Lo que está ocurriendo en los últimos tiempos en los bajos de un valle empinado situado justo debajo de los muros de la Ciudad Antigua de Jerusalén presenta un panorama desolador que resume décadas de transformación forzada del territorio. En la zona conocida como al-Bustan, en el distrito de Silwan, el sonido de las máquinas excavadoras resuena con una particularidad inquietante: son los propios residentes palestinos quienes operan las retroexcavadoras y martillos neumáticos que destrozan sus propias viviendas. Esta situación, que podría parecer paradójica si no fuera por su trasfondo económico y político, marca un punto de inflexión en la manera en que se está reconfiguración la geografía humana de Jerusalén oriental. Lo que cambia en este escenario no es solo el paisaje físico, sino la propia capacidad de comunidades enteras de permanecer en territorios que han habitado durante generaciones.
La lógica del desastre económico
Cuando la municipalidad de Jerusalén notificó a los residentes de al-Bustan sobre los planes de demolición, presentó dos opciones que funcionaban más como un ultimátum que como alternativas reales. Si los funcionarios municipales realizaban el trabajo, el costo sería de 280.000 shekels, aproximadamente 72.000 libras esterlinas. Esta cifra sería cobrada a los propios dueños de las casas condenadas a desaparecer. Para alguien como Jalal al-Tawil, quien presenció cómo una excavadora desmantelaba la última estructura de la vivienda que su padre había construido décadas atrás —y que a su vez se erigía sobre los cimientos de la casa de sus abuelos—, la aritmética resultaba devastadora. Contratar su propio equipo y mano de obra le permitiría completar la tarea por menos de una décima parte de esa suma. La decisión que enfrentaba no era entre dos opciones viables, sino entre el suicidio financiero y la destrucción inevitable. "Es algo realmente difícil. Es algo amargo", expresó al-Tawil mientras observaba cómo la máquina que había alquilado despedazaba la última evidencia física de su herencia familiar. En esos momentos finales, decidió preservar una vid que había estado dando frutos durante treinta y cinco años, una planta que históricamente había alimentado a gran parte de la comunidad con sus uvas. Pero incluso esa última conexión con el pasado acabaría siendo cortada, rendida ante la inexorabilidad de lo que se aproximaba.
Los números que rodean esta crisis de desplazamiento revelan una escalada acelerada. Más de cincuenta y siete viviendas en al-Bustan han sido demolidas en los últimos dos años, con al menos ocho más marcadas para ser eliminadas en las próximas semanas. Esta velocidad de destrucción contrasta fuertemente con la historia previa del barrio: durante casi dos décadas, el proyecto que ahora avanza había permanecido en suspenso, contenido por la resistencia de los palestinos, la presión internacional y ciertas divisiones dentro de la política israelí. Los tres obstáculos que habían frenado el avance cayeron simultáneamente a partir de octubre de 2023, cuando los ataques de Hamás fueron seguidos por la guerra en Gaza y la restauración de Donald Trump a la presidencia estadounidense. Con Washington respaldando los planes de desarrollo, incluso los diplomáticos de otros países que aún visitan la zona y ofrecen apoyo verbal han visto cómo su influencia combinada resultaba completamente ineficaz.
Un parque temático sobre los escombros de la memoria
En el espacio que pronto quedará disponible se construirá el "Kings Garden", un parque temático de arqueología bíblica que supuestamente marca el sitio donde el rey Salomón disfrutaba de su descanso hace tres milenios. Este proyecto forma parte de una iniciativa más amplia, dirigida en gran medida por grupos de colonos, que se enfoca exclusivamente en la historia judía de Jerusalén. La narrativa central gira en torno al concepto de "Ciudad de David", a pesar de que numerosos arqueólogos israelíes cuestionan esta interpretación, argumentando que los restos visibles en la región datan de períodos anteriores y posteriores al reinado del rey David en la Edad de Hierro. Un investigador senior de una organización dedicada a promover una Jerusalén equitativamente compartida caracterizó esta operación como un caso emblemático de borrado de la presencia palestina tanto del territorio como del relato histórico. Según su análisis, el estado israelí no está dispuesto a reconocer la realidad binacional, multiétnica y multicultural de Jerusalén. La estrategia consiste en eliminar a los palestinos primero y, de manera más general, todo lo que no sea judío, para luego cubrirlo con lo que describió como "tonterías tipo Disneyland". La consecuencia será que futuras generaciones de visitantes israelíes y turistas internacionales pasearán por el parque temático, vivirán la experiencia diseñada y se irán con una comprensión completamente desprovista de cualquier conocimiento sobre las vidas que fueron destruidas, las comunidades enteras que fueron eliminadas para hacer espacio a la atracción.
Mohammad Qwaider, un hombre de sesenta años padre de seis hijos, encarna las contradicciones de esta situación. Hace poco demolió parte de la estructura que había funcionado como hogar familiar durante más de medio siglo, con la esperanza de que este acto de capitulación anticipada aplacara a los planificadores municipales. Sin embargo, esta semana un funcionario municipal se presentó en su casa para advertirle que los bulldozers regresarían para nivelar el resto de la estructura. Qwaider enfrenta desafíos de salud crónicos, tiene un hijo con necesidades especiales y su madre anciana, de noventa y siete años, se encuentra prácticamente inmóvil. Estos factores lo colocan en una situación donde, según su perspectiva, carece de opciones reales. "Hay perros callejeros que rondan el barrio durante la noche y se sienten más seguros que nosotros", afirmó con una carga de frustración que trasciende lo meramente administrativo. Su declaración de resistencia suena simple pero contiene capas de significado: "Si derriban nuestra casa, levantaremos una tienda. No nos iremos. Tal vez no entienden nuestra mentalidad palestina. No somos un objetivo fácil. No pueden quitarnos nuestra tierra".
Tres desplazamientos, una vida de desenraizamiento
La madre de Mohammad, Yusra Qwaider, concentra en su existencia de noventa y siete años toda la historia moderna palestina. Nació en Jaffa pero su familia fue expulsada en 1948 en lo que los palestinos denominan la Nakba, la Catástrofe, el desplazamiento masivo que constituyó la contracara histórica de la independencia del estado israelí. Buscando refugio, la familia encontró temporalmente un lugar en la aldea de Yalo, en territorio controlado por Jordania al oeste de Jerusalén. Pero en 1967, durante la guerra árabe-israelí de los Seis Días, fueron expulsados nuevamente. Las fuerzas israelíes demolieron la casa donde vivían y arrasaron el resto del pueblo. Desde allí se trasladaron al barrio judío de la Ciudad Antigua en 1970, pero solo pudieron permanecer tres años antes de que amplias secciones del distrito fueran destruidas por las nuevas autoridades de la ciudad. Ahora, desde al-Bustan, su posición es categórica: "De aquí no nos vamos. Ni yo, ni mis hijos". Su declaración no es una amenaza ni una posición negociadora; es una constatación de que ya no hay más lugares a donde ir, de que el desplazamiento ha llegado a su límite geográfico y emocional. La fecha de conmemoración de la Nakba cayó justo un día después de que nacionalistas israelíes marcharan por la Ciudad Antigua cantando consignas contra los árabes, marcando Jerusalem Day con una demostración de control sobre el territorio.
Fakhri Abu Diab, líder comunitario de al-Bustan, optó por quedarse cuando su casa fue demolida en 2024. Ahora vive con su esposa, Amina, en una cabina portátil instalada entre los escombros de lo que fue un hogar familiar durante cuatro generaciones. Lo único que permanece de la estructura anterior es una parte de la cocina, donde solía reunirse con sus hijos y nietos. Describa la experiencia como fisiológica: "Demolieron mi pasado. Demolieron mis recuerdos. Demolieron mis sueños. Demolieron mi infancia, nuestra infancia, y demolieron nuestro futuro". Comparó el tormento de vivir en los restos de su historia familiar con una enfermedad del cuerpo. "Mi corazón está ardiendo", expresó, "quizás me ves aquí sentado, hablando contigo, pero por dentro estoy ardiendo". Abu Diab continúa pagando una multa de 43.000 shekels, aproximadamente 11.000 libras esterlinas, que la municipalidad le impuso para cubrir los costos de la demolición de su hogar, a razón de 4.000 shekels mensuales. Además, tuvo que desembolsar 9.000 shekels, unos 2.300 dólares, para costear los sándwiches que comieron los policías durante los días que duraron las operaciones de demolición forzosa.
La narrativa oficial y sus grietas
Cuando se consultó a la municipalidad de Jerusalén sobre sus acciones en al-Bustan, no proporcionó una respuesta directa a los cuestionamientos sobre las condiciones en que se realizaban las demoliciones. Sin embargo, en un comunicado posterior manifestó que el parque temático planeado "está siendo construido para beneficio de todos los residentes de la ciudad" y que las casas de al-Bustan fueron construidas ilegalmente. Argumentó que el área "nunca fue designada para uso residencial" y que la municipalidad estaba "trabajando ahora para construir un parque en un área que sufre una grave escasez de espacios públicos abiertos". También afirmó haber intentado "durante años encontrar una solución para los residentes que también incluyera una alternativa residencial, pero ellos no expresaron ningún interés serio en llegar a una resolución". Abu Diab contrapuntea estas afirmaciones señalando que la comunidad había presentado hace tiempo un plan maestro para el distrito que incluía abundante espacio verde, pero que fue rechazado a nivel político. Respecto a los permisos de construcción, argumenta que algunos hogares, como el suyo, datan de épocas anteriores a la ocupación israelí. La municipalidad ha mantenido históricamente una política de negación rutinaria de permisos de construcción para palestinos en Jerusalén oriental, mientras aprueba sistemáticamente solicitudes de colonos israelíes judíos. Simultáneamente, señala Abu Diab, las mismas regulaciones no se han aplicado a los asentamientos no autorizados de colonos que constantemente surgen en Jerusalén oriental y Cisjordania.
Amina Abu Diab, trabajadora social y maestra, expresó su preocupación fundamental sobre los menores bajo su cuidado, quienes enfrentan un futuro de desalojo e incertidumbre. "Una casa es el sueño de un niño de tener futuro, y si alguien viene a demolerla, destruye los sueños y el sentido de seguridad del niño", señaló. "¿Y qué piensan entonces los niños de nosotros? Que no podemos protegernos a nosotros mismos ni podemos proteger a nuestros hijos". Su reflexión trasciende la cuestión específica de las viviendas para tocar el aspecto más profundo del daño intergeneracional que acarrea el desplazamiento: la erosión de la capacidad de una comunidad de proporcionar seguridad básica a sus miembros más vulnerables.
Implicancias presentes y futuras de una transformación territorial
Lo que ocurre en al-Bustan representa mucho más que un conflicto de planificación urbana o una disputa sobre permisos de construcción. Se trata de un proceso sistemático de reconfiguración territorial que combina mecanismos legales, presión económica y poder de aplicación para lograr cambios demográficos y narrativos en una zona urbana densamente poblida. Los métodos empleados —desde la negación de permisos hasta el cobro de multas confiscatorias, pasando por la presión para que los residentes realicen sus propias demoliciones— crean un sistema donde la resistencia se vuelve progresivamente más costosa y la permanencia prácticamente imposible. El timing de la aceleración, coincidiendo con cambios en la política internacional y el respaldo de nuevas administraciones extranjeras, subraya cómo los factores externos pueden habilitar procesos internos que permanecían estancados. La construcción del parque temático añade una dimensión simbólica al borrado físico: no solo se eliminan las viviendas, sino que el espacio se reinventa como un sitio de recreación y educación histórica que presentará una narrativa específica sobre el pasado, completamente divorciada de las realidades del presente que la hacen posible. Los residentes que logran permanecer, como la familia Abu Diab en sus cabinas portátiles entre los escombros, se convierten en testigos incómodos de una transformación que esperan sea ignorada por futuras generaciones. Para muchos observadores y analistas, esto ejemplifica un patrón más amplio de control territorial y transformación demográfica. Para otros, representa una inversión legítima en infraestructura pública y la preservación del patrimonio histórico. Lo que permanece indiscutible es que las decisiones adoptadas ahora determinarán qué historias serán contadas en Jerusalén en las próximas décadas, quién estará allí para contarlas, y cuáles serán los costos humanos de esa selección narrativa.



