El verano que comienza en Estocolmo traerá consigo un quiebre en la geografía del placer nórdico. Por primera vez en su historia, la capital sueca inaugurará una sauna de acceso completamente público y sin membresía, un gesto que sintetiza el conflicto entre tradición exclusiva y demanda democrática que define hoy a las ciudades europeas. Lo que parece un simple acto administrativo —abrir un espacio municipal— representa en realidad una revolución silenciosa en cómo se concibe el acceso a uno de los rituales más profundos de la cultura escandinava. La instalación llegará flotando por los canales de la ciudad en junio, ubicándose en Hornstull, un barrio ribereño de la isla residencial de Södermalm, con una inversión de 5,5 millones de coronas suecas que los funcionarios esperan sea apenas el comienzo de una transformación más amplia.
La paradoja de la exclusividad en la tierra del baño público
Resulta irónico que Estocolmo, ciudad construida sobre dieciséis islotes rodeados de agua cristalina, sea uno de los lugares más difíciles del mundo para acceder a una sauna tradicional. Cada madrugada y cada atardecer, los residentes emerge de cabañas de madera con el humo del abedul elevándose desde las chimeneas, para luego sumergirse en las aguas brackish de los canales. Sin embargo, ese acceso que parece garantizado por la geografía es en realidad un privilegio restringido. Las saunas más codiciadas funcionan como clubes privados de élite, con listas de espera que alcanzan cifras desconcertantes: algunos establecimientos acumulan más de veinte mil solicitudes en espera, mientras que otros requieren un año completo o más solo para ser considerado para nueva membresía. Sthlm Sauna, una de las operadoras principales, mantiene trece mil personas aguardando entrada únicamente en su sucursal de Vinterviken. Cuando ocasionalmente se abren slots para no afiliados, desaparecen en cuestión de minutos, como entradas a un recital agotado.
Esta realidad contrasta de manera casi absurda con la abundancia de agua que rodea la metrópolis. Desde hace décadas, Estocolmo se ha presentado mundialmente como la capital del baño nórdico, una tradición que fue incluso elevada a forma de arte cultural cuando Finlandia —el país vecino que mejor ha preservado esta costumbre— la llevó a la Eurovisión hace poco con una canción que literalmente exaltaba "solo meterse en una sauna". Pero mientras Helsinki cuenta con múltiples espacios públicos y accesibles para esta práctica, y Oslo ofrece alternativas relativamente sencillas en sus siete saunas flotantes administradas por la Asociación de Saunas de Oslo, Estocolmo se quedó rezagada, atrapada en un modelo donde los propietarios privados y las asociaciones de miembros controlaban prácticamente toda la oferta.
Un proyecto piloto nacido de la frustración pública
El proyecto municipal surge de una discusión política simple pero poderosa: "sauna para todos". Según explicó Pia Karlsson, responsable del proyecto desde la oficina de transporte municipal, la premisa fundamental era desmantelar la mentalidad de "sauna para unos pocos" que ha caracterizado a la ciudad durante años. El municipio necesitaba una instalación que fuera cien por ciento accesible, sin barreras de membresía, abierta tanto a residentes como a visitantes. La ciudad había identificado el potencial económico y social de democratizar lo que hasta ahora era un bien escaso, pero también respondía a una presión real: la demanda genuina de una población cada vez más interesada en recuperar estas prácticas ancestrales.
El sitio elegido para el proyecto piloto es particularmente significativo desde una perspectiva histórica. La ubicación en Hornstull, con sauces llorones cubriendo la zona y acceso directo al agua para baño, fue durante décadas el hogar de Liljeholmsbadet, un balneario público flotante de los años treinta que operó como símbolo de acceso igualitario hasta que el deterioro estructural lo obligó a ser removido el año anterior. Construir una nueva sauna pública en ese mismo lugar representa más que nostalgia: es una restauración de una función que la ciudad había abandonado. La nueva estructura, de color verde y diseñada por el arquitecto Dinell Johansson, fue ensamblada por Marinbastun, la misma empresa que construyó las exitosas saunas flotantes de Oslo. Además de la sauna en sí, se está desarrollando un muelle público que estará disponible para cualquier persona, aunque no utilice la instalación térmica, con áreas de paseo y asientos que refuerzan la idea de espacio compartido.
Enfrentamientos entre modelos y preguntas sobre viabilidad
No todos celebran con la misma intensidad esta iniciativa municipal. Los operadores privados, particularmente los que mantienen membresías como modelo de negocio, han expresado preocupaciones legítimas. El nuevo plan incluye una política aún más ambiciosa: la ciudad planea establecer normas que obliguen a que todos los espacios de sauna en el centro de Estocolmo sean completamente reservables por el público, eliminando la posibilidad de mantener exclusivas de membresía. Para asociaciones como Sthlm Sauna, esto representa una amenaza a su modelo económico que permite a miembros regulares pagar precios reducidos mediante cuotas anuales. Sin embargo, Karlsson argumenta que ambos modelos pueden coexistir complementándose mutuamente, y que la tarifa municipal de 150 coronas suecas por noventa minutos —aproximadamente doce libras esterlinas— no representaría competencia desleal.
Aquí surge una incógnita central: ¿es realmente accesible un precio de doce libras por hora y media para una población trabajadora? La municipalidad ha reconocido esta tensión y ha prometido explorar estructuras de precios diferenciados para estudiantes y jubilados una vez que tengan datos sobre la demanda real. Mathias Leveborn, desde el sector privado, reconoce que la expansión es bienvenida —afirmó que "es excelente que Estocolmo finalmente comience a ponerse al nivel de otros países nórdicos"—, aunque también advierte que la diversidad en la oferta es lo que permite que el ecosistema funcione. La Asociación de Saunas de Suecia observa que el interés por esta práctica ha crecido de forma significativa en los últimos años, generando esperas extensas, por lo que cualquier expansión de capacidad representa un alivio genuino para la población.
Una estrategia urbana más amplia de waterfront democrático
La sauna no es un proyecto aislado, sino una pieza de una estrategia municipal más vasta de recuperación de frentes de agua. Estocolmo está invirtiendo en nuevas áreas de nado, paseos costeros y espacios de descanso público que reconecten a los ciudadanos con los canales y lagos que definen la geografía de la ciudad. Los funcionarios viajaron a Finlandia y Dinamarca para investigar cómo otros países nórdicos han resuelto esta ecuación entre acceso público y sostenibilidad. La declaración de Karlsson refleja una ambición que va más allá de lo técnico: "Pensamos que no éramos los primeros en hacer algo así, pero creemos que podríamos ser los mejores". Esa frase sintetiza la aproximación sueca contemporánea: reconocer que otras ciudades ya han avanzado en modelos inclusivos, pero aspirar a la excelencia en la ejecución local.
Lo que viene: incertidumbres y posibles recorridos
La apertura de esta sauna municipal generará información invaluable sobre cómo la población responde a una opción pública de bajo costo comparado con membresías privadas. Si los números demuestran demanda sostenida, es probable que la ciudad acelere planes para ampliar la red de espacios públicos similares. Inversamente, si el modelo no atrae suficiente público o si los precios finales resultan prohibitivos para sectores vulnerables, la iniciativa podría interpretarse como un fracaso de la estrategia igualitaria y fortalecer los argumentos de quienes sostienen que los modelos privados son más eficientes. También es posible que surja un equilibrio: que el sector público y privado convivan, especializándose en diferentes segmentos demográficos y geográficos. Lo que parece seguro es que Estocolmo ha abierto un debate que trasciende a la sauna misma: qué bienes culturales y de bienestar deben ser considerados derechos de acceso democrático, y cuál es el rol de la ciudad en garantizarlos frente a actores privados que durante décadas fueron los únicos proveedores.



