La esperanza persiste en las montañas de Nepal tras el colapso de un glaciar que desencadenó una tragedia sin precedentes hace más de una semana. Mientras los números de fallecidos superan los 1.252 confirmados y más de 4.200 personas permanecen desaparecidas, un foco de atención se concentra en los túneles subterráneos de plantas generadoras de energía, donde decenas de trabajadores podrían continuar vivos atrapados bajo toneladas de barro y escombros. La magnitud del desastre no reside únicamente en las cifras de víctimas, sino en las implicancias para una nación que ha invertido más de 9.000 millones de dólares en infraestructura hidroeléctrica y que ahora enfrenta la posibilidad de perder una décima parte de su capacidad energética total. Lo que cambió en Nepal el día del aluvión fue mucho más que el paisaje geográfico: cambió la vida de miles de familias, la disponibilidad de energía para millones de ciudadanos y el futuro económico de un país montañoso cuya apuesta por la energía limpia terminó convirtiéndose en un cementerio de acero y hormigón.

La furia de la naturaleza desatada

Lo que comenzó como un movimiento de masas de hielo y nieve en la frontera entre Nepal y el territorio controlado por China en el Tíbet se transformó en una onda de destrucción sin precedentes. El colapso de un glaciar generó una avalancha de agua, sedimento y material rocoso que bajó por los valles fluviales del Bhote Koshi y Triushuli a velocidades de hasta 160 kilómetros por hora, recorriendo más de 96 kilómetros de territorio. Las aguas turbulentas arrasaron poblados completos, destruyeron puentes que conectaban comunidades durante décadas y demolieron infraestructuras que se consideraban estratégicas para el desarrollo energético del país. Los científicos que analizaron el fenómeno coincidieron en que se trató de una magnitud de destrucción raramente documentada en la región. Al menos 11 plantas hidroeléctricas fueron dañadas o completamente destruidas en el camino del aluvión. El volumen de escombros generados por la catástrofe alcanzó 2,2 millones de toneladas, según estimaciones preliminares del Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas, una cifra que incluye desde fragmentos de edificios hasta enormes bloques de piedra y depósitos de sedimento que cubrieron la geografía de la zona.

Atrapados bajo tierra: la batalla contra el tiempo y la incertidumbre

Entre los escombros y el fango que sofocó los valles, emergió un escenario inusitado: decenas de trabajadores quedaron confinados en cámaras subterráneas de las plantas generadoras de electricidad. Las autoridades nepalesas reportan que al menos 639 obreros permanecen desaparecidos en diversas instalaciones hidroeléctricas. Sin embargo, existe una posibilidad que sostiene a las familias y a los funcionarios: que muchos de ellos continúen vivos en bolsas de aire dentro de los túneles que utilizan estas plantas para conducir el agua. La lógica de esta esperanza radica en principios básicos de física e ingeniería: los túneles subterráneos pueden contener aire respirable, y en algunos casos, los trabajadores tendrían acceso a provisiones de comida y agua almacenadas en las instalaciones. "Tenemos mucha confianza en que deben estar vivos después de una semana porque tienen comida y agua disponible en el edificio", expresó un integrante de la junta directiva de la autoridad de electricidad de Nepal, transmitiendo la convicción oficial de que la supervivencia extendida es plausible.

Los equipos de rescate han identificado dos sitios como prioritarios por sus mayores posibilidades de albergar sobrevivientes: la planta Rasuwagadhi, ubicada en el distrito de Rasuwa a apenas cinco kilómetros de la frontera con el Tíbet, y la instalación Upper Trishuli 3A. En Rasuwagadhi, se cree que 46 personas podrían estar vivas en una cámara subterránea, mientras que en Upper Trishuli 3A se estima que entre 30 a 40 trabajadores podrían haber encontrado refugio en espacios secos dentro de los túneles. El descubrimiento de estas cámaras ha sido problemático: en Upper Trishuli 3A, los rescatistas tardaron casi seis días únicamente en localizar los túneles debido a los espesos depósitos de barro que los cubrían completamente. Una vez identificados, el desafío se multiplica: excavar, perforar y abrir paso a través de capas de sedimento endurecido requiere equipamiento especializado y metodología precisa para no comprometer la integridad estructural de los túneles ni poner en riesgo a quienes puedan estar adentro.

Operación de rescate sin precedentes

La movilización de recursos para las tareas de salvamento ha adoptado dimensiones internacionales. Las fuerzas armadas nepalesas han coordinado esfuerzos con expertos y equipamiento proveniente de India, China, Corea del Sur y Australia, reflejando la magnitud de la crisis y la complejidad técnica de las operaciones. Se están utilizando excavadoras de gran tonelaje, perforadoras industriales y tecnología de detección de vida para identificar dónde podrían estar concentradas las personas atrapadas. Hasta el momento, más de 270 personas han sido rescatadas de las plantas hidroeléctricas afectadas, lo que representa un porcentaje pequeño pero significativo de los desaparecidos y alimenta la creencia de que otros más podrían ser sacados con vida de los túneles. Los militares nepaleses intentaron caminar a través de uno de los túneles hace tres días en Rasuwagadhi, pero no lograron localizar la cámara donde presuntamente están confinadas las personas. Sin embargo, las autoridades han anunciado que reintentan la operación con equipamiento adicional y conocimiento adquirido en los intentos anteriores. "Es el único proyecto donde es posible caminar a través del túnel", señaló un oficial, subrayando que Rasuwagadhi presenta características únicas que podrían facilitar el acceso directo a los atrapados.

El dolor de las familias ante el silencio oficial

Mientras las máquinas trabajan contrarreloj, las familias de los desaparecidos enfrentan una angustia multiplicada por la falta de información. Durante ocho días consecutivos, parientes de trabajadores atrapados han acudido a las oficinas de la autoridad de electricidad de Nepal buscando respuestas que nunca llegan. Una hermana de uno de los obreros desaparecidos en Upper Trishuli 3A denunció que su hermano había acudido a la planta para hacer pruebas de maquinaria cuando el aluvión golpeó. Desde entonces, ha estado recorriendo ministerios y oficinas de gestión de desastres sin obtener información confiable sobre si su familiar continúa con vida. "Cuando el agua vino con fuerza, ¿hacia dónde fue? ¿Logró ponerse a salvo? Ni siquiera nos han dado información definida sobre si nuestras personas están vivas o no", expresó con la frustración de quien no encuentra respuestas claras en la burocracia de la crisis. Otro familiar de un trabajador atrapado compartió la experiencia de la incertidumbre extrema: "Nuestros parientes están sentados dentro de un túnel oscuro. ¿Cuánto tiempo pueden posiblemente sobrevivir?". Esta interrogante resume la tensión emocional que atraviesan familias que osciilan entre la esperanza basada en datos técnicos sobre bolsas de aire y provisiones, y el terror ante el paso de los días sin contacto alguno con sus seres queridos.

Un país en reconstrucción y una apuesta energética en jaque

Nepal enfrenta ahora una encrucijada tanto inmediata como estructural. Inmediatamente, debe completar las operaciones de rescate en una ventana de tiempo que se estrecha cada día. Estructuralmente, debe reconstruir la infraestructura energética que representaba una inversión monumental en dólares y en apuestas políticas. Los datos sobre daños preliminares indican que más de 20.000 viviendas deberán ser reconstruidas y que el costo total de recuperación se estima en más de 5.000 millones de dólares. La capacidad de generación de energía del país sufrió un golpe del orden del 10 por ciento de su producción total, un impacto económico inmediato que afectará desde industrias hasta servicios básicos en ciudades y zonas rurales. La decisión política de invertir más de 9.000 millones de dólares en plantas hidroeléctricas respondía a una lógica de desarrollo sostenible y aprovechamiento de recursos naturales abundantes en un país de geografía montañosa. Sin embargo, la tragedia expone la vulnerabilidad de una infraestructura concentrada en una sola región geográfica y sujeta a fenómenos climáticos extremos cuya frecuencia e intensidad son objeto de creciente preocupación científica.

Las operaciones de rescate continuarán mientras exista esperanza de encontrar sobrevivientes, según han comprometido las autoridades militares. Simultáneamente, se llevan adelante tareas de recuperación de cuerpos de aquellos que no lograron escapar de la furia del aluvión. Lo que suceda en los próximos días en los túneles de Rasuwagadhi y Upper Trishuli 3A determinará no solo el número final de víctimas mortales, sino también las narrativas que emergerán sobre resilencia, capacidad de respuesta del Estado y efectividad de las inversiones en infraestructura resiliente. Algunos sostendrán que la tragedia evidencia la necesidad de mejorar sistemas de alerta temprana y evacuación. Otros argumentarán que revela la importancia de diversificar las fuentes energéticas y no concentrar inversiones masivas en tecnologías dependientes de geografías vulnerables. Las familias que aguardan noticias simplemente necesitan que sus seres queridos salgan vivos de la oscuridad subterránea.