Las paredes del histórico hotel Alvear, epicentro de los encuentros más selectos de la comunidad de negocios, absorbieron esta semana un mensaje contradictorio: mientras algunos sectores celebran oportunidades sin precedentes, otros transitan una caída vertiginosa que los lleva a cuestionarse el futuro político del país. El Council of the Americas, considerado desde hace décadas como la vidriera más importante para captar inversión extranjera hacia la Argentina, mostró esta vez un clima más gris que en ediciones anteriores, revelador de una Argentina económica profundamente fracturada entre ganadores y perdedores.

La atmósfera del evento dejaba entrever las tensiones latentes. Mientras en los salones principales se exponían los planes de empresas megamineras con compromisos de inversión cercanos a los 29.000 millones de dólares, en el bar del mismo hotel algunos de los empresarios más importantes del país preferían tomar algo antes que escuchar al Presidente en directo. Los gerentes automotrices que se congregaban en esos espacios informales pintaban un cuadro desolador: sus ventas se desplomaron 20 por ciento y la producción retrocedió 15 por ciento, todo esto a pesar de acumular inversiones comprometidas por 2.500 millones de dólares y sin siquiera haber accedido a los beneficios del régimen de incentivo a grandes inversiones. La pregunta que resonaba en pasillos y salones era la misma, repetida con insistencia: ¿cómo llega Milei a las elecciones de octubre de 2027?

Optimismo selectivo y preocupaciones de fondo

La noche anterior al encuentro principal había sido distinta. En la comida destinada a los patrocinadores, Diego Santilli, jefe de Gabinete, había dejado fluir un optimismo contagioso que resonó especialmente entre los inversores extranjeros. Su disposición a responder preguntas durante la sobremesa generó el clima más cálido del encuentro. Uno de los fondos de inversión internacionales, tras invertir 250 dólares en la inscripción al evento, se atrevió a formular la pregunta más directa: ¿por qué razones debería confiar y colocar capital en la Argentina? La respuesta de Santilli logró despertar esperanzas, aunque la realidad en el piso mostraba matices bien distintos.

En los pasillos del Alvear circulaban también recetas de economistas consultores, profesionales que poblaban estas reuniones ofreciendo análisis a quien los escuchara. Uno de los más reconocidos, que pidió resguardar su identidad, ofrecía una fórmula que prometía resolver la ecuación más compleja: si se reducía la tasa de interés aunque el dólar subiera levemente, no habría traslado de esos aumentos a los precios, se dispararía el crédito y la situación de la población se aliviaría. La lógica resonaba en oídos desesperados, aunque la experiencia argentina enseña que estas ecuaciones raramente funcionan tal como se plantean sobre el papel.

Un sector minero eufórico, otro agropecuario agobiado

Alejandro Díaz, CEO de la Cámara de Comercio Argentina-Estados Unidos, destacaba durante los encuentros informales que su organización contabilizaba 14 empresas socias en el rubro minero, todas ellas con compromisos de inversión de envergadura y todas ellas, remarc aba, absolutamente despreocupadas por la coyuntura. Sus proyectos están diseñados en horizontes de décadas, no de trimestres. Mientras tanto, representantes de la banca extranjera como Claudio Cesario intercambiaban información sobre los ambiciosos planes de empresas como Glencore, que expandía sus operaciones hacia nuevas líneas de negocios en minería. Era el retrato de un sector fascinado por el futuro.

Pero apenas metros más allá, en conversaciones paralelas, el panorama era opuesto. Marcos Pereda, vicepresidente de la Sociedad Rural Argentina, hablaba de un sector que, pese a que su campaña de trigo transitaba un momento aceptable gracias a las precipitaciones y a precios relativamente favorables, enfrentaba una realidad económica asfixiante. Los costos expresados en dólares y la carga tributaria los dejaban en una posición donde apenas podían mantener la cabeza fuera del agua. No era pesimismo, era aritmética. La construcción, por su lado, revelaba números aún más desgarradores: desde 2023 la actividad se había contraído 25 por ciento, dejando en el camino 120.000 empleos perdidos. Gustavo Weiss, titular de la Cámara de la Construcción, no dudaba en advertir sobre un peligro político latente: si la situación no cambiaba, el "péndulo" podría balancearse hacia opciones rechazadas electoralmente. "La gente vota con el bolsillo", sentenció.

Bettina Bulgheroni, dueña de una de las fortunas más importantes del país, circulaba por los espacios del encuentro prácticamente en rol de anfitriona, facilitando contactos entre funcionarios, gobernadores y empresarios expositores. Su presencia reflejaba el poder de ciertos actores económicos en estos espacios. La asistencia fue masiva entre los presidentes de las principales cámaras empresarias, los integrantes del llamado Grupo de los Seis, aunque la disposición para escuchar los anuncios presidenciales no fue siempre prioritaria. Algunos elegían la informalidad del bar del hotel para conversar sobre realidades que no figuraban en los discursos optimistas del salón principal.

Propuestas sobre la mesa y dudas sin respuesta

Weiss, desde la construcción, fue más allá de las quejas. Proponía financiar la actividad con recursos que ya existían en las arcas públicas: fondos de la Anses o del recién creado Fondo de Asistencia Laboral, fondos que podrían ser prestados a largo plazo sin complicar las cuentas fiscales inmediatas. Era una propuesta concreta, no una demanda nebulosa. Sin embargo, quedaba abierta la incógnita sobre si esas palabras llegaron hasta los oídos de quienes tenían poder de decisión. La pregunta fundamental permanecía sin respuesta clara: cómo se construía un camino hacia 2027 cuando sectores amplios de la economía real enfrentaban caídas sin precedentes mientras otros pocos disfrutaban de perspectivas brillantes.

Lo que el encuentro reveló fue menos un consenso y más una convivencia incómoda entre realidades paralelas. Quienes estaban adentro de los beneficios del modelo actual —minería, ciertos servicios financieros, algunos sectores exportadores— veían un horizonte prometedor. Quienes estaban afuera —construcción, manufactura, sectores agrarios con márgenes ajustados— enfrentaban una realidad que no era compatible con la votación que debería materializarse en poco más de dos años. El Council of the Americas había venido históricamente a mostrar éxito y atracción de capital. Esta vez, entre los cristales del Alvear, quedó expuesta también la fragilidad de un modelo que genera ganadores deslumbrantes pero genera también perdedores cada vez más visibles y cada vez más inquietos respecto del futuro político inmediato.