El termómetro del consumo en Argentina volvió a generar fricción esta semana cuando alguien levantó la mano para cuestionar cómo se mide realmente lo que gastan los argentinos. No se trata de un detalle académico sin peso: estamos frente a un choque interpretativo que divide aguas entre quiénes observan la economía desde el comercio tradicional y quiénes lo hacen desde el ecosistema digital. Esta disputa de diagnósticos revela algo más profundo sobre cómo está mutando la actividad comercial doméstica y cuáles son las limitaciones de los indicadores que usamos para entenderla.

La Confederación Argentina de la Mediana Empresa divulgó información sobre el desempeño de las ventas minoristas durante julio que pintaba un panorama desalentador. Según su relevamiento mensual sobre 1.128 establecimientos físicos distribuidos en todo el país, el volumen comercializado se contrajo 3,8% en términos interanuales. En comparación con junio, la baja fue aún más pronunciada: 2,1%. Acumulando los números de los primeros siete meses del año, la entidad reportó una caída acumulada de 2,7%. Estos números provenían de un análisis que contemplaba siete categorías de comercios: alimentos, bazar, calzado, farmacia, perfumería, ferretería y textiles. El diagnóstico de CAME sugería que tras un respiro generado por el pago de medio aguinaldo en junio, el consumo volvió a retroceder cuando el clima de invierno incrementó el peso de las facturas de servicios en los presupuestos domésticos, obligando a un consumidor más desconfiado y selectivo a elegir solo lo imprescindible.

La contrapropuesta digital y sus números explosivos

Fue precisamente aquí donde Marcos Galperin, quien lidera Mercado Libre, decidió intervenir públicamente con un argumento incómodo para quienes confían en esos números. A través de su cuenta en la red social X, el empresario planteó una pregunta que funcionaba simultáneamente como crítica: ¿qué ocurre si los indicadores tradicionales de consumo están dejando afuera un segmento cada vez más grueso de la actividad comercial? Específicamente, propuso comparar la totalidad del volumen que captura CAME con lo que mueve Mercado Libre en el país. La cifra que exhibió fue llamativa: la plataforma registró un crecimiento de 38% en términos de moneda constante durante el último trimestre. Según el reporte de resultados financieros que la compañía divulgó ese miércoles, los artículos vendidos crecieron 22% interanual, mientras que el volumen bruto de mercancías vendidas en moneda constante escaló 38% interanual.

La provocación de Galperin contenía una implicación que desafiaba el relato: si Mercado Libre está moviendo volúmenes similares o superiores a todo lo que mide la confederación de minoristas, entonces el diagnóstico sobre el estado real del consumo podría estar incompleto. No se trataba únicamente de criticar números, sino de señalar una brecha metodológica cada vez más evidente. CAME relevaba comercios físicos; Mercado Libre operaba en el universo digital. Y mientras el primero reportaba caídas, el segundo informaba expansiones brutales. El empresario concluyó apuntando que "nadie parece tenerlo en cuenta al anunciar el estado del consumo", sugiriendo que los tomadores de decisiones seguían navegando con un mapa incompleto de la realidad económica.

El respaldo político y la respuesta institucional

La intervención no quedó aislada en la esfera de opinión. Javier Milei respondió casi de inmediato, catalogando el planteo como una "masterclass", utilizando la expresión que frecuentemente emplea para destacar lo que considera un análisis particularmente penetrante. El respalso presidencial transformó la observación de un empresario en un posicionamiento político, añadiendo un componente de validación oficial a la crítica de los números de CAME. Este gesto no fue inocente: el Gobierno ha mantenido una narrativa sobre la recuperación económica que contrasta con los reportes de caída del consumo minorista. Un respaldo a la perspectiva de Galperin equivalía, en cierto sentido, a reafirmar esa narrativa desde un ángulo diferente.

Desde CAME, su presidente Ricardo Diab salió al cruce para defender la metodología. Subrayó que la confederación relevaba "establecimientos físicos", aclarando que la práctica se remontaba años atrás. Diab también proporcionó un dato que sugería matices en la narrativa digital: de los comercios que relevaban, apenas 26% poseía algún canal de venta electrónica, y en esos casos el crecimiento había rondado 15% en algunos rubros específicos. La defensa apuntaba a mostrar que incluso dentro del comercio minorista que captaba CAME, la digitalización existía pero era limitada. Sin embargo, ese argumento no disolvía la pregunta incómoda: ¿qué sucedía con todo el comercio electrónico que operaba sin intermediación de comercios físicos tradicionales?

Dentro del reporte de CAME, los números no fueron uniformes. La mayoría de los sectores acusó caídas interanuales. Textil e indumentaria registró la peor performance con una contracción de 5,6%. Bazar y decoración cayó 5,5%, mientras que alimentos y bebidas retrocedió 5,4%. Solo ferretería, materiales eléctricos y de construcción mostró cifra positiva, con un crecimiento de 1%. Este desempeño desigual reflejaba el comportamiento selectivo del consumidor del que CAME hablaba, donde categorías de lujo o discrecionalidad cedían ante la presión de presupuestos apretados. Pero paralelamente, Mercado Libre reportaba que en Argentina, los "ítems vendidos crecieron 22% interanual", un dato que abarcaba potencialmente una canasta mucho más amplia que la que CAME mediría jamás. El mismo reporte de la plataforma reconocía, no obstante, que operaba en un "entorno de consumo desafiante", incluso mientras ganaba cuota de mercado frente al comercio de ladrillos y cemento.

Lo que emerge de este episodio es una tensión que refleja transformaciones profundas en el comercio argentino. Durante décadas, medir el consumo significaba ir a un comercio minorista, ver qué se vendía y cuantificarlo. Ese modelo generó indicadores que ahora miles de analistas, periodistas y funcionarios consultan diariamente. Pero la realidad se ha diversificado. Un porcentaje creciente de transacciones ocurre en espacios sin mostrador físico, sin vendedor de carne en la carnicería, sin cliente que entra a una tienda de ropa. El comercio digital, alimentado por plataformas que integran vendedores de todo tipo, captura una porción cada vez mayor de la actividad económica que los métodos tradicionales no registran con precisión. CAME relevaba siete categorías de comercio minorista. Mercado Libre, en cambio, operaba en un universo sin límites de categorías ni restricciones geográficas. La pregunta entonces no es si uno u otro tiene razón, sino cómo combinar ambas perspectivas para obtener un diagnóstico más fidedigno.

Las implicancias de este debate se extienden más allá de una mera disputa estadística. Si el consumo está efectivamente creciendo a través de canales digitales mientras cae en comercios tradicionales, esto sugiere una redistribución acelerada del gasto hacia plataformas online. Para los comerciantes pymes que venden en tiendas físicas, representa un desafío existencial. Para los hacedores de política pública, implica un desajuste entre las herramientas de medición disponibles y la realidad que pretenden gobernar. Para el público en general, abre interrogantes sobre cuál es verdaderamente el estado de su capacidad adquisitiva: ¿está consumiendo menos o está consumiendo distinto? La respuesta probablemente no sea binaria. Mientras algunos rubros caen dramáticamente en los comercios relevados por CAME, otros segmentos de la población acceden a bienes y servicios a través de canales que esos relevamientos no contemplan. Eso significa que tanto el diagnóstico de desaceleración como el de expansión contienen verdades parciales. Lo que resta por hacer es reconciliar ambas perspectivas en un indicador integral que permita a todos los actores entender realmente cómo está mutando la economía doméstica.