Bajo un cielo porteño de mediados de semana, 224 empresarios, ejecutivos y cabilderos se congregaron en un almuerzo de negocios que funcionó, una vez más, como termómetro de los tiempos que corren en materia de relaciones entre el Estado y el sector privado. La cita, convocada por el Cicyp —la red que articula a las principales cámaras empresarias del país— reunió figuras destacadas del mundo de los negocios en torno a un discurso central: el del canciller Pablo Quirno, quien vino a explicar por qué este momento histórico demanda que los inversores tomen decisiones sin demoras. No se trataba de un evento menor. El número de asistentes —apenas inferior al pico de 260 que había logrado el presidente Javier Milei en ocasiones anteriores— evidenciaba la relevancia que se le otorgaba a las palabras que estaban por escucharse. La presidencia del encuentro estuvo a cargo de Bettina Bulgheroni, quien con una metáfora sobre olas y océanos invitó a percibir el presente como un "proceso de cambio" de envergadura. Presentó al canciller como un funcionario "metódico, sobrio y estratégico", adjetivos que pretendían establecer el tono de lo que vendría a continuación.

El discurso de Quirno adoptó un registro casi épico. Citando al prócer Mariano Moreno —"prefiero una libertad peligrosa que una servidumbre tranquila"— el canciller interpelaba a quienes toman las grandes decisiones en materia económica, instándolos a asumir el desafío que representa una "libertad recuperada". La retórica resultaba potente, aunque la audiencia mantuvo una compostura relativa, con aplausos que no fueron particularmente entusiastas en la mayor parte de la exposición. Esto cambió cuando Quirno profundizó en ciertos anuncios de política exterior. Destacó, con énfasis, la densidad política, comercial y estratégica de la relación con Estados Unidos, aclarando que no se trata de una mera afinidad personal entre presidentes, sino de una orientación de Estado de mediano y largo plazo. Luego abordó la relación con Israel, mencionando decisiones que calificó como históricamente trascendentes: la declaración de organizaciones como la Guardia Revolucionaria de Irán, Hezbollah y Hamas como entidades terroristas. En la mesa de honor, el embajador israelí Eyal Sela aprovechó para comentar sobre los lazos bilaterales y la próxima inauguración en noviembre de un vuelo directo a Tel Aviv, con una duración aproximada de 14 horas de vuelo.

La ventana que no espera

Quirno volvió una y otra vez sobre una idea central: la urgencia. "La ventana de oportunidad no es permanente", fue el lema que atravesó gran parte de su intervención. El canciller sostuvo que hoy el país posee "ambición, escala y horizonte", pero que estas condiciones dependen de que se actúe antes que otros competidores internacionales. Para ilustrar el punto utilizó un ejemplo concreto: el caso de la miel. Cuando la Unión Europea eliminó los aranceles para este producto, provincias como Entre Ríos y Córdoba agotaron con velocidad los cupos disponibles. El mensaje era claro: en un mundo competitivo, las oportunidades tienen plazo de vencimiento. Durante su exposición también elogió públicamente a YPF y su director ejecutivo Horacio Marín, y mencionó negociaciones en curso o próximas con India y Canadá, países que representan tanto mercados de destino como socios estratégicos en el tablero geopolítico global. La Argentina, según la perspectiva presentada, debe posicionarse no solo como proveedora de recursos naturales, sino como un actor relevante en la reconfiguración del orden internacional.

Cuando llegó el turno de las preguntas, uno de los consultantes inquirió sobre cómo queda situado el país frente a la conflictividad creciente en Medio Oriente. La respuesta de Quirno sintetizó una lectura geoeconómica particular. Argumentó que Argentina cuenta con un orden macroeconómico sólido —con superávit fiscal y superávit energético— que la coloca en una posición ventajosa para enfrentar turbulencias globales. A diferencia de contextos históricos anteriores, cuando Argentina enfrentaba crisis externas desde una posición de vulnerabilidad económica, hoy el país exhibe fortaleza en sus fundamentos. Esto genera, según el razonamiento del canciller, continuidad y previsibilidad para las inversiones. En síntesis: la debilidad interna se transformó en fortaleza, y esa fortaleza hace que los activos argentinos resulten atractivos precisamente porque se encuentran alejados de los epicentros de conflicto mundial. El funcionario reconoció que Argentina "siempre tuvo los recursos y siempre tuvo el capital", pero carecía históricamente de las condiciones institucionales para que esa inversión se materializara. Hoy, argumentó, esa ecuación comenzaba a cambiar.

Los "trucos" del RIGI y sus implicancias de largo plazo

La médula de la exposición giró en torno al Régimen de Incentivos para las Grandes Inversiones (RIGI), presentado como "un instrumento formidable" para atraer capital foráneo. Más allá de los beneficios impositivos tradicionales, Quirno explicó dos mecanismos que denominó, coloquialmente, como "trucos". El primero de ellos tiene que ver con la naturaleza de los grandes proyectos de inversión: requieren capital inicial masivo y períodos de retorno que típicamente superan los ciclos políticos convencionales de cuatro o cinco años. Un inversor que decide hoy colocar miles de millones de dólares en un emprendimiento minero, energético o agroindustrial necesita certeza de que los beneficios ofrecidos se mantendrán cuando el gobierno cambie, independientemente del signo político que asuma la administración siguiente. En esta lógica, el RIGI funciona como un compromiso creíble: los incentivos no generan costo fiscal inmediato porque la inversión tardará años en generar retornos, momento en el cual la Argentina espera tener consolidados sus números fiscales y capacidad de cumplimiento. Es decir, la promesa se respalda en mejoras futuras de las arcas públicas.

El segundo "truquito", como lo denominó Quirno, resultó particularmente elocuente en materia de política económica de mediano plazo. A medida que el RIGI sea exitoso, se acumula una "base de capital protegida contra controles de cambio". Esto significa que, en teoría, ningún gobierno futuro —sea cual sea su orientación ideológica o su relación con el sector privado — podría implementar restricciones a la salida de capitales sin violar los compromisos contraídos. Es decir, los gobiernos venideros estarían, como lo expresó el canciller, "encorsetados": perderían una herramienta de política económica que administraciones anteriores utilizaron frecuentemente. El aplause que recibió esta parte de la exposición —descrito como "el primer aplauso bien sonoro de toda la disertación"— sugiere que los asistentes comprendieron cabal y apreciativamente el alcance de lo que estaba siendo comunicado: se trataba de una estrategia de blindaje institucional, una forma de condicionar comportamientos políticos futuros a través de obligaciones internacionales y acuerdos de inversión.

Mientras la exposición proseguía y los comensales probaban un menú que incluía crema de palmitos, lomo de ternera y un postre de biscuit de caramelo, emergieron desde distintos rincones de la sala percepciones dispares sobre la salud del tejido económico nacional. Directivos de Frávega hablaban de un interior heterogéneo, con provincias prósperas pero otras estancadas. Juan Garibaldi, representante de Danone, reportaba ventas récord de yogures. Alberto Grimoldi confirmaba un aplanamiento en las ventas, mientras que Mario Grinman, de la Cámara de Comercio, subrayaba que "pocas veces se vivió una realidad tan heterogénea". Gustavo Weiss, del sector construcción, presentaba un panorama más sombrío: parálisis generalizada y endeudamiento crónico. Martín Rappallini, titular de la Unión Industrial Argentina, expresaba disconformidad porque el sector manufacturero quedó excluido de los alcances del RIGI. Alejandro Bulgheroni, por su parte, invitaba públicamente a invertir "con fuerza", recordando que su grupo siempre lo había hecho y que existía "efecto imitación" en el comportamiento de otros actores empresariales.

Implicancias y perspectivas futuras

Los hechos expuestos en este almuerzo de negocios abren varias líneas de análisis e interpretación. Por un lado, está clara la intención del Ejecutivo nacional de construir un consenso empresarial en torno a una visión de largo plazo que vincula estabilidad macroeconómica, reposicionamiento geopolítico y atracción de inversión extranjera directa. Por otro, la exposición del canciller reveló explícitamente que el RIGI funciona como más que un simple instrumento tributario: es un mecanismo de vinculación política que limita opciones de gobiernos futuros, configurando lo que podría denominarse como una "restricción intertemporal" del margen de maniobra estatal en materia de controles de cambio. Las reacciones fragmentadas de los distintos sectores empresariales presentes —entusiasmo en algunos rubros, cautela en otros, descontento en varios— sugieren que el modelo de crecimiento impulsado desde la Casa Rosada genera ganadores y perdedores. El sector energético, minero y agroindustrial aparece como el destinatario principal de los incentivos, mientras que la industria manufacturera y la construcción experimentan dificultades. Esta asimetría podría profundizarse en los próximos años si el RIGI logra efectivamente atraer el volumen de inversión que se espera. Finalmente, el énfasis en el posicionamiento estratégico de Argentina en un contexto de conflictividad global abre un interrogante sobre cómo se traducirán estas ventajas geopolíticas en beneficios económicos concretos para la población general, más allá del círculo de grandes inversores y beneficiarios directos de los regímenes especiales.