El escenario político israelí atraviesa un punto de quiebre. Esta semana, el parlamento dio los primeros pasos formales para disolver sus estructuras y convocar a comicios nacionales, marcando potencialmente el fin de una de las administraciones más controvertidas de la historia contemporánea del país. Lo que parecía una coalición de hierro hace apenas meses se desmorona bajo tensiones irreconciliables, dejando abierto un panorama electoral completamente incierto donde la permanencia en el poder del actual primer ministro no está garantizada, aunque tampoco está descartada. Los cambios en la geografía política global, la transformación del respaldo internacional y un giro aún más pronunciado hacia la derecha en la opinión pública doméstica crean las condiciones para una batalla electoral sin precedentes.
Una coalición que nunca debió durar
Desde que asumió por cuarta ocasión consecutiva hace apenas cuatro años, Benjamin Netanyahu gobernó sostenido por una alianza frágil de partidos ultraconservadores y fundamentalistas religiosos. Esta arquitectura política, integrada por dos fuerzas ultranacionalistas y dos de orientación ultraortodoxa, reunía 64 bancas en un Parlamento de 120 miembros. Los analistas especializados en procesos electorales israelíes advierten que nadie anticipaba que esta coalición pudiera mantenerse cohesionada durante tanto tiempo. La cohesión fue siempre ilusoria, construida sobre arenas movedizas.
Una cuestión específica llevaba años minando la estabilidad del gobierno: la exención de servicio militar para la mayoría de varones jóvenes de comunidades ultraortodoxas. Este tema ha provocado colapsos gubernamentales anteriormente y generado fracturas profundas en la sociedad israelí durante décadas. Para los socios de Netanyahu en el gobierno, esta exemción no era un punto de negociación sino una línea roja inamovible. El ejecutivo llegó repetidamente al borde del abismo por esta cuestión, pero cada vez encontraba mecanismos para avanzar. Esta semana, sin embargo, el equilibrio se rompió definitivamente. Los aliados ultraortodoxos anunciaron que ya no confiaban en la voluntad gubernamental de legislar sobre este asunto y exigieron la convocatoria a nuevos comicios. El voto para disolver el parlamento recibió el respaldo de 110 de 120 legisladores, confirmando que el derrumbe es prácticamente irreversible.
Un panorama electoral más complicado de lo que parece
Netanyahu mantiene una ventaja en las encuestas de intención de voto desde hace más de un año, posicionándose consistentemente como el candidato presidencial con mayor preferencia. Sin embargo, la historia electoral israelí ofrece lecciones claras: tener el respaldo más alto no garantiza la capacidad de construir una mayoría gobernante. El sistema de representación proporcional pura que rige en Israel obliga a que cualquier primer ministro conforme coaliciones con múltiples fuerzas políticas. En los últimos treinta años ningún partido ha logrado alcanzar las 61 bancas necesarias para gobernar en solitario. Los cálculos más recientes sugieren que si Netanyahu obtuviera un nuevo mandato, su eventual coalición dispondría apenas de entre 49 y 56 diputados, un margen de gobiernabilidad extraordinariamente estrecho que lo haría rehén de socios políticos demandantes.
Las fuerzas de oposición que se enfrentan al bloque de Netanyahu mantienen una intención de voto agregada que ronda entre 64 y 71 bancas. No obstante, la categoría de "oposición" requiere contextualizarse con cuidado. Estos partidos no son mayoritariamente progresistas. Israel carece de una izquierda electoral significativa. La oposición está dominada por fuerzas que los electores perciben como de derecha moderada, derecha secular o derecha con matices religiosos, todas ellas diferenciadas de Netanyahu principalmente por cuestiones de estilo político y gobernanza interna, no por posiciones radicalmente distintas en materia de política exterior o cuestiones palestinas.
El segundo lugar en las preferencias ha estado sometido a transformaciones vertiginosas. Hace poco más de un año, cuando ocurrieron los sucesos del 7 de octubre de 2023, el espacio lo ocupaba un partido liderado por Benny Gantz, quien había sido ministro senior en gobiernos anteriores. Ese mismo partido ha caído ahora dramáticamente, quedando muy por debajo del umbral de 3.25% de votos necesario para ingresar al Parlamento. Ese lugar ha sido ocupado por una nueva coalición denominada Together (Israel), que reúne al exprimer ministro Naftali Bennett y al histórico dirigente centrista Yair Lapid. Este último presenta un dilema interpretativo peculiar: aunque proviene del centroísmo liberal secular, los votantes israelíes lo perciben como izquierdista fundamentalmente porque fue el último primer ministro en expresar públicamente apoyo a una solución de dos estados en septiembre de 2022. Hoy esa posición ha desaparecido de su discurso. En el acto de lanzamiento de su alianza con Bennett, ambos prometieron salvaguardar cada centímetro del territorio nacional sin hacer concesiones. En varios sondeos, Together (Israel) aparece ligeramente por delante de Netanyahu; en otros, unos pocos escaños atrás.
La fragmentación de la izquierda y el veto árabe
Otros actores políticos fragmentan aún más el tablero. Gadi Eisenkot, ex jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, ha escalado sus intenciones de voto de seis a entre trece y quince bancas en cuestión de meses. Su relevancia radica en que es una persona que perdió a su hijo y a su sobrino en la campaña de Gaza, lo que le otorga un tipo particular de legitimidad en el debate doméstico sobre la guerra. Avigdor Lieberman, nacionalista de derecha secular de larga trayectoria cuestionador de Netanyahu, ronda los diez escaños. Los Demócratas, resultado de una fusión entre dos antiguos partidos de izquierda, congregan aproximadamente diez bancas. Sus plataformas enfatizan políticas de vivienda accesible, protección de sindicatos y servicios públicos, además de mantener una posición favorable a la solución de dos estados y contraria a la ocupación de Cisjordania. Los dos principales partidos árabes israelíes, que en conjunto suman diez bancas, aún deliberan sobre si mantener sus estructuras separadas, fusionarse o crear nuevas configuraciones.
Aquí emerge la paradoja fundamental que define el escenario electoral: aunque las fuerzas opositoras a Netanyahu cuentan con suficientes diputados para formar una mayoría, un acceso al poder les resulta prácticamente imposible. Los líderes de estos partidos han declarado públicamente en forma reiterada que no integrarán gobiernos que incluyan a partidos árabes. Si abandonaran este tabú, dispondría de una mayoría clara. Pero la dinámica política funciona en sentido inverso: cualquier anuncio de inclusión de representantes árabes provocaría una hemorragia de votantes hacia Netanyahu y las fuerzas más a la derecha, erosionando así sus propias posibilidades electorales. Así, el rechazo a la participación árabe se convierte en un mecanismo de autodestrucción para quienes pretenden desplazar a Netanyahu.
Netanyahu sigue en pie, por ahora
El primer ministro cuenta con fortalezas que no deben subestimarse. Mantiene una lealtad electoral sólida: aproximadamente 45% de la población se describe como votante permanente suyo. En la anterior contienda electoral, sus fuerzas aliadas consiguieron el 48.3% del respaldo total. No necesita recuperar amplias capas de votantes; pequeños márgenes pueden resultarle determinantes. Las encuestas indican que entre 17% y 20% de los electores permanecen indecisos, lo cual amplifica la incertidumbre. Entre los votantes de su coalición está expandiéndose una teoría conspirativa según la cual los jefes del ejército y los servicios de inteligencia tenían conocimiento de los planes del 7 de octubre y permitieron que sucedieran para desprestigiar al primer ministro y forzar su caída. La aceptación de esta narrativa entre sus bases va en aumento, y paradójicamente, sus índices de aprobación personal muestran una leve tendencia alcista en las últimas semanas.
El calendario legal impone una campaña de tres meses, siendo finales de agosto la fecha más próxima posible para convocar elecciones, con un límite máximo del 27 de octubre. La caracterización más precisa del momento es que simultáneamente existe una carrera extremadamente cerrada y completamente abierta. Movimientos electorales pequeños pueden ser decisivos. Nadie puede predecir con certeza cuál será la composición del Parlamento saliente ni quién liderará la próxima administración.
¿Qué cambiaría realmente en un escenario post-Netanyahu?
Si el bloque opositor lograra desplazar a Netanyahu del poder, los cambios no serían tan profundos como muchos esperarían. El gobierno resultante estaría dominado por figuras de derecha firme. Los analistas proyectan que se produciría una transformación en el estilo de gestión: probablemente menos populismo, menos retórica divisiva, menos embates contra instituciones civiles autónomas como el poder judicial. Un gobierno alternativo podría intentar restaurar relaciones diplomáticas dañadas y avanzar en el debate sobre el servicio militar para jóvenes ultraortodoxos, cuestión que Netanyahu ha resistido sistemáticamente. Es muy probable que se establezca una comisión investigadora independiente sobre los eventos del 7 de octubre, tema que dominaría la agenda de los primeros meses de gobierno y sobre el cual existe gran demanda ciudadana.
Lo menos probable que cambie, sin embargo, son las políticas respecto a los palestinos. Naftali Bennett, quien tendría un rol central en cualquier nuevo gobierno, proviene de los círculos de colonización en Cisjordania, donde ejerció responsabilidades directivas. Bennett se opone categóricamente a la existencia de un Estado palestino. Un gobierno alternativo podría intentar reducir la intensidad de los conflictos, pero sin hacer concesiones que semejaran negociaciones reales. La estrategia sería, esencialmente, "bajar el volumen" al asunto palestino para evitar presiones internacionales, operación que muchos expertos describirían como maquillaje cosmético más que transformación estructural. Cuando coaliciones similares gobernaron en 2021-2022, las políticas de ocupación y colonización continuaron con la misma lógica subyacente.
Las tensiones fundamentales que caracterizan la relación entre Israel y los pueblos palestinos —ocupación territorial, autogobierno, perspectivas de coexistencia política— permanecerían esencialmente intactas independientemente de quién ocupe la presidencia del Consejo de Ministros. Es difícil imaginar cambios significativos en estos terrenos bajo cualquiera de los escenarios electorales probables. Podría existir un quiebre si una nueva administración enfrentara presiones internacionales simultáneas de múltiples frentes que crearan las condiciones de una "tormenta perfecta" para el cambio. Pero las probabilidades apuntan en dirección opuesta. Lo que sí parece inevitable es que después de estas elecciones, cualquiera sea su resultado, la polarización interna israelí seguirá profundizándose, afectando la capacidad de tomar decisiones estratégicas sobre asuntos que requieren consensos amplios.



