Durante los últimos doce meses, la economía argentina apenas logró avanzar 0,2%. Un número que funciona como termómetro de un organismo enfermo: no crece, respira apenas. Mientras la mayoría de las naciones latinoamericanas muestran tasas de expansión de dos dígitos, la Argentina sigue atrapada en un limbo donde el crecimiento es prácticamente imperceptible. El quinto mes del año trajo consigo otra caída, esta vez de 0,5% respecto a abril, profundizando una tendencia negativa que ya se había manifestado en el mes anterior. Lo que sucede en estos números aparentemente técnicos representa algo mucho más profundo: una economía que se tambalea entre recuperaciones frágiles y nuevos desmoronamientos, sin encontrar un terreno firme donde asentarse.

Los datos desplegados por el Estimador Mensual de la Actividad Económica revelan un patrón perturbador cuando se analiza lo acontecido en estos primeros meses de año. Abril ya había marcado un precedente inquietante con una caída de 1,5%, y mayo confirmó que no se trataba de un tropiezo aislado. Son ahora dos meses consecutivos de contracción, lo que indica que la economía no está consolidando ganancias sino retrocediendo. Si se comparan los primeros cinco meses de 2024 con el mismo período de 2025, existe un crecimiento de 1,7%, cifra que luce positiva en abstracto pero que resulta insignificante cuando se proyecta hacia los doce meses completos. Hace apenas un año, en mayo de 2025, el ritmo anual era de 5%, y el acumulado de los primeros cinco meses alcanzaba 6,1%. La diferencia entre aquella época y la actual no es un detalle estadístico: es la evidencia de una desaceleración pronunciada que ha cortado el impulso inicial de recuperación por más de la mitad.

El espejismo de los sectores ganadores

En medio de este panorama sombrío, dos sectores emergen como islas de prosperidad relativa dentro de un archipiélago de dificultades. La minería y extracción de petróleo, englobadas en la categoría de Minas y Canteras, registraron un crecimiento de 15,7% en los últimos doce meses, un desempeño extraordinario que refleja tanto la demanda internacional de commodities como las inversiones en exploración energética. El agro, tradicional motor de la economía nacional, también muestra señales positivas con un avance de 4,6% anual, beneficiado por cosechas variables pero sostenidas y por los precios internacionales de granos y derivados. A estos se suma el sector de Electricidad, Gas y Agua, que mejoró 8%, probablemente impulsado por la expansión de la capacidad de generación energética. Sin embargo, estos números que permiten a los funcionarios hablar de "brotes verdes" —expresión que resuena con ecos de gobiernos anteriores— ocultan una realidad más compleja: estos sectores nucleares de exportación no consiguen arrastrar a la economía doméstica hacia una recuperación generalizada.

El contraste se vuelve brutal cuando se observa el desempeño del resto de la estructura productiva. La industria manufacturera, la que tradicionalmente emplea a millones de personas y genera encadenamientos productivos en toda la economía, experimentó una caída de 5,6% anual. El comercio minorista retrocedió 4,3%, indicador preocupante de una demanda interna endeble que no acompaña. La pesca se desplomó 29%, aunque su peso relativo en el total es menor. Hoteles y restaurantes, espejo del consumo turístico e interno, cayeron 1,8%. Apenas la construcción logró mantener un signo positivo con 1,9% de crecimiento anual, insuficiente para hablar de un sector dinamizado. Este cuadro de situación delata una economía que está siendo arrastrada por sus sectores externos, por la venta de lo que produce la tierra y las entrañas del territorio, mientras que su tejido productivo interno se deteriora. No se trata de un crecimiento inclusivo ni generador de empleo masivo: es la expansión de enclaves que generan divisas pero que no transforman la situación cotidiana de la mayoría.

Volatilidad y señales contradictorias

A lo largo de los cinco primeros meses del año, la economía ha exhibido un comportamiento errático que complica cualquier pronóstico. Enero y marzo marcaron avances, mientras que febrero y abril registraron caídas, acumulando en conjunto un retroceso de 1% respecto a diciembre de 2024. Ahora mayo se suma a la lista de meses contractivos, extendiendo la incertidumbre sobre cuál será la trayectoria para el resto del semestre. Los analistas de mercado han identificado una dicotomía clara en los indicadores de actividad para mayo: mientras que la construcción, ciertos segmentos de la industria y la confianza del consumidor mostraron luces verdes, los préstamos personales y de tarjetas de crédito se contrajeron, al igual que las ventas a concesionarios, los patentamientos de vehículos, la recaudación por débitos bancarios e importaciones de insumos. Este mosaico de señales contradictorias sugiere que no existe una dirección clara ni una propulsión sostenida en ningún sentido.

Las expectativas del mercado financiero siguen apuntando a un crecimiento anual de alrededor del 3% para 2024, según los relevamientos que realiza el Banco Central. Si realmente ese fuera el destino final, la economía debería acelerar notablemente durante el segundo semestre, pasando de un acumulado de 1,7% en los primeros cinco meses a tasas de expansión significativamente mayores en el resto del año. Matemáticamente es posible, pero las tendencias observadas en los datos recientes generan dudas sobre si tal aceleración se materializará. El viceministro de Economía ha insistido en la narrativa de una recuperación en curso, utilizando expresiones optimistas que buscan tranquilizar sobre la dirección de la economía. Sin embargo, los indicadores desmienten cierto entusiasmo: el crédito al consumo se contrae, los patentamientos caen, las importaciones de bienes intermedios bajan, lo que sugiere que tanto los hogares como las empresas están ejerciendo cautela en sus decisiones de gasto e inversión.

El gobierno ha presentado también una medida alternativa de desempeño basada en la tendencia-ciclo del indicador mensual, argumentando que este registro es más "estable" y refleja mejor la dinámica subyacente de la actividad económica. Bajo esta óptica, la expansión mensual sería de 0,2% y se habrían acumulado 26 meses consecutivos de crecimiento, el ciclo más prolongado desde 2011. Esta interpretación, aunque técnicamente válida para suavizar la volatilidad de los datos brutos, no elimina la inquietud que genera la débil magnitud del crecimiento. Incluso si se acepta que la tendencia subyacente es de expansión continua, esa expansión es tan lenta que apenas supera el ritmo de crecimiento poblacional y no genera el dinamismo necesario para mejorar sustancialmente las condiciones de empleo, ingresos y bienestar.

Analistas independientes han sintetizado la situación como un escenario donde la recuperación sigue siendo profundamente desigual y altamente volátil. La debilidad de la demanda interna y la actividad doméstica están siendo compensadas, en alguna medida, por un sólido desempeño del frente externo, es decir, de aquello que se vende hacia afuera. El panorama macroeconómico, en esta lectura, sigue siendo "mixto aunque constructivo", pero con la fragilidad evidente en la demanda local. Algunos observadores han subrayado que la composición del crecimiento será tan relevante como su magnitud agregada: si ese futuro 3% que se espera proviene de sectores que no generan empleo masivo ni redistribuyen ingresos, su impacto en la vida cotidiana de la población será limitado.

Lo que ocurre en la economía argentina durante estos meses presenta múltiples lecturas posibles según la perspectiva desde la cual se analice. Desde una óptica optimista, existe una recuperación en marcha, sectores claves están ganando terreno y hay tendencias de largo plazo que apuntan al crecimiento sostenido. Desde una visión pesimista, la economía se estanca, pierde dinamismo respecto a hace un año y los sectores que crecen no son suficientes para compensar la debilidad del mercado interno. Lo que ambas perspectivas coinciden en señalar es que, al ritmo actual, la economía no está generando el impulso necesario para transformaciones profundas en empleo, ingresos o acceso a bienes y servicios para la mayoría de la población. Los próximos meses dirán si la desaceleración continúa profundizándose, si se estabiliza en estos niveles bajos o si finalmente logra encontrar un nuevo punto de aceleración que justifique las proyecciones de crecimiento de los analistas.