La perspectiva de que los flujos energéticos vuelvan a circular sin restricciones por una de las arterias más críticas del planeta genera, en los círculos políticos y empresariales del Medio Oriente, una mezcla ambigua de alivio y escepticismo profundo. Tras meses de tensiones extremas que llevaron a confrontaciones directas entre potencias regionales, se negoció una pausa que podría permitir que los mercados respiren. Sin embargo, apenas alguien en la región cree que esta tregua resuelva las fracturas geológicas que atraviesan la política regional. Lo que cambió en realidad es el tablero inmediato: ahora hay una ventana temporal para que diplomáticos y negociadores intenten construir algo más permanente, aunque todos los indicios señalan que la tarea es titánica y el tiempo insuficiente.

En Kuwait, territorio que sufrió repetidos ataques durante los quince meses de escalada, trabajadores y residentes expresan una posición que resume el sentimiento generalizado en la región. Iyad Joumma, ingeniero jordano de 37 años que vive en ese país, articula lo que muchos piensan en voz baja: la tregua permitirá que el territorio recupere algo de estabilidad, pero su verdadero éxito dependerá completamente de si las partes involucradas logran atacar los orígenes reales de estas tensiones. La pregunta que flota en el aire es incómoda: ¿realmente alguien cree que eso es posible en sesenta días?

Un diagnóstico unánime sobre el fracaso preventivo

Cuando se consulta a especialistas en dinámicas regionales sobre la viabilidad de este memorándum de entendimiento, el consenso es desalentador. Ninguno de los analistas y expertos que han reflexionado sobre el tema desde que circuló la noticia considera que este acuerdo sea más que una solución de emergencia, un expediente temporal para evitar un colapso económico global. Neil Quilliam, investigador especializado en Oriente Medio en el Chatham House de Londres, lo expresó de manera directa: el acuerdo funciona como un vendaje improvisado, pero los conflictos volverán. No es una cuestión de si, sino de cuándo.

El documento que ambas potencias negociaron establece un período de dos meses sin hostilidades durante el cual deberían abordarse cuestiones álgidas: las reservas de uranio enriquecido, el programa nuclear iraniano, el sistema de sanciones y la devolución de activos congelados por miles de millones de dólares. En teoría, esto crearía las condiciones para un acuerdo definitivo. En la práctica, los números no cierran. El proceso que culminó en 2015 con un acuerdo anterior demoró dieciocho meses de negociaciones intensas, y ese acuerdo fue posteriormente desmantelado unilateralmente hace años. La expectativa de que problemas de esa magnitud se resuelvan en dos meses raya en la ingenuidad. El memorándum, entonces, funciona más como un compromiso de ambas partes para seguir hablando, mientras que Estados Unidos se compromete a levantar su bloqueo naval y Teherán se obliga a permitir el paso libre de buques comerciales por el Estrecho de Ormuz, canal por donde circula aproximadamente una quinta parte del petróleo y gas natural que consume el mundo.

La paradoja de Gaza y sus lecciones sobre frágiles ceses de fuego

Para entender por qué tantos analistas desconfían incluso de esta tregua temporal, basta observar lo que sucedió en Gaza durante el año pasado. El acuerdo que se cerró entonces incluyó el fin de las hostilidades, pero los números posteriores hablan una verdad incómoda: cerca de mil palestinos murieron luego de esa supuesta conclusión del conflicto. Israel pasó a ocupar más del sesenta por ciento del territorio. Hamas nunca entregó sus arsenales. Y la segunda fase del acuerdo, que debería haber comenzado, nunca despegó. La tercera fase, que suponía una reconstrucción masiva, quedó en el papel.

Alia Brahimi, analista del Atlantic Council en Washington, desglosa el problema de una manera que expone la arquitectura defectuosa de estos acuerdos. Los tratados de cese de fuego en la región no se enfrentan al pasado (los crímenes de guerra que acumulan, sin investigación ni justicia), no resuelven el presente (cómo desmantelar estructuras militares que permanecen intactas) y no construyen futuro (qué tipo de estado palestino viable podría emerger, cómo se normalizarían las relaciones). Lo que sucede entonces es que la tregua se convierte en un escudo detrás del cual los actores militares continúan persiguiendo objetivos estratégicos con otros medios. En el Golfo Pérsico, sin embargo, la dinámica es diferente. La geografía estratégica del Estrecho de Ormuz tiene implicaciones globales que Gaza no posee. Cuando Irán bloquea ese paso, como demostró durante la escalada reciente, el mundo entero sufre las consecuencias. Los mercados tiemblan. Los precios explotan. Las cadenas de suministro se colapsan. Esto genera una presión externa sobre ambas partes que Gaza simplemente no tiene.

Mkhaimar Abusada, profesor de ciencia política de la Universidad de al-Azhar que actualmente se encuentra en El Cairo, añade un matiz crucial: el cese del fuego en Gaza se mantiene porque Hamas sabe que cualquier acción militar sería pretexto para una invasión terrestre israelí a mayor escala, lo que sería catastrófico para la población civil. Pero esto no significa estabilidad real. Simplemente significa parálisis motivada por el cálculo de que el costo de romper la tregua es insoportable. Mientras tanto, la situación humanitaria permanece en estado crítico.

La inquietud de Israel y el problema del arsenal que nadie mencionó

En territorio israelí, la reacción al acuerdo ha sido de decepción y desconfianza estratégica. El memorándum de entendimiento que se alcanzó no incluye disposiciones sobre los misiles balísticos de Teherán ni toca el financiamiento de lo que se conoce como el "Eje de Resistencia", una coalición heterogénea de movimientos islamistas militantes que incluye a Hezbollah en Líbano, Hamas en Gaza, los hutíes en Yemen y múltiples milicias en Iraq. Esta omisión deliberada o no, generará consecuencias. Danny Orbach, profesor de historia militar en la Universidad Hebrea de Jerusalén, ofrece una perspectiva que ayuda a entender la lógica israelí detrás de su descontento.

Según Orbach, después del ataque sorpresa de octubre de 2023, Israel buscó activamente generar cambios estructurales en el mapa político regional. El objetivo declarado es que la coalición de movimientos pro-iranís ya no pueda representar una amenaza existencial. Israel, en esta lógica, adopta una estrategia que podría describirse como desestabilizadora por convicción: comunica a todos los actores regionales que no habrá estabilidad mientras el "problema iranío" no se resuelva. Este mensaje no cambiará hasta que el recuerdo de ese ataque de hace meses se desvanezca de la memoria colectiva, proceso que Orbach estima tomará años. Mientras tanto, la presencia de arsenales que el acuerdo no menciona genera una incertidumbre permanente sobre la paz que se está celebrando.

Lo que preocupa profundamente a los círculos de seguridad israelíes es que Teherán sale de este acuerdo con mayor margen de maniobra, menos presión económica y una dosis de confianza renovada. Los misiles siguen en sus silos. Las redes de milicias siguen activas. El financiamiento continúa fluyendo. Desde la perspectiva de Jerusalem, esto es menos un cese del fuego que un paréntesis antes del siguiente acto de la tragedia regional.

Los estados del Golfo y la difícil realización de su vulnerabilidad

Si hay un grupo de actores que experimenta la mayor turbulencia emocional y política con este acuerdo, son los estados árabes sunnitas del Golfo. Durante décadas, estos territorios construyeron su estabilidad sobre la base de una garantía implícita: Washington vigilaba la seguridad regional mientras ellos canalizaban sus energías hacia la acumulación de capital, la diversificación económica y la proyección diplomática creciente. Ese acuerdo tácito acaba de sufrir un golpe profundo. Kuwait, Bahréin, Emiratos Árabes Unidos y Qatar sufrieron ataques iranís sobre infraestructura civil. Reconstruir edificios, plantas desalinizadoras, sistemas de comunicación y puertos tomará meses o incluso años. Pero lo que tardará más en sanar es el impacto psicológico: la certeza de que son vulnerables y de que su protector preferido tiene límites muy claros en cuanto a lo que está dispuesto a soportar.

H.A. Hellyer, investigador del Royal United Services Institute de Londres, identifica un punto de confluencia entre estos estados: todos acuerdan en que ya no pueden confiar enteramente en Estados Unidos como garante de seguridad. Más allá de eso, sus estrategias divergen. Algunos buscarán contención regional frente a un Irán que emerge fortalecido. Otros explorarán vías diplomáticas de coexistencia. Unos pocos considerarán aumentar su capacidad de defensa independiente. Lo que no pueden hacer es ignorar una realidad inconveniente: el mundo árabe tiene quejas legítimas sobre cómo Irán proyecta poder e influencia en la región, y ninguna de esas quejas está siendo abordada en este acuerdo.

La advertencia que emerge de los análisis más serios es clara: en sesenta días probablemente habrá titulares positivos. El petróleo fluirá. Los precios se estabilizarán. Pero no habrá avances mayores. El Estrecho de Ormuz puede volver a cerrarse. Los ataques contra estados del Golfo pueden repetirse. Y todos los umbrales de escalada previos han sido ya superados, lo que significa que la próxima ronda de confrontación será potencialmente más severa.

Reflexiones sobre lo que viene después

Lo que este acuerdo pone en evidencia es que la arquitectura de seguridad regional está en transición, pero sin destino claro. Washington ha demostrado una clara preferencia por evitar costos militares significativos, pérdidas de vidas estadounidenses sustanciales o conmociones económicas internas prolongadas. Algunos especialistas lo traducen en términos crudos: una superpotencia que no está dispuesta a asumir cien bajas no funciona como superpotencia en la región. Esto tiene consecuencias profundas para aliados que durante generaciones ajustaron sus apuestas estratégicas a la premisa opuesta. Los estados del Golfo se encuentran ahora en una posición incómoda: necesitan garantías de seguridad, pero su proveedor tradicional ha mostrado escepticismo sobre el costo de proporcionarlas.

Irán, por su parte, emerge de esta crisis con capacidad demostrada para causar dolor económico global mediante acciones limitadas. Ha probado que puede proyectar poder, que sus arsenales funcionan y que el mundo depende demasiado de esta región para ignorar sus demandas. El acuerdo provisional codifica esta nueva realidad: Teherán obtiene alivio de sanciones y acceso a activos bloqueados, a cambio de compromisos que serán supervisados durante dos meses. El cálculo es que, si la diplomacia falla, al menos ambas partes tendrán claridad sobre dónde están las líneas rojas.

Desde múltiples perspectivas, los próximos meses determinarán si este paréntesis puede convertirse en algo duradero o si, como sugieren los indicios disponibles, será simplemente un intervalo antes de que los mismos actores vuelvan a posiciones antagónicas. Lo que nadie discute es si el statu quo previo al acuerdo era sostenible. Claramente no lo era. Lo que tampoco nadie asegura es que lo que viene después será mejor. Y en esa incertidumbre radica quizás el verdadero diagnóstico: una región que ha alcanzado ciertos umbrales de confrontación de los que no sabe cómo retroceder, negociando respiraderos temporales en espera de claridad que podría no llegar.