La Argentina transita un momento político peculiar que expone las contradicciones internas de un proyecto de gobierno que llegó al poder cuestionando los consensos establecidos pero que ahora debe gestionar una coalición internamente tensa. Un analista especializado en instituciones democráticas sostiene que los datos macroeconómicos positivos de las últimas semanas no terminan de resolver la ecuación política más profunda que enfrenta la administración actual: la incompatibilidad ideológica entre un liderazgo que funciona con lógica populista y una base electoral que en buena medida rechaza ese tipo de comportamientos institucionales. Martín D'Alessandro, presidente de la organización Poder Ciudadano y estudioso de dinámicas políticas, plantea que esta contradicción comenzó a hacerse visible de manera más clara tras episodios recientes que exponen tensiones existentes, generando dudas sobre la viabilidad a mediano plazo de mantener unida una coalición que parecía tener objetivos compartidos pero que en realidad persigue visiones distintas sobre cómo debe funcionar el poder ejecutivo.
La trampa del liderazgo populista con votantes republicanos
Cuando se analiza la naturaleza del populismo desde una óptica académica, el enfoque no reside en aspectos puramente económicos sino en la forma en que se ejerce el poder y cómo se construye la relación entre el líder, sus seguidores y las instituciones del Estado. D'Alessandro explica que lo que define al populismo es su estructura retórica: la existencia de un "pueblo puro" que batalla contra una "élite corrupta", y que estos términos varían según la coyuntura y quién ejerza el poder. En las primeras décadas del siglo veintiuno en la región, esa caracterización se asociaba con la clase trabajadora enfrentándose contra la tecnocracia neoliberal. Hoy, según este análisis, el "pueblo puro" se define como los ciudadanos que desean prosperar sin trabas estatales, mientras que la "elite corrupta" se identifica como la burocracia estatal que parasita los esfuerzos individuales. El contenido cambió, pero el mecanismo retórico permanece intacto.
Lo problemático para quien lidera bajo esta lógica es que una porción significativa de quienes votaron por cambio no necesariamente apoyan estos métodos populistas de ejercer autoridad. Estos votantes valoran instituciones fuertes, respeto por contrapesos entre poderes, independencia judicial y no aceptan comportamientos que rozan los límites de lo institucionalmente aceptable, aunque sean justificados por la urgencia de transformación. Hasta antes de ciertos episodios, se especulaba sobre la inevitabilidad de una reelección en 2027; después de esos mismos episodios, los cálculos políticos se invirtieron dramáticamente hacia un escenario mucho más incierto. Esta volatilidad refleja exactamente esa incompatibilidad: el proyecto necesita de ambos segmentos electorales, pero ambos tienen demandas institucionales opuestas.
Inflación como moneda de cambio política
No se puede desconocer que el factor que actualmente sostiene el apoyo político es, fundamentalmente, la desaceleración de los precios. Durante meses hubo incrementos inflacionarios consecutivos que erosionaban la base electoral, pero en las últimas semanas los indicadores mejoraron de manera visible, especialmente en las expectativas que tienen los ciudadanos sobre cómo evolucionará la economía en los próximos meses. Este dato es crucial porque la investigación comparada en ciencia política muestra que el desempeño económico percibido pesa más que cualquier otro factor en las decisiones de voto, funcionando casi como una ley universal en el comportamiento electoral.
Sin embargo, el analista político advierte que una estrategia que descansa casi exclusivamente en este pilar es frágil. Por un lado, la inflación sigue siendo históricamente elevada aunque en tendencia decreciente. Por otro, hay indicadores de estancamiento en otras áreas económicas que no generan el mismo impacto emocional inmediato que el precio de los bienes de consumo, pero que degradan gradualmente la percepción de mejora. La pregunta estratégica que se plantea es si el gobierno dedica suficientes esfuerzos a diversificar sus activos políticos positivos o si por el contrario concentra todas las expectativas en que la inflación continúe cayendo, ignorando que una economía estancada termina generando descontento aunque los precios se estabilicen. Un economista que fue ministro en otra país sudamericano recordó recientemente que una lección del Consenso de Washington fue precisamente la ilusión de creer que arreglando los números económicos automáticamente se resuelven los conflictos políticos, cuando en realidad la política puede volverse más compleja aún si otros aspectos de la gestión se descuidan.
Instituciones bajo presión pero formalmente intactas
Uno de los puntos que D'Alessandro subraya es que, aunque el comportamiento del actual gobierno juega constantemente en los límites de lo institucionalmente aceptable e incluso los traspasa ocasionalmente, formalmente no ha erosionado la democracia de manera irreversible. No ha reemplazado jueces supremos por allegados incondicionales. No ha transformado el funcionamiento del Congreso para convertirlo en un apéndice del ejecutivo. No ha cerrado medios de comunicación ni perseguido periodistas de manera sistemática. La diferencia con gobiernos de lógica populista anterior en la región es que aquel proyecto sí tenía una ambición hegemónica explícita y contaba con mayorías legislativas que le permitían avanzar en ese sentido. El gobierno actual, siendo minoritario en el Congreso, tiene por definición menos capacidad para alterar estructuralmente otros poderes del Estado.
Dicho esto, lo que sí ocurre es algo más sutil pero igualmente relevante: el sistema democrático experimenta niveles extraordinarios de estrés y fatiga. La polarización se intensifica, los gestos institucionales del ejecutivo generan fricción constante con otros actores políticos, y la atmósfera general de confrontación permanente desgasta los acuerdos implícitos que mantienen funcionando una democracia. La democracia argentina sufrió también durante gobiernos anteriores de características populistas, pero en ambos casos el sistema resistió formalmente porque, en última instancia, la clase política respetó las reglas electorales. El resultado de una elección cerrada fue aceptado, y el poder fue transferido sin intentos de perpetuación por la vía autoritaria. Este respeto formal por las reglas es lo que ha permitido a la democracia sobrevivir a tensiones que en otros contextos podrían haberla quebrado.
Proyectos legislativos que profundizan las contradicciones
Más allá de la gestión cotidiana, el gobierno impulsa iniciativas legislativas que revelan visiones contrapuestas sobre el rol del Estado. Una de ellas busca regular las actividades de influencia sobre decisiones públicas (comúnmente conocida como ley de lobby), incluyendo bajo el mismo régimen tanto a empresas con fines de lucro como a organizaciones de la sociedad civil que persiguen objetivos de bien público. El cuestionamiento que se plantea es si realmente el objetivo es garantizar transparencia o si es ejercer un control más directo sobre las actividades de la sociedad civil. Si una ONG dedicada a la defensa del ambiente, a la salud pública o a la educación debe informar al Estado cada tres meses sobre sus reuniones con funcionarios y legisladores, ¿no se está generando un mecanismo donde el Estado puede monitorear y potencialmente inhibir la acción de actores que lo critican o promueven agendas distintas a la oficial?
Simultáneamente, el proyecto de reforma del financiamiento político amplía de manera exponencial el peso del dinero privado en las campañas electorales. El cambio propuesto elevaría de un 2% a un 35% el tope permitido de financiamiento privado respecto del gasto total de campaña, multiplicando por diecisiete la capacidad de contribución individual. El argumento de los proponentes es que el Estado no debería restringir la libertad de las personas para financiar candidatos que apoyan. El cuestionamiento es más profundo: si la idea fundamental de la democracia es igualar a todos los ciudadanos en poder de decisión sobre el futuro común, ¿qué ocurre cuando los ricos pueden financiar completamente una campaña con apenas dos o tres contribuyentes? Los partidos sin acceso a ese financiamiento concentrado quedarían en desventaja estructural, y las ideas que no acompañen esos capitales terminarían desapareciendo del debate público, no por falta de mérito sino por insuficiencia presupuestaria. Una tendencia observable en democracias contemporáneas es precisamente la de limitar la influencia del dinero concentrado, no ampliarla.
Las paradojas de un líder que promete ruptura pero respeta formas
D'Alessandro plantea una paradoja interesante: el actual presidente ha declarado públicamente que si pierde elecciones se irá, lo cual en teoría es un signo de respeto por las instituciones democráticas. Pero la realidad es más compleja. Si el presidente manifestara públicamente aspiraciones a perpetuarse en el poder, perdería apoyo entre su base electoral que tiene valores republicanos. Es decir, que la moderación institucional declarada puede estar motivada no por convicción democrática sino por cálculo electoral. El presidente no persigue la perpetuación porque su coalición no se lo permitiría, no porque rechace fundamentalmente esa idea. Esta ambigüedad es inherente a los liderazgos populistas que pretenden gobernar con apoyo de sectores no populistas: deben constantemente negociar consigo mismos sobre qué se pueden permitir y qué no.
Existe también una contradicción observable entre el discurso y la práctica respecto de ciertas políticas públicas. El presidente proviene de la clase media educada y sin embargo sus políticas generan impactos muy regresivos sobre ese mismo segmento. La pregunta obvia es cómo se resuelve esa contradicción. La respuesta que ofrece el análisis es que uno de los factores que cohesiona al electorado de clase media es la expectativa de que la inflación caiga y se recupere el poder adquisitivo, y en ese sentido sí existe una conexión directa entre el logro macroeconómico y el apoyo político. La complejidad de la realidad democrática permite estas contradicciones aparentes: es posible ser dañado por ciertas políticas pero aún así preferir al gobierno que las implementa si otros aspectos de su gestión generan beneficios percibidos. Esto ocurre en democracias de todo tipo y en todo el mundo, no es una particularidad argentina.
Perspectivas sobre lo que viene
Los próximos años traerán definiciones importantes sobre la viabilidad de esta coalición política bajo presión. Si la inflación continúa bajando y el poder adquisitivo se recupera, es posible que los sectores republicanos dentro del electorado sigan tolerando comportamientos presidenciales que rozan los límites institucionales, justificándolos como necesarios en un contexto de crisis. Si por el contrario la economía se estanca o se invierte la tendencia de precios, la coalición se fracturará rápidamente porque el pegamento que la mantiene unida habrá perdido efectividad. Existe también la posibilidad de que el gobierno busque equilibrar su estrategia política diversificando sus fuentes de legitimidad, construyendo consensos que vayan más allá de la estabilización de precios. El presidente tiene antecedentes de creatividad política e innovación en sus tácticas, por lo que no debería descartarse que intente rectificaciones estratégicas si detecta que el actual rumbo es insostenible. Finalmente, cabe considerar que los movimientos políticos raramente se perpetúan idénticos a sí mismos: es posible que la fuerza política que hoy domina la administración estatal se transforme significativamente hacia 2027, o que incluso otros liderazgos dentro de la coalición asuman protagonismo si la figura presidencial mostrara signos de agotamiento político. Lo que parece cierto es que las próximas elecciones serán competitivas y que el resultado está lejos de ser predeterminado, a diferencia de lo que se especulaba meses atrás.



