Durante más de tres cuartos de siglo, Europa pudo dormir relativamente tranquila bajo un paraguas de seguridad proporcionado por Washington. La presencia de más de 40 bases militares estadounidenses y 85.000 soldados desplegados en territorio europeo y británico funcionaba como garantía tácita de que cualquier amenaza externa sería enfrentada con poder de fuego estadounidense. Pero en las últimas semanas, esa certidumbre se ha evaporado. La incertidumbre sobre si Estados Unidos mantendrá sus compromisos defensivos ha obligado a los gobiernos europeos a buscar desesperadamente alternativas, y en esa búsqueda han desempolvado un artículo de sus propios tratados que casi ningún funcionario recordaba: el artículo 42.7 de la Unión Europea. Este mecanismo de defensa mutua, prácticamente desconocido para la opinión pública y envuelto en ambigüedades legales, podría convertirse en el pilar sobre el que Europa construya su seguridad en un futuro muy próximo. Lo que suceda en los próximos meses determinará no sólo cómo se defiende el continente, sino también qué significa realmente ser una potencia autónoma en materia de seguridad.

La grieta en el escudo atlantista

El artículo 5 de la OTAN es conocido incluso por quienes nunca se interesaron en cuestiones militares. Ese "uno para todos, todos para uno" de la alianza transatlántica estipula que un ataque armado contra un miembro debe considerarse un ataque contra toda la organización, obligando a los demás a acudir en defensa del atacado, incluyendo el uso de la fuerza armada. En contraste, muy pocas personas fuera de círculos especializados había oído hablar del artículo 42.7 de la UE, que prescribe que si un Estado miembro sufre un ataque armado, los otros "deberán proporcionarle ayuda y asistencia por todos los medios de que dispongan". La razón por la cual este artículo permaneció en el olvido durante décadas es simple: no había motivo para que los europeos lo consultaran. La seguridad parecía asegurada. Sin embargo, en los últimos meses, una sucesión de eventos ha puesto en cuestión esa suposición fundamental.

A principios de este año, cuando se sugirió públicamente la posibilidad de una invasión estadounidense a Groenlandia, Dinamarca —miembro de la OTAN— tomó la amenaza con tal seriedad que comenzó a prepararse para una posible guerra, enviando explosivos y bolsas de sangre a su territorio mayormente autónomo. Apenas dos meses después, Estados Unidos atacó Irán sin consultar previamente con sus aliados europeos, para luego exigirles que se unieran en las operaciones. Cuando los países europeos rechazaron participar en el reapertura del estrecho de Ormuz, fueron tachados de cobardes desde Washington. Paralelamente, el presidente estadounidense ha calificado a la OTAN como un "tigre de papel" y ha manifestado que está "absolutamente" considerando retirarse de la alianza. Cuando líderes europeos cuestionaron el uso de bases estadounidenses en sus territorios para operaciones de bombardeo en Irán, el secretario de Estado estadounidense puso en duda la utilidad de mantener esas instalaciones. La acumulación de estos eventos ha cristalizado una realidad que antes era impensable: el paraguas defensivo que ha cobijado al continente durante casi 80 años presenta grietas profundas y podría desaparecer por completo.

La pregunta que mantiene despierto al este europeo

Donald Tusk, primer ministro de Polonia —acaso el aliado más incondicional de Estados Unidos en Europa—, expresó recientemente su preocupación más profunda. En una conversación con autoridades, planteó que la interrogante más importante para el bloque europeo era si Estados Unidos seguiría siendo "leal" a sus compromisos en la OTAN en el caso de un ataque ruso. Esta pregunta, formulada por alguien que históricamente ha sido atlantista de pura cepa, refleja un cambio sísmico en la percepción de la seguridad europea. Si ni siquiera los polacos, ubicados en primera línea frente a las amenazas del este, confían en el escudo estadounidense, entonces algo fundamental ha cambiado en el orden internacional.

Fue precisamente esa incertidumbre la que llevó a los líderes europeos a prestar atención al artículo 42.7. A primera vista, este mecanismo de defensa mutua de la UE ofrece incluso garantías más fuertes que las de la OTAN, puesto que obliga a los Estados a ayudarse "por todos los medios de que dispongan", mientras que la alianza atlántica solo exige que los miembros hagan lo que consideran "necesario". Sin embargo, existe un problema de envergadura: nadie sabe realmente cómo funcionaría en la práctica. Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, expresó con notable franqueza que "el tratado es muy claro respecto de qué debe hacerse, pero no es claro sobre cuándo debe hacerse y quién debe hacerlo". En la cumbre de la UE celebrada en Chipre la semana pasada, los líderes acordaron que la Comisión "prepararía un documento orientador" para definir cómo respondería el bloque si se activa esta cláusula. António Costa, presidente del Consejo Europeo, reveló que se está redactando un "manual" operativo. La situación es casi cómica si no fuera trágica: Europa descubre que posee un mecanismo de defensa colectiva, pero carece completamente de instrucciones sobre cómo utilizarlo.

Chipre y el incidente que forzó la acción

El impulso para operacionalizar el artículo 42.7 provino de un evento específico que expuso la fragilidad del sistema de seguridad europeo. Chipre, uno de los pocos miembros de la UE que no pertenecen a la OTAN, fue objeto de ataques con drones que aparentemente habían sido lanzados desde Líbano, posiblemente por Hezbolá. Uno de estos dispositivos impactó en la base de la RAF Akrotiri, controlada por el Reino Unido. El incidente fue suficientemente serio como para demostrar que las amenazas modernas no respetan las líneas de las alianzas tradicionales y que la UE se encuentra completamente desprovista de mecanismos consolidados para responder a ellas.

Nikos Christodoulides, presidente de Chipre, argumentó que su país necesitaba asistencia bilateral inmediata y no podía confiar exclusivamente en la invocación de una cláusula ampliamente reconocida como mal definida. Sin embargo, otros Estados europeos respondieron con rapidez: Grecia, Francia, Italia, España y los Países Bajos movilizaron activos militares, incluyendo cazas a reacción. A pesar de esta respuesta coordinada, Christodoulides señaló que el incidente demostraba que la UE estaba lejos de ser "un garante creíble de seguridad", especialmente ante la perspectiva de un ataque a mayor escala. Argumentó con contundencia que el artículo 42.7 necesitaba transformarse con urgencia en una herramienta operacional práctica, no meramente nominal. El incidente chipriota funcionó como catalizador: obligó a Europa a confrontar la realidad de que no podía seguir confiando en mecanismos de defensa apenas esbozados en papel.

Francia como precedente imperfecto

Existe un único antecedente de activación formal del artículo 42.7: Francia, después de los ataques terroristas de 2015. En esa ocasión, varios Estados miembros incrementaron sus tropas en misiones de la UE y Naciones Unidas, permitiendo que Francia retirara sus propios soldados para concentrarlos en la lucha antiterrorista. Otros países proporcionaron inteligencia y apoyo policial. Fue un ejercicio de solidaridad, pero también reveló las limitaciones del mecanismo: funcionó para una crisis de seguridad interna, pero ¿qué sucedería si el escenario fuera un ataque militar convencional de un Estado contra otro?

Emmanuel Macron, presidente de Francia, ha sido particularmente elocuente respecto de este asunto. En declaraciones realizadas recientemente en Atenas, coincidió con su homólogo chipriota en que el artículo 42.7 debe dejar de ser "meramente palabras" ahora que existe "duda sobre el artículo 5 de la OTAN —duda puesta sobre la mesa no por los europeos, sino por el presidente estadounidense". Macron reconoce implícitamente que Francia, como potencia nuclear con capacidad militar considerable, debe estar preparada para actuar como ancla de la defensa europea. Kyriakos Mitsotakis, primer ministro de Grecia, fue aún más explícito: la UE "nunca realmente conversó" sobre su cláusula de defensa mutua "porque creíamos que la OTAN siempre haría el trabajo. Pero ahora necesitamos tomar este artículo mucho más en serio".

Los ejercicios de defensa que vienen

La respuesta de Bruselas ha sido establecer un proceso de planificación. Tres escenarios hipotéticos serán "simulados en juego de guerra" por embajadores y luego por ministros de defensa: un ataque contra un país de la UE que no está en la OTAN, un ataque contra un país que pertenece a ambas organizaciones, y un ataque híbrido que no estaría cubierto por la OTAN. Este ejercicio de simulación responde a la necesidad imperiosa de determinar quién decide qué, cuándo, y cómo. Kaja Kallas, jefa de política exterior y de seguridad de la UE, planteó que los artículos 42.7 y 5 son "complementarios", siendo que el primero cubre múltiples formas de asistencia —económica, médica— mientras que solo el segundo menciona explícitamente la fuerza militar. "Hay un pilar europeo muy fuerte en la OTAN", afirmó Kallas, pero agregó que Europa necesita "operacionalizar el artículo 42.7 … mapeando qué es posible; quién hace qué en qué caso; cómo trabajamos todos juntos. Y necesitamos hacerlo rápido".

Las implicancias de estos ejercicios son profundas. No se trata simplemente de redactar un manual. La pregunta subyacente es quién tendría autoridad para tomar decisiones sobre escalada militar, qué prioridades establecería, quién ejercería el mando operacional y cómo se distribuiría el riesgo entre los miembros. En última instancia, la cuestión es: ¿quién convertiría los objetivos políticos en opciones militares? Estos interrogantes han permanecido en el ámbito de lo abstracto durante décadas porque no parecía necesario responderlos. Ahora son urgentes.

El fortalecimiento militar como seguro contra la incertidumbre

Mientras Europa trabaja frenéticamente en la elaboración de mecanismos de defensa colectiva, también está invirtiendo en su capacidad militar. Los miembros europeos de la OTAN aumentaron sus presupuestos de defensa en un 14% el año pasado, el incremento más pronunciado desde 1953, según un informe del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo. Los aumentos más significativos se registraron en Bélgica (59%), España (50%) y Noruega (49%). Alemania, en particular, se ha fijado el ambicioso objetivo de construir el ejército más potente de Europa de aquí a 2039. Estos números reflejan una reorientación radical de las prioridades presupuestarias, especialmente en países que durante las últimas dos décadas habían minimizado su gasto defensivo confiando en el paraguas estadounidense.

No obstante, analistas advierten que la mera adquisición de equipamiento militar no resolverá el problema de seguridad europeo. Como han señalado expertos del Centro de Política Europea, "la verdadera brecha concierne al liderazgo político y militar: quién decidirá sobre escalada, prioridades, mando operacional y distribución de riesgo". El hardware es necesario pero insuficiente. Europa necesita también desarrollar la capacidad de tomar decisiones conjuntas bajo presión, algo que nunca ha necesitado hacer de manera integral. Durante décadas, la OTAN proporcionaba no solo protección militar sino también un marco decisorio claro. Un ataque contra un miembro era un ataque contra todos; la respuesta, en principio, estaba predeterminada. Si esa estructura desaparece o se debilita significativamente, Europa deberá crear sus propios procesos decisorios, lo cual es dramáticamente más complejo en una organización con 27 miembros con intereses nacionales a veces contrapuestos.

El presupuesto de defensa es también un indicador de cambio de mentalidad. Durante la Guerra Fría, la defensa europea estaba supeditada a la OTAN. Después de 1991, con la percepción de que la amenaza había desaparecido, los gastos militares disminuyeron considerablemente. Ahora, el incremento del 14% anual sugiere que Europa finalmente está internalizando la noción de que su seguridad es responsabilidad propia. Sin embargo, la pregunta que permanece abierta es si ese incremento será suficiente y si llegará a tiempo. Además, existe el riesgo de que los gastos defensivos fragmentados, sin una estrategia coordinada, resulten menos eficientes que un esfuerzo verdaderamente unificado.

Las incógnitas que definirán el futuro

Europa enfrenta un momento de encrucijada histórica. Por primera vez desde 1949, la defensa del continente no puede darse por descontada como responsabilidad estadounidense. El descubrimiento tardío del artículo 42.7 simboliza tanto el alivio como el pánico de los gobiernos europeos: al menos existe un mecanismo legal para la defensa mutua, pero nadie sabe cómo hacerlo funcionar. Los próximos meses serán cruciales. Los ejercicios de simulación en Bruselas, los manuales que se redacten, las decisiones sobre comando y control que se adopten, sentarán las bases para una nueva arquitectura de seguridad europea. Lo que suceda determinará si Europa puede convertirse realmente en una potencia defensiva autónoma o si seguirá siendo dependiente de Washington, aunque con menos certez