Los incendios forestales que azotaron recientemente al Reino Unido y Europa dejaron un rastro de destrucción que despertó la preocupación de quienes viven en territorios donde estas catástrofes son casi rutinarias. En Australia, una mujer de 67 años que perdió su hogar en las llamas hace años miraba desde la distancia las imágenes del caos: comunidades huyendo en pánico, cientos de hogares evacuados, personas muriendo entre las brasas. Y lloraba. No porque fuera la primera vez que veía semejante devastación, sino porque sabía exactamente qué enfrentaban esos europeos en los próximos meses y años. Lo que sucede ahora en el continente europeo y América del Norte representa el tipo de realidad que Australia ha estado gestionando durante décadas. Los incendios en el norte de Gales obligaron a evacuar a residentes. En Francia, cerca de París, alrededor de 900 personas tuvieron que abandonar sus viviendas cuando un fuego de escala "excepcional" arrasaba un bosque declarado Patrimonio de la Humanidad. España, Portugal y Francia enfrentaban simultáneamente múltiples focos activos. Al menos trece personas murieron en la región de Andalucía, entre ellas siete ciudadanos británicos. En Norteamérica, incendios masivos consumían territorios en Estados Unidos y Canadá. Estos eventos coincidían con olas de calor extremo. El patrón es claro y perturbador: a medida que el planeta se calienta, las temporadas de incendios se alargan, se intensifican y se desplazan geográficamente.
Una superviviente cuenta su historia
Jan Harris recuerda con precisión cada detalle de aquel domingo 18 de marzo de 2018. El reloj del televisor marcaba las 12:34 cuando su esposo John, un hombre que rara vez insistía en algo, le dijo: "Nos vamos. Subiéndonos al auto. Ahora mismo". Hacía 38 grados Celsius. Lo que Harris describía como "un ligero hisopo de humo" se transformó en una muralla de fuego en menos de dos minutos. Ella y su familia vivían en Reedy Swamp, una zona rural de Nueva Gales del Sur. Habían realizado lo que consideraban preparativos razonables: canaletas limpias para evitar que brasas volantes encendieran el techo, mangueras de combate contra incendios verificadas y funcionales, un tanque de agua adicional lleno y listo. Pero ninguna de esas medidas importaba cuando el fuego avanzaba a esa velocidad. En los momentos finales antes de partir, Harris solo entró en una habitación: la cocina. Su objetivo era único y urgente: recuperar el suministro de insulina de su hijo Evan, quien es diabético. Luego los tres subieron al auto y cruzaron un camino de tierra mientras veían elevarse detrás de ellos una columna negra de humo: era su casa desapareciendo.
Ese día, sesenta y cinco estructuras fueron consumidas en total. Dos años después, mientras vivían en una vivienda alquilada en las cercanías, la familia Harris enfrentó dos nuevas evacuaciones durante lo que se conocería como los incendios del verano negro. Esa serie de fuegos devastadores mató a treinta y tres personas, destruyó más de tres mil viviendas y quemó un territorio casi el doble del tamaño de Inglaterra. Casi tres mil millones de animales nativos fueron asesinados o desplazados. Harris comprende ahora algo que los europeos están aprendiendo en tiempo real: que algunas pérdidas no pueden medirse en seguros ni reconstruirse con dinero. La carga emocional y psicológica de perderlo todo es algo para lo cual ningún plan de evacuación puede prepararte completamente.
Un sistema de gestión del riesgo forjado por siglos
Para los pueblos originarios australianos, el fuego nunca fue un enemigo sino una herramienta. Durante miles de años, utilizaron las llamas para gestionar deliberadamente el territorio, promoviendo la regeneración de plantas y previniendo acumulaciones de vegetación seca que pudieran causar incendios incontrolables. Esta relación milenaria con el fuego moldó la landscape australiana. Hoy, convivir con la amenaza de incendios forestales es parte de la existencia cotidiana en áreas rurales de Australia, especialmente en las regiones más propensas a estos eventos. En esos territorios, la preparación es sistemática y cultural. Carteles de ruta permanentes exhiben el nivel de riesgo de fuego de cada día. Las familias desarrollan "planes de supervivencia ante incendios forestales" que discuten entre sí. Las estaciones de radio emiten alertas regulares. En los meses previos a las temporadas de fuego, comienzan los recordatorios: limpiar las canaletas, podar ramas que sobresalgan del techo, despejar el espacio alrededor de la vivienda de cualquier material inflamable, verificar que exista un suministro de agua confiable.
Ben Shepherd, superintendente del organismo Fire and Rescue New South Wales, resume así la filosofía que orienta la estrategia australiana: "Australia posee algunos de los territorios más propensos a incendios forestales del mundo. Siempre hemos impulsado la idea de que esto se trata de responsabilidades compartidas. El público debe comprender el riesgo y qué puede hacer para reducirlo". Eso implica que cada hogar tenga un plan de evacuación y que todos los miembros de la familia hayan discutido anticipadamente en qué momento tomarán la decisión de partir. El sistema de alertas es escalonado, progresando desde "sin clasificación" hasta "catastrófico". Los días clasificados como catastróficos, los servicios de bomberos comunican claramente a la población que debe abandonar el área, idealmente durante la noche anterior.
Los servicios de bomberos australianos han acumulado tanta experiencia y expertise que en años recientes se convirtieron en proveedores de asistencia para otros países. Personal y equipamiento australiano se ha desplazado regularmente hacia Estados Unidos y Canadá, mientras que estos países también envían recursos a Australia. En las últimas semanas, uno de los grandes camiones cisterna aéreos australianos estaba en la costa oeste estadounidense combatiendo fuegos. Aproximadamente setenta miembros del personal australiano se preparaban para partir hacia el mismo destino. Este intercambio de conocimiento y recursos refleja una realidad incómoda: el fuego ya no es un problema local sino un desafío genuinamente planetario que requiere cooperación internacional.
Lo que los expertos predijeron y nadie escuchó
Greg Mullins pasó casi cuarenta años trabajando como bombero. Durante catorce de esos años fue comisionado de Fire and Rescue New South Wales, la máxima autoridad en materia de bomberos para una región de millones de habitantes. Más de dos décadas ha estado en contacto con jefes de bomberos europeos, conversando sobre el incremento del riesgo de incendios forestales. Cuando escucha las noticias sobre lo que sucede en el Reino Unido y Europa, dice que no le sorprende. En 2004, Mullins se presentó en una conferencia sobre ciencias del fuego en Dublín, Irlanda, para advertir que "los servicios de bomberos europeos necesitaban prepararse para incendios forestales debido a los impactos del cambio climático". En ese momento, reconoce, era "una voz solitaria". Pero ya entonces el panorama era evidente: los territorios se estaban secando, algo que había sido predicho durante décadas. Las olas de calor primaban el terreno para que el fuego se propagara. Donde antes Europa experimentaba incendios en brezales, comenzaban a aparecer incendios forestales. El problema fundamental era que toda la infraestructura y el entrenamiento de los bomberos europeos estaban diseñados para combatir fuegos en estructuras urbanas.
La diferencia es abismal. Un incendio en un edificio suele tener un camino de acceso para los vehículos de bomberos y acceso inmediato a fuentes de agua. En las llanuras y bosques, ese lujo no existe. En una ciudad, sabes dónde está el fuego: en la calle tal, número dieciséis. Pero localizar un incendio en un bosque puede tomar horas, y para cuando lo encuentras, ya está fuera de control. La mentalidad, los protocolos, el equipamiento: todo estaba orientado hacia un tipo de amenaza completamente diferente. Mullins fue efectivamente una voz solitaria hace casi dos décadas. Pero la realidad está alcanzando a Europa más rápido que cualquier predicción.
Grant Williamson, investigador especializado en incendios forestales de la Universidad de Tasmania, ha estudiado los datos globales. Su conclusión es categórica: existe "evidencia contundente de que el clima de fuego está aumentando globalmente, bajo el cambio climático impulsado por la actividad humana". Añade un dato alarmante: "Los incendios arderán más caliente, y este efecto es especialmente pronunciado en zonas de clima templado y mediterráneo". Aquí está el centro de la tormenta: "En términos de incendios desastrosos, el riesgo es mayor en áreas ricas y densamente pobladas como el oeste estadounidense, Australia y la Europa Mediterránea. Particularmente, ha habido un aumento marcado en la ocurrencia e impacto de desastres después de 2015: el 43% de los 200 incendios más destructivos a nivel mundial ocurrieron en la última década". El cambio climático ha extendido la temporada de incendios en Australia, incrementando el número de días en los cuales el riesgo es elevado. Lo que sucede en el continente australiano es un adelanto de lo que enfrentarán otros territorios.
Reconstruir no es solo edificar de nuevo
Los Harris reconstruyeron su casa sobre el mismo lote gracias al dinero del seguro. Esta nueva estructura es radicalmente diferente. Está clasificada como resistente a incendios forestales. Posee cincuenta metros de terreno despejado en todos los lados. Cuenta con un tanque de agua adicional. Nada de madera en las superficies exteriores. Las canaletas tienen protecciones para evitar la acumulación de escombros. Hay una bomba de bomberos y un área de paso amplia en el camino de acceso de 500 metros. Harris ha aprendido todas las lecciones técnicas. Pero también aprendió algo más profundo: "Simplemente me iría. Si nos hubiésemos quedado diez minutos más la última vez, no estaríamos vivos".
Cuando se le pregunta qué consejo daría a quienes enfrentan incendios por primera vez, Harris reflexiona. "Frecuentemente no dedicamos suficiente tiempo simplemente a procesar lo que sucedió. Es aterrador y es desgarrador. Sí, fue difícil financieramente, pero pudimos navegarlo. Pero el costo emocional fue enorme. Si hay ayuda psicológica disponible, yo diría que la acepten. La gente dice que lo que perdiste son solo cosas y es cierto, pero eran mis cosas". Su perspectiva sobre las órdenes de evacuación es clara: "Cuando una autoridad te ordena evacuar, si elegimos no hacerlo, ¿entonces le estamos pidiendo que vengan a salvarnos? Eso es una solicitud realmente grande". La aceptación es también un acto de responsabilidad cívica. Pese a la nostalgia por lo perdido, Harris resume su sentimiento actual con una frase que revela resiliencia: "Aunque estoy triste por lo que hemos perdido, estoy bastante feliz de estar vivo aquí".
Las implicancias futuras: prepararse para lo inevitable
Lo que está sucediendo en Europa y América del Norte marca un punto de inflexión. Las temperaturas récord, las sequías prolongadas y las olas de calor extremas que se observan en el hemisferio norte no son anomalías sino expresiones de una tendencia climática acelerada. Australia enfrentó esta realidad hace años y continúa enfrentándola. Lo que significa es que territorios que históricamente no tenían cultura de preparación ante incendios forestales ahora deben desarrollarla rápidamente. Sistemas de alerta, equipamiento especializado, entrenamiento de personal de combate, planificación urbana que considere el riesgo de fuego, planes familiares de evacuación, apoyo psicológico para sobrevivientes: todo esto requiere inversión, coordinación institucional y cambios culturales. Los servicios de bomberos en todo el mundo están aprendiendo que combatir un incendio forestal demanda estrategias completamente distintas a las del combate urbano. La experiencia compartida entre Australia, Norteamérica y Europa acelera este aprendizaje, pero el tiempo es un recurso que escasea. Ben Shepherd sintetiza el desafío: "Alrededor del mundo estamos viendo condiciones que nunca antes habíamos visto. Cuanto más aprendemos los unos de los otros, mejor es para todos en el planeta". Esa cooperación internacional en materia de incendios forestales es relativamente nueva pero absolutamente necesaria. Sin embargo, también plantea preguntas más profundas sobre si la adaptación a incendios más frecuentes e intensos es suficiente, o si el esfuerzo debería enfocarse en abordar las causas subyacentes del cambio climático. De todas formas, la realidad inmediata es que comunidades en tres continentes ahora comparten una amenaza común que requiere preparación, coordinación y una resignificación cultural de lo que significa convivir con el fuego.



