La primera ola de resultados empresariales que atravesó 2026 funcionó como un espejo descarnado de una economía argentina que avanza en direcciones completamente opuestas según el sector de que se trate. Mientras algunos gigantes industriales se desmoronan bajo el peso de márgenes erosionados y consumo contraído, otras empresas cuelgan banderas de ganancia sin precedentes. Los números que las compañías pusieron sobre la mesa en el primer trimestre revelan algo mucho más profundo que simples variaciones de rentabilidad: exponen una mutación estructural en los patrones de demanda, en la distribución del dinero disponible y en las prioridades de inversión de un país que intenta rearmarse desde sus cimientos.
El dato que captura la magnitud del problema golpea primero: la demanda de consumo masivo se desplomó por encima del 3% en los primeros noventa días del año. Esa cifra no es un número más en una planilla de Excel. Representa millones de familias que compraron menos pan, menos leche, menos productos de la canasta básica. Representa ejecutivos de empresas que fabricaban esos bienes durante décadas viendo cómo sus ingresos se contraen mientras los costos avanzan sin piedad. Para las compañías que dependen de ese consumo cotidiano —aquellas que viven del flujo constante de clientes que entran a almacenes y supermercados— el escenario resultó tóxico. Debieron hacer una cirugía de costos más radical de lo que ya venían haciendo. Despidieron con más agresividad. Redujeron operaciones. Algunos cerraron plantas. Otros vieron cómo sus márgenes de ganancia se estrujaban hasta casi desaparecer, incluso cuando lograban vender más cantidad de producto.
La paradoja de crecer en números y enrojecer en resultados
Morixe, la empresa alimenticia que integra el grupo Sociedad Comercial del Plata, ofrece un retrato casi alegórico de esta contradicción. En el período considerado, sus ingresos por ventas saltaron un 33%, cifra que en cualquier otro contexto habría merecido champagne en los despachos corporativos. Sin embargo, la compañía atravesó el trimestre con una pérdida neta de 1.754 millones de pesos. ¿Cómo es posible vender más y perder más dinero? La respuesta descansa en un tsunami de costos: comercialización y logística que se comieron la ganancia, sumado a una demanda local que en términos reales cayó de manera significativa. El negocio, tradicionalmente anclado en la producción harinera pero expandido hacia diversas categorías alimenticias, intentará salir del pozo mediante una apuesta clara: internacionalización. La firma ya encaró en 2025 la adquisición de empresas en el exterior y proyecta para este año el lanzamiento de nuevas categorías de productos. Es el movimiento típico de quien reconoce que su mercado doméstico se contrajo y apunta a buscar ingresos donde aún haya demanda solvente.
Las dos grandes alimenticias argentinas, Arcor y Molinos Río de la Plata, sí cerraron con ganancias, pero ambas patentizan de manera diferente cómo se obtienen esas ganancias en tiempos de consumo deprimido. Arcor, el histórico gigante de Arroyito, logró una ganancia neta de 74.833 millones de pesos, aunque sus ventas cayeron cerca del 2% en términos interanuales. ¿El salvavidas? La apreciación del peso frente al dólar. En otras palabras, ganó dinero no por vender más ni mejor, sino porque el tipo de cambio le favoreció. Su portafolio mostró resilencia desigual: las golosinas y galletitas se vendieron bien, mientras que otros segmentos de alimentos sufrieron retracción. El análisis de la empresa reconoce explícitamente que enfrentó "desafíos asociados a costos, la dinámica competitiva y la presión sobre márgenes". Molinos, la compañía controlada por la familia Perez Companc, transitó un camino distinto. Con una ganancia neta de 35.003 millones de pesos, logró el resultado mediante eficiencia operativa brutal. Bajó sus gastos centrales en un 25,6%, ahorrando 19.317 millones de pesos respecto del mismo trimestre anterior. También vendió menos (caída del 2% interanual), pero simplemente no pudo trasladar a los precios la totalidad de los aumentos de costos debido a la aceleración inflacionaria y la caída de demanda. Su salida fue reducir drasticamente el tamaño de la estructura. Ambas ganaron, pero por razones que hablan de un sector bajo presión permanente.
La crisis de consumo también castigó sin clemencia otros segmentos. Mastellone, la empresa láctea que en marzo vendió a Arcor y Danone su participación remanente en La Serenísima, reportó una pérdida de 11.300 millones de pesos. La firma reconoció en su informe que el inicio de año no solo cargaba la estacionalidad típica del negocio lácteo (donde enero y febrero son meses débiles), sino que venía "con un arrastre de caída de la rentabilidad" que se extendía desde períodos anteriores. En construcción, Holcim, la segunda cementera del país después de Loma Negra, cerró el trimestre en rojo con una pérdida neta de 3.839 millones de pesos y una reducción del 3,7% en sus ingresos. El culpable: el estancamiento de la actividad constructora. Ferrum, fabricante de sanitarios, acumuló pérdidas por 7.808 millones de pesos y fue explícito en señalar que "no se evidencia una recuperación generalizada" y que el proceso de estabilización sigue siendo "frágil". En textiles, Grimoldi —la histórica marca de calzado— tuvo que reportar una pérdida de 1.872 millones de pesos, su primer resultado negativo después de tres años, con un desplome de ventas del 13%. La empresa admitió que los resultados fueron "peor de lo esperado" pero proyecta recuperación con la apertura de locales de marcas como Vans, The North Face y Mango hacia fin de año.
Mientras tanto, en el universo digital y energético
Mientras la economía "real" —aquella que fabrica cosas físicas y las vende en comercios de ladrillo— se debate en turbulencias, dos sectores avanzan con velocidad de autopista. Mercado Libre registró el aumento de ingresos más rápido de los últimos casi cuatro años, impulsado por una aceleración sostenida del comercio electrónico y su brazo fintech. En Argentina específicamente, la plataforma vendió un 35% más de unidades en términos reales y un 41% más en moneda constante. La cifra evidencia algo profundo: los consumidores siguen comprando, pero cada vez más lo hacen a través de pantallas, desde sus casas, usando aplicaciones de pago digital. Es un cambio de hábitos que beneficia brutalmente a quien domina esa infraestructura digital. En paralelo, el sector energético experimentó una de sus mejores épocas en décadas. YPF superó los 200.000 barriles diarios de shale, alcanzando ingresos récord, mientras incrementaba exportaciones y generaba una caja sin precedentes gracias al boom de Vaca Muerta. Vista, otra petrolera, creció su producción un 66,5% y comprometió inversiones por 5.600 millones de dólares hacia 2028 con el objetivo de alcanzar 208.000 barriles diarios. Pampa Energía incrementó sus resultados operativos un 48%, traccionada por avances en shale oil, mayor venta de gas y eficiencia en generación eléctrica. En solo el proyecto Rincón de Aranda, Pampa prevé invertir 770 millones de dólares durante 2026.
Este contraste radical no es accidental ni temporal. Responde a dos fuerzas convergentes. Por un lado, la caída del consumo doméstico reduce la demanda de bienes manufacturados y servicios cotidianos, golpeando a sectores como alimentos, textiles, construcción y productos electromésticos. Por otro lado, la estabilización de la macroeconomía y la política de atracción de inversiones en energía generan un contexto donde los proyectos extractivos florecen. Vaca Muerta transformó a Argentina en un polo petrolífero de dimensiones globales significativas. Las exportaciones de crudo y derivados generan divisas, muchas de las cuales se concentran en pocas manos, mientras que el consumo popular se contrae. Un análisis de BytM sobre los últimos estados contables de empresas cotizantes destaca que se registraron ventas moderadas en casi todos lados excepto en el sector energético; una reducción generalizada de rentabilidad debido a que el margen bruto se comprime entre costos financieros e impositivos muy elevados; y apenas una leve mejora en la situación financiera con deuda desplazada a largo plazo. Un informe de Banco Provincial remarc simplemente que "empresas industriales y de consumo hoy ganan menos" frente al aumento de márgenes de las energéticas. La brecha se amplía.
Mirando hacia adelante, ejecutivos de diferentes industrias coinciden en proyectar una reactivación gradual del consumo, ligada a la normalización de la demanda doméstica, la consolidación de la macro y la capacidad de capturar oportunidades de crecimiento en segmentos específicos. Sin embargo, esa reactivación enfrenta incógnitas considerables. ¿Volverán los consumidores a sus patrones anteriores de compra una vez que la economía se estabilice? ¿O el cambio hacia el comercio digital y hacia modelos de consumo reducido resulta más estructural? ¿Qué pasará con empleos en sectores tradicionales si la reactivación no llega al ritmo esperado? ¿Podrán las energéticas mantener su ritmo de crecimiento si los precios internacionales del crudo se erosionan? Las respuestas a estas preguntas determinarán si la Argentina logra una recuperación económica genuina o si simplemente asiste a una transformación donde unos pocos sectores prosperan mientras amplios segmentos del tejido industrial quedan marginados.



