La historia de cómo una expresión artística se arraiga en un territorio tiene tanto que ver con lo que sucede sobre una pasarela improvisada como con aquello que ocurre después, cuando las luces se apagan y los cuerpos siguen vibrando. En Río de Janeiro, el fenómeno de los bailes —esa mezcla de danza, moda y performatividad que coloniza los rincones más populares de la ciudad— no es simplemente un espectáculo que llega desde afuera, sino una práctica que ha echado raíces profundas en el tejido social local, transformando espacios periféricos en escenarios de libertad temporal. Lo que comienza como un evento puntual termina siendo, para quienes participan, una reconfiguración de identidades, pertenencias y formas de estar en el mundo durante esas pocas horas donde aparentemente nada tiene que ser más pequeño de lo que realmente es.
Orígenes en Nueva York, transformación en Río
La ballroom culture, tal como se conoce en círculos especializados, nació entre finales de los años sesenta y comienzos de los setenta en Nueva York. Surgió como respuesta directa de personas negras y latinoamericanas del colectivo LGBTQ+ frente a una realidad concreta: los espacios de competencia de drag tradicionales les cerraban las puertas, les negaban reconocimiento, las marginaban. En lugar de aceptar esa exclusión, crearon sus propias estructuras. Los participantes se organizaron en torno a casas —familias elegidas— que funcionaban simultáneamente como espacios de contención, guía y competencia. Dentro de estas estructuras, los concursos giraban alrededor de categorías que abarcaban desde la danza hasta la expresión de género, pasando por la moda y distintas modalidades de performance. Durante décadas, esta práctica se desarrolló principalmente dentro de comunidades específicas del territorio estadounidense, con sus códigos, reconocimientos y dinámicas propias.
La irradiación hacia Brasil no fue inmediata ni lineal. Recién alrededor de 2015 y 2016, la escena de Río comenzó a organizarse de manera más sistemática, principalmente a través del voguing —ese estilo de baile geométrico y angular que se volvió sinónimo de la cultura ballroom— y mediante intercambios con pioneros de otros estados brasileños. El acontecimiento que marca localmente el punto de partida fue la Conferência das Bruxas, celebrada en mayo de 2016, reconocida como el primer baile formal en el estado de Río de Janeiro. Posteriormente, la Casa de Cazul y la Casa de Kínisi desempeñaron roles fundamentales en la consolidación de esta estructura de casas en la región. A partir de entonces, la escena no fue una copia mecánica del modelo neoyorquino, sino una reinterpretación profunda que incorporó elementos locales: el funk carioca, las estéticas del carnaval, las culturas de las periferias urbanas y las luchas políticas propias de esos territorios.
La lengua de los códigos: nombres, posiciones y pertenencias
Dentro de esta estructura, cada nombre funciona como un código que señala simultáneamente posición, trayectoria y afiliación. Las personas que pertenecen a una casa generalmente adoptan el nombre de esa casa como apellido, creando una genealogía elegida que las vincula a una comunidad. El término 007 identifica a quien participa en el circuito sin estar formalmente afiliado a ninguna estructura de casa. Los títulos internos—Mother, Father, Prince, Princess—designan funciones y responsabilidades dentro de la jerarquía de cada casa. La palabra Legendary se reserva para reconocer a aquellas figuras que han acumulado un registro sostenido de excelencia, influencia y contribución a la escena a lo largo del tiempo. Existe además una complejidad adicional: los circuitos Kiki —más vinculados a lo underground— y los circuitos mainstream tienen sus propias casas y sistemas de reconocimiento. Como resultado, una misma persona puede transitar bajo diferentes nombres y títulos según el espacio en el que se desenvuelva, actualizando su identidad de acuerdo al contexto.
Esta fluidez de identidades no es arbitraria sino estratégica. Refleja cómo la ballroom culture funciona como un espacio donde la experimentación no es un lujo sino una necesidad. Para personas que enfrentan restricciones sociales en otros ámbitos de sus vidas, la capacidad de ocupar múltiples nombres y posiciones representa una forma de autonomía que trasciende lo meramente lúdico. Es una manera de negociar la propia existencia, de crear espacios donde la multiplicidad es permitida e incluso celebrada. Las casas funcionan entonces como estructuras que legitiman esa multiplicidad, que le dan forma, que la transforman en pertenencia.
Geografías particulares: Maré y la expansión periférica
La escena en Río ha crecido notablemente desde sus comienzos. Ha atraído audiencias más amplias, ha ingresado a espacios culturales de mayor visibilidad y se ha expandido hacia distintos sectores de la ciudad. Sin embargo, este crecimiento no ha significado un abandono de los territorios periféricos; al contrario, la periferia permanece como eje gravitacional de la práctica. En Maré, una de las favelas históricamente más conflictivas de Río, la ballroom culture ha echado raíces de manera particularmente significativa. Lua Brainer Kiki, una figura legendaria nacida y criada en la zona, junto con Kill Bill Balenciaga, han trabajado sistemáticamente en la construcción de la escena local a través de iniciativas como Ballroom na Maré, que crea espacios específicamente diseñados para que la cultura ballroom florezca dentro del territorio mismo. Esta estrategia difiere de modelos donde la periferia es meramente consumidora de productos culturales generados en otros lugares: aquí, la periferia es productora.
El evento Noite das Estrelas ejemplifica esta apropiación del espacio urbano. Lo que comenzó como una ocupación artística que se movía por las calles de Maré demostró cómo la ballroom culture puede activar territorios, cambiar ritmos, generar presencias. Desde un camión de sonido, figuras como Preta Queen B Rull de la Kiki House of Mamba Negra cantaban mientras las personas las seguían en procesión. Antes de llegar al destino final, la marcha ya había transformado el ritmo mismo de la calle. Al culminar, dos hileras de personas se apretujaban una contra la otra, gritaban a favor de sus casas, fotografiaban, y convertían el espacio interior de un galpón en una pasarela improvisada. Este tipo de intervención revela cómo la ballroom culture funciona como una herramienta de reapropiación territorial, de presencia reivindicada en espacios que históricamente han sido narrados desde la carencia.
Intersecciones: sostenibilidad, amistad y lo cotidiano
La escena se conecta además con otras iniciativas que comparten preocupaciones similares sobre el cuidado, la creatividad y la resistencia. El proyecto Sustenta Carnaval, ideado por Mariana Pinho como directora artística de Gandaia Arts, ejemplifica estas convergencias. La iniciativa recoge trajes descartados después de las festividades de carnaval y los reintegra en el circuito cultural, evitando que terminen en vertederos. Madah Sodré, responsable de la dirección creativa de la sesión fotográfica, salió a las calles luciendo una de las piezas que acababa de ser reimaginada. En ese instante, un tranvía VLT pasó, y sus pasajeros se giraron para observarla. Esa mirada casual desde el transporte público captura algo esencial: la ballroom culture no permanece confinada en espacios designados, sino que irradia hacia la vida cotidiana de la ciudad.
Las narrativas personales también revelan dimensiones que van más allá de la performance. Antes de Pajuball, Azch 007 Kiki ayudaba a una amiga cercana, Mother Rebecaza de Ra Kiki Colombia, a completar su atuendo. Ambas no se veían desde hacía tres años; Rebecaza había estado viviendo en Colombia. Se habían conocido en un baile, luego descubrieron que eran vecinas y se convirtieron en mejores amigas. Esa noche, Rebecaza vistió el atuendo completo y se llevó el primer premio. Historias como esta señalan cómo los bailes funcionan como plataformas donde encuentros casuales pueden derivar en amistades duraderas que trascienden geografías. La práctica genera continuidades, genealogías, historias que se entrelazan.
Lo que persiste después de la pasarela
Fotografiar el fenómeno ballroom exige decisiones rápidas: vacilar, y el momento desaparece. Pero lo que realmente magnetiza es la energía que fluye entre la pasarela y las personas congregadas alrededor de ella. Los gritos de apoyo hacia las casas, la respuesta de la audiencia, la vibración que aparentemente atraviesa cada cuerpo. Después de asistir a múltiples eventos, esa energía nunca se vuelve ordinaria. Representa una fuerza construida a partir de la presencia y la pertenencia: durante esas pocas horas, aparentemente nadie necesita reducirse a sí mismo para caber en el mundo. La ropa, los movimientos, los nombres, los títulos, todo funciona como un andamiaje que suspende temporalmente las jerarquías externas.
El trabajo futuro apunta más allá de la pasarela, hacia las vidas cotidianas de las casas y las relaciones que hacen posible una performance. Significa seguir regresando, seguir intentando comprender qué permanece cuando los reflectores se apagan y la multitud se dispersa. Significa documentar esos momentos posteriores al evento, cuando figuras como Legendary Runway Vitória Jovem 007, Daniela Raio Klandestina, Legendary Vini Ventania 007 y muchas otras conversan, ríen y se dirigen hacia diferentes direcciones. Significa reconocer que la cultura ballroom en Río no es un evento puntual sino una práctica sostenida que organiza la vida social de comunidades específicas, que genera formas de cuidado mutuo, que territorializa la creatividad en espacios históricamente marginalizados.
Perspectivas sobre el futuro
A medida que la escena continúa expandiéndose en Río, emergen interrogantes sobre su trayectoria futura. La creciente visibilidad en espacios culturales de mayor prestigio y la ampliación de audiencias plantean distintos escenarios posibles. Por un lado, existe el potencial de que una mayor institucionalización permita la sustentabilidad económica de artistas y creadores, facilitando que más personas dediquen tiempo a la práctica y la enseñanza. Por otro, algunos observadores advierten sobre los riesgos de una cooptación que desactive las dimensiones políticas y comunitarias que han caracterizado a la ballroom culture desde sus orígenes como respuesta a exclusiones sistémicas. Entre ambos extremos, existe también la posibilidad de una consolidación que mantenga los rasgos comunitarios mientras se expande la escala de participación. Lo que resulta claro es que la ballroom culture en Río se ha transformado en algo más que una importación cultural: es ahora una práctica enraizada, con genealogías locales, geografías propias y dinámicas que responden a urgencias específicas del contexto carioca.



