La carrera por encontrar soluciones a la demanda energética que genera el auge de la inteligencia artificial acaba de alcanzar una nueva frontera: las profundidades del océano. A principios de este año, entró en funcionamiento una instalación sin precedentes en el mundo frente a las costas de Shanghái. Se trata del primer centro de procesamiento de datos sumergido bajo el agua y alimentado íntegramente por energía eólica offshore. Esta iniciativa marca un punto de inflexión en la búsqueda de modelos más sostenibles para la infraestructura digital global, abriendo interrogantes sobre cómo la tecnología puede adaptarse a los desafíos ambientales del presente.
El proyecto Shanghai Lingang, desarrollado mediante una asociación entre HiCloud Technology y China Communications Construction —una empresa estatal de envergadura—, comenzó sus operaciones en mayo con una capacidad operativa de 24 megavatios. La instalación se encuentra sumergida a una profundidad de 10 metros bajo la superficie marina, posicionada a más de 6 millas náuticas de la costa, en una zona donde una granja eólica marina próxima proporciona la energía necesaria para su funcionamiento. La inversión realizada ascendió a 1.600 millones de yuanes, equivalentes a aproximadamente 177 millones de libras esterlinas, según datos oficiales del gobierno chino.
La promesa de la eficiencia submarina
Lo que distingue a esta iniciativa no es simplemente su ubicación subacuática, sino los beneficios concretos que genera esta nueva geografía tecnológica. Según evaluaciones del gobierno chino, el consumo energético de la instalación submarina se reduce en más de un quinto respecto a los centros de datos convencionales ubicados en tierra firme. Este ahorro proviene de dos factores convergentes: primero, la alimentación mediante energía renovable procedente del parque eólico adyacente; segundo, y quizás más importante, el aprovechamiento del efecto refrigerante natural que proporciona estar inmerso en agua de mar. En los centros de datos tradicionales, entre el 25% y el 40% de toda la demanda eléctrica se destina exclusivamente a sistemas de enfriamiento. Esta necesidad surge porque los servidores generan calor extremo durante sus operaciones, y ese calor debe ser disipado continuamente mediante circulación de agua refrigerada para evitar el colapso del equipamiento. Al eliminar gran parte de esta carga térmica artificial mediante refrigeración natural, el modelo submarino logra reducciones significativas en su huella energética general.
Pero la eficiencia no es el único aspecto que diferencia a los centros de datos submarinos. Existe un segundo problema crítico ligado a la sostenibilidad del modelo actual: el consumo masivo de agua dulce. Los centros de datos convencionales demandan cantidades enormes de agua para sus sistemas de enfriamiento, generando presiones sobre recursos hídricos ya limitados en muchas regiones del planeta. Un informe reciente del Instituto para el Agua, Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas ha alertado que la huella hídrica asociada a los centros de datos podría alcanzar 9.300 millones de litros para 2030, un volumen equivalente a las necesidades de consumo doméstico anual de los aproximadamente 1.300 millones de habitantes del África subsahariana. Al desplazar estas instalaciones hacia el medio marino, se reduce drasticamente la presión sobre acuíferos y fuentes de agua dulce, transformando un problema de escasez en una oportunidad de aprovechamiento de recursos naturales abundantes.
El contexto competitivo global y la estrategia china
China no fue la primera nación en explorar la posibilidad de situar centros de datos bajo el agua. En 2018, Microsoft llevó a cabo un proyecto piloto en aguas cercanas a las Orcadas, un archipiélago escocés de relevancia geográfica. Dos años después, la corporación tecnológica estadounidense reportó resultados prometedores en relación a su viabilidad técnica. Sin embargo, desde entonces el avance se ha estancado, sin mayores desarrollos públicos que hayan materializado la transición de experimental a operativo. Lo que distingue a China en este escenario es su capacidad para acelerar la transformación de un concepto promisorio en un proyecto de envergadura comercial. Según análisis de expertos académicos, como el Dr. Hanjiang Dong de la Universidad Politécnica de Hong Kong, "China logró avanzar más allá en el despliegue comercial que otros actores porque fue capaz de congregar con rapidez elementos como demanda de mercado, capacidad industrial, ingeniería marina y respaldo político en un proyecto integrado."
Esta capacidad de integración responde, en buena medida, a las decisiones estratégicas que ha priorizado el gobierno chino en los últimos años. La inteligencia artificial se ha posicionado como un pilar central de la política económica y de desarrollo nacional. En 2023, las autoridades publicaron un plan de acción dedicado específicamente a la IA que incluía como componente crítico la aceleración de la construcción de infraestructura de centros de datos. Paralelamente, se estableció un compromiso oficial según el cual el suministro de energía limpia destinada a la infraestructura de inteligencia artificial se incrementará de forma "significativa" para 2030. Estas directivas de política pública se traducen en incentivos concretos, financiamiento estatal y priorización regulatoria que facilitan iniciativas como la de Shanghái. De hecho, HiCloud Technology ya había demostrado viabilidad comercial con el lanzamiento del primer centro de datos submarino del mundo en Hainan, una isla tropical en el sur de China, durante 2023. Pero aquella instalación carecía del componente de energía renovable marina que caracteriza al proyecto shanghainés.
El sitio geográfico elegido para esta nueva operación no fue casual. Lingang es una zona de libre comercio de alto desarrollo tecnológico en el oriente de Shanghái que también alberga una gigafábrica de Tesla. Esta concentración de infraestructura de punta, junto con la disponibilidad de parques eólicos marinos cercanos y acceso a profundidades adecuadas, convierte a la región en un laboratorio natural para proyectos de esta envergadura. La instalación y su entorno funcionan como un ecosistema integrado donde demanda energética, capacidad de generación renovable y necesidades de procesamiento digital confluyen de manera sinérgica.
Los interrogantes pendientes sobre impacto ambiental
A pesar de las ventajas evidentes, la instalación de centros de datos bajo el agua no carece de riesgos potenciales para los ecosistemas marinos. Expertos en biología marina han identificado preocupaciones como la posibilidad de alterar sedimentos del fondo marino o de incrementar la temperatura del agua circundante debido a la disipación térmica. Sin embargo, estudios preliminares sugieren que estos riesgos serían probablemente controlables siempre que medie un monitoreo continuo y riguroso. El profesor Rick Stafford, biólogo marino de la Universidad de Bournemouth, ha expresado una evaluación relativamente optimista respecto al modelo, señalando que "un centro de datos submarino probablemente sea una idea apropiada. Aunque el enfriamiento mediante agua de mar resultará en algunas temperaturas elevadas localizadas, estos incrementos no tendrán alcance extenso." Esta perspectiva sugiere que los impactos negativos, de existir, quedarían circunscritos a zonas limitadas alrededor de la instalación, sin propagarse a amplias regiones del océano.
Las implicancias de este desarrollo trascienden lo puramente técnico o ambiental. La consolidación de centros de datos submarinos alimentados por fuentes renovables podría redefinir cómo la economía digital global resuelve su creciente demanda energética. Por un lado, el modelo ofrece respuestas concretas a presiones insostenibles: menor consumo eléctrico, reducción de presión sobre agua dulce, integración con energías limpias. Por otro, abre nuevas líneas de interrogantes respecto a gobernanza marina internacional, regulaciones para instalaciones en aguas territoriales y protección de ecosistemas costeros. Diferentes actores —gobiernos, corporaciones tecnológicas, organizaciones ambientales e instituciones académicas— enfrentarán disyuntivas sobre cómo equilibrar la urgencia de infraestructura para tecnologías emergentes con la necesidad de salvaguardar recursos naturales compartidos. El experimento chino en Shanghái funcionará, en los próximos años, como caso de estudio que informará decisiones similares a nivel mundial.



