Marzo llegó con un dato que parecía positivo en la superficie: el superávit comercial alcanzó los 1.737 millones de dólares, mostrando que las exportaciones seguían ganando terreno. Sin embargo, debajo de esa cifra se escondía una realidad mucho más inquietante. Las cuentas externas del país volvieron a rojo, y las reservas internacionales experimentaron una sangría de proporciones considerables. No se trata de un tropiezo aislado, sino de la manifestación cada vez más evidente de un problema que lleva meses acumulándose en las finanzas del país.

El primer síntoma de alarma llegó con los números del dólar en manos de los ciudadanos. En marzo, los argentinos compraron neta de divisas por 1.782 millones de dólares, una cifra que representa una caída abrupta respecto a los 2.131 millones de febrero y los 2.730 millones de enero. La tendencia es clara: la demanda de dólares sigue siendo voraz, pero empieza a mostrar síntomas de moderación. De esos casi 1.800 millones, la mayor parte tuvo destinos variados: 1.000 millones se destinaron a pagos con tarjetas y bienes diversos, mientras que 600 millones quedaron depositados en las bóvedas de los bancos locales como colchón de seguridad, y apenas 100 millones engrosaron los activos externos que los argentinos mantienen en el exterior.

Un déficit que no cesa: la enfermedad crónica de las cuentas externas

Más allá del comportamiento de los compradores de billetes verdes, el verdadero problema radica en otro rubro: la cuenta corriente del balance cambiario cerró marzo con un déficit de 88 millones de dólares. Este número, tomado en aislamiento, podría parecer manejable. Pero cuando se lo analiza en perspectiva, emerge un patrón preocupante. Desde junio de 2024, esta cuenta no ha dejado de acumular números rojos, mes tras mes, demostrando que se trata de un problema estructural y no de una fluctuación pasajera. En los primeros tres meses del año, el déficit acumulado de la cuenta corriente ya asciende a 1.184 millones de dólares.

¿De dónde proviene este agujero? Las explicaciones son múltiples y todas ellas problemáticas. Los fletes internacionales se llevaron 114 millones de dólares. Los intereses de la deuda pública y privada consumieron 444 millones, de los cuales 239 provenían del cofre fiscal del Gobierno y del banco central. El turismo de los argentinos al exterior resultó ser un drenaje especialmente importante, extrayendo 949 millones de dólares del país. Además, las empresas residentes enviaron al exterior utilidades y dividendos por 876 millones. Finalmente, los bienes despachados a través de servicios postales generaron una salida neta de 98 millones. Juntos, todos estos capítulos configuran un cuadro en el que las exportaciones de bienes, por más robustas que sean, resultan insuficientes para financiar todo aquello que el país necesita importar en términos de servicios, pago de compromisos financieros y gasto de consumo en el exterior.

Las reservas caen cuando menos se espera: la contradicción entre los números comerciales y la realidad

Acá aparece el dato que más desconcierta: a pesar de que el Banco Central realizó compras netas de divisas por 1.671 millones de dólares en el mercado de cambios, las reservas internacionales no solo no aumentaron, sino que experimentaron una caída de 3.514 millones de dólares en el mes. Esta aparente contradicción se explica por movimientos en otras cuentas que no quedan registradas en las compras brutas de moneda extranjera. El Gobierno utilizó divisas para cancelar deuda, para pagar compromisos externos y para financiar diversas operaciones que, aunque necesarias, representan una salida de dólares que las cuentas comerciales no pueden absorber. Específicamente, el sector público ejecutó operaciones deficitarias por 1.044 millones: canceló BOPREAL por 1.005 millones y pagó préstamos bilaterales e internacionales por 894 millones. Estos movimientos fueron parcialmente compensados por nuevas emisiones de deuda en el mercado local por 662 millones, pero el neto fue profundamente negativo.

En cuanto a quiénes compraron los dólares en el mercado, los datos son reveladores. 1,5 millón de personas realizaron compras brutas de billetes por 2.363 millones de dólares, mientras que 750 mil personas las vendieron por 466 millones. En otras palabras, hay mucha más gente queriendo dólares que ofreciéndolos, y esa brecha se financia con las reservas del banco central o con financiamiento externo. Las inversiones directas, que en teoría deberían aportar divisas frescas al país, apenas ingresaron 161 millones en marzo, siendo minería con 46 millones y energía con 30 millones los sectores que concentraron la mayoría. Estos números sugieren que el tan promocionado clima de negocios y las promesas de inversión aún no se traducen en flujos reales significativos.

El panorama que emerge de estos datos revela un país atrapado en una ecuación económica difícil: sus exportaciones de bienes funcionan, pero una vez descontados los compromisos de pago, el consumo de servicios en el exterior y el gasto del turista argentino, queda un déficit estructural que se financia con deuda o con la erosión de reservas. Esta es la verdadera noticia detrás de los titulares que celebran superávits comerciales. La economía está atrapada en una dinámica donde el superávit en el comercio de mercancías no alcanza para financiar las necesidades reales de divisas del país, obligando a decisiones cada vez más difíciles sobre cómo y cuándo pagar lo que se debe, cuánto se permite que salga en concepto de ganancias empresariales, y cuán rápido se erosionan las reservas que funcionan como colchón de seguridad.