpeadas: préstamos personales retrocedieron 1,2%, saldos en tarjetas de crédito bajaron otro 1,2% y créditos prendarios cayeron 1,2% también. En contraste, los préstamos en dólares (sin incluir operaciones de tarjetas) crecieron en volumen, aunque a un ritmo decreciente comparado con meses anteriores. Donde en abril las empresas tomaban préstamos en dólares por alrededor de 1.313 millones de dólares, en mayo ese monto se redujo a 403 millones. Aún así, la tendencia fundamental no cambió: el dólar sigue ganando terreno.
Esta configuración del sistema financiero tiene implicancias que van más allá de las cifras macroeconómicas. Los empresarios que dependen del mercado interno enfrentan una trampa. Necesitan capital para invertir, expandir operaciones, modernizar equipos o incorporar tecnología. Pero el acceso a ese capital está encarecido o directamente limitado por decisiones que escapan a su control. Algunos podrían pensar en tomar deuda en dólares como alternativa, pero eso introduce un riesgo cambiario que puede resultar letal si el peso se deprecia: un préstamo en dólares se vuelve más caro de pagar en moneda local si el tipo de cambio sube. Los bancos, por su parte, enfrentan incentivos opuestos. Prestar a empresas que generan dólares es menos riesgoso desde su perspectiva: esos clientes tienen ingresos en moneda extranjera, lo que reduce la probabilidad de incumplimiento. Financiar a productores domésticos implica mayor exposición a riesgos de insolvencia si el mercado interno se contrae o si el poder adquisitivo de los consumidores locales se deteriora.
La historia de Argentina registra antecedentes de desequilibrios similares en su sistema de crédito, aunque no exactamente en estas circunstancias. En 2019 se produjo una situación comparable cuando el volumen de crédito en dólares superó temporalmente al de pesos, pero ese episodio fue principalmente resultado de la depreciación del peso que ocurrió en ese período. La comparación en términos de volumen físico de dinero cambió simplemente porque los dólares se revaluaron respecto de los pesos. Hoy el fenómeno es distinto: incluso corrigiendo por movimientos cambiarios, el crédito en dólares domina por razones estructurales profundas. Los economistas que estudian la materia señalan que esto constituye un quiebre de largo plazo en la composición de la deuda empresaria, no una fluctuación temporal.
¿Qué podría suceder a futuro?
Las posibles trayectorias de esta situación despliegan un abanico de escenarios. Si las tasas de interés en pesos finalmente desciendan de manera significativa, el crédito doméstico podría repuntar y recuperar terreno perdido. Eso requeriría que la absorción de pesos por parte del Estado se reduzca o que el Banco Central encuentre nuevos mecanismos para inyectar liquidez sin generar presiones inflacionarias. Alternativamente, si el diferencial de costos entre financiamiento en dólares y en pesos se mantiene o se amplía, la divergencia podría profundizarse, con consecuencias sobre la composición sectorial de la economía. Las actividades exportadoras se fortalecerían mientras que los sectores orientados al consumo doméstico enfrentarían mayores dificultades. Un tercer escenario contempla turbulencias cambiarias: si el peso se deprecia significativamente, las empresas que tomaron deuda en dólares sufrirían pérdidas contables importantes, reduciendo su capacidad de servir esas obligaciones. Finalmente, existe la posibilidad de que los ciclos crediticios que funcionarios del Banco Central mencionaban converjan, permitiendo que el segmento de pesos inicie su propio período de expansión con bases más sólidas. Cada uno de estos caminos posibles genera implicancias diferentes para el empleo, la inversión y la distribución del poder económico entre sectores.



