La Argentina vive una crisis silenciosa dentro de sus instituciones financieras. No es la que aparece en los titulares de primera plana, pero genera más inquietud entre los directivos de bancos y empresas fintech que cualquier otra variable macroeconómica. Se trata de la avalancha de préstamos que dejaron de pagarse, una realidad que atraviesa todo el ecosistema crediticio y que ya está dejando marcas profundas en las carteras de crédito de grandes y pequeñas entidades. Lo preocupante no es solo la magnitud del problema, sino su naturaleza transversal: afecta por igual a la banca tradicional y a las nuevas plataformas de financiamiento digital, generando una especie de efecto dominó que nadie sabe cómo detener completamente.

Los números hablan por sí solos. En enero, la morosidad en los créditos otorgados por los bancos trepó hasta rozar el 11 por ciento, un nivel que según las propias estimaciones de las entidades probablemente se haya deteriorado durante febrero. Pero si esa cifra ya resulta alarmante, lo que ocurre en el universo de las billeteras virtuales y plataformas fintech es directamente inquietante: allí, la proporción de deudas impagas alcanza valores cercanos al 20 por ciento. Esta brecha significativa entre un segmento y otro refleja no solo diferencias en los perfiles de clientes, sino también la velocidad con la que ambas estructuras pueden reaccionar ante crisis de liquidez familiar. La situación es tan delicada que varios legisladores de la oposición ya comenzaron a trabajar en proyectos de ley orientados a poner frenos al endeudamiento descontrolado de las personas físicas, intentando evitar que más familias caigan en la trampa de obligaciones que no pueden cumplir.

Una estrategia artesanal pero sistémica

Frente a este escenario, tanto bancos como fintech han activado un arsenal de medidas que, aunque varían en algunos detalles, comparten una estructura común. La estrategia podría describirse como "artesanal pero replicada", es decir, cada caso se trata de manera individualizada, pero el protocolo general se repite en todas partes. Las entidades han desplegado llamadas telefónicas constantes a clientes morosos, han instalado recordatorios automáticos, han diseñado planes de refinanciación que estiran los plazos originales y han creado estructuras de pago alternativas que buscan ser más amigables con la realidad financiera actual de las personas. El objetivo declarado es claro: lograr que quienes dejaron de pagar se reincorporen a la normalidad antes de caer en la categoría temida de "deuda irrecuperable", un punto de no retorno después del cual las posibilidades de cobro se vuelven prácticamente nulas.

Desde Banco Galicia explicaron públicamente su enfoque: están invirtiendo en lo que denominan "contención" del problema, implementando acciones preventivas tanto al momento de originar nuevos créditos como en la gestión de cobranza y en las estructuras de refinanciación. La idea es ampliar los tiempos de pago y mejorar los términos para que los clientes puedan atravesar la dificultad económica sin caer en incumplimiento. Pero hay algo más en lo que están poniendo énfasis: la gestión de la "pre mora", es decir, detectar señales de alerta antes de que el cliente entre efectivamente en default. Para ello, invierten en educación financiera de sus deudores, brindándoles alternativas que eviten que lleguen a ese punto crítico. Por su parte, Banco Supervielle transformó completamente su modelo operativo en las sucursales. Reorganizaron toda la red de atención al público poniendo a ejecutivos específicamente dedicados a gestionar la mora, con capacidad para escuchar a los clientes, entender sus situaciones particulares y ofrecerles soluciones personalizadas que se adapten tanto a su problemática específica como a sus posibilidades reales de pago.

Señales de alivio pero advertencias pendientes

Según los ejecutivos consultados, estos esfuerzos están produciendo algunos resultados parciales. En el segmento de pequeñas y medianas empresas, la morosidad comienza a ceder, lo que sugiere que la estrategia de contención tiene algún grado de efectividad. Sin embargo, en lo que respecta a créditos de familias, especialmente en tarjetas de crédito y préstamos personales sin garantía, el cuadro sigue siendo complicado. Los responsables de los principales bancos reconocen que probablemente aún no se haya tocado el pico máximo de la curva de morosidad en este segmento. Solo si se concreta la baja sostenida de tasas de interés y se mantiene un escenario de relativa estabilidad macroeconómica, esperan comenzar a ver reducción en estos indicadores recién a partir del segundo semestre del año. Es decir, todavía queda mucho camino por recorrer antes de que la presión sobre las familias endeudadas se alivie significativamente.

En una de las principales instituciones financieras del país explicaron que su accionar no se basa en medidas generalizadas o de corte masivo, sino en un análisis caso por caso. Trabajan con dos tipos de clientes: aquellos que ya muestran dificultades manifiestas y aquellos en quienes los modelos predictivos detectan señales tempranas de riesgo. El foco estratégico está puesto en lo que denominan "salud financiera del cliente", buscando evitar que una crisis puntual de pago lo expulse completamente del sistema financiero formal. Esta noción de "salud financiera" no es menor: reconoce que el cliente no es una entidad aislada sino un conjunto de compromisos y obligaciones que se distribuyen en múltiples lugares del ecosistema financiero. Desde las plataformas de fintech resuena el mismo lenguaje. En Naranja x, por ejemplo, afirman que su prioridad es monitorear el endeudamiento sistémico, mirando más allá de sus propios productos para comprender el compromiso total que cada cliente tiene en toda la red financiera. Solo así pueden intervenir para evitar que alguien caiga en sobreendeudamiento.

La industria fintech ha desarrollado lo que llama "flexibilización adaptativa de cobranzas", un término sofisticado para describir lo que en esencia significa: ajustar los pagos mínimos a la realidad de cada cliente y diseñar estructuras de cuotas que sean más llevaderas. No se trata simplemente de estirar el plazo, sino de crear una "ingeniería de pagos" que se sincronice con los nuevos flujos de ingresos de las personas. Algunas plataformas han ido más lejos y refinaron sus criterios de evaluación crediticia para nuevos préstamos, lo que en algunos casos permitió mejorar la calidad de sus carteras. Credicuotas, por ejemplo, señaló que su agilidad operativa les permitió ajustar rápidamente los estándares de aprobación y adecuar los montos ofrecidos, enfocándose en plantear condiciones que cada cliente pueda realmente afrontar. Esta flexibilidad es algo que la banca tradicional, por su propia estructura y regulaciones, tiene más dificultad para implementar con la misma velocidad.

En cuanto a las perspectivas futuras, hay cierto optimismo cauteloso en el sistema. Desde finales de marzo, algunos de los mayores bancos comienzan a observar que la curva de morosidad empieza a cambiar de dirección. El ejecutivo de una de las entidades más grandes del sistema bancario fue directo: "El pico ya pasó". Cree que en la medida en que las tasas continúen bajando, reduzcan el costo del nuevo crédito y haya más circulante en la economía, la reducción de la mora se consolidará. En el sector fintech comparten esta visión y añaden un matiz importante: el "cuello de botella" que se formó en los créditos hacia finales de 2025 está comenzando a aflojarse. Esto permite que las plataformas retomen su actividad de originación con criterios más exigentes que antes. Sin embargo, hay una advertencia que se repite: la mora es como una resaca, un fenómeno que persiste entre seis y nueve meses después de que ocurra la crisis que la origina. Si el peor momento para los créditos fue efectivamente en octubre del año pasado, entonces la normalización debería comenzar en los próximos meses, pero no será inmediata ni lineal. El camino hacia la recuperación será lento, y probablemente aún habrá sorpresas desagradables en los datos que se publiquen en las próximas semanas.