En poco más de catorce días, una región del centro-este alemán enfrentará unos comicios que podrían reescribir los equilibrios políticos de Alemania desde el término de la Segunda Guerra Mundial. Sajonia-Anhalt, territorio donde conviven casas de entramado de madera típicas, las dramáticas montañas del Harz y el lugar de nacimiento de Martín Lutero, se prepara para una votación que marca un punto de inflexión histórico. Lo que ocurra el 6 de septiembre no afectará solo a ese estado: podría quebrantar un pacto político que ha permanecido inviolable durante casi ocho décadas. Por primera vez en la historia de la República Federal, existe la posibilidad real y medible de que un partido clasificado oficialmente como "extremista de derecha confirmado" por los servicios de inteligencia doméstica obtenga no solo representación legislativa, sino el cargo de jefe de gobierno estatal y una mayoría parlamentaria en solitario. Las consecuencias trascienden las fronteras de esa región alemana y alcanzarían a toda Europa en múltiples dimensiones.

La Alternativa para Alemania (AfD) comanda las intenciones de voto en prácticamente todas las encuestas nacionales desde hace más de un año y medio. En Sajonia-Anhalt, los sondeos la ubican en un rango que podría alcanzar el 42 por ciento de los sufragios. Bajo el sistema de representación proporcional que rige en Alemania, una cifra en el rango bajo a medio de los cuarenta permitiría a esta formación política obtener la mayoría absoluta en la cámara legislativa estatal. Los números son elocuentes, pero lo es aún más el giro radical que esto significaría en la política germánica. Hace apenas una década y media, semejante escenario hubiera resultado inimaginable. Hoy, es no solo posible sino probable. La paradoja inquietante es que este ascenso ocurre precisamente cuando las fuerzas políticas tradicionales desplegaron durante décadas lo que consideraban un escudo inexpugnable contra la extrema derecha: un cordón sanitario conocido como Brandmauer (literalmente, muro cortafuegos).

El cordón sanitario que prometía contener, pero que podría haber alimentado

Durante generaciones, los partidos alemanes operaron bajo una lógica casi sagrada: el aislamiento total de cualquier formación política de extrema derecha. No se trataba de una norma escrita en piedra, sino de un consenso tácito, un acuerdo de facto que definía los límites de lo permitido en la vida democrática germánica. La idea, en esencia, era simple: si se negaba al extremismo cualquier posibilidad de colaboración estructural, cualquier puerta hacia el poder, entonces su expansión sería contenida. En 2018, el entonces principal referente de la Unión Demócrata Cristiana, Friedrich Merz, incluso formalizó este principio mediante una resolución de incompatibilidad partidaria, transformando lo implícito en explícito. La intención era meridiana: evitar que la AfD ganara apoyo electoral, expandiera su influencia y, eventualmente, accediera al gobierno.

Sin embargo, tres décadas después de que la Alemania reunificada enfrentara los primeros síntomas de una radicalización política en sus regiones orientales, la evidencia sugiere que la estrategia del aislamiento produjo resultados diametralmente opuestos a los buscados. Analistas políticos identifican al menos tres mecanismos mediante los cuales el cordón sanitario, lejos de debilitar al extremismo, lo fortaleció. El primero de ellos opera en el terreno de la responsabilidad política: al mantener a la AfD fuera de todo proceso de gobierno, al negarle la oportunidad de participar en decisiones concretas, la formación extremista quedó blindada contra las consecuencias naturales del ejercicio del poder. Mientras que partidos de extrema derecha en otros rincones de Europa —en Italia, Francia, Hungría— vieron cómo la realidad de gobernar los obligaba a hacer concesiones, a negociar, a moderar su discurso ante las fricciones que impone la administración estatal, la AfD permaneció en el reino de lo promisorio, de lo sin restricciones. Podía hacer ofertas electorales cada vez más radicales sin jamás enfrentar la necesidad de implementarlas, de justificar fracasos o de explicar compromisos.

El colapso del centro y la ilusión de las mayorías alternativas

El segundo mecanismo de colapso del cordón sanitario reside en lo que académicos alemanes han denominado el "vaciamiento del centro". Para construir coaliciones que excluyeran al extremismo, la Unión Demócrata Cristiana debió recurrir una y otra vez a alianzas con su histórico rival, el Partido Socialdemócrata de Centro-Izquierda. Lo que comenzó como una solución temporal se convirtió en un patrón permanente. Década tras década, gobiernos de "gran coalición" unieron fuerzas que representaban, teóricamente, posiciones antagónicas. El resultado fue un fenómeno de difusión: los límites ideológicos entre los partidos tradicionales se tornaron cada vez más borrosos. Los votantes, observando cómo fuerzas supuestamente rivales gobernaban juntas, permanentemente negociando compromisos que satisfacían a nadie, comenzaron a percibirlas no como alternativas sino como variantes de un mismo establishment. La narrativa de la AfD —que presenta a los partidos convencionales como un "cartel" de fuerzas idénticas disfrazadas de diversidad— ganó credibilidad precisamente porque la realidad política parecía validarla.

La irrupción de la AfD en el mapa electoral fue especialmente virulenta en el este alemán, donde factores históricos, económicos y sociales crearon un terreno particularmente fértil para el resentimiento político. En este contexto, la rigidez con la que la Unión Demócrata Cristiana mantuvo el cordón sanitario la llevó a construcciones políticas cada vez más artificiosas: alianzas amplias, frágiles y claramente insostenibles que, más que contener el extremismo, parecían alimentar el descontento que lo nutría. Las promesas electorales del 2018 —cuando Merz prometió reducir a la mitad el apoyo a la AfD en el plazo de cuatro años— contrastaban de manera evidente con la realidad de 2024: lejos de dividirse, el apoyo a la formación extremista casi se duplicó.

El tercer mecanismo, quizás el más sutil pero no menos decisivo, vincula el endurecimiento del discurso de las fuerzas tradicionales sobre temas como inmigración y seguridad cultural con el reforzamiento del mensaje de la AfD. En un esfuerzo por recuperar votantes atraídos por el extremismo, los partidos convencionales corrieron hacia la derecha en sus posiciones sobre estos temas. Pero cada vez que lo hacían, validaban implícitamente la agenda de la AfD: si los temas de migración y fronteras eran tan urgentes como la extrema derecha los planteaba, entonces ¿por qué no ir directamente a la fuente? ¿Por qué conformarse con versiones diluidas de lo que la AfD ofrecía sin filtros? El desplazamiento del eje político hacia la derecha no debilitó al extremismo; lo legitimó.

Las consecuencias que trascienden fronteras

Un eventual triunfo de la AfD en Sajonia-Anhalt no sería un asunto puramente doméstico. Aunque Alemania es una república federal donde los dieciséis estados ejercen autoridad constitucional sobre educación, policía, radiodifusión pública y administración civil regional, el impacto federal y europeo de semejante resultado sería profundo. La formación extremista ha anunciado medidas que incluyen una revisión curricular que enfatice los "logros" alemanes por sobre sus crímenes de guerra, la eliminación de fondos para iniciativas anti-racismo, la remoción de banderas del colectivo LGBTQ+ de espacios públicos y la reconfiguración de los mandatos de televisión y radio públicas. Mientras tanto, a nivel de la cámara alta federal (el Bundesrat), un gobierno de AfD en Sajonia-Anhalt otorgaría a la formación extremista escaños para representar ese estado. Aunque esto no le permitiría bloquear legislación unilateralmente, sí le daría capacidad para presentar nuevas iniciativas y disrumpir el consenso que ha caracterizado la vida política germánica desde 1949.

En el escenario europeo, las repercusiones serían aún más amplias. Aunque la AfD ocupa una posición marginal dentro del Parlamento Europeo, encabezando un grupo ultranacionalista que incluye formaciones como Reconquista (Francia) y Hermanos de Italia, su ascenso a mayores cuotas de poder en Alemania debilitaría la posición alemana como motor de la integración europea. Una política alemana cada vez más fragmentada comprometería la capacidad de Berlín para actuar como mediadora y conductora del proyecto europeo en cuestiones cruciales como política ambiental, donde la AfD rechaza la necesidad de acción climática significativa. En temas aún más críticos, como la posición occidental frente a Rusia y la guerra en Ucrania, la hostilidad declarada de la AfD hacia asistencia militar adicional para Kyiv y su interés en "normalizar" relaciones con Moscú trabajaría directamente en favor de los intereses de desunión occidental que el Kremlin persigue. La debilidad de Alemania se traduciría en debilidad europea.

A nivel más amplio, una victoria de la AfD en estas elecciones enviaría una señal perturbadora a movimientos políticos similares en toda Europa. Con comicios nacionales críticos próximos en Francia, Italia, España y Polonia durante los próximos dieciocho meses, el resultado en Sajonia-Anhalt funcionaría como prueba viviente de que incluso la economía más poderosa del continente es susceptible a la captura por fuerzas de extrema derecha. Para partidos nativistas en otros países europeos, sería una validación de que el ascenso es posible, que el establishment puede ser vencido, que las barreras institucionales pueden ser perforadas.

Mirando hacia adelante, incluso si la AfD no obtuviese mayoría absoluta el 6 de septiembre, el panorama sigue siendo desafiante. La Unión Demócrata Cristiana podría verse forzada a construir coaliciones que incluyan prácticamente a todas las demás fuerzas parlamentarias, potencialmente incluso la izquierda radical (Die Linke), para mantener a la extrema derecha fuera del poder ejecutivo estatal. Semejante acuerdo podría resultar insostenible para figuras importantes dentro de la Union, con consecuencias potencialmente graves para el liderazgo de Merz, cuyas cifras de aprobación rondan el 13 por ciento—entre las más bajas de cualquier canciller de la posguerra. El dilema que enfrenta la política germánica es estructural: ¿cómo se contiene una fuerza política extrema cuando las estrategias diseñadas para su aislamiento han generado, paradójicamente, las condiciones de su expansión?

Lo que ocurra en Sajonia-Anhalt y en las siguientes elecciones estatales en Mecklemburgo-Pomerania Occidental y Berlín dos semanas después permanece abierto. Sin embargo, el interrogante de fondo ya está planteado en la arena pública alemana: ¿fue el cordón sanitario una estrategia equivocada desde su concepción, o simplemente nunca contó con las herramientas políticas, económicas y sociales necesarias para funcionar? La respuesta que Alemania y Europa encuentren a esta pregunta en los próximos meses determinará el rumbo político del continente durante años.