El Gobierno apostó fuerte a una apuesta riesgosa: convertir al crédito en el motor del consumo y la recuperación económica. Pero los números de febrero vinieron a desbaratar esa ilusión. Mientras desde el Palacio de Hacienda se insta a los ciudadanos a tomar dinero prestado —hasta el ministro de Economía lo recomendó entre amigos y colaboradores—, en el terreno real sucede algo completamente distinto. Las familias argentinas están quebradas. Sus ingresos se desmoronan. Y cuando intentan pedir plata a los bancos, descubren que muchos de sus compatriotas ya no pueden devolverla. Es el choque entre el deseo oficial y la capacidad real de una sociedad exhausta por años de turbulencia económica.
El contexto macroeconómico que rodea estas decisiones de política económica merece atención. En febrero, la actividad económica general se contrajo 2,6% respecto a enero y 2,1% en términos interanuales. Para un Gobierno que necesita desesperadamente mostrar recuperación, esos números son golpes duros. La inflación de marzo cerró en 3,4%, un resultado que tampoco ayuda al discurso oficial sobre estabilización. En paralelo, el precio del crudo Brent cotizaba en US$ 113 por barril —el valor que determina ingresos para proyectos como Vaca Muerta—, presionado por tensiones geopolíticas en Medio Oriente que generan volatilidad global. Frente a este combo de malas noticias, la narrativa oficial decidió cambiar de tono. El ministro pasó de alertar constantemente sobre riesgos políticos a asegurar que no existe peligro de regresión institucional. El objetivo es claro: serenidad. Confianza. Cualquier cosa que inspire a la gente a gastar y pedir prestado.
El ingreso que desaparece y los gastos que no cesan
Pero hay un problema estructural que ningún discurso de tranquilidad puede resolver. Según datos de Empiria, en enero se confirmó la quinta caída consecutiva del ingreso disponible de las familias. Es decir, lo que les queda en el bolsillo después de pagar impuestos y compromisos básicos sigue cayendo mes tras mes. Esto no es un aspecto menor: es el corazón del problema. Una persona o una familia que ve reducirse constantemente sus ingresos reales no está en condiciones psicológicas ni materiales de contraer deuda. Aunque los bancos le ofrezcan tasas tentadoras, aunque el Gobierno le dé palmaditas en la espalda recomendándole que se endeude, la lógica básica de sobrevivencia le dice que no lo haga.
La composición de los gastos agrava la situación. Los argentinos hoy destinan el 23% de sus ingresos a gastos fijos: servicios de agua, electricidad, transporte. Son compromisos ineludibles que no se pueden posponer ni negociar. Esto significa que de cada peso que entra, casi un cuarto se va antes de que uno tenga oportunidad de decidir. En una economía donde la gente ya ganaba poco, esta proporción de gastos obligatorios se vuelve asfixiante. No queda margen para imprevistos, para ahorrar, y mucho menos para pagar cuotas de un crédito. Los bancos otorgaban préstamos sin considerar esta realidad simple pero demoledora. El presidente del Banco Central responsabilizó directamente a las instituciones financieras por haber "otorgado a ciegas" dinero en la primera oleada de créditos. Ese reconocimiento llega tarde: el daño ya está hecho y reflejado en los números de morosidad.
La mora que nadie podía ignorar: el aviso que llegó tarde
Los indicadores de incumplimiento en el pago de créditos se convirtieron en la señal de alerta que el Gobierno no quería ver. En febrero, la mora en préstamos a familias alcanzó el 11,2%, cifra que representa una cuadriplicación respecto al mismo período del año anterior. Es decir, de cada diez argentinos que pidieron dinero prestado, más de uno ya no estaba en condiciones de seguir pagando. Esta explosión de morosidad no es anómala ni coyuntural: es el síntoma visible de un problema más profundo de capacidad de repago. Los bancos alegan que tienen provisiones contables para cubrir esa cartera morosa por exigencias normativas. La pregunta que flota en el aire es si esas previsiones alcanzan también a las billeteras virtuales, que han crecido enormemente como canales de crédito al margen del sistema bancario tradicional y sin la misma regulación.
Desde la perspectiva de los analistas especializados, el cuadro es aún más desalentador. Expertos del sector señalan que el crédito al sector privado en pesos mantiene caídas en términos reales desde principios del año. El volumen total de crédito en pesos al sector privado apenas llega a representar menos del 10% del PBI. Para contrastar: en países vecinos como Brasil, Chile o Uruguay, ese ratio alcanza hasta tres veces esa proporción. En una economía como la argentina, con un Producto Bruto Interno aproximado de US$ 700.000 millones, tener un crédito total que ronda los US$ 90.000 millones (considerando tanto pesos como dólares) es considerado insuficiente para funcionar como motor de crecimiento. Es como intentar mover un tren con una locomotora de juguete. No tiene la potencia necesaria. Los números confirman una realidad incómoda: sin crédito genuino, sin dinero fluyendo hacia la inversión productiva, la economía queda reducida a su capacidad presente, sin herramientas para expandirse.
Existe, sin embargo, un segmento de la economía que sí está accediendo a financiamiento: las grandes empresas privadas con solidez patrimonial. Estas compañías, lejos de depender del crédito bancario doméstico, han optado por financiarse en mercados internacionales. En lo que va del año, ingresaron cerca de US$ 10.000 millones por esta vía. Solo en abril, colocaciones de empresas como Vista, Edenor y de la provincia de Chubut sumaron US$ 1.700 millones. Paralelamente, la banca ha generado préstamos en dólares para el sector privado por US$ 1.149 millones en ese período, excluyendo operaciones de tarjetas de crédito. La brecha es evidente: mientras grandes corporaciones acceden fácilmente a dólares en el exterior, la población general no encuentra crédito accesible en pesos ni en moneda extranjera.
El sueño hipotecario que nadie puede costear
Cuando se menciona crédito para crecimiento en una sociedad, inevitablemente emerge la pregunta sobre financiamiento inmobiliario. El sector construcción e inmobiliario históricamente ha sido un motor importante para la generación de empleo y dinamización de encadenamientos productivos. En Argentina, el crédito hipotecario largo plazo debería ser la respuesta natural para familias que buscan casa propia. Pero la realidad actual es otra. Especialistas del rubro reconocen públicamente que las condiciones para hipotecas sostenibles simplemente no existen en este momento. Los plazos requeridos —treinta años o más— exigen certidumbre sobre ingresos futuros que nadie en este país puede garantizar. El mercado inmobiliario refleja esta parálisis: el segmento de propiedades usadas muestra un volumen de transacciones récord en escrituras, mientras que el mercado de vivienda nueva se ha encogido dramáticamente. Los compradores prefieren riesgos conocidos (una propiedad ya construida) antes que confiar en promesas futuras.
La situación de la construcción en particular ilustra la trampa en que está metido el Gobierno. La baja sostenida del dólar durante los primeros meses del año, que debería interpretarse como un logro de estabilización, ha presionado de manera contradictoria sobre los costos constructivos. Las empresas del sector enfrentan márgenes cada vez más angostos y demandan mayor prudencia de los bancos a la hora de financiar proyectos. Esto no es capricho ni desconfianza infundada: es autoproteción racional ante ingresos reales en caída. El sector corre por un sendero cada vez más estrecho, donde cualquier movimiento adverso puede resultar en quiebras o paralizaciones de obras. Bajo estas circunstancias, esperar que familias con salarios erosionados se lancen a pedir hipotecas es pedir lo imposible.
El dilema de los dólares: ¿banco o colchón?
Existe una pregunta crucial que explica gran parte del comportamiento económico observado estos meses y que los responsables de política pública tienen muy presente: ¿qué harán con sus ahorros los argentinos que pueden acumular dólares? Esta cuestión es mucho más que académica. En el primer trimestre del año, toda la entrada neta de divisas se destinó a formación de activos externos, incluyendo compras en el extranjero pagadas con tarjetas de crédito. Los dólares llegan, sí, pero no se quedan. No van a los bancos para ser reciclados en créditos a empresas o familias que invierten. Van directamente al exterior, al "colchón" financiero de personas que no confían en que esos ahorros permanezcan seguros o que generen rendimientos adecuados dentro del país.
Este fenómeno de "fuga de confianza" es el testigo silencioso de algo más profundo: la desconfianza estructural de la sociedad argentina respecto de las instituciones y la moneda local. No importa cuántos buenos números macroeconómicos presente el Gobierno, si la gente cree que los dólares estarán más seguros afuera, los sacará. Y eso es exactamente lo que está pasando. La formación de activos externos crece mientras el crédito doméstico se estanca. Es un círculo vicioso: sin confianza, no hay inversión local; sin inversión local, no hay crecimiento; sin crecimiento, la confianza disminuye aún más.
El Gobierno insiste en destacar logros macroeconómicos reales: un superávit fiscal sin precedentes recientes y un equilibrio en la cuenta corriente externa. Proyecciones serias estiman que las exportaciones del año rondarán los US$ 100.000 millones, con energía, agricultura y minería como sectores dinamizadores. Estos son datos concretos que hablan de ciertos éxitos en la recomposición de la estructura económica. La frase presidencial pronunciada en el cierre de Expo EFI —"Los que no se adaptan, quiebran"— es categórica sobre la filosofía del Gobierno: no hay margen para la compasión, solo para la eficiencia. Pero esa eficiencia no puede funcionar si el crédito, el sistema nervioso central de cualquier economía moderna, está colapsado.
Perspectivas divergentes sobre lo que vendrá
El panorama que emerge de estos datos admite múltiples interpretaciones sobre el futuro próximo. Desde la óptica oficial, existe la creencia de que lo peor ya pasó. El presidente del Banco Central sostiene que el pico de la morosidad se ubicó en el pasado y que la tendencia será a la corrección. Los bancos mantienen la posición de que tienen provisiones suficientes para los créditos en situación irregular. Desde esta perspectiva, se trata de una crisis de ajuste normal en el camino hacia una economía más sana y sin distorsiones. El crédito volverá cuando la confianza se consolide, y eso requiere tiempo pero es inevitable.
Sin embargo, existen análisis alternativos que ven en estos datos señales de una trampa más profunda. Si los argentinos no pueden endeudarse porque no tienen ingresos suficientes, y si esos ingresos siguen cayendo en términos reales, entonces el consumo no puede recuperarse vía crédito. Y si el consumo no recupera, los sectores productivos (industria, construcción, comercio) no encontrarán demanda para expandirse. Eso significaría más desempleo, más caída de ingresos, más morosidad. El círculo vicioso se perpetúa. Algunos analistas advierten que la política de depender del crédito como motor sin atender a la restauración de ingresos reales es una estrategia condenada al fracaso. Otros señalan que el Gobierno está apostando a que la estabilización cambiaria y la baja de inflación eventualmente permitirán recuperación de salarios reales, pero los tiempos de eso son inciertos y el costo político de esperar puede ser alto.
Lo que está en juego es la dirección que tomará la economía argentina en los próximos trimestres. ¿Logrará el Gobierno consolidar estabilidad macroeconómica mientras espera que eso traduzca en mejora de ingresos y normalización de crédito? ¿O ingresará en una fase de estancamiento prolongado donde ni hay crecimiento, ni hay confianza, ni hay crédito, en una suerte de equilibrio de bajo nivel? ¿Lograrán las políticas oficiales contener la morosidad antes de que se convierta en un problema sistémico que afecte la solvencia bancaria? ¿Encontrarán las familias argentinas formas alternativas de consumo y inversión que no requieran de crédito tradicional, o simplemente ajustarán sus expectativas de consumo a sus ingresos presentes? Las próximas lecturas de morosidad, ingreso disponible y volúmenes de crédito dirán mucho sobre cuál de estos escenarios está ganando terreno en la realidad económica concreta.



