Cuando la tierra comenzó a temblar aquel miércoles a las 8:37 de la mañana en las alturas del Himalaya, nadie en los valles de abajo sabía que les quedaban apenas trece minutos de vida normal. A esa hora exacta, un glaciar se desprendió de las cimas nevadas que marcan la frontera entre Nepal y la región tibetana de China. Lo que sucedió en los minutos siguientes transformaría para siempre el paisaje y la historia de comunidades enteras. El desastre no llegó anunciado por sirenas o alarmas; llegó como una pared negra de cientos de metros de altura, arrasando con todo lo que encontraba a su paso. Más de 1.200 personas murieron y otros tantos miles simplemente desaparecieron, tragados por aguas fangosas que se movían con la violencia de una bestia sin control. Lo que cambió no fue solo el relieve de los ríos: cambió la geografía del dolor en estas montañas.

Cuando el agua llegó en forma de catástrofe

El fenómeno que se desencadenó en las laderas del Himalaya ocurrió a través de un mecanismo que los especialistas conocen bien pero que sigue siendo devastador: el colapso de una masa de hielo acumulada durante siglos, que se precipitó valle abajo iniciando lo que se conoce como una inundación repentina de características extremas. Los ríos Bhotekoshi y Trishuli se convirtieron instantáneamente en torrentes apocalípticos. En el asentamiento de Betrawati, un pueblo que había prosperado como centro comercial, la transformación fue casi total. Para las 8:50 de la mañana, apenas trece minutos después del colapso glaciar, esta localidad ya no existía como la conocían sus habitantes. El agua penetró con tal potencia que edificios de seis pisos quedaron con solo sus dos últimos niveles visibles sobre la superficie de lodo. Casas fueron volteadas como si fueran juguetes. Autobuses escolares yacían invertidos. Un comercio de abarrotes fue arrastrado más de doscientos metros desde su ubicación original, dejando solo escombros irreconocibles. El río mismo cambió de curso, ahora discurre por donde antes estaba la carretera principal.

En el paisaje de devastación que quedó tras el paso de las aguas, los objetos cotidianos de vidas interrumpidas permanecen dispersos como evidencia silenciosa de la tragedia. Teteras, ositos de peluche, libros de registros, ollas, medicinas en sus envases originales, anteojos. Cada uno de estos elementos cuenta la historia de alguien que estaba vivo hace poco. En algunas zonas, los rescatistas sacaron de una única estructura veinticuatro cadáveres en un solo día. Las cifras de desaparecidos alcanzan a más de cinco mil personas en Nepal y otros 546 en Tibet. En Betrawati específicamente, al menos 250 personas están desaparecidas. Estos números, sin embargo, no capturan la verdadera magnitud de lo ocurrido: representan esposos sin esposas, padres sin hijos, comunidades sin futuro.

El hombre que busca entre el barro con sus propias manos

Dil Bahadur Shrestha tenía 70 años cuando la tragedia llegó. Ese miércoles por la mañana estaba en los campos de arroz del lado opuesto del río, cuidando sus vacas. Fue entonces cuando sintió que la tierra se movía bajo sus pies y vio ascender por el valle lo que describe como una onda negra, una muralla de agua y escombros que atravesaba todo. Corrió hacia el bosque en busca de seguridad, pero no sin antes ver cómo dos puentes eran arrasados detrás de él. Su esposa, Jamuna Shrestha, con quien había compartido cincuenta años de matrimonio, estaba en casa alimentando a sus gallinas y cabras. Cuando comenzó la inundación, ella intentó resguardar a los animales adentro de la vivienda. Fue la última vez que alguien la vio. "Cuando golpeó, todo fue destruido en dos minutos", relata Shrestha, reviviendo esos momentos iniciales de horror absoluto.

Una semana después de la catástrofe, Dil Bahadur Shrestha regresó al lugar donde estuvo su hogar. Los equipos de rescate aún no habían llegado a esa zona. Con sus propias manos, sin herramientas, sin ni siquiera una pala, comenzó a excavar entre el lodo buscando el cuerpo de su compañera de vida. La casa donde ambos vivían, reconstruida apenas años atrás tras el terremoto de 2015 que mató aproximadamente nueve mil personas, ahora era solo un cadáver de barro. Mientras hablaba con los reporteros, su cuerpo frágil se desplomó sobre el terreno donde antes estaba la casa de su vecino. "Ni siquiera puedo creer que se haya ido", decía entre lágrimas. "No puedo olvidarla. Por eso sigo caminando y buscándola. Todavía siento como si pudiera estar en algún lugar aquí. Tengo la sensación de que tal vez siga aquí, cuidando los pollos y las cabras". Su hermano y su cuñada también desaparecieron en las aguas. Cuando expresó sus temores sobre los cuerpos aún no recuperados, su voz se quiebra: "Creo que aún podrían haber cientos de cadáveres aquí. Tanta gente fue arrastrada toda a la vez, llevada por el agua que rugía".

Un rastro de destrucción que se extiende hacia las montañas

Mientras en Betrawati la devastación era casi incomprensible, aguas arriba en el distrito de Rasuwa, cerca de la frontera con Tibet, la situación se tornaba aún más catastrófica. Pueblos completos fueron borrados del mapa, accesibles únicamente mediante helicópteros del ejército. Algunos permanecían tan aislados y con condiciones geográficas tan precarias que la suerte de cientos de personas seguía siendo un misterio una semana después del desastre. La aldea de montaña de Syabru Besi prácticamente desapareció. Hasta el camino que conducía al pueblo fue arrasado. Solo quedó un edificio en pie en todo el lugar. Según oficiales del gobierno local, aproximadamente quinientas personas están desaparecidas en Syabru Besi, lo que representa la cuarta parte de la población del pueblo. El sitio ahora se parece a nada más que un lecho de río embarrado. Chhiring Dorje, un granjero de cincuenta años, fue uno de los afortunados que logró escapar hacia el bosque junto a quince o dieciséis vecinos. Pero cinco miembros de su familia no lo lograron. Permanecieron dos días en el bosque sin comida, solo bebiendo agua que podían filtrar entre los árboles, hasta que helicópteros del ejército los rescataron. Dorje viajaba aferrándose fuertemente a la mano de su nieta Ritu Tamang, una niña de nueve años, esperando en la base militar de Dhunche transporte que los llevara hacia Katmandú. La pequeña llevaba una mochila grande color rosa y hablaba con una voz casi inaudible: "No queda nada donde estaba nuestra casa. Yo estaba en primer grado. Ahora la escuela también está desaparecida. Los maestros tampoco están".

Santamaya Lawat, una mujer de cincuenta y siete años, estaba cuando podía recuperando ropa y frazadas del hogar de su hermano, una estructura que apenas se mantenía en pie con un agujero enorme en uno de sus costados. Su propia casa, construida apenas diez meses atrás con los ahorros de toda su vida, permanecía tan llena de lodo que aún no había podido entrar. Cinco integrantes de su familia desaparecieron en la inundación. "Mi corazón se quebró cuando volví", dijo mientras sacudía capas de tierra de las pocas pertenencias recuperadas. "Se suponía que viviría en esta casa el resto de mi vida, pero todo desapareció. Era como el cielo aquí y ahora se ha convertido en un infierno". La reconstrucción de su vida, como la de tantos otros, parecía imposible de imaginar en ese momento.

La escuela que no pudo salvarse y los niños que desaparecieron en el camino

Entre los números de desaparecidos hay un capítulo especialmente desolador: más de doscientos niños de la escuela Nilakantha, la mayoría con edades entre cinco y once años, desaparecieron cuando iban a clases. Se cree que fueron arrastrados por las aguas. Prakash Nepal, un docente de esa institución, recuerda el pánico de esos momentos. La escuela había recibido una advertencia solamente diez minutos antes de que las aguas llegaran. El autobús escolar ya estaba recogiendo estudiantes cuando sonó la alarma. Nepal se comunicó inmediatamente con el conductor del vehículo, quien logró detener la marcha a mitad de camino. Esos estudiantes fueron salvados. El agua alcanzó el autobús pero no causó daños mayores. Sin embargo, muchas familias desplazadas por el terremoto de 2015 vivían en asentamientos informales a lo largo de la ribera del río. La mayoría de los niños desaparecidos estaban caminando hacia la escuela cuando la inundación los sorprendió. Los ojos del docente se llenan de lágrimas al recordarlo: "No pudimos salvar a los estudiantes que seguían en el camino".

La carretera principal que conecta Katmandú con Rasuwa quedó destruida en varios tramos, reemplazada por un camino de tierra y piedras sumamente precario que se abre paso entre pequeños pueblos de montaña. El viaje que anteriormente llevaba unas pocas horas ahora toma más de doce. Estas condiciones han obstaculizado significativamente la llegada de ayuda humanitaria a las zonas más afectadas. Muchos camiones cargados con suministros de socorro quedaron estancados en Dhunche, incapaces de avanzar hacia el norte. En un pequeño campamento de asistencia establecido en el camino entre Betrawati y Dhunche, operado por el hospital Dhulikhel de Nepal, se distribuyaban medicinas y alimentos. Los médicos presentes reportaban que decenas de menores allí reunidos habían perdido a sus padres en las inundaciones. Un helicóptero de rescate pasaba sobre las ruinas cada pocos minutos, llevando cuerpos dentro de bolsas blancas.

En medio de la desolación, pequeños milagros de esperanza

No todo fue tragedia absoluta. En el pueblo de Lachyang, Ram Krishna Neupane, de sesenta y nueve años, y su esposa Muiya Neupane, de sesenta y seis, experimentaron lo que podría considerarse un pequeño milagro. Su único hijo trabajaba como veterinario en Syabru Besi cuando el pueblo fue arrasado. Durante dos días no supieron nada de él y temieron lo peor. Entonces llegó una llamada telefónica. "Llamó desde un hospital en Katmandú; el ejército lo había rescatado", cuenta Ram Krishna. "No podía hablar, estaba llorando tanto y nosotros también llorábamos". Historias como esta se repetían en diferentes lugares: personas que contra todo pronóstico lograban ser encontradas vivas días después, rescatadas por operativos militares en helicóptero. Una semana después del desastre, todavía se continuaba evacuando sobrevivientes que habían permanecido en las laderas de las montañas, llevándolos a la base militar en Dhunche.

La catástrofe glaciar que azotó a Nepal tiene implicaciones que trascienden el evento inmediato. Plantea interrogantes sobre el futuro de estas regiones montañosas en un contexto de cambios climáticos globales, donde el comportamiento de los glaciares se vuelve cada vez más impredecible. Los sistemas de alerta temprana, aunque ayudaron a salvar algunas vidas, demostraron ser insuficientes dado lo acelerado del fenómeno. La infraestructura de carreteras, ya frágil en estas zonas, quedó aún más vulnerable. Los miles de desaparecidos sin identificar presentan desafíos para las labores de duelo y reconstrucción psicológica de las comunidades. La reconstrucción material llevará años, pero la reconstrucción emocional de personas como Dil Bahadur Shrestha, quien busca entre el lodo a su esposa de cincuenta años, o los miles de niños que perdieron padres, hermanos y amigos, requerirá recursos y atención que van mucho más allá de las operaciones inmediatas de rescate. Las diferentes perspectivas sobre cómo responder incluyen desde quienes enfatizan la necesidad de sistemas de alerta mejorados, hasta quienes señalan la urgencia de repensar dónde y cómo se construyen las comunidades en zonas geológicamente vulnerables, pasando por quienes priorizan el acompañamiento psicosocial de los supervivientes.