En el corazón de una contienda que devasta a Sudán desde hace más de un año, existe una ciudad de medio millón de habitantes donde contar los ataques aéreos se ha convertido en una tarea cotidiana y casi obsesiva. El Obeid, ubicada en una posición geográfica que la convierte en encrucijada entre territorios rivales, experimenta una intensidad de bombardeos sin precedentes en los últimos meses. Lo que sucede allí importa porque representa, según analistas internacionales y organismos humanitarios, el prólogo de una posible masacre de proporciones catastróficas. La transformación de esta ciudad en campo de batalla total ha alterado cada aspecto de la existencia de quienes quedan atrapados en ella: desde cómo entierran a sus muertos hasta cómo consiguen alimento y agua potable. Los cambios estructurales en la ciudad —construcción de trincheras defensivas, campamentos de refugiados cada vez más poblados, infraestructuras civiles convertidas en ruinas— sugieren que lo peor podría estar por venir.
El ritmo implacable de la destrucción aérea
Durante el fin de semana pasado, los ataques con drones alcanzaron una magnitud que sobrepasó incluso los estándares de violencia a los que los habitantes han aprendido a resignarse. Las detonaciones impactaron contra edificios escolares y depósitos de combustible, dejando un saldo de más de veinte personas muertas, entre ellas menores de edad que asistían a clase. Para quienes documentan estos eventos desde adentro, la descripción es casi absurda en su frialdad: ver cuarenta o cuarenta y cinco drones sobrevolando la ciudad en un solo día se ha convertido en la normalidad. "Literalmente puedes contarlos", explicó un voluntario de organizaciones de ayuda humanitaria, quien solicitó no ser identificado por temor a represalias.
Los registros de organismos internacionales son contundentes. Entre principios de junio y fines del mismo mes, un período de apenas tres semanas, se documentaron quince operaciones de bombardeo aéreo que causaron la muerte de al menos cuarenta y cinco personas y dejaron a cuarenta y una más con heridas graves. Estos números provienen de la oficina de derechos humanos de Naciones Unidas, la cual ha establecido un sistema de monitoreo permanente sobre El Obeid. Lo más revelador es que julio vio un aumento dramático: especialistas independientes en conflictos armados registraron veintisiete operaciones aéreas en ese mes solamente, la cifra más alta desde que comenzó esta guerra a mediados de 2023. El patrón es claro: los ataques no disminuyen sino que se intensifican, como si respondieran a una estrategia deliberada de bombardeo progresivo.
La geografía de la tragedia: por qué El Obeid es vulnerable
El Obeid no es una ciudad cualquiera en el mapa sudanés. Su ubicación la posiciona como territorio disputado entre dos fuerzas militares antagónicas: las Fuerzas Armadas Sudanesas, que mantienen control sobre la zona, y la Rapid Support Forces, grupo paramilitar que controla territorios adyacentes en la región de Darfur y busca expandir su dominio hacia el este. La ciudad alberga una división de infantería del ejército regular y una base aérea, elementos que la convierten en objetivo militar de primer orden. Pero eso no es lo más grave: aproximadamente cien mil personas desplazadas por la violencia en otras regiones han buscado refugio en El Obeid, viendo en ella un último reducto de seguridad relativa. Esta concentración de civiles vulnerables, junto con infraestructura militar, crea un coctel explosivo.
Las construcciones defensivas recientes amplían la preocupación de analistas internacionales. Reportes satelitales muestran que las autoridades militares han erigido aproximadamente cincuenta kilómetros de posiciones defensivas, una medida que sugiere preparación para un asedio prolongado similar al que ocurrió en febrero del año anterior. Cuando el ejército invierte recursos en fortificaciones de esa envergadura, envía un mensaje claro: espera un ataque terrestre inminente. Los expertos en monitoreo de conflictos han detectado concentraciones significativas de tropas paramilitares rodeando la ciudad, lo que apunta en la misma dirección.
La destrucción metódica de lo civil
Investigadores independientes de una institución de estudios humanitarios con sede en Connecticut analizaron imágenes satelitales recientes y llegaron a conclusiones perturbadoras. Los daños identificados en plantas generadoras de electricidad, depósitos de almacenamiento de combustible y el mercado central de la ciudad son "consistentes con bombardeo intencional de infraestructura civil necesaria para la subsistencia humana". En otras palabras: los objetivos no son accidentales. Las instalaciones que elegidos para destruir son precisamente aquellas sin las cuales una ciudad no puede mantener vida normal. Un ataque hace poco días desactivó la principal estación de energía, provocando apagones generalizados que dejaron a la mayoría de la ciudad a oscuras. Las comunicaciones también han sido objetivo: cuando las redes de telecomunicaciones colapsan, los residentes intentan conectarse mediante satélites privados, reuniéndose en espacios públicos. Incluso esos encuentros han sido bombardeados.
Las consecuencias económicas se superponen a las de seguridad. Comerciantes locales han incrementado drásticamente sus precios, alegando que sus mercancías son destruidas durante el transporte hacia la ciudad o saqueadas por grupos armados en los caminos. El costo del combustible se ha disparado después de los ataques a estaciones de abastecimiento, encareciendo exponencialmente el transporte. Trabajadores humanitarios reportan que residentes han considerado abandonar la ciudad, pero paradójicamente, la carestía de combustible hace que los viajes sean prohibitivos. Quedan atrapados no solo por la inseguridad sino por la economía colapsada que ellos mismos han presenciado deteriorarse mes tras mes.
Ecos de El Fasher: el fantasma que persigue a El Obeid
La comunidad internacional ve en El Obeid el reflejo de un episodio previo que dejó cicatrices profundas en la región. Hace poco más de un año, en El Fasher, la Rapid Support Forces capturó una ciudad después de dieciocho meses de asedio brutal. Lo que siguió fue caracterizado por investigadores de Naciones Unidas como que poseyó "características de genocidio" dirigidas contra comunidades no árabes. Una organización de derechos humanos documentó posteriormente que lo sucedido en El Fasher fue, en realidad, limpieza étnica y crímenes contra la humanidad. Las víctimas fueron innumerables, los sobrevivientes traumatizados, y las consecuencias demográficas permanentes.
Sin embargo, expertos que analizan El Obeid en la actualidad ofrecen una perspectiva matizada. Señalan que la composición étnica de El Obeid difiere de la de El Fasher, lo que podría significar que los patrones de violencia no serían idénticos. Además, aunque existe una concentración de fuerzas paramilitares alrededor, algunos analistas sostienen que no hay evidencia concluyente de que el grupo paramilitar disponga de suficientes tropas terrestres para ejecutar un asalto decisivo. Pero estos matices no tranquilizan completamente: Naciones Unidas, a través de su Alto Comisionado para los Derechos Humanos, emitió una alerta urgente que caracterizó la situación de El Obeid como una "catástrofe de derechos humanos en gestación". Su lenguaje fue inequívoco: "No es un simulacro. Es una alerta roja que debe llegar a los escritorios de jefes de estado y gobiernos de todo el mundo. Sus teléfonos deberían estar sonando constantemente en los próximos días y semanas, discutiendo cómo prevenir crímenes de lesa humanidad en El Obeid y en otros lugares del Kordofán".
Testimonios desde el infierno cotidiano
Las voces de quienes viven la realidad concreta de El Obeid son más elocuentes que cualquier estadística. Una voluntaria de organizaciones de ayuda ha documentado su experiencia mediante registros de audio, brindando un testimonio crudo de la existencia en una ciudad bajo bombardeo constante. Relata cómo los ataques aéreos se han convertido en factor determinante de cada decisión diaria: dónde estar, cuándo moverse, qué espacios evitar. Los hospitales han sido blanco de ataques. Las estaciones de combustible también. Las funciones fúnebres han adquirido una dimensión distinta: en lugar de rezos tradicionales por los difuntos, las conversaciones giran en torno a cómo murieron, qué sucedió en el momento del bombardeo, qué parte del cuerpo fue identificada. La normalidad ha sido reemplazada por una cotidianidad de pánico y pérdida.
Otra trabajadora humanitaria señala que residentes han desarrollado una adaptación psicológica preocupante: la costumbre al dolor, la pérdida y el miedo. "En solo dos semanas, casi cada servicio esencial e infraestructura crítica ha sido golpeada", relata. La falta de opciones genera parálisis: quienes desearían huir encuentran que la carestía de combustible convierte la fuga en una empresa imposible desde el punto de vista económico. Están prisioneros no solo de la guerra sino de sus consecuencias económicas.
Contexto más amplio: la guerra que no cesa
El conflicto que asola a Sudán comenzó en abril de 2023 como consecuencia de una disputa por el poder entre dos estructuras militares. Las Fuerzas Armadas Sudanesas, lideradas por un general de alto rango, se enfrentaron contra el grupo paramilitar dirigido por otro comandante militar. Lo que inició como confrontación entre élites en la capital rápidamente se convirtió en una conflagración que se expandió por todo el territorio nacional. Los números de víctimas son devastadores: cientos de miles de personas han sido asesinadas, millones han sido desplazadas de sus hogares. El conflicto ha atraído la atención de potencias externas con intereses geopolíticos en la región, las cuales han proporcionado armamento, mercenarios, equipo y financiamiento a los contendientes. Investigadores han documentado que funcionarios de alto nivel basados en países del Golfo, Irán, Turquía y Egipto han sido referidos a la corte internacional de justicia por proporcionar apoyo logístico y militar que facilita crímenes contra la humanidad.
Las implicancias de lo que ocurre en El Obeid
El futuro de El Obeid permanece en suspenso, y su desenlace tendrá consecuencias que se extenderán más allá de sus límites geográficos. Si el patrón de bombardeos prosigue y la ciudad cae bajo asedio terrestre, existe riesgo significativo de violencia masiva contra población civil. Si, por el contrario, las fuerzas defensoras logran mantener la ciudad, el costo humanitario acumulado ya es catastrófico: infraestructuras destruidas, economía colapada, población traumatizada. Desde la perspectiva de organismos internacionales, se aboga por un cese de fuego inmediato y la creación de corredores humanitarios que permitan el flujo de personas hacia zonas seguras. Desde la perspectiva militar, ambos bandos parecen estar calculando ventajas territoriales. Desde la perspectiva de civiles atrapados, existe solo una realidad: cada amanecer en El Obeid es una victoria de supervivencia, y cada atardecer es incertidumbre sobre el próximo día.



