El planeta atraviesa un punto de inflexión. No se trata de un giro repentino ni de un drama teatral capaz de captar titulares durante una semana. Es algo más profundo: una reconfiguración silenciosa pero acelerada de cómo funciona la política internacional, impulsada por la creciente incredulidad respecto a la capacidad y la voluntad de Estados Unidos de mantener su rol tradicional como árbitro y garante de la estabilidad global. Los efectos de esta transformación ya son visibles en tres continentes simultáneamente, desde las salas de poder en Bruselas hasta los despachos ministeriales en Nueva Delhi, pasando por los laboratorios de defensa en Kyiv. Lo que estamos presenciando es nada menos que el inicio de una reorganización del sistema de relaciones internacionales que no tiene precedentes en escala desde el fin de la Guerra Fría.

Un diplomático brasileño de alto rango, Antonio de Aguiar Patriota, resumió recientemente la situación con precisión quirúrgica. En su análisis del escenario global contemporáneo, identificó un mundo fracturado entre dos configuraciones antagónicas: de un lado, una superpotencia que actúa bajo lógica unilateral; del otro, una coalición mayoritaria de naciones que apuestan al multilateralismo como mecanismo de supervivencia política y económica. Este diagnóstico no proviene de un analista marginal. Patriota ha ocupado posiciones clave en la diplomacia brasileña y sus palabras reflejan un cálculo que ahora comparten gobiernos de múltiples continentes: ya no vale la pena depositar todas las fichas en la alianza con Washington. El quiebre de confianza es tan profundo que incluso socios históricos de décadas comienzan a diseñar escenarios de futuro donde la seguridad y la prosperidad no dependen de un único patrocinador.

El deterioro de la credibilidad estadounidense

Lo que alimenta este cambio de mentalidad es, en gran medida, cómo Washington ha gestionado sus intervenciones en Oriente Próximo durante los últimos meses. Los errores acumulados en la toma de decisiones, la falta de consulta previa con aliados, la ausencia de una estrategia clara y los resultados geopolíticos contraproducentes han expuesto algo que antes era impensable en los círculos de poder occidentales: el gobierno estadounidense puede cometer errores estratégicos monumentales, imponer sus decisiones sin debate y aún así, esperar que el resto del mundo las respalde. Esa ecuación ya no funciona.

Jane Hartley, quien durante años representó a Estados Unidos en Londres como embajadora, formuló preguntas que capturan la frustración generalizada de los aliados: ¿cuál era el objetivo real? ¿Sobre qué base legal descansaba la acción? ¿Existía un plan alternativo si las cosas salían mal? ¿Cuál sería la estrategia de salida? Lo más revelador es lo que añadió: la población estadounidense ya no cree que su país sea una fuerza para el bien en el mundo. Esa percepción, que hace apenas una década habría parecido minoritaria o marginal, ahora refleja un sentimiento compartido por amplios sectores globales, incluyendo aliados occidentales que nunca cuestionaron la narrativa estadounidense de liderazgo benevolente.

Un profesor de relaciones internacionales en Harvard, Stephen Walt, explicó el mecanismo subyacente a esta erosión de influencia. Para Washington, mantener su posición de poder siempre requirió algo más que capacidad militar o fortaleza económica. Necesitaba que los demás creyeran que Estados Unidos sabía lo que hacía, que podía ejecutar planes de manera competente, que sus decisiones provenían de un cálculo racional y no de impulsos o ideologías particulares. Esa ilusión se ha desmoronado. Cuando los gobiernos de Europa, Asia y América Latina observan las decisiones estadounidenses recientes, ven improvisación. Ven falta de coordinación. Ven prioridades que benefician a un único aliado por encima de los intereses compartidos. Esa percepción tiene consecuencias concretas: gobiernos que antes aceptaban las recomendaciones de Washington sin cuestionar ahora buscan asesores alternativos. Naciones que antes consideraban axiomático el liderazgo estadounidense ahora lo someten a escrutinio.

La construcción de un mundo multipolar sin Washington

Lo fascinante es que la respuesta a esta crisis de confianza no es pasiva ni defensiva. Múltiples gobiernos, incluyendo aliados de toda la vida de Washington, están tomando la iniciativa para construir estructuras de cooperación que funcionen independientemente del árbitro estadounidense. España, bajo el liderazgo de Pedro Sánchez, ha articulado una visión que rechaza la idea de que vivimos una simple transferencia de hegemonía de una potencia a otra. Lo que ocurre es fundamentalmente distinto: una multiplicación de polos de poder y de prosperidad distribuidos geográficamente. Esto no es retórica progresista o izquierdista. Gobiernos del centro político europeo, incluyendo Francia y Alemania, ahora aceptan esta premisa y actúan en consecuencia.

Canada, bajo la dirección de Mark Carney, ha formalizado un concepto de "agrupación de potencias medias" que busca diversificar las relaciones comerciales y de seguridad. Los números son concretos: más de veinte acuerdos económicos y de defensa ya han sido suscritos por Ottawa, incluyendo asociaciones con Beijing. En América Latina, Brasil ha comenzado a hablar de "coaliciones de los responsables" que abarquen múltiples regiones, culturas y sistemas políticos. En Barcelona, a inicios de este año, se reunieron líderes de Brasil, México, Sudáfrica, Barbados y España bajo el paraguas del "Movilización Progresista Global". El simbolismo es importante: naciones de diferentes continentes y tradiciones políticas que convienen en que es posible construir futuro sin esperar la aprobación de Washington.

Europa, que durante ochenta años organizó su seguridad en torno a la presencia estadounidense, está en pleno proceso de reimaginar su arquitectura defensiva. Alemania, cuyo rol como puente atlántico fue durante décadas incuestionable, comienza a expandir su gasto militar de manera significativa. Pero más importante aún es la discusión sobre una "Unión Europea de Defensa" que operaría de manera complementaria a la OTAN pero bajo liderazgo europeo. Esta iniciativa incluiría a Gran Bretaña, Noruega y, crucialmente, a Ucrania. Ucrania, con la fuerza militar convencional más grande de Europa y más de cuatro años de experiencia combatiente actualizada contra Rusia, se imagina como un pilar de un sistema defensivo europeo autónomo. Alemania ya ha firmado acuerdos con Kyiv sobre producción de drones y compartición de datos de combate para el desarrollo de nuevos sistemas de armas. Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes Unidos han seguido el ejemplo, suscriendo acuerdos con Ucrania sobre cooperación en tecnología de drones, un sector donde Kyiv lidera globalmente.

Lo que emerge de estos movimientos es un patrón consistente: gobiernos que durante la Guerra Fría y después imaginaron su futuro bajo el paraguas estadounidense ahora diseñan escenarios donde esa dependencia se reduce significativamente. No significa ruptura abrupta ni conflicto abierto. Significa diversificación estratégica. Significa buscar socios en múltiples direcciones. Significa reconocer que Beijing, aunque compleja como aliada, no puede ser rechazada como lo era hace una década. Significa aceptar que en un mundo de "anarquía ordenada" la seguridad no proviene de un protector único sino de múltiples relaciones calibradas estratégicamente.

El colapso de los marcos internacionales establecidos

El trasfondo de esta reorganización geopolítica es aún más sombrío. Humanitarios de primera línea advierten que no estamos ante una crisis del orden internacional sino ante su colapso definitivo. Tom Fletcher, quien encabeza los programas humanitarios de Naciones Unidas, fue directo en sus evaluaciones recientes: el orden internacional no está al borde del colapso; ya ha colapsado. Lo que presenciamos no es una simulación sino una realidad de sufrimiento humano masivo. Amnistía Internacional, en su informe de derechos humanos para 2025, identificó patrones que van desde genocidios en Franja de Gaza hasta crímenes de guerra en Ucrania, pasando por ejecuciones extrajudiciales realizadas por fuerzas estadounidenses fuera de su territorio y represalias contra Venezuela e Irán. La avalancha de violaciones a marcos internacionales ha generado lo que Mark Leonard, director del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, denomina "la era de la anarquía".

No es que el orden internacional esté siendo violado por actores que conocen las reglas pero deciden desobedecerlas. Es que las reglas simplemente están siendo ignoradas como irrelevantes. No existe un balance de poder estable. No hay consenso sobre cuáles son las reglas. Estados que antes aceptaban un marco internacional común ahora actúan como si ese marco nunca hubiera existido. En este contexto, Washington ha enviado un mensaje particularmente claro a sus aliados: la seguridad estadounidense descansa en su fortaleza doméstica, no en instituciones internacionales ni en alianzas globales que comprometan su libertad de acción. Para sus socios, este mensaje traduce como: "no pueden contar con nosotros como garantía de un sistema internacional predecible".

Incluso instituciones que encarnan la continuidad del establishment occidental han reaccionado con crítica sin precedentes. La Cámara de los Lores del Reino Unido, a través de su comité de asuntos internacionales y defensa, publicó recientemente un reporte sobre el futuro de la "relación especial" entre Londres y Washington. Entre sus miembros figuraban un ex secretario general de la OTAN, un ex embajador británico en Washington y un ex canciller conservador. El tono del documento fue severo: la inteligencia estadounidense está siendo politizada, la fuerza ya no es el último recurso, se está creando un vacío de liderazgo. Más contundente aún: la dependencia británica actual respecto a Estados Unidos en seguridad ya no es tenable. El Reino Unido no puede seguir "infantilizado" por Washington y debe liderar un movimiento hacia un liderazgo europeo más robusto en la OTAN. Esto proviene de miembros del establishment británico, no de críticos radicales.

Las grietas en las propias bases del poder estadounidense

Lo paradójico es que incluso mientras Washington pierde credibilidad internacionalmente, sus gestos de amenaza se multiplican. Donald Trump ha amenazado con expulsar a España de la OTAN, algo que carece de poder para hacer. Ha amenazado con retirar tropas de Alemania como castigo por no gastar lo suficiente en defensa, ignorando que Berlín ya planea aumentar su ejército en servicio activo en setenta y cinco mil soldados hacia mediados de la década. Ha convertido el compromiso estadounidense con la OTAN en un chip de negociación, algo que genera una corrosión permanente de la alianza según advertencias de líderes como Emmanuel Macron. La paradoja es brutal: mientras Trump quema alianzas por diversión, esas alianzas se reorganizan sin Washington como centro.

La extrema derecha europea, que debería ser aliada natural de Trump, lo mantiene a distancia. Incluso Nigel Farage, figura clave del populismo de derecha británico, se desmarca públicamente de Trump. En Francia y Alemania, fuerzas populistas de derecha son ascendentes, pero incluso ellas no se atreven a abrirse completamente a la agenda trumpista. Esto sugiere que el daño reputacional es tan profundo que ni siquiera sus aliados ideológicos naturales quieren asociarse completamente con su liderazgo. En Estados Unidos mismo, amplios sectores del público ya no ven a su gobierno como una fuerza para el bien. Esa erosión interna alimenta la desconfianza externa.

Patriota señaló algo crucial: quienes impulsan el unilateralismo -identificó a Estados Unidos, Rusia e Israel como los actores principales- aún retienen capacidad para castigar y vengarse. Trump aún puede dominar ciclos noticiosos. Las fuerzas populistas aún son fuertes en múltiples democracias occidentales. Pero son minoría incluso en sus propios países y encuentran cada vez más dificultad para localizar aliados o imponer su voluntad. Son embattled minorities en términos progresistas pero siguen siendo peligrosas en su capacidad destructiva.

El futuro de un sistema sin consenso

En este mundo post-ruptura donde la confiabilidad estadounidense ya no puede darse por sentada y donde la asociación con Beijing, aunque complicada, no puede ser rechazada, "todo de repente está en juego", como sintetiza un observador de relaciones internacionales. Un nuevo secretario general de Naciones Unidas en el próximo año tendría la oportunidad sin precedentes de desafiar al Consejo de Seguridad, integrado por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial, a reformarse después de treinta años de fracasos acumulados. Esa reforma, impensable hace una década bajo la sombra estadounidense, ahora es potencialmente realizable si existe consenso entre potencias medias y emergentes.

Los cambios que se avecinan no ocurrirán de la noche a la mañana ni seguirán trayectorias lineales. Un revés estadounidense en Irán carece del simbolismo visual de la retirada de Saigón o Kabul, pero sus reverberaciones podrían ser igualmente profundas. Lo que diferencia esta reconfiguración de ciclos anteriores es que no es una transición de una hegemonía a otra, sino la emergencia de un sistema donde múltiples centros de poder coexisten, compiten y cooperan simultáneamente sin una estructura jerárquica unificada. Para algunos observadores, esto representa una oportunidad de resolver problemas globales que requieren coordinación genuina entre potencias. Para otros, significa una era de mayor volatilidad donde la ausencia de árbitro aceptado por todos genera espacios para conflictos sin regulación. Lo cierto es que el sistema internacional está en transición profunda, y el punto de no retorno ya fue traspasado.