Un fantasma recorre los salones de poder en la Europa oriental desde hace año y medio: la posibilidad de que en caso de una agresión rusa, los Estados Unidos simplemente no aparezcan. Esta pesadilla, que durante décadas fue impensable en la región, se ha transformado en una obsesión que moldea cada conversación diplomática, cada análisis de seguridad y cada decisión geopolítica. Lo que hace poco tiempo era un temor privado, susurrado en corredores oscuros, ahora permea toda la arquitectura de la defensa continental y genera un estado de parálisis estratégica sin precedentes desde el fin de la Guerra Fría.
Durante dieciocho meses, desde que la nueva administración estadounidense asumiera el poder en enero de 2025, los líderes políticos y militares de la región han enfrentado una realidad desconcertante: el padre protector que garantizaba su seguridad mediante tratados y compromisos explícitos ahora emite mensajes contradictorios, toma decisiones erráticas y, lo más preocupante, sugiere que podría no cumplir con sus obligaciones. Este giro en la relación transatlántica representa un quiebre fundamental en la arquitectura de seguridad que se construyó pacientemente durante más de dos décadas, desde que Polonia ingresara a la OTAN en 1999 y los tres estados bálticos lo hicieran en 2004. La amenaza no viene de Moscú únicamente: proviene de quien supuestamente debería defender a estos países frente a ese adversario.
Las primeras grietas: el mensaje de febrero que cambió todo
El primer aviso llegó con fuerza en febrero de 2025, apenas tres semanas después de que la nueva administración tomara las riendas de Washington. El secretario de Defensa estadounidense viajó a la sede de la OTAN en Bruselas con un mensaje que no admitía ambigüedades: Europa ya no sería una prioridad estratégica para Estados Unidos. El ascenso de China, argumentó, requería que Washington reoriente sus recursos y su enfoque militar hacia el Pacífico. Los europeos, según este diagnóstico, tendrían que aprender a defenderse a sí mismos. Lo que sorprendió a muchos no fue tanto la reorientación estratégica anunciada, sino el tono desdeñoso con el que se transmitió el mensaje.
Durante un almuerzo informal posterior a las sesiones formales, el secretario de Defensa pronunció una frase que se propagó como un mantra perturbador a través de los corredores diplomáticos: "Los valores son importantes, pero no puedes disparar valores, no puedes disparar banderas, y no puedes disparar discursos magníficos. No hay reemplazo para el poder duro." La declaración, aunque hablaba de realidades innegables sobre la necesidad de invertir en defensa, llegaba envuelta en un desprecio apenas disimulado hacia los europeos. El ministro de Defensa alemán, sentado en esa misma mesa cuadrada donde se disponían los representantes de decenas de naciones, pidió un cronograma claro para la retirada estadounidense. Su petición fue recibida con frialdad abierta: otros funcionarios interpretaron que si se le daba a Washington un calendario específico, el país podría acelerarlo aún más, como si la iniciativa de reducción fuera un proceso inexorable que solo necesitaba empuje para consumarse.
Los países de la región fronteriza con Rusia, sin embargo, percibieron un matiz diferente. Polaco y los estados bálticos habían estado pidiendo durante años que Occidente gastara más en defensa. Si Europa podía demostrar que estaba dispuesta a invertir recursos significativos en seguridad, razonaban, Estados Unidos tendría incentivos para seguir comprometido. El mensaje del secretario, aunque desalentador en su tono, ofrecía también una paradójica oportunidad: si cumplían con mayores gastos defensivos, quizás lograrían retener a su aliado más poderoso. Una exministra de Defensa lituana lo expresó así años después: "Europa había evadido, rezagado y postergado durante décadas, así que esa ducha fría fue justificada y necesaria."
Los hechos que crisparon los nervios: Ucrania y la deslealtad demostrada
Pero si el mensaje sobre déficit de gasto defensivo europeo podía interpretarse como un llamado incómodo pero potencialmente constructivo, lo que sucedió después con Ucrania fue percibido como una traición directa a los códigos diplomáticos internacionales. Dos semanas después del encuentro en Bruselas, el presidente estadounidense humilló públicamente al mandatario ucraniano durante un enfrentamiento televisado en la Casa Blanca. El mensaje era claro: Washington estaba considerando abandonar a Ucrania en medio de una guerra activa. Poco después, la administración cortó el intercambio de información de inteligencia con Kiev, una acción que, aunque fue revertida menos de dos semanas después, dejó cicatrices profundas en la confianza.
Para los líderes europeos, especialmente en Polonia, este episodio tuvo un impacto psicológico devastador. Un observador cercano a los círculos de poder en Varsovia describió la sensación con una metáfora arquitectónica: "Sentía como si el terreno bajo sus pies estuviera desmoronándose." La implicación era directa: si Estados Unidos podía abandonar a un país que luchaba contra una invasión rusa, ¿qué garantía tenía un estado miembro de la OTAN de que no sería abandonado en circunstancias similares? Un alto funcionario europeo fue a Washington y planteó esta pregunta directamente al asesor de Seguridad Nacional estadounidense. Le explicó que oficiales militares en su país, muchos de los cuales habían servido junto a fuerzas estadounidenses en Afganistán, se sentían profundamente traicionados. El asesor respondió que Ucrania era una situación diferente, que jamás se tomaría una decisión semejante respecto a un aliado de la OTAN. Pero el funcionario europeo replicó con una observación que se volvería central en los análisis estratégicos posteriores: en asuntos de disuasión creíble, la percepción es casi más importante que la realidad misma.
Esta advertencia capturó la esencia del dilema: aunque Washington asegurara que cumpliría con sus compromisos con la OTAN, el hecho de que el mundo percibiera dudas sobre ese cumplimiento ya debilitaba la efectividad de esos compromisos. Una alianza es tan fuerte como la confianza que inspira, y esa confianza, una vez fracturada, resulta extraordinariamente difícil de restaurar. Los efectos de esta erosión se sintieron inmediatamente en los cálculos estratégicos de toda la región.
Las coaliciones secretas: coordinación en la penumbra diplomática
Pocas semanas después del incidente en la Casa Blanca, el primer ministro británico convocó a un grupo de países que pronto sería conocido como la "coalición de los dispuestos" para una reunión en Londres. En público, los asistentes intentaron minimizar lo que acababa de ocurrir en Washington, pero dentro de Lancaster House, la atmósfera era de profundo desasosiego. Un participante describió lo que vio en los rostros de esos líderes: independientemente de su orientación política, izquierda o derecha, todos reflejaban la comprensión de que algo fundamental en el mundo había cambiado. Después de esa reunión, el grupo continuó conectándose mediante videollamadas regulares. Ostensiblemente, se dedicaban a discutir arreglos de seguridad posteriores a cualquier acuerdo sobre Ucrania, pero el verdadero subtexto era más amplio: cómo mantener comprometido a Washington con la defensa europea en general.
En cada llamada, los líderes coordinaban cuál de ellos tendría acceso a Washington en los próximos días, qué mensajes transmitir y cómo "girar" la información para presentarla de manera que fuera favorable al presidente estadounidense. Un participante de estas conversaciones lo describió con franqueza: "Coordinábamos los mensajes y pensábamos cómo presentarlo de forma positiva a Trump, cómo maniobrar para ponerlo del lado correcto." El secretario general de la OTAN, junto con los líderes de Reino Unido, Francia, Alemania e Italia, tenían mayor acceso directo a Washington. Los países de la frontera oriental quedaban marginalizados en estas discusiones estratégicas, aunque el presidente finlandés, quien había construido una relación con el mandatario estadounidense en campos de golf, actuaba como "una especie de embajador de los países más pequeños."
Esta estructura revelaba una verdad incómoda: bajo el nuevo paradigma, la influencia no se ejercía a través de los canales tradicionales de la diplomacia institucional, sino mediante acceso personal al líder estadounidense. Los embajadores estadounidenses tenían poco poder. El Pentágono y el Departamento de Estado, que en administraciones anteriores habían entendido profundamente las necesidades de seguridad de estos países, ahora parecían tener apenas voz en las decisiones cruciales. El círculo de verdaderos tomadores de decisiones alrededor del presidente era tan pequeño que resultaba casi imposible para los países medianos o pequeños acceder a él, entender su lógica o influir en sus cálculos.
La cumbre de junio y el espejismo de estabilidad
En junio, se llevó a cabo la cumbre anual de la OTAN en La Haya. Antes del evento, muchos analistas habían predicho apocalípticamente que el presidente estadounidense podría usarla para anunciar el fin de la alianza. Funcionarios europeos intercambiaban en pasillos diversos escenarios catastróficos: que la cumbre sería incómoda, que sería un desastre, que marcaría el colapso institucional. Pero el evento, sorpresivamente, resultó en lo que muchos consideraron un éxito. Esto se debió en gran medida a los esfuerzos del secretario general de la OTAN, quien hizo una misión personal mantener al presidente estadounidense satisfecho y, crucialmente, proyectar que su presencia había resultado en logros concretos para la alianza.
Los estados miembros se comprometieron a elevar sus gastos de defensa a un nivel del 5 por ciento del producto interno bruto para 2035, una cifra que ya era casi alcanzada por Polonia y los países bálticos, pero que resultaba revolucionaria como objetivo futuro incluso para muchas naciones occidentales. El secretario general tuvo el cuidado de atribuir este logro directamente al presidente estadounidense, quien se sintió gratificado por el reconocimiento. Su comportamiento posterior, que incluyó referencias públicas excesivamente aduladoras, fue considerado por muchos como de mal gusto, pero aceptable si producía resultados tangibles en términos del compromiso estadounidense. "Es vergonzoso, pero la mayoría de los líderes europeos están de acuerdo en tolerarlo siempre y cuando logre mantener al presidente comprometido," comentó un funcionario de la OTAN.
El resplandor de esta cumbre permitió que algunos en la Europa oriental volvieran a argumentar que la administración estadounidense podría resultar ser positiva para la seguridad regional. Sí, el lenguaje era caótico y agresivo; sí, los métodos eran poco ortodoxos; pero los resultados eran innegables: los europeos occidentales y del sur, tradicionalmente reacios a aumentar gastos militares, finalmente lo estaban haciendo. Un antiguo presidente estonio lo expresó así: "Barack Obama y Joe Biden pidieron educadamente que Europa gastara más, y eso no nos llevó a ningún lado. Solo siendo grosero e insistente se puede lograr que Europa cambie." Sin embargo, esta esperanza contenía una debilidad fundamental: en el mundo de la política estadounidense actual, una promesa solemne de hoy puede ser desmantelada completamente mañana por un mensaje publicado en redes sociales.
La impredictibilidad como arma: los drones de septiembre y la anarquía diplomática
En septiembre, alrededor de veinte drones rusos penetraron el espacio aéreo polaco en una única noche. El evento parecía ser una escalada calculada, una prueba de los límites que la OTAN estaba dispuesta a aceptar. El comandante supremo de la OTAN en Europa se comunicó en tiempo real con la sede del comando militar polaco, coordinando una respuesta. Pilotos holandeses con aviones de combate de quinta generación se unieron a pilotos polacos en el cielo para derribar muchos de los drones. La respuesta táctica fue coordinada, eficiente y profesional. Fue un ejemplo de cómo, en el nivel operacional, los aliados europeos seguían funcionando con cohesión.
Sin embargo, el mensaje político fue caótico. Mientras el ataque se desarrollaba, el presidente estadounidense publicó en redes sociales un entusiasta "¡Aquí vamos!" Luego, posteriormente, sugirió que los drones "podrían haber sido un error" en lugar de un ataque deliberado. Los principales funcionarios polacos, en una acción casi sin precedentes, refutaron públicamente esta afirmación. El ministro de Asuntos Exteriores polaco señaló la obvedad: "Puedes creer que uno o dos se desviaron del objetivo, pero diecinueve errores en una sola noche, durante siete horas, lo siento, no lo creo." El incidente capturó perfectamente la dinámica que había llegado a definir la relación transatlántica bajo el nuevo paradigma: funcionarios militares y diplomáticos trabajando sin dificultades en canales técnicos, mientras que el nivel político se sumergía en la anarquía.
Un analista especializado en seguridad europea describió el mecanismo: "Todos los lados tratan de compensar la situación política con la calidad de los vínculos a nivel técnico." En otras palabras, dado que la política estaba rota, los militares y diplomáticos profesionales hacían su mejor esfuerzo para mantener la alianza funcionando a través de canales más bajos y menos visibles. Pero esta solución era, en el mejor de los casos, un parche temporal.
Del caos a la incertidumbre: los meses que siguieron
En enero, la próxima crisis emanó no de Moscú sino directamente de Washington, cuando el presidente estadounidense volvió a amenazar con anexionar Groenlandia, territorio que pertenece a Dinamarca, un estado miembro de la OTAN. Algunos capitales europeos enviaron solicitudes alarmadas a sus representaciones diplomáticas pidiendo aclaración: si el presidente estadounidense ejecutaba estas amenazas, ¿podría Dinamarca invocar el artículo 5 del Tratado del Atlántico Norte, que establece que un ataque armado contra un miembro es considerado un ataque contra todos? La OTAN había sido diseñada para esc


