El retrato de la capacidad adquisitiva de los argentinos se vuelve cada vez más sombrío cuando se observa desde el lado del consumo real de proteína animal. Mayo dejó un registro histórico que no se veía desde comienzos del siglo veintiuno: la población consumió menos carne que en cualquier otro mes de los últimos veinte años. Este dato no es un número aislado, sino el reflejo de una tensión económica que se despliega en millones de mesas familiares, donde la ración de carne se achica, se reemplaza o directamente desaparece.

Así lo revela el comportamiento de los índices de inflación mayorista medidos a través del índice de precios internos al por mayor, conocido por su sigla IPIM. Durante mayo, este indicador registró un incremento de 2,5% mensual respecto a abril, cifra que, aunque significativa, marca un punto de quiebre respecto a lo que había ocurrido el mes anterior. En abril, los precios mayoristas se habían disparado a 5,2%, por lo que la lectura de mayo sugiere una cierta desaceleración en la escalada de costos. Sin embargo, esa moderación en el ritmo inflacionario no alcanza para explicar la caída abrupta en el consumo proteico, lo que indica que estamos ante un fenómeno más profundo: la pérdida de poder de compra de los hogares.

Cuando los precios suben pero el bolsillo se vacía

La matemática es brutal y accesible: si los precios descienden su ritmo de aumento pero el consumo cae, es porque los consumidores están decidiendo no comprar. No es un problema de disponibilidad de producto en el mercado ni de distribución. Es un problema de dinero en el bolsillo. El comportamiento observable en mayo evidencia que, aunque la inflación mayorista se haya moderado a 2,5%, esto no fue suficiente para que las familias vuelvan a incorporar carne a sus compras en las cantidades que lo hacían hace meses o años. El fenómeno refleja cómo la acumulación de inflación previa —esos meses de suba de precios a tasas superiores— ya provocó un daño estructural en el consumo.

Dentro de ese índice de precios mayoristas, los "Productos nacionales" crecieron 2,5% mensual, mientras que los "Productos importados" lo hicieron a una tasa de 3,1%. Esta diferencia es relevante porque muestra que los bienes de origen local crecieron a menor ritmo que los de procedencia externa, lo cual sugiere presiones inflacionarias vinculadas a tipos de cambio y disponibilidad de divisas. Para una economía como la argentina, históricamente centrada en la producción de bienes primarios y alimentos, esta disparidad tiene implicancias considerables. Los productos que el país produce —como la carne, la leche, los cereales— deberían teóricamente estar menos expuestos a volatilidades cambiarias. Sin embargo, la realidad muestra que incluso en el mercado doméstico, los precios se acomodan según dinámicas que trascienden la simple oferta y demanda local.

Veinte años de historial: un piso que cae

El dato de que mayo representa el peor registro en dos décadas no es algo que deba leerse como un hecho episódico o coyuntural. Argentina pasó por crisis económicas graves en ese período: la devaluación de 2001-2002, la Gran Recesión de 2008-2009, y más recientemente, las turbulencias inflacionarias de 2018 y siguientes. A pesar de todos esos episodios, los argentinos nunca habían reducido tanto su consumo de carne. Esto implica que la actual coyuntura ha logrado desalentar el consumo proteico más que episodios anteriores con características de crisis comparables. Históricamente, el consumo de carne en Argentina ha sido un marcador cultural y social: el país que se construyó sobre la ganadería extensiva, donde el asado es un ritual familiar y social, ahora enfrenta una situación donde millones de personas decidem o se ven obligadas a comer menos carne.

La caída del consumo convive con una moderación en la inflación mayorista que, si bien representa un alivio respecto a abril, continúa siendo positiva. El 2,5% mensual, proyectado anualizado, sigue representando una inflación de aproximadamente 34,4% anual, cifra que cualquier economía considera elevada. Esto significa que, aunque el ritmo de aumento de precios se haya ralentizado, el nivel de precios absolutos sigue siendo muy elevado. Una familia que sufrió meses de inflación a tasas de 5%, 6% o más ya vio erosionado su salario real de manera sustancial. La moderación a 2,5% no devuelve ese dinero perdido; apenas reduce la velocidad a la que continúa perdiéndolo.

El fenómeno observable en mayo se inserta en un contexto más amplio: la economía argentina atraviesa un ajuste que combina inflación persistente con caída de actividad y contracción del consumo. El mercado de carnes, uno de los más sensibles a los ciclos económicos porque ofrece alternativas más económicas (como el pollo o los productos procesados), refleja fielmente estas dinámicas. Cuando las familias disponen de menos poder adquisitivo, la carne de res —históricamente considerada un lujo relativo en contextos de restricción— es uno de los primeros bienes en reducir su demanda. Esto genera un círculo donde menor consumo, a su vez, impacta en toda la cadena de valor: desde ganaderos y frigoríficos hasta carnicerías y supermercados.

Las implicancias que se despliegan

Lo que ocurre en mayo abre interrogantes sobre las trayectorias posibles. Si la inflación mayorista continúa moderándose en los próximos meses y los salarios reales logran recuperarse, es posible que el consumo de carne también se recupere, aunque probablemente de manera gradual. Sin embargo, existe la posibilidad de que estemos presenciando un cambio estructural en los patrones de consumo: familias que descubrieron alternativas más económicas y que podrían no volver a los anteriores niveles de compra aunque los precios se estabilicen. Por otro lado, los productores y comercializadores de carne enfrentan ahora un desafío considerable, ya que la demanda contraída genera presiones para reducir sus márgenes, lo cual puede amplificar la crisis en sectores que ya enfrentan dificultades. Finalmente, desde la perspectiva de las políticas públicas y la estrategia económica, el hecho de que Argentina, un productor global de carne de excelencia, presencia ahora sus peores niveles de consumo doméstico en dos décadas, plantea tensiones entre la orientación exportadora y la garantía de consumo interno.