La tranquilidad de las alturas italianas fue interrumpida por un fenómeno tan moderno como desconcertante: cientos de turistas acamparon, madrugaron y colmaron senderos de montaña no para contemplar los glaciares o respirar aire puro, sino para conseguir un postre. Lo que sucedió en el refugio Friedrich August, situado a 2.300 metros de altura entre el Col Rodella y el Passo Sella en Val di Fassa, representa mucho más que una anécdota curiosa sobre comportamientos de viajeros desorientados. Evidencia, de manera brutal, cómo los algoritmos de redes sociales están reconfigurado la relación entre personas y espacios naturales, transformando santuarios montañosos en escenarios de congestión similar a los centros comerciales de cualquier ciudad.

El detonante fue simple pero efectivo: creadores de contenido digital promocionaron videos donde degustaban krapfen —un pastel tradicional de origen germánico similar a una rosquilla rellena, que se vende a hasta 4 euros la unidad— mientras el telón de fondo ofrecía vistas de los picos dolomitas. Las imágenes fueron acompañadas de música que los espectadores describían como "celestial", ingredientes perfectos para generar una reacción en cadena. Lo que en treinta años de funcionamiento había sido una actividad comercial discreta y predecible se transformó en un peregrinaje masivo. Visitantes relataban haber despertado al amanecer o acampado durante la noche exclusivamente para asegurar acceso al stock limitado del horneado diario, antes de que se agotara.

Cuando la viralización supera la capacidad de la montaña

Las colas que se formaron en el angosto sendero que conduce al refugio, lejos de desalentar a nuevos concurrentes, operaron como un imán invertido. Cada fotografía de la aglomeración, cada video de espera, cada testimonio de frustración compartido en plataformas digitales atraía a más personas curiosas por vivir esa experiencia conflictiva. Un visitante sintetizaba el absurdo con precisión: "Solo vinimos por esto". Otro confesaba haber sido reclutado por un posteo de Instagram específicamente sobre los pasteles, sin conexión aparente con la geografía o la biodiversidad del lugar. El refugio nunca enfrentó este tipo de presión hasta el momento en que los algoritmos decidieron convertirlo en trending topic.

Desde la perspectiva del personal que opera la instalación —y que prefirió mantener el anonimato por razones obvias—, la situación generó frustración legítima. Durante décadas produjeron sus postres de manera estable, sin pretensiones de viralidad, satisfaciendo la demanda orgánica de excursionistas y alpinistas genuinos. De repente, la estructura y la capacidad colapsaron bajo un flujo de demandantes que no tenían conexión real con la montaña, que ignoraban sus reglas tácitas, que desconocían el entorno. El vocero anónimo fue directo en su diagnóstico: los influenciadores crearon una situación "caótica" que transformó el refugio en algo irreconocible para quienes lo frecuentaban con propósitos distintos.

La advertencia de los defensores de la montaña

Las asociaciones que representan a comunidades de montaña italianas levantaron la voz con un argumento que trasciende lo anecdótico. No es el krapfen el problema real, aclararon desde el inicio. El asunto central son los mecanismos de difusión algorítmica que canalizan multitudes hacia sitios específicos, sin considerar capacidad, fragilidad ecológica o sostenibilidad. Marco Bussone, presidente de Uncem —la unión nacional de comunidades de montaña— fue categórico: "Las montañas no son un parque de diversiones". Su declaración transmitía hartazgo ante la instrumentalización comercial de paisajes que requieren cuidado, respeto y comprensión de su naturaleza.

Francesco Abbruscato, conductor de la rama Véneta del Club Alpino Italiano, profundizó en el diagnóstico con una perspectiva histórica. Hace cinco o seis años, los Dolomitas no experimentaban fenómenos de sobrecarga turística en puntos específicos. Ahora, según su análisis, existen lugares icónicos donde la experiencia de contemplar belleza se ha vuelto imposible, no por limitaciones de la naturaleza sino por la saturación de personas enfocadas en capturarse a sí mismas. La erosión del "verdadero espíritu montañero" refiere a algo más profundo: la transformación de la relación entre visitante y territorio. Antes, quien ascendía una montaña se preparaba, estudiaba, respetaba las reglas, internalizaba la experiencia. Ahora, el algoritmo convoca sin filtros a quienes solo buscan evidencia visual de haber estado en un lugar de moda.

El fenómeno no es aislado ni circunscrito a los Dolomitas. En enero de 2025, Roccaraso —una estación de esquí ubicada en las montañas de Abruzzo— experimentó una invasión similar cuando una personalidad destacada de TikTok promocionó videos de sí misma esquiando en sus pistas. El mecanismo fue idéntico: contenido atractivo, música o edición cautivante, algoritmo amplificador, multitud sin freno. Estos casos se repiten en destinos de todo el mundo, señalando un patrón global donde la economía de atención digital se sobrepone a la gestión territorial y ambiental. Las plataformas no fueron diseñadas pensando en paisajes vulnerables ni en comunidades locales; fueron optimizadas para engagement, compartibilidad y permanencia del usuario. Cuando estas prioridades comerciales colisionan con espacios de valor natural o patrimonial, la infraestructura habitualmente pierde.

Las implicancias de esta dinámica merecen consideración desde múltiples ángulos. Por un lado, existe el riesgo de degradación ambiental: pisoteo de flora, erosión acelerada de senderos, contaminación acústica, presión sobre servicios básicos como agua y saneamiento en refugios que nunca fueron dimensionados para miles de personas simultáneas. Por otro, la experiencia de quienes viajan con intención genuina de conectar con la montaña se ve comprometida, transformando la búsqueda de tranquilidad en frustración. Las comunidades locales enfrentan presiones logísticas y sociales impredecibles. Sin embargo, desde perspectivas económicas alternativas, el flujo turístico también inyecta ingresos, genera empleo temporal y eleva la visibilidad de lugares que de otro modo permanecerían marginales en la economía de servicios global. El desafío consiste en identificar mecanismos de regulación que compatibilicen la accesibilidad con la sostenibilidad, algo que requiere coordinación entre plataformas digitales, gobiernos locales, operadores turísticos y comunidades, una colaboración que hasta ahora ha brillado por su ausencia.