El sistema de rotación regional que rige los nombramientos en la cúpula de Naciones Unidas abre una ventana de oportunidad sin precedentes para América Latina. Con el mandato del secretario general actual extendiéndose hasta finales de 2026, la organización se prepara para un proceso de selección que podría marcar un hito histórico: la llegada de una mujer a la conducción de la institución por primera vez en sus casi ochenta años de existencia. Y entre los nombres que resuenan en los pasillos diplomáticos del edificio de cristal y acero neoyorquino, uno ha ganado terreno de manera sorpresiva: el de una profesional costarricense cuya trayectoria combina la experiencia política de alto nivel con una perspectiva única sobre los conflictos globales que divide a la comunidad internacional.

Rebeca Grynspan, actual directora de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), ha emergido como la candidata con mayores posibilidades en los primeros sondeos internos realizados en el Consejo de Seguridad. Su trayectoria profesional la ha posicionado en espacios donde la economía y la política internacional convergen, permitiéndole acumular una red de respaldos que trasciende las divisiones tradicionales entre bloques. Anterior a su rol en UNCTAD, Grynspan se desempeñó como vicepresidenta de Costa Rica, un país que históricamente ha mantenido una posición particular en los asuntos internacionales, caracterizada por su énfasis en la diplomacia y la resolución pacífica de controversias.

Una candidatura que rompe esquemas

La particularidad de Grynspan va más allá de su género o su origen geográfico. Su biografía personal encarna capas de significado que resultan imposibles de ignorar en un contexto donde la legitimidad de las instituciones multilaterales se encuentra constantemente cuestionada. Sus progenitores fueron sobrevivientes que escaparon de la persecución nazi, emigrando desde Polonia hacia Centroamérica en busca de reconstruir sus vidas. Sus abuelos maternos, en cambio, no lograron escapar del Holocausto. Esta herencia familiar no es meramente anecdótica: durante sus intervenciones públicas, Grynspan ha insistido en conectar su historia personal con la imperativa necesidad de poner fin a los conflictos armados. En una alocución ante la Asamblea General, declaró que la paz fue lo que permitió a sus padres, dos refugiados de la Segunda Guerra Mundial, encontrar respeto y dignidad en un pequeño país, subrayando así que los logros y la prosperidad que hoy ella misma encarna son productos directos de la estabilidad internacional.

Este elemento biográfico adquiere relevancia adicional cuando se considera que entre los siete candidatos evaluados en la primera votación secreta del Consejo de Seguridad, Grynspan logró obtener diez votos de apoyo, cuatro de neutralidad y apenas uno de objeción. La magnitud de este consenso relativo es significativa en un órgano históricamente fragmentado por rivalidades geopolíticas. Su única objeción registrada la posiciona de manera mucho más favorable en comparación con su competidor más cercano, Carolyn Rodrigues-Burkett de Guyana, quien acumuló nueve votos favorables pero enfrentó dos objeciones claras, además de cuatro posiciones neutrales. En otro escenario evaluador, durante un debate auspiciado por una importante institución financiera internacional, Rodrigues-Burkett consiguió captar el apoyo del 49 por ciento de los asistentes, mientras que Grynspan se ubicó en segundo lugar con el 14 por ciento, sugiriendo una fragmentación de preferencias que, sin embargo, no necesariamente refleja la realidad del poder decisorio en el Consejo de Seguridad, donde la aritmética política funciona de manera radicalmente distinta.

El dilema de la continuidad y los equilibrios de poder

Analistas diplomáticos consultados sobre la dinámica de la contienda señalan que Grynspan es percibida por ciertos actores occidentales como la candidata de la continuidad, presumiblemente con respaldo tácito del secretario general saliente. Sin embargo, el verdadero nudo gordiano de la disputa radica en identificar quién emitió esa única objeción registrada contra ella. Si la negativa proviene de alguna de las cinco potencias permanentes con derecho a veto —Estados Unidos, Rusia, China, Francia o Reino Unido—, el escenario podría complicarse significativamente en las fases posteriores del proceso. El mecanismo de selección requiere que el Consejo de Seguridad presente una única recomendación consensuada a la Asamblea General, donde los 193 miembros estatales deben respaldarla. Para que una candidatura avance, necesita un mínimo de nueve votos a favor entre los quince miembros del Consejo, y ningún veto de las potencias permanentes. El cronograma estipula que la decisión debe estar concluida antes de finalizar el año calendario, con la posibilidad de celebrar nuevas rondas de consultas en el Consejo para calibrar las posiciones.

La gestión de Grynspan al frente de UNCTAD ha dejado un registro documentado de posiciones que, mientras por un lado refuerzan su credibilidad como analista económica rigurosa, por otro podrían generar roces con actores influyentes en el escenario global. Su organismo ha producido investigaciones exhaustivas y metodológicamente sólidas respecto del impacto económico de la ocupación de territorios palestinos. Un informe de alcance histórico divulgado en febrero de 2026 cuantificó que la economía palestina acumuló pérdidas estimadas en 212.2 mil millones de dólares (en valores constantes del año 2015) durante el período comprendido entre 2000 y 2024. Esta cifra, equivalente a aproximadamente veinte veces el producto interno bruto anual palestino actual, refleja el costo sistemático de políticas de ocupación, restricciones al comercio, cierres territoriales y operaciones militares recurrentes. Adicionalmente, durante noviembre de 2025, Grynspan documentó públicamente que el producto interno bruto per cápita en Gaza había descendido a 161 dólares anuales por persona, una contracción económica que se ubica entre las más severas registradas en la historia moderna.

Otros candidatos de relevancia para la contienda enfrentan obstáculos que, según observadores del proceso, resultan probablemente insalvables. Michelle Bachelet, quien fuera presidenta de Chile y anteriormente encabezara la oficina de derechos humanos de la organización mundial, encuentra resistencia desde sectores influyentes del gobierno estadounidense, que la acusan de haber adoptado posturas demasiado tolerantes respecto de asuntos vinculados a registros de derechos humanos en territorios asiáticos. La proyección internacional del gobierno norteamericano ha mostrado síntomas de distanciamiento respecto de las instituciones multilaterales convencionales, materializado incluso en la propuesta formal de que un directivo del fútbol mundial asumiera el cargo de secretario general, lo cual representa una desviación notable del perfil diplomático habitualmente buscado para esta posición.

Implicancias y derroteros posibles

Si la designación de Grynspan se concretara, se produciría una confluencia de precedentes históricos: sería simultáneamente la primera mujer, la primera persona de origen judío y la primera costarricense en ocupar la máxima responsabilidad ejecutiva de Naciones Unidas. Su adhesión a valores ligados a la paz, forjada en la convicción personal sobre los beneficios del multilateralismo para sociedades vulnerables como la que refugió a sus progenitores, contrasta con un escenario global donde la legitimidad de la institución enfrenta erosión persistente. La organización está experimentando reducción de personal del orden del veinte por ciento, mientras que el rol mediador del secretario general ha sido progresivamente suplantado por actores no institucionales, reduciéndola a una función de conciencia moral frecuentemente ignorada o a un espacio donde los antagonistas ensayan sus posiciones preconcebidas sin intención real de diálogo transformador. El desempeño de Grynspan en este contexto dependerá no únicamente de su capacidad de liderazgo, sino de su habilidad para navegar presiones contradictorias: mantener la legitimidad entre naciones occidentales, Europa y sus aliados, mientras simultáneamente construye puentes con actores que históricamente han manifestado desconfianza respecto de las estructuras internacionales existentes. Su eventual llegada al cargo representaría tanto una esperanza de renovación institucional como un test sobre si la arquitectura de Naciones Unidas posee la flexibilidad necesaria para evolucionar sin colapsar bajo el peso de los conflictos que intenta gestionar.