La próxima centuria traerá consigo un panorama desolador para los bosques europeos. Incluso en el escenario más optimista para frenar la crisis climática mundial, el continente enfrentará un aumento devastador en la extensión de territorio consumido por las llamas. Investigadores de distintos centros especializados han modelado diversas trayectorias futuras y los resultados coinciden en un punto crítico: aunque se logre limitar el calentamiento del planeta a 1,8 grados centígrados por encima de los niveles preindustriales, las áreas quemadas en Europa crecerán aproximadamente 39 por ciento entre 2070 y 2100 si no se implementan cambios significativos en cómo se aborda la prevención y control del fuego. El hallazgo revela una realidad incómoda: la batalla contra los incendios forestales no puede resolverse únicamente con políticas climáticas globales, sino que requiere transformaciones profundas en la gestión territorial y las estrategias de supresión del fuego.

Los números se vuelven más alarmantes cuando se consideran escenarios menos favorables. Si las emisiones continúan sin control y el planeta se calienta 3,6 grados centígrados respecto de la era preindustrial —una posibilidad que varios modelos climáticos consideran plausible dado el ritmo actual de contaminación— la superficie quemada podría casi triplicarse. Este panorama catastrófico no es meramente especulativo: forma parte de un análisis riguroso que compara datos históricos de quemadas entre 2000 y 2030 con proyecciones sofisticadas para las décadas finales del siglo. Maik Billing, quien encabeza la investigación desde el Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, fue directo al respecto: los esfuerzos por mejorar la gestión del fuego tienen un techo. "Aunque invirtamos recursos masivos en combatir incendios, si continuamos emitiendo gases de efecto invernadero sin límite, seguiremos viendo expansiones dramáticas de las áreas quemadas", expresó el especialista. La conclusión es ineludible: no existe solución puramente sectorial que pueda compensar una trayectoria de emisiones incontroladas.

El factor climático como motor del cambio

Detrás de estas proyecciones se encuentra un mecanismo bien comprendido por los climatólogos: el aumento de temperaturas trae consigo cambios en los patrones de sequedad, la humedad del aire y la intensidad del viento. Estos tres elementos, en combinación, transforman fuegos localizados en tormentas de fuego prácticamente incontrolables. Los investigadores identificaron el deterioro de las condiciones de incendio —es decir, el agravamiento del "fuego climático"— como el principal impulsor del incremento proyectado. En el escenario templado, donde el calentamiento se detiene en 1,8 grados, algunas regiones europeas experimentarían aumentos modestos mientras otras permanecerían relativamente estables. Sin embargo, en la versión catastrófica con 3,6 grados de calentamiento, el empeoramiento es prácticamente universal: "virtualmente toda Europa" enfrenta un deterioro consistente de las condiciones que favorecen incendios extremos.

Es importante contextualizar estos hallazgos dentro de la realidad presente. Las políticas climáticas actualmente vigentes en el mundo proyectan un calentamiento de aproximadamente 2,6 grados hacia el año 2100, lo que situaría el escenario real en una zona intermedia entre lo optimista y lo catastrófico. Esto significa que, bajo las políticas hoy existentes, Europa está en camino hacia un futuro con incrementos significativos en incendios forestales, pero no necesariamente el peor de los cuadros. Sin embargo, los márgenes para la acción son estrechos y el tiempo transcurre rápidamente.

La gestión del fuego como factor moderador, pero insuficiente

El estudio ofrece un rayo de esperanza parcial. Los investigadores utilizaron un segundo modelo para evaluar qué sucedería si se implementaran mejoras sosteni das en la supresión y prevención de incendios. Los resultados sugieren que avances continuos en la capacidad de combatir fuegos podrían reducir la extensión de áreas quemadas en un 92 por ciento en el escenario más frío, comparado con mantener los esfuerzos actuales congelados en el tiempo. Sin embargo, esta cifra requiere matices importantes. Los investigadores utilizaron el Índice de Desarrollo Humano como aproximación para medir la capacidad de combate de fuegos, asumiendo que sociedades más desarrolladas cuentan con mejores infraestructuras, tecnología y recursos. Pero reconocen una limitación crucial: los megaincendios modernos desafían la extrapolación desde datos históricos. Los patrones del pasado quizás no sean suficientes para predecir cómo responderán los sistemas de supresión ante fuegos de magnitud sin precedentes.

Esta limitación no es académica ni abstracta. Durante las últimas décadas, Europa Meridional implementó mejoras significativas en la supresión de incendios que, en términos convencionales, funcionaron: se redujo tanto el número de eventos como la superficie afectada desde los años ochenta. Sin embargo, esta estrategia de supresión agresiva —incluyendo la eliminación de fuegos pequeños que históricamente jugaban un papel ecológico— generó consecuencias no previstas. Al eliminar constantemente los incendios, se acumuló en el terreno una cantidad anormalmente alta de combustible residual: ramas caídas, arbustos secos, maleza. Cuando finalmente las condiciones climáticas se vuelven extremadamente favorables para el fuego, ese combustible acumulado actúa como explosivo: los incendios no solo se producen con menor frecuencia, sino con una ferocidad colosal, prácticamente imposible de contener. Este fenómeno contribuye a explicar por qué los últimos años han traído "monster fires" —incendios monstruosos— que obligan a cientos de miles de personas a abandonar sus hogares en cuestión de horas.

Los datos de la actual temporada de incendios en Europa ilustran la urgencia del tema. La temporada 2024 es la tercera peor en registros modernos, únicamente superada por 2025 y 2022, según cifras del Servicio Europeo de Información sobre Incendios Forestales. Más de 600.000 hectáreas han sido consumidas hasta el momento, con récords históricos para esta época del año registrados en Bélgica, Francia y Eslovaquia. Las llamas han arrasado desde el sur del continente —Francia, España, Italia, Croacia, Grecia— hasta países del norte tradicionalmente menos afectados como Reino Unido, Bélgica y Alemania. Este patrón geográfico ampliado es en sí mismo una señal de que los patrones climáticos están mutando de maneras visibles en tiempo real.

Perspectivas divergentes sobre la responsabilidad y las soluciones

Un investigador forestal de la Universidad de Lleida, Víctor Resco de Dios, ofrece una perspectiva complementaria que merece consideración. Según su análisis, la temporada de incendios suele estar acompañada por lo que denomina un "juego de culpas improductivo": señalar únicamente uno de los dos factores clave cuya interacción genera los desastres. La realidad es binaria: no hay incendio descontrolado sin combustible disponible ni sin condiciones climáticas que lo alimenten. "El problema de los incendios forestales no se estaría agravando si nos dirigiéramos hacia una era de hielo en lugar de calentamiento global", señaló. Simultáneamente, enfatizó que "hubiese sido en gran medida mitigado si nuestros paisajes fueran como hace un siglo, con una superficie forestal mucho menor". Esta observación toca un punto histórico relevante: Europa en 1920 tenía dramáticamente menos bosques que hoy, producto de siglos de deforestación agrícola. El aumento de la cobertura forestal en los últimos cien años, aunque positivo desde perspectivas de conservación, ha alterado la dinámica de fuegos.

Las implicancias de estos hallazgos se ramifican en múltiples direcciones con consecuencias complejas. Un camino apunta hacia la necesidad de repensar fundamentalmente cómo Europa se relaciona con sus paisajes forestales: ¿se requiere reducir nuevamente la extensión de bosques mediante gestión activa? ¿Se debe permitir que incendios de bajo impacto ocurran naturalmente como parte de ciclos ecológicos? ¿Cómo se combinan estas decisiones con objetivos de reforestación y captura de carbono? Otra línea de análisis examina la capacidad de adaptación: si los megaincendios son inevitables, ¿qué transformaciones en infraestructura urbana, seguros, y sistemas de evacuación son necesarias? Un tercer eje cuestiona las prioridades de inversión global: ¿qué peso tienen estos riesgos europeos comparados con otras crisis climáticas en regiones más vulnerables? Las respuestas a estas preguntas determinarán la trayectoria de Europa en las próximas décadas, independientemente de qué escenario climático finalmente se materialice.