La desaparición casi total del panorama público de Paul Biya durante 53 días consecutivos ha expuesto una grieta profunda en los mecanismos de funcionamiento estatal de Camerún. El mandatario, quien cumplió 93 años bajo un velo de ausencia, partió el 7 de junio hacia Suiza en lo que sus colaboradores denominaron una "breve estadía privada" junto a su esposa Chantal. Hoy, casi dos meses después, ni el jefe de Estado ni su cónyuge han pronunciado palabra alguna ante la ciudadanía ni se han dejado ver en acto público de índole alguna. Este episodio no representa un hecho aislado, sino el más reciente de una serie de retiros cada vez más prolongados que Biya ha mantenido en años recientes, con una clara preferencia por alojarse en el lujoso hotel InterContinental de Ginebra. Lo que importa aquí va más allá de la geografía: se trata de un quiebre en la legitimidad institucional, una ruptura en el vínculo entre gobernante y gobernados, y una incógnita que permea cada decisión que se toma (o no se toma) en el país centroafricano.
Desde la administración oficial emergen explicaciones que parecen competir entre sí en su falta de coherencia. El ministro de Comunicaciones, René Emmanuel Sadi, ha asegurado que Biya goza de "excelente estado de salud" y que se encuentra "trabajando desde Ginebra, donde actualmente reside". Agregó una advertencia tajante contra quienes sugieran lo contrario, tachando tales afirmaciones de "pura fantasía y manipulación maliciosa dirigida a desestabilizar la opinión pública". Por su parte, Jacques Fame Ndongo, ministro de Educación Superior y figura destacada del partido gobernante, sostuvo que el presidente ha estado "siguiendo minuciosamente los expedientes que le envían sus colaboradores… dondequiera que se encuentre". Entretanto, el ministro de Trabajo, Grégoire Owona, eligió un camino interpretativo radicalmente distinto: presentó la prolongada permanencia en el extranjero como un ejercicio legítimo de derecho laboral. Según su formulación, Biya, como "trabajador electo por el pueblo camerunés y remunerado por él", goza del derecho a disfrutar sus vacaciones anuales. "Su empleador —el pueblo— está obligado a otorgárselas", expresó Owona. Esta multiplicidad de narrativas desde el propio aparato gubernamental refleja la ausencia de una comunicación unificada y, por extensión, la desarticulación administrativa que se vive en el país.
La mordaza legal y la especulación sin freno
Camerún estableció en octubre de 2024, durante una ausencia anterior del mandatario, una prohibición explícita de debatir públicamente cuestiones vinculadas con la salud del presidente. No obstante, esta restricción legal no ha logrado contener el torrente de conjeturas que circula entre medios locales y plataformas de redes sociales. Reportes publicados en las últimas semanas afirman que Biya estaría aquejado de una enfermedad grave; simultáneamente, chistes satíricos sobre un "presidente del trabajo remoto" o un "mandatario que gobierna desde la distancia" se han viralizado en internet. La ironía es palpable: mientras el régimen intenta prohibir la conversación sobre la salud presidencial, esa misma prohibición se convierte en el combustible que alimenta la especulación sin evidencia. Un régimen que teme tanto la verdad que necesita prohibir su discusión, inevitablemente, termina generando vacío informativo, y ese vacío se llena con rumores, sospechas y narrativas no verificadas. La consecuencia es una sociedad fragmentada en sus creencias sobre lo que realmente ocurre con quien ostenta el poder supremo.
La posición de la oposición política ha cristalizado con claridad. Mamadou Mota, vicepresidente del Movimiento por el Renacimiento de Camerún, ha denunciado que la prolongada ausencia ha generado un "vacío institucional evidente" en el país. Su diagnóstico es directo: "Un país no puede ser gobernado por control remoto mientras desafíos socioeconómicos críticos permanecen sin resolver". Kohtem Sambit, secretario general del Movimiento por el Patriotismo y la Prosperidad del Pueblo, ha llevado el cuestionamiento hacia el terreno de la responsabilidad financiera. Según relata, el ministro de Economía contrajo créditos por más de 21 mil millones de francos de África Central supuestamente autorizados por Biya, pero nadie puede verificar esa autorización ni confirmar el paradero del presidente. La pregunta que formula Sambit es pertinente: ¿cómo justifica la población camerunesa una deuda contraída en nombre de un mandatario invisible? Una tercera fuerza opositora, el Frente Social Demócrata, ha apuntado que la cuestión no radica en si el presidente posee derecho constitucional para viajar, sino en la falta de explicación oficial sobre la extensión de lo que inicialmente fue presentado como una breve estadía privada. Por su parte, Patricia Tomaïno Ndam Njoya, de la Unión Democrática Camerunesa, ha reclamado un "procedimiento imparcial" para determinar cualquier "incapacidad temporal o permanente del jefe de Estado".
Vacío de poder en medio de turbulencias electorales y económicas
Biya llegó a la presidencia en 1982, después de haber ejercido como primer ministro durante siete años. En noviembre pasado, fue reelecto para un octavo mandato consecutivo de siete años, apenas un mes después de una contienda electoral que fue atravesada por denuncias generalizadas de irregularidades y supresión de votantes. Aunque el Consejo Constitucional rechazó las impugnaciones presentadas por diversos partidos de oposición, muchos de ellos han rehusado reconocer el resultado, argumentando que el proceso electoral ha profundizado la erosión de la confianza pública en las instituciones democráticas camerunesas. Hasta la fecha, el presidente electo aún no ha conformado su gabinete ministerial para este nuevo período. En paralelo, elecciones parlamentarias y municipales están previstas para principios de 2027, y existe preocupación generalizada acerca de que tanto el impacto de ese proceso electoral y la prolongada ausencia presidencial podrían perturbar el calendario electoral completo. Todo ello ocurre sobre un telón de fondo complejo: en abril pasado, el parlamento reintrodujo la figura del vicepresidente como parte de una reforma constitucional, pero la posición aún no ha sido ocupada, dejando a Camerún sin un sucesor designado en caso de que el presidente quedara incapacitado. Mientras tanto, reportes sugieren que el hijo del presidente y su hijastro están "compitiendo por posiciones", y desacuerdos públicos entre funcionarios del gabinete se han vuelto rutinarios.
El contexto económico agrava la incertidumbre política. Camerún posee la economía más grande de África Central, pero enfrenta tasas de desempleo elevadas, inflación persistente e infraestructura pública deficiente que socava las perspectivas de una población joven que constituye aproximadamente dos tercios de los 30,6 millones de habitantes estimados. Nji Lucas, empresario camerunés, ha expresado con claridad el impacto que esta situación tiene en la confianza inversora: "No tengo confianza porque es casi como si el país estuviera funcionando en piloto automático. Ningún inversor serio está dispuesto a comprometer recursos en un país donde existe incertidumbre respecto del liderazgo político. No hay confianza, e los inversores requieren certeza antes de tomar decisiones a largo plazo". Esta ausencia de seguridad jurídica y estabilidad política genera un círculo vicioso: sin inversión extranjera directa, resulta más difícil impulsar el crecimiento económico y crear empleos para una población mayoritariamente joven que enfrenta perspectivas limitadas. La dirigencia de la oposición ha sido explícita al señalar que el partido gobernante, el CPDM, parece más preocupado por mantener el poder que por atender las demandas concretas de los cameruneses.
La semana pasada, el secretario general del CPDM, Jean Nkuete, convocó a una inusual reunión de altos funcionarios del partido. La agrupación gobernante describió el encuentro únicamente como una "sesión de trabajo importante" sin proporcionar agenda ni detalles adicionales. Los intentos por obtener comentarios de figuras destacadas del partido fueron infructuosos; varios funcionarios rechazaron solicitudes de entrevistas aduciendo razones personales. Este silencio ensordecedor desde las estructuras del poder sugiere desorganización o, alternativamente, deliberada cautela respecto de las comunicaciones públicas durante un período de extrema sensibilidad política. Lo cierto es que la prolongada ausencia de Biya ha dejado a Camerún en una encrucijada donde las narrativas oficiales compiten sin coherencia, la oposición reclama respuestas, la población especula, los empresarios pierden confianza y las instituciones funcionan sin la legitimidad que requieren para ejercer autoridad real. Ya sea que el presidente esté gobernando desde el extranjero, descansando legítimamente, padeciendo una enfermedad grave u otro escenario intermedio, lo cierto es que los mecanismos de transparencia y comunicación institucional han colapsado, dejando a un país de más de 30 millones de personas sin claridad respecto de quién dirige efectivamente los asuntos de Estado.



