La paradoja política y humana que atraviesa el territorio palestino ocupado adquiere dimensiones inéditas cuando se descubre que los protagonistas del conflicto comparten pasaportes estadounidenses. En la aldea de Turmus Ayya, ubicada en la Cisjordania, conviven dos realidades que parecerían inconciliables: por un lado, ciudadanos norteamericanos de ascendencia palestina que retornan cada verano a sus tierras ancestrales; por el otro, colonos israelíes respaldados por fondos internacionales que reclaman la totalidad de estos territorios como territorio judío. Lo que ocurre en este enclave montañoso trasciende las fronteras tradicionales del conflicto regional y expone las contradicciones de una potencia mundial que financia simultáneamente a ambas partes de una disputa territorial.

El regreso de la diáspora y la línea de fuego

Aproximadamente ochenta por ciento de los habitantes de Turmus Ayya poseen ciudadanía estadounidense. Se trata de profesionales establecidos en metrópolis como Nueva York, Chicago y Paterson, Nueva Jersey, que decidieron regresar durante los meses estivales para conectar con sus raíces culturales y transmitir a sus descendientes el idioma árabe y las costumbres palestinas. Muchos de ellos se consideran a sí mismos patriotas estadounidenses y ondean banderas con las barras y estrellas desde sus balcones. Sus casas, construidas con piedra blanca característica de la región, contrastan visual y simbólicamente con las estructuras precarias del asentamiento ilegal situado al otro lado de un peñasco colocado deliberadamente como marcador territorial.

Entre estas viviendas y el asentamiento israelí se extiende una franja de tierra de apenas algunos centenares de metros, territorio quemado por cócteles molotov que funciona como línea de demarcación. Allí no ondea bandera alguna. Allí no rige autoridad reconocida internacionalmente. Es el espacio donde la confrontación diaria entre colonos jóvenes que residen en estructuras de metal corrugado y familias palestino-estadounidenses se convierte en realidad tangible. Los asentamientos que alimentan a este enclave provienen de Shilo, un núcleo de ocupación situado en una colina cercana que atrae a pobladores israelíes motivados por razones religiosas, convencidos de que estos territorios constituyen la cuna espiritual y religiosa del judaísmo antes de la construcción del Primer Templo.

Washington como actor contradictorio

El representante diplomático estadounidense ante Israel, Mike Huckabee, visitó Shilo en dos ocasiones durante los últimos veinticuatro meses. Las Naciones Unidas ha catalogado estas visitas como violatorias del derecho internacional, dado que los asentamientos en la Cisjordania contravienen las resoluciones del organismo multilateral. Huckabee es un cristiano evangélico cuyas posiciones políticas han coincidido históricamente con las demandas de grupos que reivindican el control total de territorios que los colonos denominan Judea y Samaria. Durante una intervención pública dirigida a pobladores del asentamiento en 2025, Huckabee afirmó: "El presidente Trump ama esta tierra. No están solos. Nosotros estamos con ustedes, y también muchos en el mundo. Quienes no están con ustedes no están con Dios".

La ironía fundamental que recorre esta confrontación reside en que dólares estadounidenses —canalizados a través de organizaciones caritativas judías y presupuestos destinados a sostener la capacidad militar israelí— han financiado indirectamente la ocupación territorial que ahora amenaza a ciudadanos norteamericanos. Como señalara Yaser Alkam, abogado semi-retirado que pasó treinta y cinco años en Anaheim, California, antes de convertirse en presidente del consejo municipal de Turmus Ayya: "Solo en Palestina encontrarás ciudadanos estadounidenses invadiendo a ciudadanos estadounidenses por cuestiones de tierra". La administración Trump, enfocada en cuestiones relacionadas con Irán, ha permitido que el avance territorial israelí en la Cisjordania encuentre un respaldo entusiasta en su embajador, sin que esto signifique protección efectiva para la comunidad palestino-estadounidense en el terreno.

Violencia nocturna y amenazas sistemáticas

Los ataques contra Turmus Ayya se suceden con regularidad perturbadora. Durante las noches, vehículos todo terreno tripulados por colonos recorren las calles del poblado para intimidar a sus residentes mediante disparos de armas de fuego, gritos ensordecedores e iluminación directa a través de las ventanas de los hogares. En uno de los incidentes recientes, los atacantes rociaron con pintura spray la palabra "Venganza" en la pared lateral de una vivienda. Entre los individuos acusados de participar en estos episodios de violencia e intimidación figura Amishav Melet, cuyo hermano falleció durante un enfrentamiento cuando colonos irrumpieron en otra aldea palestina hace poco más de una semana. Melet ha expresado públicamente su convicción de que la comunidad judía debe recuperar la totalidad de la Cisjordania, aunque ha negado vínculos directos con actos violentos.

Alkam posee fotografías de Melet y está convencido de que el colono también dispone de sus imágenes y conoce su identidad. "Y probablemente está esperando la oportunidad de atacarme", reflexionó el abogado palestino-estadounidense. Cuando ocurren estos episodios violentos, Alkam se comunica con la embajada representada por Huckabee solicitando protección. En algunos casos puntuales, funcionarios estadounidenses han brindado asistencia. Recientemente, a finales de julio, la intervención diplomática resultó en que fuerzas militares israelíes abandonaran una propiedad cuya propietaria es una médica originaria de Syracuse, Nueva York, quien había alojado durante una visita anterior al congresista demócrata Ro Khanna. Alkam reconoció que la embajada estadounidense "cumplió un rol importante" en esa ocasión, pero la realidad general dista de ser alentadora.

El costo de la indefensión

Desde 2022, nueve ciudadanos estadounidenses de origen palestino han sido asesinados en la Cisjordania por colonos israelíes o fuerzas militares. En la mayoría de los casos, Washington ha resultado incapaz de intervenir efectivamente para detener los ataques o frenar a los perpetradores. Un año después de que un residente estadounidense originario del área de Tampa Bay fuera golpeado hasta la muerte por colonos, nuevos incidentes violentos afectaron a miembros de su familia, amigos e inclusive a una unidad de televisión internacional que se había reunido para un acto conmemorativo.

Maisoon Ali, una jubilada de sesenta años que residió durante décadas en Vienna, Virginia, presenció desde su hogar en Deir Dibwan cómo tres hombres jóvenes corrían hacia su propiedad portando botellas llenas de líquido inflamable. Su reacción rápida —cerrar los postigos metálicos de su casa— salvó probablemente su vida. Los atacantes vertieron el combustible en la estructura y encendieron fuego, mientras Ali se resguardaba en el interior. "Gracias a Dios actué con rapidez", recordó. "Si no lo hubiera hecho, habría sido quemada viva". El padre de Ali, quien construyó esta casa en los años setenta, tuvo la previsión de instalar vidrios blindados, anticipando futuros conflictos. Al morir, su padre le hizo jurar que nunca abandonaría la propiedad. Hoy, Ali ha transformado su hogar en lo que ella misma describe como una "prisión": cercas perimetrales, rejas alrededor de la arboleda de olivos, abandono de su rutina habitual que incluía viajes a Ramallah para visitar amigos o nadar en la piscina local de la asociación comunitaria.

Ghaith Odeh, quien creció en Queens, Nueva York, y continúa pasando la mayor parte de su tiempo en Paterson, Nueva Jersey, trasladó a su esposa e hijos a la propiedad familiar en Turmus Ayya durante 2021. Viven en los límites de la aldea, cerca del asentamiento colonialista. Su hogar ha sido objeto de múltiples incidentes: una ocasión en que colonos incendiaron parte de la estructura, seis allanamientos realizados por fuerzas militares israelíes, tiroteos frecuentes próximos al perímetro del poblado, y un momento terrorífico cuando un arma de fuego fue apuntada hacia su hijo, uno de seis menores a su cargo. Cuando Odeh contactó a la embajada estadounidense para reportar estos ataques, recibió respuestas formularias sugiriéndole que presentara las denuncias ante autoridades locales. Reflexionando sobre el mensaje implícito del gobierno estadounidense, Odeh expresó: "Es aceptable que un israelí-estadounidense viva aquí, pero no que un estadounidense palestino lo haga".

Fortalecer o encarcelar: el dilema de la supervivencia

La vida cotidiana en Turmus Ayya ha experimentado transformaciones radicales. Numerosas familias dudan en traer a sus hijos durante las vacaciones estivales. Los residentes han debido asumir personalmente la responsabilidad de su seguridad ante la incapacidad o falta de voluntad de las autoridades competentes. Las conversaciones en la aldea giran ahora alrededor de medidas defensivas: instalación de alambres de púas, colocación de banderas estadounidenses adicionales para subrayan el nexo del poblado con Estados Unidos.

Odeh presenció cómo un vecino originario de Chicago procedía a instalar una valla de alambre de púas alrededor de su propiedad. "No quiero vivir en una prisión", expresó Odeh, quien anhela transmitir a sus descendientes el modelo de vida libre que experimentó durante su formación en territorio estadounidense. "Nací y crecí en América", sostuvo. "Vivimos en libertad allá. Y no voy a vivir de otra manera". No obstante, el miedo cotidiano por la integridad física y la de sus seres queridos permea cada decisión, cada movimiento, cada noche.

La falta de respuesta oficial

El atacó incendiario contra la vivienda de Ali ocurrió el catorce de junio, apenas dos días después de que Huckabee realizara una visita sorpresiva a Shilo para respaldar a los colonos. Alkam ha intentado en cuatro ocasiones distintas solicitar una visita del embajador estadounidense a Turmus Ayya, sin obtener respuesta alguna. "Ni siquiera considera que existimos", observó con amargura. Prokuradores israelíes han acusado formalmente a seis colonos de "actos de terrorismo, incendio premeditado, sabotaje y disturbios violentos" en el contexto de los ataques contra Deir Dibwan, aunque se reporta que los procedimientos judiciales están cubiertos por órdenes de secreto y permanece incierto si guardan relación directa con el ataque contra Ali.

Tras presentar su denuncia inicial en la embajada estadounidense, Ali recibió instrucciones de reportar el caso a autoridades locales palestinas. Cuando reflexiona sobre la disparidad de respuestas, Ali realiza una observación que sintetiza la frustración generalizada: "Si fuéramos una familia judío-israelí-estadounidense a quien hubieran intentado quemar viva, el embajador estadounidense habría llegado en dos horas. Pero yo no he recibido contacto alguno".

La administración estadounidense actual ha manifestado públicamente que "no respalda la anexión israelí de la Cisjordania" y que considera que "una Cisjordania estable mantiene a Israel segura", alineándose con los objetivos declarados de lograr paz en la región. El Departamento de Estado ha reafirmado que todos los ciudadanos estadounidenses en la Cisjordania tienen acceso a servicios consulares y que Washington condena la violencia "cometida por cualquier parte". Sin embargo, las intervenciones puntuales y limitadas de diplomáticos estadounidenses han reforzado la convicción entre los residentes palestino-estadounidenses de que Washington posee mayor capacidad de contención de lo que efectivamente ejerce. Algunos residentes, incluso aquellos que votaron por Trump, han perdido la fe en la administración cuando descubrieron que funcionarios estadounidenses procedieron a remover de listas de sanciones a colonos violentos que habían sido incluidos durante administraciones previas.

Lo que ocurre en Turmus Ayya y aldeas vecinas plantea interrogantes profundos sobre la coherencia política internacional, el ejercicio de la diplomacia, y la responsabilidad de gobiernos respecto de sus ciudadanos en zonas de conflicto. Los hechos en el terreno demuestran una realidad que desafía categorías políticas convencionales: cuando compatriotas se enfrentan por posesión territorial y cuando la potencia que podría influir en la resolución del conflicto opta por posiciones que favorecen a una de las partes, el resultado es el encarcelamiento gradual de comunidades que buscan simplemente vivir en paz en sus propias tierras. La trayectoria futura de esta situación dependerá de decisiones políticas que transcurren en espacios muy distantes de Turmus Ayya, en capitales donde se deciden asignaciones presupuestarias, posicionamientos diplomáticos y prioridades estratégicas.