Apenas dos horas después de asumir el cargo en el número 10 de Downing Street el lunes pasado, el nuevo primer ministro de Reino Unido se encontró en una posición inesperada: su primera conversación telefónica fue con el presidente estadounidense, pero el tema que dominó el diálogo fue mucho más complicado que charlas amistosas sobre torneos de fútbol. A través de esa línea directa se discutió el futuro de una de las arterias más críticas del comercio global, el estrecho de Ormuz, donde desde hace casi cinco meses se despliega una ofensiva aérea sin precedentes que ha transformado lo que comenzó como un intento de cambio de régimen en una batalla por el control de una ruta de navegación que transportaba una quinta parte del petróleo mundial antes de que esta crisis escalara. Lo que sucede en esas aguas no es un asunto regional sino una recalibración de los equilibrios mundiales con consecuencias que apenas comienzan a manifestarse.
El panorama que enfrentan tomadores de decisión en capitales occidentales es radicalmente distinto al que existía hace cinco meses. Once noches consecutivas de bombardeos estadounidenses han golpeado almacenes de aeronaves y depósitos de sistemas no tripulados diseminados en territorio iraní. Cada ataque ha generado una contrarrespuesta que, según denuncias de estados del Golfo, ha incluido golpes deliberados contra plantas desalinizadoras cuya destrucción amenazaría la supervivencia de poblaciones enteras en una región donde el agua dulce es más escasa que el petróleo. Mientras tanto, embarcaciones cargadas con combustible, gas natural y fertilizantes permanecen detenidas, sus propietarios paralizados por la incertidumbre. Cada bando acusa al otro de intentar cerrar herméticamente esta vía de tránsito, transformándola en un arma de chantaje geopolítico. Lo que comenzó bajo el nombre en código "Operación Furia Épica" con objetivos que parecían claros —la destitución de un gobierno y la restructuración del poder en Teherán— ha mutado en una contienda por quién controlará los flujos de energía que nutren la economía global.
El cálculo que no salió como se esperaba
Existía una premisa que sustentaba toda esta aventura militar: la creencia de que se trataba de un asunto que podría resolverse de manera rápida, limpia y relativamente económica. Durante la campaña electoral, el mandatario estadounidense prometió a los votantes que no iniciaría guerras. Sin embargo, el 28 de febrero de este año, en asociación con el gobierno israelí, los estadounidenses lanzaron una campaña de bombardeos que resultó asombrosa tanto por su intensidad como por su ruptura evidente con esa promesa electoral. Lo más destacable es que no hubo preparación previa de la sociedad estadounidense para un conflicto de esta envergadura, ni parecería haber existido reflexión alguna sobre lo que sucedería si Irán decidiera, frente a los ataques, hacer uso de su control sobre una de las rutas marítimas más vitales del planeta.
Quienes diseñaron esta estrategia operaban bajo la ilusión de que se replicaría el modelo venezolano: una intervención quirúrgica que generaría un cambio de poder sin mayores complicaciones domésticas ni costos económicos globales. La ambición personal jugó un papel determinante en esta ecuación. Según analistas especializados en estrategia iraní, la visión del presidente era construir un legado histórico como el mandatario estadounidense que finalmente "resolvió el problema de Irán", un logro que imaginaba sería rápido y prácticamente sin costo. Ese cálculo resultó ser catastrófico. El régimen demostró una capacidad de resistencia que fue sistemáticamente subestimada, mientras que protestas internas contra el gobierno no lograron materializar la inestabilidad que el análisis inicial predecía.
Los números ofrecen una perspectiva despiadada sobre dónde ha terminado esta apuesta. El conflicto ha consumido 37.500 millones de dólares en sus primeros meses, una cifra que generó un estallido de ira en los legisladores estadounidenses cuando fue revelada por el secretario de defensa durante una sesión del Senado. Tres soldados estadounidenses fueron asesinados en combate la semana pasada, y casi cien más resultaron heridos en los últimos catorce días. Para dimensionar el desastre político en términos domésticos: después de apenas cinco meses, la aceptación pública del conflicto en Estados Unidos ha caído a niveles que la guerra de Vietnam tardó seis años en alcanzar. El optimismo inicial que describía decapitar al sistema iraní —eliminando a su líder supremo— no ha producido el colapso esperado del aparato estatal.
El embotellamiento que nadie pudo prever (o fingió no prever)
Existe un documento que cuenta una historia de esperanza de corta duración: un memorándum de entendimiento suscripto el 17 de junio entre Washington y Teherán. Era un texto breve, deliberadamente vago, que ofrecía un respiro momentáneo de los bombardeos e iniciaba lo que se suponía era un período de sesenta días para negociar soluciones permanentes. Entre los temas a resolver estaba precisamente el futuro del paso de comercio a través del estrecho. Pero este alto al fuego colapsó casi tan rápido como se había establecido cuando buques cargueros emplearon rutas de navegación cercanas a las costas de Omán en lugar de seguir los corredores que Teherán había designado como autorizados. Lo que vino después fue una decisión táctica reveladora: Trump optó por utilizar la violación del acuerdo no como señal de alerta para preservarlo sino como justificación para terminarlo definitivamente, calificando a los líderes iraníes con epítetos insultantes y declarando públicamente que la tregua había concluido.
El viraje en la narrativa oficial estadounidense resulta instructivo sobre la verdadera naturaleza del conflicto. A mediados de esta semana, el secretario de energía estadounidense comunicó que la misión militar ha experimentado un reajuste de objetivos: ya no se trata de lograr cambio de régimen sino simplemente de asegurar que los buques petroleros puedan circular a través del estrecho. Este objetivo aparentemente modesto esconde una realidad perturbadora: el mismo canal había permanecido abierto sin interrupciones durante décadas, permitiendo que buques de todo el mundo navegaran sin obstáculos previos al 28 de febrero. Ahora, la administración estadounidense presenta el regreso a esa normalidad anterior como un logro, una reconfiguración de expectativas que sugiere cuán profundamente ha cambiado la situación sobre el terreno.
Especialistas en negociaciones internacionales señalan que la administración estadounidense se enfrenta a un dilema sin soluciones limpias. O bien acepta un conflicto prolongado que mantendría el estrecho cerrado indefinidamente, saboteando su propio objetivo declarado, o continúa escalando la intensidad de las operaciones militares con la esperanza de debilitar lo suficiente a Irán como para rendirse. Mientras tanto, Teherán ha señalizado públicamente su ambición de mantener control permanente sobre esa ruta de navegación, e incluso ha sugerido la posibilidad de cobrar peajes a las embarcaciones que la transiten. Este escenario representa una ruptura fundamental con un sistema internacional que durante décadas se sustentó en la libertad de navegación como principio no negociable.
Las consecuencias que se extienden más allá de Oriente Medio
Lo que ocurre en esas aguas turbulentas del golfo Pérsico no es un conflicto aislado sino un evento tectónico que está reorganizando estructuras económicas y políticas a escala global. La inflación generada por los precios crecientes del petróleo está haciendo la vida cotidiana más cara en ciudades y pueblos alrededor del mundo. Gobiernos que enfrentan presiones fiscales, como el recién asumido en Reino Unido, se ven forzados a buscar recursos adicionales para mantener subsidios de energía o programas sociales, limitando su margen de maniobra política. Los costos de endeudamiento están subiendo, golpeando particularmente a naciones menos desarrolladas que dependen de importaciones de combustible.
Europa emerge como particularmente vulnerable ante este escenario. Desde la invasión de Ucrania hace dos años, el continente reorientó sus fuentes de suministro de gas natural lejos de Rusia hacia Oriente Medio, con Qatar como proveedor crucial. Sin embargo, ese mismo país se ha visto obligado a reducir su producción durante el conflicto actual, generando un cuello de botella en la cadena de abastecimiento. Analistas ya advierten sobre la posibilidad de inviernos de escasez que evocarían los apagones de los años setenta, cuando gobiernos debieron racionar energía para mantener servicios básicos. Los cálculos económicos sugieren que si no existe acuerdo negociado antes de 2027, el crecimiento económico global podría contraerse en 1,3 por ciento o más, cifra que se traduce en despidos, reducción de oportunidades laborales y recesión en decenas de países.
Un factor adicional complica el panorama: la total falta de expertise en la administración estadounidense respecto a Irán. La Casa Blanca se ha rodeado de un círculo de leales sin experiencia diplomática previa. Funcionarios que advirtiesen sobre la resilencia del régimen iraní fueron expulsados acusados de deslealtad. Especialistas en historia y estructura del sistema político iraní señalan que quienes modelaron esta estrategia no comprendieron una verdad fundamental: los líderes de Teherán no son empresarios de Nueva York que puedan ser presionados mediante el miedo a perder dinero o negocios. Operan bajo lógicas diferentes, forjadas en revoluciones, ocupaciones extranjeras y resistencias que se extienden décadas atrás.
La manera en que se ha intentado resolver esta crisis también ha generado propuestas que desafían abiertamente marcos legales internacionales. En algún momento, la administración estadounidense sugirió que Washington podría cobrar peajes a los buques que atravesaran el estrecho en intercambio por protección, una idea que incluso fue cuestionada públicamente por el actual secretario de estado estadounidense. La imposición de tales tributos violaría principios de libertad de navegación consagrados en tratados internacionales, principios que fueron edificados justamente para evitar que rutas comerciales se convirtieran en sistemas de extorsión entre naciones poderosas y navegantes comerciales vulnerables. El hecho de que tanto Washington como Teherán hayan considerado seriamente esta opción revela cuán profundamente ha erosionado este conflicto el respeto por marcos legales globales.
Un precedente con implicaciones impredecibles
Si el modelo de Irán utilizando el control de una vía marítima como herramienta de negociación se consolida, otros actores geopolíticos podrían buscar replicar la estrategia. Naciones costeras que se sienten amenazadas, al observar cómo Irán ha logrado transformar su ubicación geográfica en un instrumento de poder equivalente a armamentos convencionales, podrían intentar militarizar otras rutas críticas de comercio marítimo. El Estrecho de Malaca, entre Malasia e Indonesia, por el cual transita aproximadamente una tercera parte del comercio marítimo mundial, podría convertirse en objeto de competencia similar. El Canal de Suez, vital para el comercio entre Europa y Asia, ya ha experimentado perturbaciones. Los Estrechos de Taiwán concentran flujos comerciales de magnitud descomunal. Un mundo donde el control de pasos estrechos se convierte en moneda de cambio geopolítico es fundamentalmente distinto del que existía hace seis meses.
Las próximas semanas y meses determinarán si esta crisis evolucionará hacia un acuerdo negociado o hacia una escalada que arrastre a potencias regionales adicionales. Los Houthis, grupo armado en Yemen aliado a Irán, ya han amenazado con embargo marítimo contra Arabia Saudita. Israel, que fue socio en el lanzamiento de esta ofensiva, enfrenta ahora presiones internas crecientes. Incluso los intereses comerciales privados del principal promotor de esta estrategia podrían verse afectados: su organización empresarial está desarrollando un rascacielos en Dubái, proyecto que no podría estar insulated ante un conflicto regional que afecte a toda la zona. Lo que suceda en los próximos meses en esas aguas turbias del Golfo Pérsico no es un asunto de política regional sino una determinación sobre qué tipo de orden internacional emergerá de este enfrentamiento, con consecuencias que alcanzarán desde gasolineras en pueblos olvidados hasta estrategias de inversión de fondos de pensión en capitales financieras globales.


