Australia está a punto de heredar un problema que ninguna nación del mundo ha resuelto satisfactoriamente: qué hacer con cientos de kilogramos de uranio altamente enriquecido que permanecerá radiactivo durante cientos de millones de años. Esta cuestión, que debería ser central en el debate público australiano, emerge ahora con urgencia en medio de los planes de adquisición de una flota de ocho submarinos de propulsión nuclear. No se trata de un dilema técnico menor: los expertos en no proliferación nuclear advierten que el material que quedará tras el retiro de servicio de estas embarcaciones tendría potencial suficiente para construir más de cien armas nucleares, replicando el poder destructivo que vio el mundo en Hiroshima.

Los cálculos de especialistas internacionales en seguridad nuclear son contundentes. Cada submarino que sea desmantelado —proceso que comenzará alrededor de 2050— dejará aproximadamente 400 kilogramos de uranio enriquecido al 80 por ciento, concentración idéntica a la del artefacto que destruyó la ciudad japonesa en 1945. Dentro de ese volumen de residuo radiactivo de alta densidad, se calcula que habrá unos 320 kilogramos de uranio-235, el isótopo específico capaz de sostener reacciones nucleares en cadena. Según los estándares internacionales de la Agencia Internacional de Energía Atómica, apenas 25 kilogramos de uranio-235 constituyen una "cantidad significativa", es decir, suficiente para fabricar un arma nuclear. Con esta métrica, cada submarino abandonaría material con potencial para más de una docena de cabezas nucleares.

Una responsabilidad perpetua que ningún país ha sabido manejar

El acuerdo que respalda este proyecto —denominado Aukus y que vincula a Australia, Reino Unido y Estados Unidos— establece una cláusula que traslada la responsabilidad total a Canberra. Australia deberá custodiar, almacenar y finalmente disponer de todos los residuos nucleares generados por la flota en perpetuidad. Cuando los ocho submarinos planeados completen sus ciclos de vida operativa y sean retirados del servicio, la nación australiana se encontrará administrando al menos tres toneladas de uranio-235 concentrado en residuos de alto nivel radiactivo. Esta cifra equivale a material suficiente para ciento veinte armas nucleares utilizando los mismos parámetros técnicos que aplica la comunidad internacional de expertos nucleares.

Lo que hace esta situación particularmente preocupante es que Australia actualmente mantiene menos de tres kilogramos de uranio altamente enriquecido en todo su territorio, material destinado exclusivamente a investigación científica. Durante décadas, el país ha trabajado sistemáticamente para reducir sus existencias de material fisionable de alta concentración, siguiendo una tendencia global de minimización de riesgos de proliferación. El acuerdo Aukus invierte radicalmente esa trayectoria, transformando a Australia en custodio de una cantidad masiva de material potencialmente utilizable en la construcción de armas. Los documentos desclasificados revelan que cada compartimento reactor tendrá aproximadamente el tamaño de un vehículo todoterreno, mientras que el combustible gastado ocuparía espacio similar al de un automóvil compacto.

El uranio seguirá siendo peligroso cuando la civilización actual sea polvo

El horizonte temporal en el que este material representará una amenaza desborda completamente la capacidad de comprensión humana. El uranio-235 posee una vida media de 700 millones de años. Esto significa que dentro de 700 millones de años, la cantidad de uranio radiactivo se habrá reducido a la mitad. En diez mil años —un lapso que es apenas un instante geológico—, el material seguirá siendo enriquecido a aproximadamente el 80 por ciento y, teóricamente, alguien podría excavarlo y utilizarlo para fabricar armas nucleares. Los productos de la fisión generad durante la desintegración radiactiva permanecerán tóxicos para la humanidad y los ecosistemas durante millones de años adicionales. Ningún recipiente, bóveda o sistema de contención diseñado por ingeniería humana ha demostrado que pueda aisliar de manera confiable material radiactivo durante períodos de esa magnitud. Las civilizaciones han colapsado, los imperios desaparecido y los conocimientos se han perdido en lapsos mucho menores.

Expertos de renombre mundial han expresado inquietud adicional sobre las implicancias geopolíticas de esta decisión. Un antiguo asesor de seguridad nacional en la Casa Blanca señaló ante periodistas que el acuerdo Aukus sienta un precedente peligroso que otras naciones podrían explotar. Especialmente mencionó el caso de Irán, que ha justificado públicamente el enriquecimiento de uranio hasta concentraciones del 60 por ciento argumentando que en el futuro podría necesitar reactores navales. Al legitimar la transferencia de uranio de grado militar a una nación sin armas nucleares, Washington y sus aliados han, en opinión de estos especialistas, bajado sustancialmente las barreras para que otras potencias regionales accedan a tecnología nuclear de naturaleza dual. Durante décadas, Estados Unidos ha insistido en que el combustible gastado de reactores nucleares sea devuelto al territorio estadounidense para reducir riesgos de desvío o terrorismo nuclear. Con Aukus, esa política se invierte: Australia será responsable permanente de mantener material de gran valor proliferativo dentro de sus propias fronteras.

Las alternativas que otros países prefirieron seguir

Otras potencias nucleares marítimas han elegido caminos radicalmente distintos. Francia y China operan sus flotas de submarinos nucleares utilizando uranio de bajo enriquecimiento, una opción que reduce drásticamente los riesgos de proliferación. Este es un detalle crucial que raramente forma parte del debate público: la tecnología para operar submarinos nucleares con combustible menos concentrado ya existe, está probada y es operativamente viable. La elección de Australia y sus aliados de recurrir al uranio altamente enriquecido responde a consideraciones de autonomía operativa y reducción de dependencia de reabastecimiento externo, no a imperativos técnicos insalvables.

La respuesta oficial de Canberra enfatiza su compromiso con lo que denominan "los más altos estándares de mayordomía nuclear". Sostienen que cuentan con tiempo suficiente para resolver adecuadamente la cuestión del almacenamiento y disposición final, ya que los primeros submarinos no serán desmantelados sino hasta mediados del siglo. El gobierno comisionó en 2023 una revisión de posibles sitios para alojamiento de residuos nucleares, pero ha rehusado sistemáticamente hacer pública esta evaluación, a pesar de que la mantiene en su poder desde hace más de dos años. Las autoridades aseguran que las instalaciones de disposición se ubicarán en terrenos de defensa existentes o futuros. Sin embargo, el aspecto central permanece sin resolver: no existe en el mundo un modelo probado de almacenamiento geológico profundo que garantice el aislamiento seguro de material radiactivo durante los centenares de miles de años que el riesgo persistirá.

La bifurcación que se abre ante Australia—y ante la comunidad internacional que observa esta decisión—es compleja. Por un lado, el país podría argumentar que está adoptando una postura defensiva ante un ambiente estratégico regional cada vez más tenso, lo cual es su derecha soberana. Por el otro, ha aceptado una responsabilidad cuyas implicancias técnicas, de seguridad y proliferación no tienen precedente en su historia ni solución clara en la experiencia global. El material radiactivo seguirá siendo letal cuando Australia como nación haya desaparecido, cuando sus instituciones se hayan transformado irreconociblemente y cuando los registros de su existencia sean apenas vestigios arqueológicos. ¿Qué garantías pueden darse hoy sobre la capacidad de futuras generaciones, separadas de nosotros por diez o cien mil años, de mantener seguro este arsenales accidental de destrucción masiva? Los especialistas en no proliferación plantean esta interrogante sin respuesta tranquilizadora. Mientras tanto, los primeros submarinos aún no han sido construidos, pero el reloj radiactivo ya está en marcha.