La posibilidad de que una potencia regional pudiera ejercer control sobre la circulación mundial de datos generó la semana pasada una sacudida en los círculos especializados en seguridad digital y relaciones internacionales. Irán, a través de sus canales de comunicación oficial vinculados al Estado, lanzó una propuesta audaz: cobrar a las grandes corporaciones tecnológicas estadounidenses por permitirles utilizar los cables de fibra óptica que atraviesan el Estrecho de Ormuz. La amenaza no es menor considerando lo que está en juego: cientos de millones de dólares anuales podrían fluir hacia Teherán si logra implementar este esquema de peajes. Lo que importa en este escenario no es solo el dinero potencial, sino el hecho de que revela una nueva dimensión del conflicto entre Estados Unidos, sus aliados y la República Islámica: el control de la arquitectura física que sostiene al internet global. En un mundo donde la inteligencia artificial demanda flujos de datos sin precedentes, especialmente en los países del Golfo donde se concentran inversiones multimillonarias en tecnología, cualquier restricción a estos cables podría tener consecuencias económicas devastadoras.
Una infraestructura vital bajo aguas controladas
El Estrecho de Ormuz representa mucho más que una simple vía marítima: es un cuello de botella geográfico de importancia estratégica mundial. Con apenas 40 kilómetros de ancho en su punto más angosto, separando las costas de Irán y Omán, este paso concentra una fracción significativa del comercio internacional de energéticos y, cada vez más, de datos. Bajo sus aguas reposan al menos siete cables de telecomunicaciones submarinos, cada uno de ellos un tubo delgado de fibra óptica capaz de transportar cantidades colosales de información de un continente a otro. Estos cables no son infraestructura antigua o marginal: forman parte de la columna vertebral que conecta operaciones financieras en Nueva York con centros de procesamiento de datos en Singapur, que vincula servidores en Europa con plataformas de inteligencia artificial en los Emiratos Árabes Unidos.
La relevancia del Estrecho adquiere dimensiones nuevas si se considera el boom tecnológico que experimenta la región del Golfo. Los países del Golfo Pérsico, especialmente los Emiratos y Arabia Saudita, han invertido decenas de miles de millones de dólares en infraestructura de inteligencia artificial, centros de datos y tecnología digital. Estos emprendimientos requieren conexiones de internet de altísima velocidad y confiabilidad. Los cables submarinos que cruzan el Estrecho de Ormuz son vitales para mantener esas operaciones funcionando sin interrupciones. En este contexto, la posibilidad de que Irán pudiera interrumpir, ralentizar o condicionar el acceso a estos cables adquiere un peso geopolítico inesperado.
La propuesta iraniana y su trasfondo
Hace poco más de una semana, los medios de comunicación estatales iranís Tasnim y Fars publicaron análisis sugerentes sobre la viabilidad de una estrategia comercial alternativa para Teherán. La idea central es directa: si Irán controla el territorio adyacente al Estrecho, ¿por qué no monetizar ese control exigiendo a las empresas de tecnología estadounidenses —y por extensión, a cualquier compañía que dependa de esos cables— que paguen por el derecho de operarlos? Los cálculos preliminares circulados en esos reportes hablaban de ingresos potenciales de cientos de millones de dólares anuales para las arcas del gobierno en Teherán. Esta no es una idea descabellada en términos puramente especulativos: otros países han ejercido presión sobre infraestructuras estratégicas para obtener ventajas económicas o políticas. La diferencia es que en este caso, se trata de un bien intangible pero absolutamente esencial en la economía digital del siglo XXI.
La propuesta debe entenderse dentro del contexto más amplio de la escalada de tensiones entre Irán y Estados Unidos, agudizada por la participación de Israel en operaciones en Medio Oriente. Para Teherán, la capacidad de ejercer presión sobre infraestructuras críticas representa una forma de nivelar un tablero en el que se siente en desventaja convencional. No posee una armada naval comparable a la estadounidense, ni capacidades aéreas rivales. Pero posee algo diferente: proximidad geográfica a un cuello de botella del comercio global. Convertir esa proximidad en una herramienta de negociación es una lógica que ha motivado el comportamiento iraní en otras ocasiones, particularmente en torno al comercio de petróleo y gas natural.
¿Ficción política o amenaza concreta?
Sin embargo, la pregunta clave que se plantean expertos en infraestructura digital y relaciones internacionales es cuán realista es realmente esta propuesta. Existen múltiples obstáculos prácticos y legales que harían difícil su implementación. Primero, la mayor parte de estos cables son propiedad de consorcios internacionales de grandes empresas tecnológicas, operadores de telecomunicaciones y fondos de inversión. No responden a una única jurisdicción y están protegidos por tratados internacionales de derecho marino que reconocen derechos de paso para cables de comunicación. Segundo, los cables submarinos modernos cuentan con redundancias y rutas alternativas. Si Irán intentara bloquear o cobrar por los cables en el Estrecho de Ormuz, el tráfico podría redirigirse hacia otras vías, incluyendo cables que rodean el continente africano o que pasan por el Océano Índico. Este desvío resultaría en velocidades reducidas y latencias mayores, pero las operaciones no se detendrían por completo.
Además, cualquier intento de Irán de interferir físicamente con los cables podría generar una respuesta militar inmediata de Estados Unidos y sus aliados. La presencia naval estadounidense en el Golfo Pérsico es permanente e importante, y Washington ha dejado claro en múltiples ocasiones que considera la libertad de navegación en aguas internacionales como un interés vital. Un bloqueo o sabotaje de cables sería interpretado como una escalada seria. Por otro lado, la amenaza de cobrar peajes funciona mejor como instrumento de presión política que como una política de implementación literal. El mero anuncio de la propuesta ya genera consecuencias: empresas tecnológicas comienzan a evaluar vulnerabilidades, gobiernos reevalúan estrategias de redundancia en sus redes, y se abre un debate sobre la resiliencia de la infraestructura digital global.
Implicancias para la arquitectura global de internet
Lo que sí resulta realista es que esta amenaza refleja una verdad incómoda sobre la economía digital contemporánea: la infraestructura física que sostiene internet está distribuida de manera desigual y vulnerable a presiones geopolíticas. Los cables submarinos que conectan continentes no pasan por territorios neutrales: atraviesan aguas territoriales, zonas económicas exclusivas y espacios donde diferentes naciones ejercen control e influencia. A medida que la dependencia global del internet para operaciones financieras, militares, médicas y de comunicación crece exponencialmente, la tentación de utilizar esa infraestructura como palanca política también aumenta.
El planteamiento iraní, aunque pueda no materializarse en un cobro literal de peajes, expone una brecha en la arquitectura de gobernanza digital global. Los cables submarinos están regulados por convenciones internacionales anticuadas, diseñadas en una época donde el internet no era tan central para la economía mundial. Tampoco existen mecanismos claros y vinculantes para resolver disputas sobre el acceso a esta infraestructura cuando entra en juego la seguridad nacional o los intereses geopolíticos. Esto significa que, potencialmente, cualquier país con territorio adyacente a cables críticos podría plantear demandas similares a la de Irán. Arabia Saudita, los Emiratos, Omán, Egypt —que controla el Canal de Suez— o incluso potencias mayores como China o Rusia podrían considerar estrategias similares.
El factor de los nuevos usos: inteligencia artificial y centros de datos
Un elemento que amplifica la relevancia de esta amenaza es el desarrollo acelerado de la infraestructura de inteligencia artificial en la región del Golfo. Durante los últimos años, gobiernos del Golfo y empresas tecnológicas globales han invertido cantidades sin precedentes en construir centros de datos y capacidades de procesamiento de inteligencia artificial. Estos proyectos requieren ancho de banda excepcional, baja latencia y conexiones extremadamente confiables hacia otros nodos de la red global. Las interrupciones o demoras en los cables del Estrecho de Ormuz afectarían directamente la viabilidad económica de estas inversiones multimillonarias. En cierto sentido, Irán estaría cobrando por permitir que competidores regionales accedan a tecnología avanzada. Esto introduce una dimensión adicional de complejidad a una amenaza que podría parecer meramente coyuntural.
Perspectivas y posibles desenlaces
Las consecuencias de esta situación podrían manifestarse de varias maneras. Para algunos observadores, la amenaza iranía es un recordatorio necesario de que la infraestructura digital global requiere una inversión urgente en redundancia, diversificación de rutas y, posiblemente, nuevas regulaciones internacionales que blindem estos sistemas contra presiones políticas. Desde esta perspectiva, la crisis es una oportunidad para fortalecer la resiliencia del sistema. Para otros, la amenaza representa un precedente preocupante que podría inspirar comportamientos similares en otros puntos del planeta, fragmentando efectivamente el internet global en múltiples zonas de influencia controladas por potencias regionales. Una tercera visión sugiere que Irán simplemente está utilizando esta retórica como herramienta de negociación en el contexto más amplio del conflicto con Estados Unidos e Israel, y que el objetivo nunca fue implementar cobros reales, sino obtener concesiones en otras áreas. Lo que permanece cierto es que el episodio ha puesto en evidencia una vulnerabilidad estructural del sistema de conectividad global que los actores estatales e internacionales no pueden ignorar indefinidamente.



