En una pequeña nación del sur de África, donde apenas dos décadas atrás la homosexualidad era delito punible con cárcel, dos mujeres decidieron llevar a cabo una acción que pocas se hubieran atrevido: presentarse ante los estrados judiciales para exigir que la ley las reconozca como pareja con derecho a contraer matrimonio. Lo que comenzó como un encuentro casual en un museo hace poco más de un año evolucionó hacia una batalla legal que trasciende sus vidas personales y se proyecta como un posible punto de inflexión para la región. Los oídos de la justicia botsuanesa escucharán argumentos sobre esta cuestión los próximos 14 y 15 de julio, en audiencias que podrían redefinir no solamente el ordenamiento jurídico interno sino también el posicionamiento de Botsuana dentro del continente africano, donde solo una nación ha dado este paso histórico hasta el momento.
Un encuentro entre duda y certeza
Bonolo Selelo y Tsholofelo Kumile se conocieron en circunstancias que podrían parecer sacadas de un guion cinematográfico. Estaban ambas en el museo nacional de Botsuana asistiendo a un evento de celebración del orgullo en Gaborone cuando sus miradas se cruzaron. Selelo, fascinada por Kumile, decidió acercarse. En ese instante, Kumile manifestaba preocupación por una lectura de cartas que estaba por recibirse en el mismo evento. Fue un gesto espontáneo: Selelo le ofreció un abrazo. La predicción resultó ser auspiciosa, pero lo que verdaderamente selló ese primer encuentro fue que ambas decidieron pasar las horas siguientes conversando sin parar. Eso ocurrió el 1 de octubre de 2023. La velocidad con la que sus vidas se entrelazaron fue tan acelerada como inesperada: apenas dos meses después compartían la misma vivienda. Durante las vacaciones de Pascua del año pasado, mientras caminaban juntas en la naturaleza, Selelo propuso matrimonio. Kumile aceptó. Seis meses más tarde, ambas se presentaron ante las autoridades locales con la intención de formalizar su compromiso. Fue allí donde chocaron contra la realidad jurídica de su país. La respuesta fue categórica: la ley no lo permite.
Lo que sucedió después no fue sorpresa, pero sí fue contundente. "Era algo esperado. Aunque dudo que ellos hayan anticipado la reacción que tendríamos," expresó Kumile en una entrevista reciente, dirigiendo una mirada cargada de afecto hacia Selelo. "Ella no se echa atrás." Esa observación encapsula la esencia de lo que vino a continuación: una decisión de litigar contra el Estado, de enfrentar un andamiaje legal construido durante siglos, de exponerse públicamente en un país donde apenas tres años atrás la aceptación social hacia la población LGBTQ+ era limitada pero medible. Hoy, esa aceptación ha retrocedido considerablemente.
Cuando la ley choca con la realidad personal
Selelo no es una ciudadana corriente. Es abogada. Ello le permite comprender con precisión quirúrgica las implicancias legales de lo que está ocurriendo. Sentada en su despacho profesional, donde Kumile también trabaja, explicó sin ambages cuál fue el razonamiento que las llevó a emprender este camino judicial. "Necesitábamos tener una conversación muy franca al respecto," dijo. Su preocupación no era meramente emocional o ideológica. Era profundamente práctica. Selelo reflexionó acerca de qué sucedería si ella falleciera. Como abogada, sabe que existen presiones legales, conflictos sucesorios, disputas familiares que podrían recaer sobre Kumile. "Siento que yo podría resistir mucha presión legal," explicó Selelo. "Pero no querría que ella fuera acosada en mi ausencia. El matrimonio le proporcionaría una protección que ninguna otra institución podría ofrecerle."
Este razonamiento toca un aspecto que frecuentemente pasa desapercibido en los debates sobre matrimonio igualitario: la cuestión de la seguridad jurídica y la vulnerabilidad patrimonial. En sociedades donde los derechos sucesorios, la autoridad parental y el acceso a bienes comunes dependen de marcos matrimoniales, la ausencia de reconocimiento legal del vínculo genera exposición a riesgos concretos. No se trata únicamente de simbolismo o reconocimiento social, aunque ambas cosas sean importantes. Se trata de que una persona quede desprotegida ante la ley en momentos de crisis o transición. Kumile, sin el estatus matrimonial, podría ver cuestionados sus derechos sobre propiedades compartidas, su capacidad para tomar decisiones médicas por su pareja o su posición ante cualquier tipo de reclamo de terceros. Esa brecha legal es la que Selelo buscaba cerrar a través del litigio.
El marco legal en disputa y sus complejidades
La defensa del gobierno de Botsuana se apoya en una interpretación literal de la Ley de Matrimonio vigente. Según el vocero de la Fiscalía General, el ordenamiento es cristalino: "La Ley de Matrimonio estipula que un matrimonio válido es aquel celebrado entre una novia y un novio, o entre un marido y una esposa, lo que denota un vínculo entre un hombre y una mujer en el sentido convencional." En otras palabras, la ley define el matrimonio a partir de la diferencia sexual de los contrayentes. De allí se deduce que dos personas del mismo género no pueden contraerlo. Sin embargo, Selelo y Kumile sostienen que existe otro instrumento legal que relativiza esa interpretación: la Ley de Interpretación. Este cuerpo normativo contiene un artículo que establece que "en cualquier ley, las palabras que importan al sexo masculino incluyen al sexo femenino, y las palabras que importan al sexo femenino incluyen al masculino." El argumento es ingenioso: si la ley de interpretación ordena que los términos de género sean inclusos, entonces los términos "novia," "novio," "marido" y "esposa" deberían poder aplicarse independientemente del sexo de quien los ostente.
Este es precisamente el tipo de batalla hermenéutica que suele librarse en los tribunales superiores. Se trata de examinar cómo una ley debe leerse en relación con otras, cómo se resuelven las contradicciones aparentes, qué principio interpretativo prevalece cuando existen tensiones normativas. Los jueces que escuchen los argumentos en julio deberán decidir si una lectura restrictiva de la Ley de Matrimonio prevalece sobre una lectura expansiva de la Ley de Interpretación, o si existe alguna forma de armonizar ambas. Cabe destacar que Botsuana despenalizó las relaciones entre personas del mismo sexo en 2019, cuando su corte superior determinó que una prohibición heredada del período colonial británico era inconstitucional. Esa sentencia fue confirmada en apelación en 2021. Es decir, ya existe un precedente jurisprudencial que reconoce que ciertos marcos legales antiguos chocan con principios constitucionales modernos. La pregunta que ahora se plantea es si ese mismo razonamiento puede extenderse hacia el derecho matrimonial.
El contexto regional y los precedentes continentales
Botsuana no sería pionera si ganara este caso, pero sería la segunda nación africana en legalizar el matrimonio entre personas del mismo sexo. Sudáfrica lo hizo en 2006, convirtiéndose en la primera y, durante casi dos décadas, la única jurisdicción africana en hacerlo. La región del sur de África y los estados insulares del continente suelen ser más permisivos que otras zonas africanas, aunque el panorama general sigue siendo restrictivo. De las 54 naciones africanas reconocidas internacionalmente, 32 aún criminalizan las relaciones sexuales consensuales entre personas del mismo sexo. Simultáneamente, desde 2012, seis naciones han avanzado en la dirección opuesta: Lesoto, Mozambique, Seychelles, Angola, Mauricio y Namibia han legalizado las relaciones entre personas del mismo sexo. Sin embargo, existe una contracorriente preocupante. Uganda endurecció sus leyes en 2023 aumentando las penas de cárcel por conductas homosexuales, y Senegal hizo algo similar este año, ambas naciones también criminalizando la denominada "promoción" de la homosexualidad. Este endurecimiento refleja un fenómeno global complejo donde, incluso en tiempos de mayor visibilidad y reivindicación de derechos LGBTQ+ en occidente, existen regiones que avanzan en sentido inverso.
La erosión de la aceptación social y la movilización de oposición
Un dato inquietante emerge de las encuestas. En 2021, un sondeo realizado por Afrobarometer, una institución panafricana especializada en investigación, mostró que en Botsuana, aproximadamente la mitad de la población declaró que no le importaría o que estaría cómoda teniendo vecinos homosexuales. Esta cifra ubicaba a Botsuana en el quinto lugar más abierto de 34 países encuestados. Sin embargo, tres años después, ese porcentaje descendió a 41%. La tendencia es negativa. La sociedad se ha vuelto menos tolerante, no más, a pesar de que la despenalización ocurrió hace cinco años. Esta regresión sugiere que la aceptación legal no necesariamente genera cambios en las actitudes sociales profundas, o que ciertos sectores han intensificado sus campañas de oposición con éxito relativo.
La oposición no es marginal. Existen organizaciones estructuradas que se dedican activamente a defender lo que denominan "valores tradicionales." La Asociación Dingwetsi, un grupo de mujeres tradicionales, fue fundada en 2015 por Grace Silver a raíz de su preocupación por los índices de divorcio y rupturas familiares. Hoy cuenta con aproximadamente 2.000 miembros que pagan una cuota mensual. Sus integrantes utilizan prendas tradicionales, incluyendo velos y mantas de tartán azul, blanco y negro que históricamente significaban que una mujer estaba casada. Varios de estos miembros se presentaron vistiendo estas ropas tradicionales a una audiencia en marzo referida al caso de Selelo y Kumile. "Esto es nuestra cultura. Necesitamos protegerla," argumentó Silver. Acompañando a la Asociación Dingwetsi en su oposición está Moshe Morebodi, de la Casa de Oración y Transformación de Botsuana, quien manifestó en términos crudos: "Los derechos de las personas homosexuales son un subconjunto de una secta satánica." Esta retórica refleja una perspectiva religiosa fundamentalista que existe en segmentos de la población botsuanesa. Aproximadamente 80% de Botsuana es cristiana, según la Base de Datos de Religión Mundial. Esa mayoría religiosa no es monolítica, sin embargo.
Las voces desde adentro de la fe y la experiencia de vulnerabilidad
Tshepo Ricki Kgositau representa una perspectiva diferente desde el interior de la comunidad cristiana. Dirige la Fundación Ricki Kgositau, dedicada a apoyar a personas transgénero en Botsuana, y forma parte de un equipo de tareas LGBTQ+ dentro de la Iglesia Metodista del Sur de África. "Ha sido realmente decepcionante ver la interpretación muy conservadora y estrecha de algunos miembros de la comunidad de fe," expresó Kgositau. Su crítica apunta a que quienes predican el amor divino deberían ser más inclusivos. "Si no conoces el amor, no puedes afirmar que conoces a Dios," señaló. La propia historia de Kgositau ilustra las consecuencias concretas de la falta de reconocimiento legal. En 2017, se casó con su pareja en Sudáfrica. Su esposo debería haber venido a Botsuana para celebrar una ceremonia matrimonial tradicional, pero fue impedido de ingresar al país debido a que Kgositau no había completado aún el proceso legal de cambio de género, que requiere una resolución judicial. Además de la humillación de la restricción migratoria, la pareja perdió el dinero que había invertido en la planificación de las celebraciones. "Fue absolutamente devastador," recordó Kgositau. Su experiencia no es aislada ni abstracta: es la manifestación concreta de cómo las leyes que no reconocen diversas formas de identidad y relación generan daño material y emocional a personas reales.
Simultaneamente, existe una campaña de visibilización positiva llamada "Lorato Ke Lorato" (El Amor Es Amor), impulsada por Legabibo, una organización de defensa de derechos LGBTQ+. Matlhongonolo Samsam, quien lidera la iniciativa, explicó su objetivo de manera directa: "Queremos mostrarnos a nosotros mismos como ciudadanos ordinarios. No estamos pidiendo derechos especiales." La campaña representa un contrapeso a la narrativa de amenaza cultural que esgrime la oposición, buscando normalizar la existencia de personas LGBTQ+ como simplemente parte del tejido social. Para personas como Brandon Tereki y su pareja Tashatha, el caso judicial abierto por Selelo y Kumile representa esperanza concreta. Se conocieron por Facebook hace dos años, y su primer encuentro presencial en un bar popular de Gaborone fue la primera vez que Tereki besaba a otro hombre en público. "Él me ha hecho abrirme más de lo que nunca imaginé," dijo Tereki. "Realmente quiero casarme." Esa aspiración simple, que en muchas partes del mundo es incuestionable, en Botsuana depende del resultado de un litigio en curso.
Lo que ocurra en los estrados judiciales a mediados de julio tendrá repercusiones que trascienden el caso específico. Si los jueces fallan a favor de Selelo y Kumile, Botsuana se consolidaría como una referencia regional en materia de derechos LGBTQ+ y daría un mensaje respecto a la importancia de adaptar marcos legales antiguos a realidades sociales contempor



