El mercado laboral argentino atraviesa un momento de contracción que no da señales de reversión. Durante abril pasado, la cifra de trabajadores en relación de dependencia registrada totalizó 12.765.000 personas, una pérdida de 28.000 empleos respecto al mes anterior. El indicador retrocedió 0,2% en términos mensuales, y cuando se lo compara con igual mes del año previo, la merma alcanza el 0,7%. Esta es apenas la segunda ocasión en los últimos dos meses que el mercado laboral formal se contrae, evidenciando un patrón problemático que preocupa a especialistas y funcionarios por igual. Lo que sucede en la Argentina refleja dinámicas económicas más profundas que van más allá de las cifras mensuales: el empleo formal, históricamente considerado un indicador de estabilidad y de crecimiento sostenido, comienza a mostrar grietas que sugieren dificultades estructurales en la economía.

Una caída que abarca toda la economía

La contracción no es selectiva ni marginal. Según información de la Secretaría de Trabajo, el sector asalariado privado registró la caída más profunda, con una pérdida de 128.600 trabajadores, equivalente a una reducción del 2,1%. Simultáneamente, el empleo público también se vio afectado, retrayéndose en 14.400 personas (-0,4%). La única modalidad que logró crecer fue el trabajo independiente, que sumó 50.100 personas con un aumento del 1,8%. Este dato es significativo: mientras la formalidad retrocede, hay una migración hacia el autoempleo, lo que suele interpretarse como un síntoma de que trabajadores desalojados del sector privado formal buscan alternativas de ingreso en la informalidad o el trabajo por cuenta propia. Este fenómeno ha sido documentado en ciclos económicos recesivos previos en América Latina, donde la proporción de trabajadores independientes aumenta inversamente con la capacidad de generación de empleo formal.

Cuando se desagrega el panorama por rama de actividad, la fotografía se vuelve aún más preocupante. Solamente dos sectores logró mantener o aumentar su planta de personal: Hoteles y restaurantes expandió con un crecimiento del 0,4%, mientras que Agricultura, ganadería, caza y silvicultura avanzó 0,2%. Tres ramas permanecieron estancadas sin cambios significativos: Enseñanza, Servicios sociales y de salud, y Suministro de electricidad, gas y agua. Sin embargo, nueve sectores experimentaron reducciones. El más golpeado fue Pesca, con una contracción de 5,9%. Le siguieron Intermediación financiera (-0,9%), Transporte, almacenamiento y comunicaciones (-0,4%), Industrias manufactureras (-0,3%), Comercio y reparaciones (-0,3%) y Explotación de minas y canteras (-0,3%). Esta amplitud en la caída es indicativa de una contracción generalizada, no circunscrita a un segmento particular.

El trabajo independiente también flaquea

Un dato que añade complejidad al análisis es que abril también trajo consigo una sorpresa negativa en el segmento de trabajadores independientes. Contrario a lo observado en meses previos, esta modalidad mostró una caída de 0,7% con respecto a marzo. Dentro de este universo, las categorías más vulnerables sufrieron los peores impactos: el monotributo social fue el más afectado con una reducción de 2,1%, seguido por trabajadores autónomos que retrocedieron 1,0%, y los adheridos al régimen del monotributo que se contrajeron 0,5%. Esto sugiere que la debilidad económica está alcanzando también a quienes operan en la informalidad registrada, lo cual es particularmente significativo porque este segmento había mostrado cierta resiliencia durante ciclos previos. Cuando el trabajo independiente comienza a contraerse, es un síntoma de que la caída de la demanda agregada es severa.

A nivel territorial, la crisis laboral presenta una geografía desigual. En términos mensuales, algunas provincias mostraron dinamismos relativos: Neuquén encabezó con un avance de 0,6%, seguida por Tucumán con 0,5%, mientras que La Rioja y San Juan crecieron 0,2% cada una. No obstante, cuando se analiza la comparación interanual—es decir, abril de 2026 contra abril de 2025—el panorama es desolador. Apenas tres jurisdicciones registraron aumentos: Neuquén lideró con 3,7% de crecimiento, Río Negro con 2,7% y San Juan con 1,6%. En contraposición, veintiuna provincias enfrentaron reducciones. Las caídas más severas se concentraron en el sur y noreste del país: Tierra del Fuego sufrió una contracción de 11,2%, Chubut de 7,3%, Misiones de 6,1%, Corrientes de 6,0%, Chaco de 5,4%, Formosa de 5,2%, Catamarca de 5,1% y Santa Cruz de 4,5%. Esta distribución desigual plantea interrogantes sobre la capacidad de recuperación en territorios que históricamente han enfrentado mayores dificultades económicas.

Una tendencia que viene de lejos

Los datos puntuales de abril no son una anomalía aislada sino el reflejo de una trayectoria laboral problemática que se remonta a septiembre de 2023. En ese entonces comenzó una fase descendente sostenida en el empleo asalariado formal del sector privado. La caída fue particularmente pronunciada durante el primer trimestre de 2024, período en el cual las empresas redujeron masivamente su personal. Posteriormente, la intensidad de las pérdidas se moderó, y hacia la segunda mitad de ese año se observó cierta estabilización relativa. Entre octubre y diciembre de 2024 hubo una recuperación tímida que permitió recuperar parcialmente algunos de los puestos perdidos en trimestres anteriores. Sin embargo, desde los primeros meses de 2025 el empleo se mantuvo prácticamente estancado, sin variaciones significativas. A partir de junio de ese año, la trayectoria descendente retomó su curso. Esta nueva fase contractiva se extendió durante el segundo semestre de 2025 a un ritmo promedio mensual de -0,2%, continuó durante el primer trimestre de 2026 con una intensidad levemente menor de -0,1% promedio mensual, y en abril mantuvo la línea contractiva. El patrón sugiere que estamos ante una situación que trasciende fluctuaciones cíclicas normales.

Proyecciones para mayo y trimestres venideros apuntan a un escenario complejo. Si la dinámica observable en los aglomerados urbanos principales—donde se concentra la mayor parte de la actividad económica formal—continúa mostrando signos negativos aunque moderados, como indicó la Encuesta de Indicadores Laborales para mayo con una contracción de apenas -0,1% en empresas de más de diez empleados, entonces la economía podría estar entrando en una meseta de bajo crecimiento del empleo que podría prolongarse. Esto tendría implicaciones profundas no solo para el bienestar de los trabajadores y sus familias, sino también para la recaudación tributaria, el consumo interno y la sostenibilidad de políticas sociales que dependen de una base contributiva robusta. El fenómeno de desplazamiento hacia el trabajo independiente, aunque parcialmente reversible si se reactiva la demanda, también plantea desafíos en términos de protección social y cobertura de beneficios que las formas de empleo formal garantizaban. Las provincias más golpeadas enfrentan además el riesgo de una migración laboral hacia centros urbanos mayores, lo que podría profundizar asimetrías regionales ya existentes.