Durante tres décadas, Barcelona funcionó como una máquina de vender sueños mediterráneos. La ciudad abrió sus compuertas, multiplicó hoteles, expandió infraestructura turística y construyó su imagen mundial como destino de primera línea. Pero algo se rompió en ese camino. Hoy, las autoridades locales reconocen que el modelo llegó a su fin y buscan revertirlo. El nombramiento de José Antonio Donaire como primer comisionado de turismo sostenible marca un giro de 180 grados: de la celebración irrestricta del visitante extranjero hacia una defensa territorial del espacio urbano para quienes viven allí. Esta transformación no es un capricho administrativo, sino la respuesta a una crisis de identidad que ha desplazado a los barceloneses de su propio centro.
Las cifras pintan un cuadro agobiante. El área metropolitana de Barcelona recibió el año pasado 26 millones de visitantes, un aumento del 2,4% respecto a 2024. A esa magnitud hay que sumar un flujo constante de excursionistas que llegan en autobús, cruceros que anclan en el puerto y apartamentos de corta estadía que transformaron barrios enteros en dormitorios flotantes. Para cualquier ciudad de tamaño mediano, estas cifras serían un logro. Para Barcelona, representan el colapso de un modelo que priorizó el crecimiento sobre la convivencia. Donaire, quien proviene de una banca académica en la Universidad de Girona donde dirigía un instituto de investigación turística, no escatimó palabras al asumir: "Hemos llegado al final del camino. Barcelona ha alcanzado el número máximo de turistas que puede albergar". Luego añadió algo que suena casi como una herejía en boca de un funcionario de turismo: "No queremos más turistas, ni uno más. Lo que necesitamos es gestionar a los que ya tenemos".
Recuperar lo perdido: La Boquería y la identidad comercial
La icónica Boquería ejemplifica mejor que cualquier estadística lo que sucedió en Barcelona durante el boom turístico. Hace cincuenta años era un mercado funcional, un lugar donde cocineros, amas de casa y comerciantes locales se cruzaban entre puestos de verdura fresca y pescado recién traído del Mediterráneo. Hoy es un laberinto de puestos que venden zumos procesados, sombreros con la bandera catalana, trozos de jamón envasados y frutos secos tostados. Los residentes desaparecieron. Donaire ha puesto como blanco visible de su gestión la transformación de este espacio: pretende que La Boquería vuelva a ser un mercado de productos frescos. Para lograrlo, planea prohibir el comercio de comida para llevar, pero aclara que esta decisión cuenta con el apoyo de la mayoría de los vendedores. "En un año verán el nuevo mercado de La Boquería", prometió. El simbolismo es ineludible: devolver el espacio a quienes lo habitan regularmente significa revertir la lógica de commodificación que caracterizó al turismo de masas.
La estrategia de contención comenzó hace años, pero sin éxito. En 2017, Barcelona impuso una moratoria para la construcción de nuevos hoteles en el centro. Parecía una decisión contundente. Pero la medida se evaporó frente al fenómeno de los apartamentos de corta estadía, especialmente los listados en plataformas como Airbnb. Donde los hoteles fueron frenados, los propietarios particulares encontraron una oportunidad dorada: convertir viviendas en máquinas de generar ingresos turísticos. Ante esto, la ciudad tomó una decisión más severa: en 2028 se revocarán las 10.000 licencias de apartamentos turísticos legales que funcionan actualmente. La esperanza es que la mayoría de estas propiedades regrese al mercado de alquiler residencial, aliviando una crisis habitacional que ahoga a la clase trabajadora barcelonesa. Donaire reconoce sin eufemismos que Nueva York intentó algo similar en 2022 con una prohibición efectiva de apartamentos turísticos, pero no logró que los propietarios los volcaran hacia el alquiler tradicional. Sin embargo, sostiene que Barcelona tiene un plan diferente: incentivos para que los dueños prefieran inquilinos residenciales. "Actualmente el stock de viviendas crece a razón de 2.000 hogares por año", explicó. "Si conseguimos que esos 10.000 apartamentos pasen al mercado residencial, equivale a cinco años de crecimiento acumulado".
Reconfigurar el perfil del visitante: de masas a selectividad
Donaire rechaza el diagnóstico simplista de que Barcelona debe reducir turismo a secas. Su enfoque es más sofisticado: busca cambiar quiénes vienen y cómo se comportan cuando llegan. Según su análisis, aproximadamente el 65% de los visitantes son clasificados como "turistas de ocio", mientras el resto se divide entre asistentes a conferencias y lo que él denomina "visitantes culturales" que vienen atraídos por museos, arquitectura y festivales musicales. La meta es recalibrar estas proporciones hacia un equilibrio de tres vías iguales: turismo de ocio, turismo cultural y viajeros de negocios. Esto implica desincentivar explícitamente ciertos tipos de visitantes mientras se atrae a otros. Un grupo particularmente problemático es el de los cruceristas: aunque Barcelona seguirá recibiendo más de tres millones de pasajeros anuales de cruceros, la ciudad redujo los amarres de siete a cinco. Según Donaire, estos viajeros "crean más problemas que beneficios" porque gastan poco durante su permanencia en tierra. También está el flujo masivo de excursionistas diurnos, aproximadamente siete millones anuales, en su mayoría llegados en autobús. La ciudad aumentó las tarifas de estacionamiento y obligó a los autobuses a aparcar en la periferia, buscando desalentar la afluencia.
Para los turistas repetidores –aproximadamente la mitad del total– que ya visitaron los sitios emblemáticos, Donaire propone redirigirlos hacia excursiones fuera del centro o hacia espacios como Montjuïc, un parque extenso con museos pero sin población residente que requiera protección. La política también incluye combatir lo que considera turismo disfuncional: se prohibieron las "rutas de bares organizadas" y se busca eliminar "este tipo de turismo" que genera conductas antisociales. Paralelamente, Barcelona planea invertir parte de los ingresos del impuesto turístico –recientemente aumentado– en dinamizar el comercio local del centro histórico, donde hoy dominan las tiendas de conveniencia, souvenirs y negocios cannabinoides. Es un intento por recuperar la identidad comercial de espacios que alguna vez fueron vibrantes economías locales.
Las incertidumbres de una transformación sin garantías
Lo que Donaire propone es ambicioso, pero enfrenta obstáculos sistémicos. Muchos actores clave operan fuera del control municipal directo: las aerolíneas decidirán cuántas rutas ofrecen, la industria de viajes global continuará promoviendo destinos según sus propios intereses, los propietarios de hoteles responderán a incentivos económicos que pueden no alinearse con las políticas municipales. El puerto como autoridad autónoma, así como los operadores privados de turismo, responden a lógicas diferentes a la del gobierno local. Incluso si Barcelona revoca las licencias de apartamentos turísticos, nada garantiza que los propietarios prefieran alquileres residenciales de largo plazo frente a modelos que sigan siendo lucrativos en el corto plazo. El precedente neoyorquino sugiere que las prohibiciones, sin incentivos suficientemente atractivos, pueden producir propiedades simplemente desocupadas. Donaire parece consciente de estas dificultades, pero apuesta a que las presiones combinadas –restricciones regulatorias, inversión en espacios alternativos, redefinición de qué turismo es bienvenido– pueden generar un cambio cultural tanto en visitantes como en residentes.
La pregunta de fondo es si esta estrategia logra lo que promete sin producir consecuencias no deseadas. ¿Qué sucede con los trabajadores del sector turístico si la reducción de visitantes afecta empleos? ¿Puede una ciudad verdaderamente seleccionar quién entra y quién no sin caer en formas de discriminación velada? ¿Serán suficientes los incentivos para convertir apartamentos turísticos en viviendas asequibles para la clase trabajadora, o simplemente pasarán a manos de inversionistas residenciales que mantienen los precios altos? Después de treinta años de boom turístico, Barcelona intenta reclamar su espacio para sus habitantes. El comisionado Donaire, con su académico perfil y sus chalecos de tartán, representa una apuesta de que es posible girar el volante de una ciudad que se sintió secuestrada por su propio éxito. Lo que suceda en los próximos años podría servir como un modelo –o una advertencia– para otras ciudades enfrentadas a dilemas similares.



