En las entrañas de un hotel de madera levantado al pie de las Montañas Rocosas, a fines de junio de 1944, se gestó uno de los acuerdos que marcaría el siglo siguiente. John Maynard Keynes había llegado a Bretton Woods, Nueva Hampshire, luego de tres semanas de la invasión de Normandía, con su esposa Lydia Lopokova, una bailarina rusa que velaba celosamente por la salud de su marido. El economista británico acababa de sufrir un infarto y ella sabía que las demandas sobre él serían brutales. Logró, al menos, que no descendiera cada noche a los cócteles sociales donde se tejía parte de la diplomacia mundial. Pero Keynes no podía evitar estar donde estaba: en el centro de una negociación que definiría el orden financiero planetario de la posguerra, con más de cuarenta naciones representadas en la sala.

Hace exactamente ochenta años, el 21 de abril de 1946, un domingo de Pascua, Keynes exhaló su último aliento en su casa de Tilton, en Sussex. Lo hizo después de haber colapsado en el vagón restaurante de un tren que lo traía de vuelta a casa. La muerte llegó como el final de una novela que había comenzado en 1936, cuando publicó La Teoría General del Empleo, el Interés y el Dinero, una obra que no solo cambió la economía sino que reconfiguró cómo los gobiernos pensaban la gestión de sus asuntos. Ese mismo año sufrió un primer ataque cardíaco, y desde entonces su cuerpo fue una batalla permanente contra la enfermedad, aunque su mente jamás cesó de trabajar por las cuestiones del Estado que lo obsesionaban.

La herencia de un revolucionario del pensamiento

Keynes no fue un economista al modo tradicional. Mientras que sus contemporáneos austriacos, como Ludwig von Mises, aseguraban que el desempleo era simplemente un problema de salarios demasiado altos, Keynes miraba hacia otro lado. Observaba la realidad de las calles, las fábricas cerradas, las familias hambrientas, y se preguntaba de dónde venía ese horror. Su conclusión fue revolucionaria para la época: no era la escasez de bienes lo que causaba la depresión, sino la gestión desastrosa de las políticas económicas. Los gobiernos estaban actuando como si administraran una casa privada, recortando gastos cuando debían invertir, apretando torniquetes cuando lo que el cuerpo económico necesitaba era transfusiones de dinero público.

Sus advertencias en los años veinte sobre las consecuencias de las sanciones impuestas a Alemania tras la Primera Guerra resultaron casi proféticas. Keynes veía claro: obligar a un país a pagar reparaciones imposibles, mantener la paridad de la libra esterlina con el oro cuando las circunstancias económicas ya no lo permitían, eran decisiones que sembrarían dolor, resentimiento y, eventualmente, caos político. Años después, cuando Hitler surgió como una solución radical a los ojos de alemanes desesperados, Keynes no se sorprendió. Entendía que las personas sufridoras buscan salvadores cuando nadie más ofrece soluciones. La causa de esa desesperación no era la falta de producción, sino las políticas deflacionarias que obligaban a bajar precios, destruían empleos y cerraban comercios como fichas de dominó.

En Bretton Woods, Keynes enfrentó a Harry Dexter White, el asesor del Tesoro estadounidense. Ambos coincidían en algo fundamental: había que evitar que volviera a ocurrir lo que pasó en los años treinta, cuando cada país, en una suerte de batalla campal económica, depreciaba su moneda para ganar ventajas competitivas o levantaba muros arancelarios contra sus vecinos. Se necesitaba un sistema que impidiera esa carrera hacia el abismo. Tenían visiones distintas sobre cómo construirlo, pero compartían la urgencia. Al final, prevaleció la propuesta de White. La razón era sencilla: para entonces, el mundo había entendido que el dólar era la moneda de referencia global, no la libra. La supremacía estadounidense era un hecho consumado y Keynes, enfermo, representando a una Gran Bretaña debilitada, no tenía opciones de negociación.

Cuando la historia se repite en forma de debate político

Este 2026 marca también noventa años de la publicación de La Teoría General. Un aniversario que en la Argentina ha pasado desapercibido para la mayoría, pero no para dos personajes que no podrían ser más distintos en sus convicciones políticas y económicas. Javier Milei, quien asegura haber leído el libro keynesiano en cinco ocasiones, y Axel Kicillof, quien construyó su tesis doctoral sobre el economista británico y es profesor de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad de Buenos Aires, representan dos lecturas irreconciliables de Keynes. El presidente lo cita para atacarlo, para señalar lo que considera errores monumentales en su razonamiento. El gobernador bonaerense lo defiende, lo reinterpreta, lo actualizadera para los tiempos presentes. Ambos, sin embargo, reconocen su relevancia. Esta semana, Milei expondrá sus reflexiones sobre Keynes desde el Palacio Libertad, convertido ahora en su residencia de poder.

Lo que quizás ninguno de los dos captura completamente es que Keynes no fue un ideólogo en el sentido tradicional. Fue un intelectual que cambió paradigmas. Fusionó la psicología con la economía, entendiendo que los seres humanos no son máquinas de cálculo racional sino criaturas atravesadas por la incertidumbre, el miedo y la esperanza. En su obra, la historia, la teoría política y la experiencia financiera se entrelazan de una manera que ningún economista anterior había logrado. Criticó ferozmente el laissez-faire de Adam Smith, no porque fuera socialista —lejos estaba de serlo—, sino porque observaba que los mercados, cuando se los deja completamente librados a su suerte, pueden entrar en dinámicas destructivas. Pero también criticó a los austriacos, porque su dogmatismo le parecía ajeno a la realidad que miraba por las ventanas de Cambridge.

Su aportación sobre la racionalidad de las decisiones económicas es particularmente sabia y sigue siendo ignorada por muchos. No podemos juzgar si una decisión fue racional por su resultado final, enseñaba Keynes. Cuando se toma una elección importante en economía, el futuro es siempre una incógnita. Lo que importa es el proceso de razonamiento, los datos disponibles en ese momento, la evaluación de probabilidades. Una decisión puede ser perfectamente racional y terminar en fracaso porque ocurrió algo impredecible. Inversamente, una decisión tomada al azar puede resultar brillante por mera suerte. Esta lección es especialmente relevante en momentos como los que atraviesa la Argentina, donde cada medida de política económica es juzgada inmediatamente por sus resultados sin considerar el contexto de incertidumbre en que fue adoptada.

El obituario que publicó The Times de Londres el día después de su muerte lo definió como "el mayor economista desde Adam Smith". Eso fue en 1946. Ochenta años después, economistas de todas las tendencias siguen peleando por su legado, reinterpretando sus textos, tratando de extraer lecciones para sus propios tiempos. Keynes demostró que en economía no existen leyes inmutables como en la física, pero que existen consecuencias inevitables. Los mercados pueden funcionar o pueden fallar. Los gobiernos pueden actuar sabiamente o pueden cometer errores catastróficos. La política económica no es una ciencia exacta, es un arte que requiere tanto rigor analítico como sensibilidad histórica. Eso sigue siendo verdad hoy como lo era en 1944, cuando un hombre enfermo y una bailarina rusa llegaron a las montañas para intentar armar un mundo nuevo sobre las ruinas del viejo.