Una operación de espionaje de dimensiones extraordinarias salió a la luz en las últimas semanas, exponiendo uno de los movimientos diplomáticos más audaces jamás intentados en Oriente Medio: Israel buscó deliberadamente convertir a Mahmoud Ahmadinejad, expresidente iraní conocido por su retórica virulentamente antisionista, en cabeza visible de un futuro régimen post-islámico en Teherán. Lo que distingue esta iniciativa no es solo su magnitud, sino las complejidades que encierra y las interrogantes que abre sobre los cálculos geopolíticos en una región donde las alianzas se redefinen constantemente y donde el enemigo de hoy podría ser el instrumento del mañana.

El relato de esta operación, confirmado por fuentes de inteligencia y medios internacionales de primer nivel, traza un arco temporal que se extiende desde 2022 hasta los eventos más recientes. Durante este período, agentes de los servicios de seguridad israelíes mantuvieron contactos sistemáticos con Ahmadinejad, proporcionándole apoyo financiero para vivienda y desplazamientos, y coordinando encuentros en diferentes locaciones, particularmente en Hungría, país gobernado entonces por un primer ministro de orientación ultraderechista y con vínculos estrechos con Israel. Estos movimientos ocurrieron simultáneamente con la campaña militar israelí en Gaza contra Hamas, aliado estratégico de Irán, lo cual subraya la prioridad que adquirió esta iniciativa en los cálculos de los responsables de seguridad nacional hebreos.

El punto de quiebre: un expresidente distanciado del régimen

Para comprender por qué los tomadores de decisiones en Tel Aviv persiguieron este objetivo aparentemente contraproducente, es necesario contextualizar la trayectoria política y personal de Ahmadinejad en los últimos años. Durante su presidencia, que se extendió entre 2005 y 2013, fue responsable de intensificar significativamente las tensiones entre Irán y Occidente respecto al programa nuclear iraní. Su posición pública incluía la negación del Holocausto y declaraciones sobre la desaparición de Israel del mapa geopolítico, posiciones que lo convirtieron en una de las figuras más confrontacionales del establishment iraní contemporáneo. Sin embargo, después de abandonar la presidencia, su relación con el régimen teocrático comenzó a deteriorarse progresivamente, un fenómeno que no pasó desapercibido para los analistas de inteligencia israelíes.

Los factores que alimentaron este distanciamiento fueron múltiples y acumulativos. Ahmadinejad fue rechazado en tres ocasiones sucesivas cuando intentó postularse nuevamente para la presidencia, trabas impuestas por el Consejo de Guardianes, el órgano veto encargado de validar candidaturas. Paralelamente, su disconformidad con las represiones brutales que el régimen ejerció contra movimientos de protesta fue haciéndose más evidente, un giro particularmente significativo considerando que él mismo había estado en el epicentro de una de las crackdowns más notables: la sofocación del "movimiento verde" que surgió tras las elecciones presidenciales de 2009, comicios cuya legitimidad fue ampliamente cuestionada. Además, Ahmadinejad llegó a la conclusión de que las sanciones internacionales impuestas por las actividades nucleares iraníes representaban una carga insostenible para la economía nacional, más que un activo estratégico. Este cálculo pragmático lo alejó aún más de los círculos de poder que controlaba el supremo líder Ali Khamenei.

La transformación visible: imagen y discurso moderados

Paralelamente a este distanciamiento político, Ahmadinejad experimentó una transformación personal y comunicacional visible. Se sometió a un cambio de imagen deliberado que incluyó la depilación de su característica barba desaliñada, el abandono de su icónica chaqueta blanca de firma, y evidencia de procedimientos estéticos que le permitieron renovar su apariencia física. Más significativamente, invirtió esfuerzos en mejorar su dominio del idioma inglés, una herramienta crucial para proyectar una imagen moderada en la arena internacional. Durante un evento académico en Budapest en 2025, pronunció un discurso íntegramente en inglés, apenas dos meses después de que el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu visitara la misma universidad para dirigirse a una audiencia similar. Esta secuencia de eventos no fue coincidencia: Israel había identificado ese espacio y esa audiencia como contexto propicio para sus objetivos. Ahmadinejad fue invitado a participar en una conferencia sobre cambio climático en la Universidad Ludovika, una plataforma que los servicios de inteligencia israelíes aprovecharon estratégicamente.

El nivel de compromiso que Israel invirtió en esta operación quedó reflejado en la participación directa de David Barnea, quien se desempeñaba como director de Mossad, el servicio de inteligencia exterior israelí. Barnea viajó personalmente a Hungría para reunirse con Ahmadinejad, en un gesto que subraya la relevancia que esta iniciativa había adquirido en los más altos escalones de la seguridad nacional israelí. Particularmente notable fue el hecho de que Barnea canceló su asistencia a una consulta de seguridad programada con Netanyahu, encuentro destinado a discutir la evolución de la contienda contra Hamas en Gaza en momentos en que la intensidad del conflicto se encontraba en su apogeo. Esta priorización de la reunión con Ahmadinejad por sobre consultas estratégicas relativas a la guerra en curso ilustra cuán central era este objetivo para los formuladores de política exterior y de seguridad hebreos. Tras el encuentro, los servicios de inteligencia israelíes informaron a la CIA, su contraparte estadounidense, sobre los contactos mantenidos con el expresidente iraní.

Los historiadores de la inteligencia internacional señalan que operaciones de esta índole no son enteramente novedosas, pero su escala y los recursos desplegados las ubican en una categoría singular. El movimiento inicial de Ahmadinejad que capturó la atención de los analistas israelíes ocurrió cuando viajó a Guatemala en 2023, una nación que mantiene relaciones diplomáticas cercanas con Israel. Desde ese momento, agentes del Mossad iniciaron una serie de encuentros coordinados, proporcionando apoyo logístico y financiero, todo bajo la supervisión de un gobierno húngaro liderado por Viktor Orbán, figura política de orientación ultranacionalista que mantenía lazos significativos tanto con Israel como con la administración estadounidense de entonces. Esta red de contactos y apoyo operaba bajo la denominación operativa "Operación Puss in Boots", según revelaciones posteriores.

Disensiones internas y órdenes contradictorias en el establishment israelí

No obstante, la iniciativa no gozó de consenso unánime dentro de los círculos de seguridad y defensa israelíes. Tzachi Hanegbi, quien fungía como asesor de seguridad nacional, descartó públicamente los planes como fantasías desvinculadas de la realidad operativa. El jefe de Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa Israelíes, Eyal Zamir, fue más allá: ordenó la suspensión de la operación tres días antes de su lanzamiento programado. Sin embargo, Netanyahu anuló estas objeciones internas y ordenó que procediera con la iniciativa, ejerciendo su autoridad ejecutiva para imponer su visión estratégica por sobre las reservas expresadas por otros sectores del establishment de seguridad. Este tipo de conflictos intra-institucionales revela dinámicas de poder y divergencias sobre los métodos y objetivos que caracterizan a los gobiernos enfrentados a dilemas de seguridad compleja.

A medida que avanzaba el año 2025, las tensiones internas escalaron. Oficiales iraníes informaron que Ahmadinejad había eludido su detalle de seguridad no una sino dos ocasiones durante una visita a Budapest, desapariciones que causaron alarma entre sus vigilantes. Cuando fue interrogado sobre estas ausencias, surgieron indicios de que su involucramiento con agentes israelíes era conocido o al menos sospechado. El supremo líder Khamenei, según fuentes del establishment iraní, se mostró particularmente preocupado por el viaje de Ahmadinejad a Guatemala, visto como señal de una alineación creciente con actores externos hostiles al régimen teocrático. Los especialistas en asuntos iraníes señalaban que la disconformidad de Ahmadinejad con la dirección del régimen era un conocimiento compartido entre los círculos de poder de Teherán, aunque el alcance exacto de sus contactos extranjeros permanecía bajo escrutinio.

El desenlace: rescate frustrado y custodia incierta

Los eventos tomaron un giro dramático a finales de febrero, cuando Estados Unidos e Israel llevaron a cabo una campaña de ataques militares contra objetivos iraníes. Estos bombardeos resultaron en la muerte de varias figuras de alto rango del establishment iraní, incluyendo al propio Khamenei, lo que marcó un punto de inflexión sin precedentes en la confrontación entre los actores regionales. En este contexto de caos e incertidumbre, agentes del Mossad aproximadamente cuatro en número extrajeron a Ahmadinejad de su residencia en Teherán y lo trasladaron a una casa de seguridad, un movimiento que aparentemente fue ejecutado como medida defensiva para protegerlo de represalias potenciales del régimen post-Khamenei. Sin embargo, la operación generó reacciones inesperadas. Ahmadinejad expresó su descontento con lo que describió como una misión de rescate "frenética", reflejando su creciente desilusión respecto a los planes que supuestamente se tejían en torno a su futuro político.

Semanas después de estos eventos, Ahmadinejad reaparició públicamente en los funerales de Khamenei, su primer acto público documentado en varios meses. Sin embargo, su permanencia en la casa de seguridad israelí resultó breve e inexplicable. Bajo circunstancias que permanecen envueltas en misterio, abandonó el lugar de forma inesperada. Las fuentes del régimen iraní posteriores indicaron que había sido tomado bajo custodia por la rama de inteligencia de los Guardianes de la Revolución Islámica, la estructura de poder militar más poderosa del Estado iraní. Este giro de los acontecimientos dejó sin respuesta múltiples interrogantes: ¿Cómo logró evadir a sus custodios israelíes? ¿Fue una deserción voluntaria o una extracción forzada orquestada por actores iraníes? ¿Qué implicaciones tiene su paradero actual para sus posibilidades políticas futuras?

Los analistas especializados en política iraní han expresado perplejidad ante ciertos aspectos de este relato. Alex Vatanka, quien dirige el programa sobre Irán en un centro de estudios estadounidense dedicado a Oriente Medio, señaló la rareza intrínseca de la situación: ¿Por qué los servicios de inteligencia israelíes permitirían que alguien en quien habían invertido recursos tan significativos escapara de su control después de haberlo extraído del territorio iraní? Planteó la posibilidad alternativa de que la divulgación de estos detalles responda a objetivos de distinto orden: la creación de fricción y desconfianza dentro de las estructuras de poder post-Khamenei, una táctica que presenta sus propias ventajas desde la perspectiva de los adversarios del régimen, independientemente de si la operación de reclutamiento logró sus objetivos originales.

Implicaciones y perspectivas en disputa

La historia del esfuerzo por convertir a Ahmadinejad en instrumento de cambio político en Irán encapsula dilemas fundamentales de la política internacional contemporánea. Refleja cómo los actores estatales buscan redefinir identidades políticas y realinear fuerzas en contextos donde las estructuras de poder se encuentran en transición. El hecho de que Israel persiguiera deliberadamente a una figura que durante años había sido símbolo de la confrontación antisionista demuestra la disposición de los gobiernos a trascender las categorías históricas de enemistad cuando los cálculos estratégicos así lo sugieren. También pone en evidencia las complejidades inherentes a las operaciones de inteligencia de largo plazo, donde los objetivos originales pueden desvanecerse en el terreno, donde los aliados potenciales pueden perder su utilidad, y donde las narrativas mismas se convierten en armas políticas. La suerte final de Ahmadinejad, su posición dentro de una estructura de poder iraní severamente debilitada, y la viabilidad de cualquier proyecto político que lo incluya como figura central, seguirán siendo objeto de especulación y análisis en los meses y años venideros, mientras la región continúa redefiniéndose en el contexto de transformaciones geopolíticas de alcance histórico.