La economía argentina atraviesa estos días una bifurcación cada vez más pronunciada. De un lado, un sector energético que batió todos los registros de producción y se perfila para generar ingresos de divisas sin antecedentes en la historia reciente del país. Del otro, actividades tradicionales que cierran plantas, despiden trabajadores y ven contraerse su mercado sin visos de recuperación. En el medio, un tercer actor que permanece dormido pero que podría convertirse en el gran catalizador del año electoral que se aproxima: la construcción, ese motor económico que lleva más de tres años en hibernación.

Los números hablan con una claridad incómoda. En julio pasado, la extracción de petróleo alcanzó la cifra de 914 mil barriles diarios, un pico histórico que no deja lugar a dudas sobre la transformación que está atravesando el sector energético argentino. Durante el primer semestre de este año, la producción creció en términos interanuales a un ritmo de 17,2%, con el petróleo no convencional —específicamente el extraído mediante fractura hidráulica en Neuquén— representando ya el 70% de toda la producción nacional. Esto no es un fenómeno aislado, sino el resultado de una maduración gradual de las operaciones en Vaca Muerta que comenzó sustituyendo importaciones y ha evolucionado hacia la generación de saldos exportables. Hace apenas unos años, la discusión energética giraba alrededor de cómo resolver los problemas de abastecimiento invernal y el agujero de divisas generado por las importaciones de combustibles. Hoy esa ecuación se invirtió por completo.

La otra cara: cuando la tradición se desmorona

Pero mientras el petróleo alcanza máximos históricos, el sector textil experimenta un colapso de proporciones alarmantes. Entre finales de 2023 y mayo de 2026, las cifras oficiales registran la pérdida de alrededor de 27 mil empleos en la cadena textil-confección, con especial énfasis en la rama textil propiamente dicha, que fue golpeada con mayor intensidad que la rama de la indumentaria. Este sangramiento laboral no representa un fenómeno puntual sino la profundización de una tendencia que ha marcado los primeros dieciséis meses de este año. Durante el primer semestre de 2026, la producción de prendas de vestir, cuero y calzado registró una contracción de 14% interanual y se posiciona hoy entre los segmentos industriales con peor desempeño en toda la economía.

La industria manufacturera en su conjunto acumula una baja de 2% en los primeros siete meses de 2026 comparado con igual período de 2025, lo que resulta más preocupante aún cuando se lo contrasta con los niveles de 2022 y 2023: la caída acumulada alcanza el 10% en ese período más amplio. Estos datos ponen en perspectiva una pregunta incómoda que atraviesa a toda la economía argentina: ¿en qué se está transformando el país? Los datos macroeconómicos amplios revelan que el crecimiento del PBI, que había llegado a superar el 6% interanual en el primer semestre de 2025, se desaceleró a un magro 1,5% interanual en el segundo trimestre de 2026. Es decir, la expansión energética no está logrando arrastrar al resto de la economía con suficiente fuerza.

El tercero en discordia: la construcción que espera su momento

Existe sin embargo un sector que, aunque permanece prácticamente invisible en los análisis cotidianos, podría convertirse en el gran protagonista de la escena económica durante 2027. La construcción, esa actividad que funciona como una especie de industria de industrias por su capacidad de generar encadenamientos productivos, atraviesa uno de sus momentos más críticos de las últimas décadas. Los despachos de cemento acumulan una caída de 3% interanual durante los primeros siete meses de 2026, pero cuando se los proyecta hacia atrás y se los compara con el mismo período de 2022, la debacle es evidente: -24,9%. La situación es idéntica en el caso de los insumos generales para la construcción, donde se registra una estabilidad aparente en los últimos meses pero una contracción abismal respecto a hace cuatro años: -30,2% en ese lapso. Se trata de un sector que viene retrasado, en términos de quienes conocen la mecánica de estas recuperaciones, pero que acumula demanda reprimida.

El Gobierno ha comenzado a moverse en dos frentes para desbloquear esta situación. Por un lado, ha diseñado un esquema de financiamiento novedoso orientado al segmento privado, que utiliza fondos provenientes del Fondo de Garantía de Sustentabilidad de ANSeS para subsidiar los costos de captación de depósitos bancarios, con el objetivo de que las entidades financieras canalicen esos fondos hacia créditos hipotecarios a largo plazo—hasta treinta años—con tasas máximas reguladas. La primera licitación de este programa arranca en estos días y movilizará 200 mil millones de pesos. Por otro lado, existe una demanda contenida de infraestructura pública de magnitud considerable: mineras que necesitan construir y mejorar caminos de acceso, redes eléctricas que no se expandieron en las últimas dos décadas, corredores viales cuyas licitaciones se esperan para el año próximo, proyectos de gasoductos hacia Brasil y hacia el norte argentino. Todo ello sugiere un potencial de activación de la construcción a partir de 2027 que podría resultar transformador para toda la economía.

El contexto de inversión global que respalda esta proyección es también relevante. La inversión bruta en capital fijo ronda actualmente el 16% del PBI argentino, cifra que contrasta desfavorablemente con 20% en Brasil o 26% en Chile. Hay margen significativo para expandir la inversión sin que ello genere desequilibrios macroeconómicos graves. El petróleo, en tanto, se ha convertido en el principal producto individual de exportación del país. Las proyecciones para 2027 hablan de un posible superávit energético que podría alcanzar 13 mil millones de dólares, cifra que despierta tanto esperanzas como interrogantes sobre cómo se utilizarán esos fondos y si tendrán capacidad de irradiar hacia otras cadenas productivas o si simplemente profundizarán la especialización hacia un modelo concentrado en recursos naturales.

Expectativas divergentes hacia adelante

Los sectores que hoy se desmoronan miran 2027 con esperanzas contenidas. Desde el núcleo de empresas textiles, los reclamos se concentran en factores que consideran estructurales: la carga impositiva, los costos de energía, las prácticas comerciales desleales que afectan particularmente a las importaciones asiáticas. La posibilidad de que el próximo año traiga mejoras dependerá, según los propios actores del sector, de que el Estado nacional mantenga en su agenda la consideración de estos factores y busque compatibilizar los objetivos fiscales con la recuperación de actividades. Sin esos cambios, la tendencia de contracción registrada durante 2026 podría no solo mantenerse sino profundizarse. Para la construcción, en cambio, existe una certidumbre mayor: el año electoral y la necesidad de mostrar dinamismo económico probablemente aceleran la ejecución de proyectos de infraestructura que estaban esperando el momento propicio.

Lo que está en juego en los próximos meses es el patrón de especialización económica que Argentina adoptará durante esta década. Un modelo donde el petróleo y la energía financian importaciones de bienes manufacturados y servicios, sin que se desarrollen cadenas de valor complejas en otros sectores, tiene implicaciones diferentes a un modelo donde esas divisas se utilizan para motorizar inversión en infraestructura e industria. Las políticas que se adopten en materia fiscal, crediticia y de regulación industrial en el resto de 2026 y durante 2027 determinarán cuál de estos escenarios predominará. Mientras tanto, decenas de miles de trabajadores textiles permanecen fuera del mercado laboral, plantas cerradas atestiguan abandonos de actividades que durante generaciones fueron parte de la identidad industrial argentina, y excavadoras inmóviles esperan la señal que las ponga nuevamente en movimiento.