La muerte de Edmund Phelps el pasado viernes cierra un capítulo fundamental en la historia del pensamiento económico contemporáneo. El intelectual estadounidense, galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2006, dejó una huella indeleble en la forma en que economistas, políticos y tomadores de decisión comprenden la relación entre inflación y desempleo, uno de los dilemas más persistentes de la macroeconomía moderna. Con 92 años, Phelps se llevaba consigo décadas de contribuciones que transformaron fundamentalmente el análisis de la política económica en el siglo veinte y más allá.

Lo que hace particularmente significativa su desaparición es que Phelps nunca fue un economista que se conformara con las certezas convencionales. Durante su trayectoria académica, que lo llevó a dictar clases en prestigiosas casas de estudio como Yale, MIT, la Universidad de Pensilvania y Columbia, desarrolló una capacidad distintiva para cuestionar los pilares de la sabiduría establecida. Su espíritu crítico no se agotaba en el plano teórico sino que buscaba permanentemente conectar sus reflexiones con los problemas concretos que enfrentaban las naciones. En América Latina, y específicamente en la Argentina, Phelps encontró un terreno fértil para explorar estas inquietudes. Su vínculo con el país sudamericano —consolidado a través de su matrimonio con Viviana Montdor, nacida en Buenos Aires— lo llevó a visitarlo asiduamente y a establecer colaboraciones académicas profundas que perdurarían durante décadas.

El desafío a una verdad incuestionable

Para entender la magnitud de lo que Phelps aportó, es necesario retroceder hasta 1958. Ese año, Arthur Phillips, un académico de la London School of Economics, publicó un estudio que analizaba el comportamiento de los salarios en Gran Bretaña a lo largo de casi un siglo, desde 1861 hasta 1957. De ese análisis empírico surgió lo que se conocería como la Curva de Phillips: una relación inversamente proporcional entre la tasa de desempleo y la velocidad de cambio de los salarios, o más precisamente, de la inflación salarial. Este hallazgo se propagó con rapidez por los círculos académicos y de política pública, convirtiéndose casi de inmediato en un pilar del análisis macroeconómico.

La Curva de Phillips ofrecía algo que los gobernantes y planificadores económicos buscaban desesperadamente: una hoja de ruta, un menú de opciones entre el cual elegir. Si se estaba dispuesto a tolerar inflación elevada, se podía mantener el desempleo bajo. Si la prioridad era la estabilidad de precios, entonces había que aceptar mayores niveles de desocupación. Durante los años sesenta, tanto en Argentina como en el mundo desarrollado, prevalecía esta lógica: se consideraba un trade-off inevitable, una especie de ley económica que no admitía excepciones. Gobiernos e instituciones financieras orientaban sus políticas bajo esta premisa. Sin embargo, cuando llegó la década de 1970 y posteriormente los años ochenta, la realidad se negó tercamente a ajustarse a las predicciones. La Curva de Phillips dejó de funcionar. Las economías experimentaban simultáneamente inflación alta y desempleo elevado —un fenómeno que los economistas denominaron estanflación—, algo que la teoría establecida declaraba imposible.

Repensar desde la expectativa y la información

Aquí es donde Phelps, en diálogo intelectual con Milton Friedman, realizó su aporte revolucionario. Ambos economistas señalaron que la Curva de Phillips tal como se entendía cometía un error fundamental: ignoraba un elemento crucial del comportamiento humano y del funcionamiento de los mercados. Los trabajadores no negocian salarios nominales en el vacío. Lo que realmente les importa es el poder adquisitivo de lo que ganan, es decir, el salario real. Cuando perciben que la inflación está erosionando su capacidad de compra, reaccionan. Demandan incrementos salariales más pronunciados anticipándose a una inflación futura que esperan que continúe. Esta simple pero profunda observación tenía consecuencias radicales para la teoría económica.

Phelps formuló entonces la Curva de Phillips ajustada por expectativas inflacionarias. Según su análisis, a corto plazo efectivamente existe la relación inversa que Phillips había observado: es posible reducir el desempleo mediante políticas expansivas que toleren más inflación. Pero a largo plazo, la curva se vuelve vertical. Una vez que los trabajadores, las empresas y los agentes económicos en general incorporan sus expectativas inflacionarias a sus decisiones de consumo, ahorro e inversión, cualquier intento de mantener el desempleo por debajo de su tasa natural —lo que Phelps llamó la tasa natural de desempleo— solo genera más inflación sin reducir la desocupación de forma permanente. La espiral es inevitable: mayores salarios nominales sin mayor empleo real, solo precios más altos. El trabajo de Phelps desplazó el énfasis desde lo que los economistas podían ver (correlaciones empíricas) hacia lo que había que entender acerca de cómo los agentes económicos procesan información y forman expectativas sobre el futuro. Esta fue una transformación conceptual de primer orden.

El Banco Central de Suecia, al otorgarle el Nobel, resumió el alcance de su contribución de manera precisa: Phelps había profundizado el conocimiento sobre cómo funcionaban los efectos de corto y largo plazo en la política económica, había cuestionado la interpretación simplista que la profesión había hecho del descubrimiento de Phillips, e incorporó al análisis elementos vinculados con la información incompleta y las limitaciones cognitivas de quienes toman decisiones económicas. Esta perspectiva, que hoy parece elemental, representaba un quiebre epistemológico en el pensamiento económico de mediados del siglo veinte.

Lecciones que no pudo transmitir en el momento

Una anécdota que el propio Phelps contó años después, ya en su novena década de vida, ilustra la dificultad que enfrentó para comunicar sus ideas en contextos políticos de alto nivel. Cuando Richard Nixon era candidato a la presidencia de Estados Unidos, se reunió con él y le planteó un interrogante que resumía la angustia de cualquier gobernante: "Quiero bajar la inflación sin subir el desempleo, pero me dicen que es imposible. ¿Cómo hago?". Phelps, enfrentado a una sala llena de personas influyentes que lo observaban expectantemente, admitió posteriormente que no supo cómo explicar su pensamiento en esas circunstancias. No era sencillo traducir en pocos minutos una arquitectura teórica compleja para quien buscaba respuestas inmediatas y certeras. Esta tensión entre el tiempo que requiere la reflexión académica profunda y la urgencia de la acción política permanece como una de las grandes frustraciones de los intelectuales que pretenden influir en las decisiones públicas.

A lo largo de su extensa carrera docente, Phelps se desempeñó como mentor de varias generaciones de economistas, entre ellos el argentino Guillermo Calvo, cuyo trabajo posterior ejercería influencia significativa en los debates sobre política macroeconómica en América Latina. Esta transmisión de conocimiento de mentor a discípulo, multiplicada en docenas de estudiantes y colegas, fue quizás una de las formas más efectivas en que Phelps extendió su impacto más allá de sus publicaciones y artículos académicos.

Vínculos con la Argentina y una visión más amplia

En el contexto argentino, Phelps encontró un escenario particularmente receptivo para sus ideas. Trabajó en colaboración estrecha con Juan Vicente Sola, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Buenos Aires y director del Centro de Derecho y Economía de esa institución. De esta asociación surgió la Cátedra Phelps de Derecho y Economía Dinámica, que funcionó dentro de la Facultad de Derecho porteña. Esta iniciativa no era meramente nominal: incorporaba actividades conjuntas con el Instituto de Capitalismo y Sociedad de la Universidad de Columbia, que Phelps presidía.

Sin embargo, hacia el final de su vida, Phelps amplió considerablemente su horizonte intelectual. Trascendió los confines del análisis técnico de la inflación y el desempleo para reflexionar sobre qué era la prosperidad genuina en términos más profundos que el simple crecimiento económico mensurable. Desde su centro de investigación en Columbia, desarrolló un pensamiento crítico respecto a lo que denominaba corporativismo económico, particularmente en el contexto latinoamericano. Según Sola, Phelps identificaba en el corporativismo una fuerza destructora que había contaminado amplios sectores de las economías de la región, contribuyendo al estancamiento prolongado. Su diagnóstico era que el corporativismo, enraizado en valores hostiles a la iniciativa individual y la búsqueda de innovación, generaba estructuras que protegían a los actores ya instalados en el sistema mientras desalentaba la entrada de nuevos protagonistas con ideas disruptivas.

Para Phelps, las economías modernas que habían florecido históricamente lo hicieron porque en ellas previamente se habían consolidado ciertos valores culturales y sociales: la valoración de la iniciativa individual, la imaginación creativa, la disposición para asumir riesgos empresariales y la vocación por transformar la realidad material. En el contexto argentino, estos planteos revestían particular relevancia dado el devenir económico del país en los últimos cincuenta años, marcado por ciclos de bonanza y crisis que frecuentemente parecían reproducirse sin que se lograra construir bases más sólidas de largo plazo. El pensamiento de Phelps ofrecía una perspectiva que iba más allá de las variables macroeconómicas convencionales para interrogar los fundamentos institucionales y culturales que subyacen al desempeño económico.

Un economista del mundo, anclado en Buenos Aires

Durante el año 2011, Phelps fue entrevistado sobre la situación económica argentina. Cuando se le preguntó acerca de las causas de la inflación entonces prevaleciente, su respuesta fue directa: la política monetaria expansiva era la causa principal. No era la única razón, aclaraba, pero sí la más determinante. Esta observación, aparentemente simple, reflejaba su adhesión a una visión donde los fundamentos monetarios jugaban un papel central en la dinámica inflacionaria, algo que conectaba con sus reflexiones anteriores sobre cómo las expectativas de inflación futura influyen en los comportamientos presentes de trabajadores y empresas.

Lo que distinguía a Phelps como intelectual era su capacidad de mantener simultáneamente múltiples niveles de análisis: el técnico-econométrico, el teórico-conceptual, el histórico-institucional y el normativo-ético. Pocas veces un economista logra transitar con soltura entre estos registros sin caer en contradicciones o superficialidad. Phelps lo hacía porque entendía que la economía no era simplemente un conjunto de ecuaciones, sino una expresión de cómo las sociedades humanas organizaban la producción, la distribución y el consumo bajo condiciones de escasez e incertidumbre. Sus reflexiones tardías sobre la prosperidad como algo más profundo que el PIB per cápita revelaban a un intelectual que nunca dejó de cuestionarse y reinventarse.

Consecuencias abiertas en un mundo incierto

La desaparición de Phelps deja múltiples interrogantes abiertos sobre cómo evolucionará el pensamiento económico en los próximos años. Por un lado, sus contribuciones sobre la Curva de Phillips y las expectativas inflacionarias se encuentran tan integradas en la teoría macroeconómica estándar que es difícil imaginar un mundo académico o de política pública que no las reconozca. Generaciones de estudiantes han aprendido sobre la tasa natural de desempleo, sobre la ilusión monetaria y sobre cómo las expectativas moldean el comportamiento económico, todo conceptos que Phelps ayudó a consolidar. En ese sentido, su legado teórico parece blindado.

Sin embargo, sus reflexiones posteriores sobre el corporativismo, la innovación y la cultura como fundamento de la prosperidad permanecen menos exploradas y debatidas. En un contexto donde las economías latinoamericanas continúan enfrentando desafíos de crecimiento bajo, donde la innovación tecnológica genera disrupciones que demandan nuevas respuestas institucionales, y donde las tensiones entre la protección de grupos establecidos y la apertura a nuevos actores persisten, las preguntas que Phelps formulaba hacia el final de su vida retienen una pertinencia considerable. Diferentes corrientes de pensamiento económico, desde aquellas que enfatizan la regulación estatal hasta las que priorizan la desregulación de mercados, podrían encontrar elementos en su obra para sustentar sus posiciones. Ello sugiere que la conversación intelectual que Phelps ayudó a inaugurar está lejos de haberse clausurado, incluso con su partida.