La Argentina que recibe inversiones milmillonarias en hidrocarburos y minería contrasta de manera tajante con una economía que se desmorona en capas. Mientras Kristalina Georgieva, máxima autoridad del Fondo Monetario Internacional, pisaba suelo argentino con discursos optimistas sobre transparencia y recuperación, los números contaban una historia más complicada. A la par de que empresarios energéticos celebraban proyectos que transformarán la matriz productiva, sectores industriales tradicionales rodaban hacia quiebras sucesivas. Y en ese contexto de contradicciones agudas, un economista cercano al establishment decidió saltar a la arena electoral, señalando que existe un espacio político que nadie está ocupando.

El envío diplomático de la jerarca del FMI fue orquestado con precisión quirúrgica. La agenda porteña incluyó una comida privada en el palacio Duhau, donde se reunió con los empresarios que atraviesan momentos de bonanza. Los anfitriones cuidaron cada detalle: desde los asistentes convocados hasta los temas permitidos en la conversación. La institución multilateral evitó cualquier diálogo con organizaciones de la sociedad civil, una omisión que habla por sí sola. Incluso Cubeddu, funcionario del FMI responsable de supervisión, canceló un encuentro que imaginaba Gerardo Martínez en la Uocra. El mensaje implícito era claro: queremos ver Argentina desde la perspectiva de quienes están ganando. Entre los platos servidos —burrata, carnes de calidad premium, postres elaborados— Georgieva soltó una pregunta que resultó ingenua o, según los comensales, profundamente irónica: qué pensaban de la reforma impositiva que está en marcha. Silencio incómodo. No hay tal reforma. Los empresarios presentes le explicaron que esa iniciativa no existe, lo que sorprendió visiblemente a la titular del Fondo. Ella insistía en que el esfuerzo fiscal debería ser distinto esta vez, pero en la mesa nadie corroboraba sus suposiciones.

El petróleo y la minería: islas de prosperidad en un archipiélago en crisis

Lo que sí existe es un ecosistema de negocios fragmentado. De un lado, sectores que se comportan como economías paralelas. Los hidrocarburos, la minería y partes del agro operan con lógica propia, desacoplados de las turbulencias políticas y macroeconómicas locales. Cuando Georgieva viajó a Vaca Muerta —luciendo el mameluco de YPF que ya circula en redes globales— presenció la estrategia de la petrolera estatal: deshacerse de los activos convencionales para concentrar recursos en explotación no convencional. Ese cambio de dirección no es menor. Implica desprendimiento de instalaciones históricas que todavía poseen potencial productivo. El clúster Chachahuen, ubicado en el sur mendocino con décadas de historia extractiva, fue adjudicado recientemente a José Luis Manzano tras una licitación. El nombre del ganador no sorprende a quienes conocen su trayectoria compradora: de Edenor a las estaciones de Shell, el empresario ha construido un portafolio diversificado. Lo que llama la atención es la opacidad: no informaron públicamente el nombre del adjudicatario ni el precio de transferencia. Una ironía si se considera que Georgieva, minutos antes, elogiaba la transparencia del gobierno actual.

En simultáneo, Marcelo Mindlin y Javier Milei anunciaron en la Casa de Gobierno la aprobación del régimen de inversión especial para una planta de urea que procesará gas de Vaca Muerta. La instalación se construirá en Bahía Blanca con un desembolso de 2.700 millones de dólares, financiada por organismos como el BID, la CAF y capital privado. Es la primera megafábrica que se edifica desde cero en décadas. Mindlin, quien comanda Pampa Energía, ha posicionado su grupo como inversor clave en el sector energético. La próxima semana tocará la campana en Wall Street por los cien años de Loma Negra, el gigante del cemento que integra su holding brasileño. Estos empresarios operan en un universo donde las perspectivas de largo plazo superan ciclos electorales. Pero hay más. En el Palacio Lanús, sede de la embajada de Polonia, se firmó un acuerdo para desarrollar Atlas GigaHub, una plataforma de computación avanzada para inteligencia artificial con base en Chubut. El CEO de Green Capital, Michał Polanowski —ex campeón europeo de surf con carrera empresarial en Varsovia— representa una ola de innovación que busca insertarse en nichos de tecnología de frontera.

La construcción apuesta y la industria tradicional se hunde

Mientras tanto, constructores como Gabriel Martino apostaron al sector inmobiliario con fondos propios y de grupos que manejan fortunas familiares. Bajo la marca Mirabilia Hype, desarrolla proyectos en Chacarita, Retiro y Escobar. Su estrategia es contracíclica: compra cuando el metro cuadrado en dólares cuesta más que su precio de venta, esperando revalorización futura cuando decline el stock en oferta. En Santa Fe, el grupo Grassi —corredores de cereales tradicionales— tomó las riendas de Vicentin con la participación de Esteban Nofal, dueño de Cima Investment. Nofal ejecutó una operación que despierta envidia financiera: con 50 millones de dólares adquirió derechos sobre 447 millones en pasivos de la empresa, negociándolos con bancos extranjeros. El gigante industrial volvió a movilizarse con apoyo de Cargill y Bunge. Estos son los ganadores, los que el FMI quiso que conociera Georgieva.

Pero la realidad invisible —la que se comenta en privado en las oficinas de los fondos de inversión extranjeros— es radicalmente distinta. Consultoras que asesoran a capitales internacionales remarcan una brecha descomunal: lo que se dice públicamente dista años luz de lo que se susurra en el círculo rojo. "El Gobierno elevó el costo de hablar en público", señalaron desde una de esas firmas, resumiendo una verdad incómoda. Fuera de Vaca Muerta, minería y agro, hay un cementerio de empresas en caída lenta y profunda. La cadena de suministros cruje bajo el peso de la presión fiscal, la importación subsidiada de maquinarias bajo régimen RIGI y la competencia desleal de productos chinos. Grandes superficies en el conurbano bonaerense no pueden afrontar sus deudas. Los estudios de abogados especializados en concursos ya detectan varios procesos en cartera. El sector de neumáticos perdió 11.000 empleos tras el cierre de FATE, y sus competidoras locales —con pocas líneas en producción— tiemblan ante la irrupción de fabricantes chinos con créditos laxos a distribuidores. China, que crece menos internamente, coloca excedentes a precio de dumping. La UIA alerta que sectores proveedores que antes vendían localmente ahora compiten contra importaciones baratas. Schumpeter escribió sobre la "destrucción creativa", pero los destruidos son personas, empleos, capacidad instalada que se evapora sin reemplazo visible.

Carlos Melconian observó ese panorama y decidió lanzarse como candidato presidencial. El economista detecta un espacio hacia la moderación política, una grieta profunda entre pocos ganadores y muchos perdedores, y un dólar que se atrasa respecto a la realidad. Su diagnóstico apunta a que sin resultados tangibles en la actividad económica, será muy difícil navegar la incertidumbre electoral que se aproxima. El punto que lo preocupa es la compra de dólares por particulares: acumularán 28.000 millones de dólares en 2026, unos 7.000 millones menos que en 2025. Esa cifra revela dudas, desconfianza, temor a que algo no cierre. Georgieva fue clara al despedirse: Argentina puede pasar de pedir dinero a prestarlo, un comentario que también sonó a ironía. Y también fue clara respecto al FMI: no habrá financiamiento adicional. Lo que el gobierno tiene es apoyo de Estados Unidos, generador de 35 billones de dólares de PBI anualmente. Pero ese apoyo es condicional a desarrollos geopolíticos en Brasil y América Latina.

La verdadera pregunta que circula en los pasillos del poder no es si el rumbo económico es correcto —esa discusión está cerrada entre los tecnócratas—, sino si la población puede resistir los costos asociados. Gastón Taratuta, fundador de Aleph, el unicornio argentino líder en publicidad digital, lo resume así: "La gran pregunta es si la población aguanta". Mientras tanto, hay anomalías que inquietan. Pese a mejoras en las calificaciones de riesgo soberano, el riesgo país se mantiene alrededor de 450 puntos base. Y la inversión actual, a pesar de los regímenes especiales, equivale al 18% del PBI, el nivel más bajo desde 2004. Eso significa que el capital privado, doméstico e internacional, desconfía de la permanencia de estas políticas o de las ganancias que pueden extraer. La volatilidad global también aparece en las conversaciones como una preocupación latente, junto con las elecciones estadounidenses de noviembre. Si Trump pierde, se cierra la llave de financiamiento para Argentina. Si gana, la administración hará esfuerzos para que Bolsonaro retorne en Brasil, completando un mapa libertario en América Latina que solo le faltaría México. En ese escenario, una "América Latina libertaria" sin ayuda explícita del FMI pero con el respaldo de Washington, la pregunta se vuelve más urgente: ¿cuánto tiempo puede sostenerse una política de ganadores y perdedores sin que la tensión política estalle?