A los 65 años, desde su exilio en Washington, un hombre que no ha pisado suelo iraní en casi cinco décadas intenta posicionarse como arquitecto de un cambio político para su país. Su estrategia se desmorona, sin embargo, por un enemigo incómodo: sus propios simpatizantes. Las banderas, camisetas y símbolos de la Savak —la tristemente célebre policía política que torturó y persiguió a opositores durante el reinado de su padre— han comenzado a ondear en mítines que supuestamente expresan apoyo a una transición democrática. Lo que debería ser el trampolín hacia la legitimidad se ha convertido en una pesadilla de relaciones públicas que expone las fracturas profundas en el movimiento de oposición iraní en el exilio.
La sombra del pasado que no quiere quedar atrás
Para entender la magnitud de esta crisis, es necesario recordar qué significa la Savak en la memoria colectiva iraní. Fundada y entrenada por Estados Unidos e Israel durante los años sesenta, esta organización se convirtió en el brazo represivo del régimen monárquico anterior, responsable de detenciones arbitrarias, torturas sistemáticas y vigilancia masiva de la población. Su nombre mismo evoca en Irán lo que la Gestapo representa para Alemania: la corporificación del terror estatal. Cuando en 1979 la revolución islámica derribó el régimen del Shah Mohammad Reza Pahlavi, la Savak fue desmantelada, pero su legado de horror se mantuvo vivo en la memoria nacional como el símbolo máximo de la opresión que había justificado el levantamiento revolucionario.
Hace poco más de un año, cuando masivas manifestaciones contra el gobierno actual sacudieron las calles de ciudades iranís tras la muerte de Mahsa Amini en manos de la policía moral, los manifestantes comenzaron a gritar consignas con el nombre del hijo del Shah. En enero, durante protestas que fueron brutalmente reprimidas por fuerzas de seguridad del régimen actual, se escucharon voces coreando "javid shah" —larga vida al shah— sugiriendo que una porción de la población veía en la restauración monárquica una alternativa al sistema teológiico. Reza Pahlavi interpretó estos momentos como una validación de su liderazgo potencial y emergió públicamente como conductor de una transición democrática. Su timing parecía propicio: tensiones militares entre Israel, Estados Unidos e Irán se intensificaban, el régimen islámico parecía tambalearse, y su posición de príncipe exiliado heredero de una dinastía milenaria le otorgaba, argumentaba, una posición única para reconciliar a la nación fragmentada.
El incómodo aval de los extremistas
Pero en los últimos meses, seguidores radicales de Pahlavi comenzaron a exhibir abiertamente los símbolos de la Savak en manifestaciones, camisetas y materiales de campaña. Antiguos aliados del príncipe quedaron en shock. Lo que pretendía ser un movimiento liberalista que canalizaba el descontento contra el absolutismo religioso se estaba tiñendo de tonalidades autoritarias inquietantes. Críticos puntualizan que durante un mitin en Múnich en marzo, un seguidor desplegó una pancarta que rezaba "una nación, una bandera, un líder" —una invocación retórica demasiado cercana al lenguaje utilizado para glorificar a Adolf Hitler en la Alemania de los treinta.
El silencio inicial de Pahlavi ante estas demostraciones fue ensordecedor. Cuando finalmente respondió mediante un video de tono apagado y redacción torpe, dijo no saber de dónde provenía el fenómeno y llamó al asunto "relativamente urgente". Rechazó entrar en discusiones sobre si la Savak había actuado correctamente o no, limitándose a llamarla "controversial". Ese lenguaje pálido y evasivo hizo poco para sosegar a quienes lo habían apoyado cuando proclamaba valores democráticos. Nik Kowsar, periodista iraní radicado en Estados Unidos, quien en 2012 entrevistó a Pahlavi específicamente sobre la Savak y lo encontró claramente opuesto a la tortura y violaciones de derechos humanos, eventualmente abandonó su apoyo. "Lo triste es que la Savak era una organización conocida por torturar activistas políticos y censurar medios de comunicación. No representa democracia ni liberalismo, pero eso es lo que varios de sus seguidores más fanáticos están presentando ahora", reflexionó Kowsar en retrospectiva.
Un movimiento que se vuelve contra sí mismo
La glorificación de la policía política no fue el único síntoma de intolerancia que comenzó a emerger en el entorno del príncipe. Seguidores suyos atacaron verbalmente a periodistas. La corresponsal de televisión internacional Christiane Amanpour, nacida en Irán, fue objeto de abuso en línea cuando se refirió a Pahlavi como "pretendiente al trono" durante una entrevista. Los acomodados del movimiento se quejaban de que reporteros lo llamaban "señor Pahlavi" en lugar de "príncipe heredero Reza", un título que carece de reconocimiento oficial alguno desde hace casi cinco décadas.
El propio Pahlavi demostró una hostilidad notable hacia el periodismo durante una rueda de prensa en Berlín en abril, cuando bruscamente cortó una pregunta de seguimiento de una periodista y se enfrascó en un intercambio acalorado con otro reportero que inquirió si era "un agente de Israel". Posteriormente grabó un video descargando su frustración, acusando a la prensa de "silenciar" las voces de opositores al régimen islámico. Su relación con la administración Trump ha sido inconsistente: apoyó públicamente bombardeos estadounidenses e israelíes contra Irán, criticó severamente al primer ministro británico Keir Starmer por lo que denominó "apaciguamiento" comparándolo con Neville Chamberlain, pero luego fustigó al propio Trump por enviar "señales contradictorias" con amenazas de destrucción.
Lo más inquietante ha sido el clima de intimidación que supuestamente rodea a críticos de Pahlavi. En marzo de este año, Masood Masjoody, un activista canadiense que alguna vez lo apoyo pero que había roto con él, fue encontrado asesinado en Vancouver tras reportar que un grupo de activistas estaba tramando su muerte. La investigación policial determinó que efectivamente había sido homicidio, y se acusó a dos militantes anti-régimen, Mehdi Ahmadzadeh Razavi y Arezou Soltani, de asesinato en primer grado. Si bien no hay indicios de que Pahlavi estuviera involucrado directamente, el incidente generó un clima de miedo. Analistas de asuntos iraníes en Washington reportaron haber recibido amenazas en redes sociales tras el crimen, intimidación que los sacudió profundamente.
El precio de una ambigüedad estratégica
Cuando fue cuestionado directamente sobre si aspiraba a heredar el trono de su padre, Pahlavi respondió de manera evasiva en una conferencia organizada por un medio especializado en política. Culpó a una "campaña bien orquestada" del régimen islámico por haber difamado a su movimiento, caracterizando a sus seguidores como "un grupo muy diverso". Admitió que "obviamente hay extremistas de vez en cuando en la mezcla", pero argumentó que su rol era permitir que sus apoyo se autodefinieran. Alireza Nader, un especialista en asuntos iranís basado en Washington que una vez lo respaldó pero que rompió con él, tiene una interpretación distinta. Para Nader, Pahlavi ha estado tolerando deliberadamente a extremistas de derecha en su movimiento. "Realmente creo que son fascísticos, si no abiertamente fascistas", expresó Nader, añadiendo que esta transformación es dramática: "Cuando lo conocí era un hombre muy dócil, educado, liberal, democrático. Ahora ha adoptado la persona de una figura de extrema derecha, pro-Israel, al estilo MAGA".
La presencia de Pahlavi en la Conferencia de Acción Política Conservadora celebrada en Grapevine, Texas, en 2024, profundizó la impresión de que estaba intentando cortejar la base electoral de Donald Trump. Sin embargo, reportajes de medios especializados sugieren que el propio Trump ha sido escéptico respecto de sus capacidades, llegando supuestamente a referirse a él como un "príncipe perdedor". Esto resulta irónico considerando que Pahlavi ha construido gran parte de su estrategia alrededor de una alianza implícita con la administración norteamericana y sus aliados regionales. Análisis académicos trazan un paralelo sorprendente: académicos de relaciones internacionales comparan la posición de Pahlavi con la del emperador Puyi de China, el último soberano de la dinastía Qing, quien colaboró con ocupantes japoneses en los años treinta con la esperanza de recuperar su trono, para eventualmente morir en la oscuridad tras el triunfo comunista. Como Puyi, Pahlavi ha buscado el apoyo de potencias extranjeras percibidas como enemigas por la población iraní, lo que lo coloca en una posición extremadamente vulnerable políticamente.
Las fisuras del movimiento y sus implicancias
Lo que se despliega es una deconstrucción lenta pero acelerada de la credibilidad de Pahlavi como portavoz de una transición democrática. Antiguos seguidores reportan desvíos ideológicos fundamentales. Kowsar, quien alguna vez documentó fotografícamente a Pahlavi —el príncipe es según reportes un fotógrafo talentoso— recuerda haberle preguntado qué haría si alguna vez regresaba a Irán. La respuesta fue desarmante en su humildad: simplemente deseaba poder tomar fotografías. Hoy, ese mismo hombre se presenta ante congregaciones políticas como un potencial jefe de Estado de una nación de 88 millones de habitantes, un salto ideológico que muchos encuentran inverosímil.
En el plano geopolítico, el panorama es aún más complicado. En 2023, Pahlavi visitó Israel, donde fue recibido por el entonces ministro de inteligencia Gila Gamliel y por Benjamin Netanyahu. Expertos académicos señalan que durante el conflicto de junio, Netanyahu hizo llamados públicos a la población iraní para que se levantara contra su gobierno, mientras que Pahlavi igualmente expresó apoyo a esa confrontación. Seis meses después, cuando en enero estallaron protestas masivas en Irán, académicos observan que Israel tenía "presencia profunda" tanto con Pahlavi como con otros actores sobre el terreno. Sin embargo, la ausencia de una red de apoyo interno en Irán es el talón de Aquiles de su proyecto. "Pahlavi no tiene una sola persona en Irán de quien pueda decir: 'Este es mi representante'", observa un profesor especializado en relaciones internacionales. "Se requiere un aparato organizativo, personas que puedan organizar. Esto lleva meses construir." Cuanto más se extiende un conflicto, más irrelevante se vuelve quien carece de enraizamiento territorial, una lección que la historia ha enseñado repetidamente.
Lo que transcurre en el movimiento de Pahlavi refleja tensiones más amplias en la oposición iraní en el exilio. Por un lado, existe un sector que genuinamente aspira a instituciones democráticas, derechos humanos y separación de poderes. Por otro, fuerzas con inclinaciones autoritarias, nostalgias por un orden monárquico omnipotente y una retórica que evoca movimientos políticos represivos del siglo XX, ven en la figura del príncipe un recipiente vacío para sus ambiciones. Mientras Pahlavi intenta equilibrarse entre ambos grupos, su credibilidad como catalizador de cambio democrático se erosiona. La glorificación de la Savak por algunos de sus simpatizantes no es un accidente, sino un síntoma de la naturaleza profunda del proyecto político que ha dejado germinar. Cada respuesta tardía, cada aclaración insuficiente, cada alusión a "diversidad" de apoyo sin acciones concretas, amplifican la percepción de que el movimiento carece de principios guía claros. En un contexto donde la legitimidad política es moneda de cambio, estas fracturas internas representan un debilitamiento estructural cuyas consecuencias se extenderán inevitablemente hacia futuras negociaciones regionales y dinámicas internas de cualquier transición que eventualmente pudiera ocurrir en Irán.



