La persistencia del bolsonarismo como fuerza política relevante en Brasil plantea interrogantes profundos sobre la memoria democrática y la capacidad de una sociedad para aprender de sus propios quiebres institucionales. Mientras el país se prepara para definir su liderazgo en apenas semanas, emerge un escenario en el que los herederos políticos de un movimiento que intentó desmantelar el orden constitucional compiten codo a codo con las fuerzas que lograron resistir ese embate. El contexto es particularmente denso: menos de cuatro años después del fallido golpe de Estado de enero de 2023, los brasileños enfrentan nuevamente la posibilidad de entregar el poder a la dinastía que protagonizó ese episodio traumático.

A poco más de treinta días de que casi 159 millones de votantes acudan a las urnas el 4 de octubre, los sondeos revelan una contienda prácticamente emparejada. El presidente en ejercicio, Luiz Inácio Lula da Silva, comparte protagonismo con su principal rival: Flávio Bolsonaro, el hijo mayor del expresidente encarcelado. Las últimas semanas han registrado un desplazamiento notable del péndulo político hacia la derecha, alimentado por una serie de escándalos de corrupción que involucran al círculo cercano del mandatario y decisiones judiciales controvertidas. Para los sectores progresistas, esta realidad genera una inquietud profunda: el temor a que Brasil retroceda nuevamente hacia un autoritarismo de corte radical, después de haber experimentado sus consecencias entre 2019 y 2022.

La campaña en territorio decisivo: símbolos y antagonismos

Juiz de Fora, ciudad industrial y universitaria de Minas Gerais, se ha convertido en escenario central de este enfrentamiento electoral. El estado minero, que ocupa un territorio comparable al de Francia y alberga a más de 21 millones de habitantes, funciona como espejo de la voluntad nacional. Desde el retorno de la democracia en los años ochenta, ningún candidato presidencial ha logrado alcanzar la Casa de Planalto sin asegurar antes su victoria en esta región. En 2018, Jair Bolsonaro superó al candidato progresista por márgenes abrumadores, acumulando más de 1,7 millones de votos de diferencia. Cuatro años después, Lula reconquistó el territorio por un margen infinitamente más estrecho: menos de 50 mil sufragios. Este balanceo vertiginoso expresa las turbulencias que caracterizan al electorado brasileño actual.

Cuando el senador Bolsonaro llegó a Juiz de Fora la semana pasada, el despliegue de su campaña no dejó dudas respecto de las aspiraciones que animan al movimiento que representa. Bajo un enorme pendón con la imagen de su padre encarcelado, Flávio pronunció discursos donde cuestionó la legitimidad presidencial del actual mandatario: sostuvo que Brasil navegaba sin rumbo fijo y que la nación requería de su liderazgo para recuperarse. Con 45 años de edad, se presentó a sí mismo como encarnación de la modernidad, en contraste deliberado con la figura del octogenario Lula. Un sondeo reciente lo colocaba adelante en Minas Gerais, reforzando su narrativa de candidato con viento a favor. La multitud que lo recibió en el aeropuerto portaba camisetas amarillas —evocación de la campaña futbolística brasileña— y vinchas con consignas que demandaban el desalojo de la izquierda del poder.

Más allá de los números electorales, lo que ocurre en Juiz de Fora revela fracturas ideológicas de considerable magnitud. La ciudad posee una geografía simbólica cargada de significado: desde su cuartel militar partió el golpe de Estado de 1964, que sumergió a Brasil en dos décadas de dictadura castrense. Ocho años atrás, en las vísperas de los comicios de 2018, el mismo Jair Bolsonaro fue apuñalado en el abdomen mientras realizaba campaña en las calles de Juiz de Fora. El episodio, interpretado ampliamente como un catalizador de su triunfo electoral, se erigió como momento fundacional del bolsonarismo contemporáneo. Ahora, cuando Flávio transita por las mismas arterias urbanas donde su padre fue herido, los militantes que lo rodean ven en esa geografía una continuidad de propósito y destino.

Las promesas y los miedos: visiones antagónicas del futuro

El programa que Flávio Bolsonaro despliega en los actos públicos sintetiza el enfoque punitivo y conservador que caracterizó el gobierno anterior. De pie sobre un camión de sonido marcado con la palabra "Jesús", el candidato ha prometido reconfigurar la Corte Suprema de once miembros mediante la designación de cinco jueces que representen valores conservadores, particularmente en cuestiones de aborto y drogas. Simultáneamente, ha enarbolado promesas de aplicar tolerancia cero contra la criminalidad, bajando la edad de imputabilidad penal y legalizando la castración química para violadores. La retórica resultante amalgama referencias religiosas con lenguaje represivo: los delincuentes serían "arrestados o neutralizados", mientras se facilitaría el acceso a armas de fuego en manos civiles. Las multitudes que lo escuchan profieren aclamaciones, miles de teléfonos móviles capturan cada palabra, generando una ecología mediática que amplifica exponencialmente su mensaje.

Para sectores amplios de la sociedad brasileña, estas propuestas encarnan una pesadilla política concreta. Lennon César, estudiante de derecho e activista de izquierda que concurrió a los actos bolsonaristas para confrontar a los seguidores, expresó una perplejidad angustia: apenas cuatro años después de haber vivido un intento de golpe de Estado perpetrado por el padre de su rival actual, decenas de millones de brasileños parecían dispuestos a votar por el hijo. Como hombre negro y homosexual, César percibía amenaza directa en la hostilidad que Jair Bolsonaro históricamente manifestó hacia las minorías. Su voto iría necesariamente hacia Lula, a quien interpretaba como único gobernante que genuinamente priorizó los intereses de los sectores populares. La lógica de su decisión no era meramente negativa: los programas gubernamentales de Lula le habían permitido acceder a estudios universitarios, fragmento autobiográfico que encarnaba el contraste entre dos modelos de país completamente distintos.

La magnitud del fenómeno bolsonarista entre segmentos importantes de la población brasileña requiere interpretación cuidadosa. Thomas Traumann, analista político y autor de un volumen dedicado a examinar la polarización que atraviesa el país, caracterizó la contienda electoral actual como imposible de predecir con certeza: "Es un lanzamiento de moneda", expresó, indicando que eventos inesperados o cambios de última hora podrían inclinar la balanza hacia uno u otro lado. Efectivamente, apenas días antes de estas observaciones, Flávio Bolsonaro fue colocado bajo investigación criminal por presuntas irregularidades en la financiación de un filme de presupuesto importante que narra el atentado contra su padre. La cascada de acusaciones de corrupción que pesan sobre el círculo presidencial actual encuentra contrapartida en investigaciones que alcanzan a la familia Bolsonaro, configurando un escenario donde ambos bloques se acusan mutuamente de malversación y abuso de poder.

Lo que ocurre en las calles de Juiz de Fora refleja también las movilizaciones emocionales que alimentan ambos lados de este antagonismo. Mientras devotos Bolsonaristas caen de rodillas pidiendo intervención divina para la liberación del expresidente —quien fue condenado a 27 años de cárcel por encabezar el complot golpista—, activistas de izquierda se posicionan en balcones con megáfonos para burlarse de los manifestantes. Graffitis que condenan al "fascismo" aparecen en las fachadas de centros de campaña bolsonarista. Algunos militantes portan carteles que celebran a Donald Trump, incorporando dimensiones geopolíticas a un conflicto que permanece fundamentalmente nacional: los vínculos entre el expresidente estadounidense y sus aliados brasileños, junto con acusaciones respecto de intentos de presión diplomática y económica para favorecer a Bolsonaro, expanden el significado de esta elección más allá de las fronteras de Brasil.

El dilema de una democracia agitada

Las consecuencias potenciales de esta contienda trascienden el mero cambio de administración. Si Flávio Bolsonaro accede a la presidencia, múltiples observadores anticipan que una de sus primeras acciones sería implementar amnistías o indultos que liberasen a su padre del encarcelamiento. Ello restablecería a Jair Bolsonaro como actor político central, creando un escenario donde quien perpetró un intento de desmantelamiento democrático recuperaría libertad de acción. Por el contrario, si Lula retiene el poder, la continuidad de procesos judiciales contra Bolsonaro y sus colaboradores probablemente proseguirá, manteniendo abierta una herida política que la sociedad brasileña aún no ha procesado completamente. El temor de progresistas a una "Bolsonaro 2.0" más extrema que la versión original, debido a la aparente radicalización de las propuestas y promesas de Flávio, contrasta con la esperanza bolsonarista de que un gobierno de la derecha moderada pueda revertir lo que perciben como daños de la gestión progresista. Analistas de diversos espectros coinciden en que Brasil enfrenta una encrucijada donde no existe solución que satisfaga completamente los intereses en disputa, sino apenas la posibilidad de que una mayoría electoral temporal imponga su visión sobre una minoría numerosa y profundamente descontenta.