La arquitectura de seguridad europea enfrenta una encrucijada histórica que obliga a replantear los cimientos sobre los que se ha construido la defensa del continente durante las últimas décadas. Un expresidente de la OTAN ha presentado un diagnóstico contundente: los gobiernos europeos no pueden seguir confiando en que Washington mantendrá indefinidamente su compromiso de protección, y deben comenzar a articularse como un bloque autónomo en el que Ucrania ocupe un lugar central no como receptor de ayuda, sino como potencia militar contribuyente. Este giro conceptual representa un cambio profundo en la forma de concebir la seguridad continental y marca un antes y después respecto a cómo se ha pensado históricamente la defensa europea.
Durante un seminario celebrado hace pocos días, Anders Fogh Rasmussen, quien fuera máxima autoridad de la alianza atlántica y cercano colaborador del presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy, expuso su visión de futuro con una claridad que contrasta con las ambigüedades que predominan en los círculos de toma de decisión europeos. Rasmussen plantea la conformación de una coalición integrada por naciones europeas que posean tanto capacidad como voluntad política para asumir la defensa continental de manera independiente. En su concepto, esta agrupación debería estar encabezada por Francia y Reino Unido, las dos potencias nucleares del continente, y extenderse hacia otros Estados dispuestos a invertir recursos significativos. La propuesta no surge de la nada: responde a una percepción creciente en las capitales europeas de que el orden internacional ha experimentado transformaciones irreversibles que reclaman adaptaciones urgentes en las estrategias de seguridad.
El cambio de paradigma estadounidense y sus implicancias
Lo que Rasmussen subraya con énfasis es que la actitud de Estados Unidos hacia la defensa europea se ha modificado de manera permanente. Esta evaluación no constituye una especulación sino un análisis basado en cambios concretos observables en la política norteamericana. El expresidente de la OTAN sostiene que resultaría contraproducente que los líderes europeos continúen reaccionando ante cada declaración o movimiento que pueda emanar desde Washington. Por el contrario, insta a que Europa asuma el protagonismo en sus propias decisiones estratégicas sin subordinarse constantemente a lo que piensa o hace la administración estadounidense. Esta exhortación implica un salto cualitativo respecto al enfoque tradicional que ha caracterizado a las relaciones transatlánticas: ya no se trata de complementar la defensa norteamericana, sino de construir una defensa genuinamente europea.
El contexto inmediato amplifica la relevancia de estas propuestas. En los próximos días, cinco potencias europeas líderes en materia de defensa se reunieron en Berlín para esbozar una estrategia común de seguridad. Esta convergencia de esfuerzos ocurre poco antes de una cumbre de la OTAN programada para Ankara el 7 de julio, jornada que adquiere una importancia estratégica particular. Los gobiernos europeos buscarán demostrar en esa cita que han respondido positivamente a la demanda que formuló Donald Trump respecto a que el continente incremente sustancialmente sus gastos en defensa. La cifra sobre la mesa es elocuente: se contempla un desembolso adicional de €70 mil millones durante dos años para apoyar a Ucrania, cantidad que se sumaría a los compromisos de cada nación de destinar hasta un mínimo del 5% de su producto interno bruto a defensa para el año 2035.
Ucrania: de beneficiaria a activo estratégico
El reposicionamiento conceptual que Rasmussen propone resulta particularmente significativo cuando se analiza la transformación de cómo debe percibirse a Ucrania dentro del esquema europeo. Durante años, la narrativa dominante presentó al país como un receptor necesitado de asistencia, un territorio vulnerable que requería protección de potencias externas. Sin embargo, la realidad sobre el terreno ha generado una reformulación radical de esta perspectiva. Ucrania se ha convertido en la nación militarmente más robusta de Europa, según el diagnóstico del exfuncionario. Su ejército ha acumulado experiencia de combate sin paralelos en el continente durante el presente siglo. Sus fuerzas han desarrollado innovaciones tecnológicas notables, principalmente en el campo de los drones y sistemas de armamento de alta tecnología, frecuentemente fruto de la inventiva de sus propios ingenieros y militares ante la necesidad imperiosa de resolver problemas con recursos limitados.
Rasmussen enfatiza que esta nación "endurecida por la batalla" debe considerarse un activo fundamental para la seguridad europea, no un territorio que requiera custodia permanente. Independientemente de cómo concluya el conflicto actual con Rusia, persiste una realidad geopolítica inmodificable: existe una potencia agresiva en el este de Europa cuya amenaza no desaparecerá. En este escenario, contar con Ucrania como un componente integrado de la arquitectura de defensa continental representa algo más que un acuerdo táctico. Se trata de reconocer que Kiev posee capacidades reales, experiencia práctica en operaciones militares contemporáneas y motivaciones propias para mantener una defensa robusta contra amenazas rusas. Una coalición europea que incluya a Ucrania no sería un arreglo artificial sino una construcción basada en intereses compartidos y en capacidades verificables que cada miembro aporta al conjunto.
El expresidente de la OTAN también señala desarrollos que podrían fortalecer esta arquitectura de seguridad ampliada. Se vislumbra la posibilidad de que Ucrania reciba autorizaciones para manufacturar dentro de su territorio armamentos diseñados según especificaciones estadounidenses, incluyendo sistemas de interceptación de misiles y proyectiles de largo alcance. Además, los círculos de defensa ukranianos impulsan la eliminación de restricciones burocráticas europeas que obstaculizan la integración expedita de la industria defensiva ucraniana con los ecosistemas productivos continentales. Esta integración trasciende la importancia de apoyo puntual a empresas individuales: implica una transformación del entramado completo de producción y cooperación defensiva en el continente, con Ucrania como un nodo relevante de esa red.
Señales ambiguas desde Washington y la necesidad de fortaleza negociadora
A pesar de los cambios detectados en la postura estadounidense, persisten incertidumbres sobre el alcance y la velocidad de eventuales reducciones en el compromiso norteamericano. El secretario de Defensa de Estados Unidos anunció un proceso de revisión del número de efectivos estadounidenses desplegados en Europa. No obstante, funcionarios militares europeos mantienen cierta confianza en que cualquier reducción no sería tan abrupta como para comprometer la seguridad del continente. Rasmussen reconoce que analistas europeos advirtieron cambios en la posición de Trump respecto a la guerra ucraniana durante una cumbre del G7 celebrada en Evian hace poco tiempo. Sin embargo, no considera productivo que los europeos permanezcan en una actitud reactiva, pendientes de cada gesto o declaración que provenga de Washington.
Un aspecto que el expresidente destaca con particular cautela concierne a la designación de un negociador europeo con Rusia, cuestión que ha generado divisiones en encuentros recientes de líderes de la Unión Europea. Rasmussen advierte contra precipitaciones en este sentido: antes de nombrar a alguien para negociar en nombre de Europa, es imprescindible asegurar que tal negociador cuente con una posición de fortaleza. Este énfasis no es menor. Una negociación desde una posición débil perpetuaría asimetrías que desfavorecerían los intereses europeos. La fortaleza en la mesa de negociaciones se construye mediante preparativos militares sólidos, cohesión política internamente y capacidad demostrativa de que Europa no será fragmentada fácilmente. Una coalición de naciones europeas comprometidas con una defensa autónoma, integrada por Ucrania como componente operativo significativo, representaría exactamente ese tipo de posicionamiento resiliente.
Sobre el terreno militar, Rasmussen ofrece un análisis de cómo Ucrania ha logrado avances tácticos relevantes. Durante meses, debate europeo y estadounidense se centró en negociaciones sobre la entrega de equipamiento pesado: tanques, jets de combate y sistemas diversos. Sin embargo, de manera gradual se fueron incrementando las contribuciones. Pero por encima de todo, fueron los propios ucranianos quienes demostraron capacidad de innovación sostenida, generando capacidades militares de sofisticación elevada, fundamentalmente en las áreas de sistemas aéreos no tripulados y otras tecnologías de punta. Esta combinación de apoyo externo y creatividad interna constituye la base sobre la cual se asienta la evaluación de Ucrania como potencia militar relevante para el continente.
Implicancias y escenarios futuros
Las proposiciones avanzadas por Rasmussen abren varios caminos posibles para la evolución de la seguridad europea. Un escenario contempla el fortalecimiento progresivo de una arquitectura defensiva europea menos dependiente de garantías estadounidenses, en la cual Ucrania figura como un participante de pleno derecho y no como un receptor permanente de asistencia. Otro escenario podría implicar tensiones internas dentro de la Unión Europea respecto a la magnitud de recursos a invertir en defensa y sobre qué naciones asumen mayor responsabilidad. También cabe considerar cómo Rusia podría reaccionar ante la consolidación de una coalición europea autónoma que incluya a Ucrania, así como de qué manera tal configuración incidiría sobre las dinámicas de negociación eventual. Las decisiones que se adopten en los próximos meses en torno a estos ejes determinarán la geopolítica continental durante años venideros, con consecuencias que se extenderán mucho más allá de cuestiones puramente militares, afectando también trayectorias económicas, demográficas y políticas de múltiples actores.


