Después de veinte meses de deterioro sostenido en las capacidades de pago de las familias argentinas, el sistema bancario registró en junio una primera pausa en el crecimiento de los atrasos en tarjetas de crédito y financiamientos personales. El dato, aunque modesto, representa un quiebre importante en una tendencia que parecía inquebrantable y abre interrogantes sobre si realmente estamos ante el comienzo de una recuperación o simplemente una tregua momentánea en medio de la tormenta. Los números que analistas económicos especializados en deuda del sector privado extrajeron de los registros del Banco Central muestran que la irregularidad de las familias se ubicó en 12,7%, apenas una décima menor a la registrada treinta días antes. Para dimensionar la gravedad del contexto: un tercio de todos los créditos otorgados por empresas de financiamiento paralelas —las famosas fintech y billeteras virtuales— presenta demoras de repago.

El respiro después de la tormenta ininterrumpida

La cifra de junio marca un mojón porque cierra un ciclo de diecinueve meses de incrementos mensuales consecutivos en los indicadores de mora. Desde octubre de 2023 hasta mayo de este año, cada publicación de datos trajo consigo nuevas malas noticias sobre la capacidad de las personas de honrar sus deudas con el sistema financiero formal. Los analistas que monitoreaban estos registros en tiempo real desde consultorías especializadas señalaban que la tendencia parecía irrefrenable, que los hogares argentinos estaban siendo aplastados bajo el peso de obligaciones que se tornaban cada vez más inmanejables. Entonces llegó junio con su sorpresa relativa: un primer mes sin avance en la mala noticia no necesariamente significaba que todo estuviera bien, pero al menos sugería que lo peor podría haber quedado atrás.

Los especialistas que analizan la salud del crédito en la economía identificaron dos mecanismos principales detrás de esta desaceleración. En primer lugar, el volumen absoluto de nuevos préstamos que los bancos colocaron en el mercado aumentó significativamente. Cuando la suma total de financiamientos crece, el peso relativo de aquellos que están en situación irregular tiende a reducirse matemáticamente, incluso si el número de deudores con problemas también aumenta. Es como si el denominador se hubiera agrandado lo suficiente para que la fracción bajara. En segundo lugar, el ritmo al cual se acumulaban nuevos atrasos desaceleró respecto a los meses anteriores. Menos personas cayeron en mora durante junio en comparación con lo que venía ocurriendo en los trimestres previos. Un dato que los analistas consideran relevante es que dieciocho de los treinta principales bancos del sistema continuaron registrando aumentos en sus tasas de irregularidad, lo cual añade cautela a la interpretación de este cambio supuestamente positivo.

Las refinanciaciones como tabla de salvación temporal

Otro fenómeno que contribuyó a contener la expansión de la mora fue la política agresiva de refinanciamiento implementada por las entidades bancarias. Cuando un deudor que no puede pagar se sienta a negociar con el banco, es posible que ambos lleguen a un acuerdo para restructurar la deuda: extender plazos, reducir cuotas mensuales, modificar tasas de interés. Desde la perspectiva de los registros de la Central de Deudores, estas operaciones permiten que un crédito deje técnicamente de ser considerado moroso, al menos temporalmente. Los saldos que habían sido refinanciados alcanzaron en junio 3,4% del total de créditos destinados a familias, el nivel más alto que se registra en décadas. En el segmento de financiamientos a empresas, los créditos reestructurados representaban 0,7% del total. Estas cifras sugieren que los bancos estaban ofreciendo salidas a sus clientes en dificultades, no tanto por altruismo sino porque una deuda refinanciada sigue siendo una deuda, mientras que una deuda castigada es una pérdida definitiva.

Sin embargo, los analistas que trabajan para consultorías independientes advirtieron que es prematuro declarar la victoria. El panorama general de la economía argentina sigue siendo volátil. Las proyecciones para el tercer trimestre del año incluyen un importante asterisco de incertidumbre: la mayoría de los bancos continuaba registrando expansión en sus niveles de irregularidad durante junio, lo cual sugiere que el cambio de tendencia podría no ser sostenible. Además, los factores que impulsaron la mejora de ese mes —crecimiento en el volumen de créditos y desaceleración en nuevos atrasos— dependen de condiciones económicas que podrían revertirse rápidamente. Si el crédito se contrae nuevamente o si caen más personas en mora, el alivio de junio podría resultar nada más que un espejismo.

El drama de las sombras: la explosión de mora en fintech y billeteras

Mientras que en el sistema bancario regulado por el Banco Central la noticia fue de desaceleración, en el universo de las plataformas digitales de crédito, las billeteras virtuales y las cooperativas de préstamos la historia fue completamente diferente. El atraso en los pagos de estos productos continuó escalando sin pausa, llegando a 33% en junio. Esa cifra es más del doble de la tasa de mora que exhiben los bancos tradicionales. Lo que esto revela es que existe un sistema de crédito paralelo, menos regulado, menos formal, pero potencialmente más riesgoso, donde los deudores están cayendo en mora a ritmo acelerado. Las fintech y las billeteras promocionan créditos instantáneos, sin papeleo, sin requisitos tan estrictos como los de un banco. Para muchos ciudadanos sin acceso al sistema financiero formal, estas plataformas representan la única puerta de entrada al crédito. Pero cuando la economía se tensa, como viene ocurriendo en Argentina, estos deudores son típicamente los primeros en dejar de pagar.

Los datos mostrados por quienes se dedican a analizar la Central de Deudores del Banco Central también incluyeron una perspectiva internacional que permite calibrar la gravedad relativa del problema argentino. Si se compara el nivel de mora del sector privado en Argentina con otros países que tienen tamaños de economía comparables, el país ocupa el puesto 12° en un ránking de morosidad crediticia global. Por encima de Argentina se encuentran naciones como Argelia, con 20,7% de mora; Bangladesh, con 19%; y Ghana, con 18,9%. En cambio, dentro de América Latina, Argentina está en el peor lugar. Ecuador le sigue con 4,5% de mora, Perú con 4% y Brasil con 3,9%. Esta comparación deja en evidencia que los problemas de pago en Argentina no son un fenómeno aislado de la región, sino parte de un patrón más amplio de economías que enfrentan estrés fiscal y volatilidad macroeconómica.

Las perspectivas inciertas para el futuro del crédito

Los expertos que monitorean el comportamiento del sistema financiero expresaron dudas sobre si existirán incentivos reales para que los bancos impulsen una nueva expansión crediticia en los meses y años próximos. El razonamiento es directo: si el nivel de mora sigue siendo elevado, si hay incertidumbre respecto a lo que podría ocurrir con las tasas de interés el año siguiente, y si la capacidad de pago de las familias permanece bajo presión, los bancos enfrentarán una ecuación poco atractiva. Colocar más créditos en un contexto así es exponerse a pérdidas futuras. Más bien, es probable que las entidades financieras opten por un enfoque defensivo, priorizando la cobranza de deudas existentes antes que la búsqueda de nuevos clientes deudores. Esta dinámica tiene implicancias profundas para la economía real: menos disponibilidad de crédito significa menos capacidad de las familias para invertir, menos consumo, menos demanda de bienes y servicios. Es un círculo que se cierra sobre sí mismo.

Los meses que vienen serán cruciales para determinar si la desaceleración de junio fue el inicio de una reversión genuina o tan solo una pausa dentro de una tendencia de deterioro. Hay quienes sostienen que los refinanciamientos y el crecimiento del volumen de préstamos colocados podrían mantener a la mora bajo control si el contexto económico no se deteriora significativamente. Otros señalan que la vulnerabilidad estructural de los hogares argentinos, combinada con la volatilidad macroeconómica que ha caracterizado a la economía en los últimos años, hace que cualquier shock negativo pueda volver a disparar los atrasos. Lo cierto es que Argentina continúa siendo, en el contexto internacional, un lugar donde la capacidad de repago de las obligaciones crediticias enfrenta desafíos muy superiores a los que experimenta la mayoría de los países latinoamericanos. El respiro de junio, si bien bienvenido, apenas comienza a despejar un horizonte que permanece nublado.