La región de Sajonia-Anhalt en Alemania enfrenta a partir de septiembre de 2024 una encrucijada histórica que trascenderá los límites de la política electoral convencional. Los comicios que se avecinan representarían, de concretarse ciertos escenarios, el primer caso desde los tiempos del Tercer Reich en el que una formación de extrema derecha podría alcanzar una mayoría absoluta en uno de los dieciséis estados que componen la federación alemana. Pero lo que hace particularmente inquietante este momento no es solo la amenaza política, sino cómo esa amenaza se entrelaza con una guerra cultural específica: la batalla contra el legado de la Bauhaus, el movimiento artístico y de diseño que revolucionó la modernidad hace exactamente un siglo. Lo que comienza como disputa electoral termina siendo, en realidad, una pugna por la identidad misma de Alemania como sociedad abierta e innovadora.
La ciudad donde germina la contradicción
Dessau-Roßlau es, en muchos sentidos, un libro abierto de las contradicciones del territorio alemán contemporáneo. Cuando se recorren sus calles, se pueden observar simultáneamente tres capas históricas superpuestas: los edificios históricos que marcan su plaza central, los bloques de viviendas prefabricadas de la era comunista que se elevan como gigantes de hormigón, y las estructuras de vidrio y acero que representan la Bauhaus moderna que atrae a decenas de miles de visitantes anualmente. La institución fundacional que transformó el diseño industrial, la arquitectura y el arte en el siglo veinte ocupó estas tierras hace cien años, convirtiendo a una ciudad provinciana en el epicentro de la vanguardia occidental. Sin embargo, Dessau también es el lugar donde los nazis expulsaron esa misma vanguardia, acusando a sus integrantes de "degenerados" y obligándolos al exilio.
Hoy la ciudad cuenta con aproximadamente 75.000 habitantes, una cifra que representa una caída dramática desde los 130.000 que residían allí en 1990, el año de la reunificación alemana. Ese colapso demográfico no fue accidental ni pasajero: responde a dinámicas estructurales de desindustrialización, fuga de cerebros y economía estancada. La ciudad ha perdido particularmente a mujeres jóvenes de alto nivel educativo, lo que profundiza los problemas de envejecimiento. Con una edad promedio superior a los 50 años, Dessau-Roßlau figura entre las ciudades más envejecidas de Alemania. El desempleo local ronda el 10 por ciento, por encima del promedio estatal que llega al 8 por ciento y significativamente mayor que el nacional de 6 por ciento. Los ingresos de los hogares en Sajonia-Anhalt se ubican entre los más bajos de toda la nación. Esta realidad económica árida es el terreno sobre el cual crece la política extremista.
El retorno de una vieja obsesión con nuevo nombre
La historia posee un sentido del humor amargo. Hace cien años, los nazis vieron en la Bauhaus una amenaza existencial a su proyecto de nación. Hoy, un partido identificado como extremista por las autoridades alemanas hace exactamente lo mismo, aunque enmarcado en el lenguaje del siglo veintiuno. El Alternativa para Alemania (AfD) encabeza los sondeos nacionales y proyecta obtener alrededor del 40 por ciento de los votos en Sajonia-Anhalt entre un electorado de 1,8 millones. Su estrategia electoral se basa en tres pilares: la angustia por el costo de vida, el miedo migratorio y el resentimiento por los efectos de la desindustrialización. Pero existe un cuarto pilar, tan peculiar como revelador: una obsesión explícita con la Bauhaus.
Mientras las autoridades regionales promueven una campaña de imagen denominada "pensar moderno" que busca construir la identidad de Sajonia-Anhalt sobre los cimientos del movimiento Bauhaus, el AfD responde con una contracampaña llamada "pensar alemán". Esta iniciativa promete una "nueva política cultural patriótica" y el cese del financiamiento para lo que califica como "arte y cultura anti-alemana". El partido, con solo trece años de antigüedad, ha colocado a Ulrich Siegmund como su candidato regional, un legislador telegenico con vínculos reportados a grupos neonazis conocidos. En noviembre de 2023, Siegmund participó en una reunión infame donde se discutió un plan de "remigración" que contemplaba deportaciones masivas. Las autoridades clasifican al partido nacional como "sospechoso de extremismo" mientras que la rama de Sajonia-Anhalt está formalmente reconocida como "extremista confirmado", es decir, una amenaza directa a la democracia.
Cuando la nostalgia se transforma en vulnerabilidad
Los candidatos de los partidos tradicionales no ignoran el peligro. El primer ministro estatal Sven Schulze, del partido demócrata cristiano (la formación a la que pertenece la canciller federal Friedrich Merz), ha adoptado una estrategia defensiva que resulta reveladora en sí misma. En un debate público celebrado en las afueras de Dessau, Schulze no hizo ni una sola referencia positiva al liderazgo nacional de su propio partido, optando en cambio por parecer que combatía contra la dirección de su propia organización. Schulze es, técnicamente, el único candidato con posibilidades reales de obstaculizar una victoria del AfD. Sin embargo, ha pasado buena parte de su campaña atacando el plan nacional de reforma de pensiones que promueve su propia fuerza política.
En su intervención en ese debate, Schulze fue directo: acusó al AfD de vender "remedios milagrosos" sobre crecimiento económico, empleo y seguridad fronteriza. Luego pronunció una frase que captura la tensión subyacente: "Incluso si mañana todas las mujeres decidieran que solo existen para hacer bebés, como algunos partidos parecen querer, eso no resolvería el problema. Es importante ser honestos: durante los próximos años también necesitaremos personas del extranjero, particularmente en el sector de cuidados y en hospitales". Schulze reconoce, implícitamente, que los votantes están frustrados con soluciones simplistas y que los desafíos estructurales no pueden resolverse mediante el cierre de fronteras ni el nacionalismo.
Tobias Rausch, legislador del AfD en el parlamento estatal desde 2016, descartó sin inmutarse las preguntas sobre la legalidad de los llamados de su partido a expulsiones masivas de solicitantes de asilo. Su respuesta fue lacónica: "Queremos rescatar al país de los políticos de los viejos partidos y finalmente hacer política para el pueblo. No solo queremos cambiar cosas en Sajonia-Anhalt sino también a nivel nacional". Por su parte, Armin Willingmann, un veterano del partido socialdemócrata alemán que lucha por mantener a su organización en el parlamento regional, apeló al orgullo por los logros culturales, incluida la Bauhaus. Su advertencia fue clara: "Este es un lugar de significación cultural excepcional, nuestra cultura global. Realmente debemos tener cuidado de no cerrar la puerta, de no adoptar la política de aislacionismo bastante cruda del señor Rausch".
La paradoja de los votantes ordinarios
Los ciudadanos consultados revelan una brecha cognitiva fascinante entre los mensajes políticos y las preocupaciones concretas. Ruth Schulze, una mujer en sus sesenta años que dirige una agencia publicitaria en la ciudad, articula con franqueza la frustración de una clase media apretada: "Si la economía florece aquí, ¿por qué no hay dinero en ningún lado? Nací y crecí en Dessau y no quiero hablar mal de ella, pero la falta de dinero realmente es el número uno". Su pregunta no es retórica: refleja una experiencia vivida de desconexión entre los discursos oficiales y la realidad cotidiana. Maria Karius, una docente de 40 años, identificó otro factor igualmente significativo: la normalización de la extrema derecha en el paisaje político. "Nada cambia, es siempre lo mismo. Ese es terreno fértil para el AfD", observó. Aunque reportó una caída del 15 por ciento en la tasa de criminalidad de Dessau durante el último año, existe una percepción generalizada de que los espacios públicos no son seguros, un fenómeno que los politólogos reconocen como desconexión entre estadísticas objetivas y sentimientos subjetivos.
Lo paradójico es que los votantes indecisos dicen apreciar el patriotismo local pero sienten que los políticos hablan sobre realidades que no coinciden con sus experiencias. El desempleo, los ingresos estancados, la falta de oportunidades para jóvenes, la sensación de abandono: estos son los problemas reales. La guerra cultural sobre la Bauhaus puede parecer abstracta para quien batalla cada mes con las facturas.
Resistencia desde la creatividad: el espíritu no ha muerto
Sin embargo, en los márgenes de esta narrativa de declive, persisten focos de resistencia y continuidad. Rima Al Ahmad, una diseñadora que llegó a Dessau hace una década proveniente de la ciudad más grande de Halle, trabaja en un espacio comunitario compartido para artistas y creadores llamado "Vor Ort", que significa "en el sitio" o "local". El proyecto fue concebido como un "ancla cultural" para estudiantes alemanes e internacionales atraídos por programas enraizados en las tradiciones Bauhaus. Con 32 años, nacida de padre sirio y madre alemana, Al Ahmad representa exactamente el tipo de cosmopolitismo que el AfD rechaza explícitamente. Describe su trabajo como una forma de resistencia contra la imagen cada vez más "notoria" de su estado. "Nací en Sajonia-Anhalt y para mí, Sajonia-Anhalt es mi hogar", afirmó. "Tiene lugares hermosos y gente normal y excelente, independientemente de la extrema derecha".
Su espacio incluye un taller de impresión, un estudio de grabación y un frondoso huerto comunitario. Cuando se le preguntó qué pensarían los pioneros de la Bauhaus sobre Vor Ort, sonrió: "Creo que les gustaría que el espíritu experimental se llevara adelante aquí". Es una respuesta que captura algo fundamental: la Bauhaus nunca fue un conjunto de estilos o productos, sino una filosofía de innovación, colaboración internacional y ruptura con las limitaciones impuestas. Esa filosofía resurge en espacios como este, en actos de creación cotidiana que desafían el aislacionismo.
Las implicancias futuras de una encrucijada ideológica
Barbara Steiner, directora de la Fundación Bauhaus Dessau, caracteriza la cruzada anti-Bauhaus del AfD como un "caballo de Troya" dirigido al corazón de la sociedad abierta y liberal alemana. Advierte que de tomar control, el estado experimentaría una salida masiva de población. "Hay mucha gente que se iría del estado", señaló. Su preocupación trasciende los cortes de financiamiento que probablemente enfrentaría su institución; le inquieta más bien el efecto paralizante sobre el debate público, la cooperación y la innovación. "Quieren hegemonía cultural. Eso es lo realmente amenazante", concluyó. Su advertencia refleja una verdad histórica incómoda: cuando los movimientos políticos extremistas asumen control estatal, las primeras víctimas suelen ser precisamente las instituciones culturales que imaginan futuros alternativos.
Lo que suceda en Sajonia-Anhalt en septiembre de 2024 trasciende los límites de una región alemana. Un gobierno regional controlado por una formación clasificada como extremista establecería un precedente sin paralelos en la era posterior a 1945. Las posibles consecuencias abarcan múltiples escenarios: desde la restricción de financiamiento cultural hasta cambios en políticas educativas, desde la modificación de la narrativa histórica en instituciones públicas hasta transformaciones en las políticas migratorias locales. Algunos observadores anticipan que un triunfo del AfD intensificaría las tensiones federales, potencialmente provocando respuestas del gobierno nacional. Otros advierten sobre consecuencias internacionales, considerando que Alemania ha sido históricamente percibida como garantía de estabilidad democrática europea. Analistas también señalan que un resultado así validaría estrategias de extrema derecha en otras democracias occidentales. Al mismo tiempo, existen quienes enfatizan que la resiliencia institucional alemana, construida explícitamente tras 1945 para prevenir repeticiones históricas, podría demostrar su efectividad. Lo cierto es que la batalla por la Bauhaus no es sobre diseño o arquitectura: es sobre qué tipo de futuro imagina construir una sociedad.



